Ojarasca 81,
enero de 2004
No
permitiremos que maten nuestro maíz
Aldo
González Rojas
En 2001, el Instituto Nacional de
Ecología, organismo dependiente de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos
Naturales confirmó que existía contaminación por transgénicos
en los maíces nativos de la Sierra Juárez. Desde entonces, el gobierno mexicano
no ha informado a las comunidades indígenas cuál es la verdadera situación que
prevalece en el campo mexicano en relación con la contaminación por transgénicos. Entendemos ese silencio como la garantía que
necesitan las transnacionales para que se siga extendiendo la contaminación y
en algunos años más el gobierno tenga elementos para decir: la contaminación es
tan grande que no queda otra opción que permitir la siembra de semillas transgénicas en México. Entendemos esa complicidad como
traición a la patria.
El silencio del gobierno nos ha
obligado a realizar investigaciones por nuestra cuenta y hoy sabemos que existe
contaminación en por lo menos nueve estados de la república mexicana, que
estamos sembrando maíces contaminados por transgénicos
que en los Estados Unidos están catalogados como insecticidas, para el consumo
de animales o resistentes a herbicidas.
Hoy sabemos que algunas de esas
plantas transgénicas son distintas físicamente a
nuestras plantas nativas. Podemos ver que quienes las diseñaron, hicieron biopiratería de maíces de algunas comunidades indígenas. No
podemos explicarnos de dónde sacaron otras de sus características; quizá sean
deformaciones provocadas por la manipulación transgénica
de que son objeto. Esta información nos permite establecer los saberes que se tienen en nuestras comunidades acerca del
maíz, y que nos van a indicar cómo curar las enfermedades que le han metido.
Somos nosotros los que sabemos cuáles son las características de nuestro maíz,
lo que será una importante herramienta para detectar y erradicar las plantas
que nos están contaminando.
A los gobernantes interesados en
desaparecer a los habitantes de las zonas rurales del país, les decimos que ya
no permitiremos que sigan enviando sus venenos a nuestras comunidades, sabemos
que sus programas de alimentación están orientados a cambiar nuestros patrones
alimenticios, para hacernos dependientes, para que despreciemos los alimentos
que nos legaron nuestros antepasados. Aunque en sus centros de salud el
gobierno no registre las nuevas enfermedades que están apareciendo en nuestras
comunidades, concluimos que una de las causas de esas enfermedades es la
alimentación que nos obliga soterradamente a consumir. Las papillas, la maseca y la soya texturizada que está
"regalando", no lograrán vencer a nuestro maíz ni a los otros
alimentos que nos dieron nuestros abuelos.
Sabemos que para resistir
necesitamos seguir sembrando nuestro maíz y lograr, al menos, la autosubsistencia alimentaria. Nos percatamos que el
gobierno no está dispuesto a dar un solo peso para ayudarnos realmente a
rescatar nuestro maíz; que el dinero de los programas de gobierno que llegan a
nuestras comunidades está envenenado, que quiere destruirnos, echarnos a
pelear, dividirnos, hacernos dependientes, hacernos individualistas. Por eso
estamos conscientes que somos nosotros solos los que tenemos que defenderlo;
por eso hay que hacer un llamado a nuestros hermanos que fueron obligados a
migrar a los Estados Unidos, a que nos ayuden a cuidar nuestro maíz, a que
orienten a sus familias a no consumir los alimentos procesados que se venden en
los supermercados que se instalan en nuestros lugares para que allí se gasten
los dólares que ganan con el sudor de su frente. Que esos recursos sean
utilizados para consumir los productos que se hacen en nuestras comunidades,
que nos ayuden a fortalecer lo nuestro. A los que quedamos en nuestras comunidades
nos toca también hacer lo propio. Tendremos que imaginar qué mecanismos nos
serán útiles para elevar la producción de maíz. Tendremos que tomar acuerdos en
nuestras asambleas comunitarias y regionales: allí está nuestra fortaleza,
desde allí resistiremos.
Podrán aprobar las leyes que más
favorezcan al capital en materia de bioseguridad o transgénicos. Así los legisladores y los gobernantes sólo
demostrarán que no conocen al pueblo que dicen representar. Si lo hacen, desde
ahora les decimos que no cuenten más con nuestra obediencia. Los pueblos
indígenas hemos resistido por cientos de años diferentes formas de
colonización, y seguiremos resistiendo desde nuestras comunidades. El maíz ha
sido la base de nuestra resistencia y no nos lo van a quitar. No nos dejan otra
opción que ejercer la autonomía de los pueblos indígenas en los hechos, pero
queremos expresarles a todos, que ejerceremos la autonomía con pleno respeto a
la soberanía del pueblo de México. Nosotros no vamos a decir en discurso o a
los medios de comunicación que vamos a defender la soberanía nacional y a
escondidas pactar cómo vender el país y entregar las decisiones a tribunales
externos que sólo protegen el interés del gran capital.
Las corporaciones transnacionales
del agronegocio (Monsanto, Novartis, Dupont, Pioneer, Archer Daniels Midland, Cargill, etcétera) y el
gobierno mexicano que trabaja para ellas, estarían contentos de oírnos decir:
soy indígena, soy campesino, soy pobre y quiero que me regalen maseca o me vendan maíz barato de Diconsa
para hacer mis tortillas.
Los pueblos indígenas somos
herederos de una gran riqueza que no se mide en dinero y de la que hoy quieren
despojarnos. Por lo mismo, ya no es tiempo de pedir más limosnas al agresor.
Hoy cada uno de los indígenas y campesinos que hemos tomado conciencia del
problema de la contaminación por transgénicos de
nuestros maíces, podemos decir con orgullo:
Hoy siembro y seguiré sembrando
las semillas que nuestros abuelos nos heredaron y cuidaré que mis hijos, sus
hijos y los hijos de sus hijos las sigan cultivando.
Seguiré utilizando las técnicas
tradicionales para el cultivo de la milpa, aunque los técnicos digan que son
malas y que ellos tienen mejores. La práctica nos ha demostrado que sólo son
portadores de la mentira oficial en turno.
Seguiré cultivando la milpa en
nuestras tierras, para cuidar nuestros territorios, y a los seres naturales y
sobrenaturales que en ellos viven y así evitar el despojo de la biodiversidad y
otros recursos que están en la mira de los dueños del dinero.
No permitiré que maten el maíz.
Nuestro maíz morirá el día en que muera el sol.
Aldo
González es miembro de la Unión de Organizaciones de la Sierra Juárez de Oaxaca
(Unosjo)