La Jornada, México D.F. Domingo 1 de agosto de
2004
Guillermo Almeyra
Los dos
Estados Unidos
Las elecciones estadunidenses se
acercan y comienzan a tomar su forma definitiva las fuerzas en presencia. Pero,
contra todo lo que dicen los medios de información, éstas no sólo son los
demócratas y los republicanos, con sus respectivos candidatos, sino muchas más.
Hay que registrar, por ejemplo, los cambios en el establishment
que se expresan en la oposición a Bush de buena parte de la prensa
"seria" (ultraconservadora y proimperialista) con el New York Times a la cabeza,
y en el aporte a los demócratas de millonarios como los que componen su fórmula
presidencial, lo cual indica una profunda fractura en las clases dominantes;
hay que observar igualmente los cambios en los lobbies,
como el judío, tradicionalmente demócrata, pero donde ahora hay un fuerte
sector republicano que agradece la identificación de Bush con Sharon, o como el
cubano, donde la mafia y la ultraderecha de Miami encuentran ahora una
oposición entre los cubanos medios y pobres, nacionalistas, que no pueden
tolerar las medidas contra sus familiares en la isla. Pero, sobre todo, hay que
ver la composición y las motivaciones de esa mayoría de más de 50 por ciento
que no va a votar y las de las bases de ambos partidos, sobre todo de los
demócratas.
En el grupo de los
abstencionistas, por ejemplo, están los muy pobres y desmotivados que no pueden
hacerlo, aunque quisieran, y no están en el padrón: son, sobre todo, negros con
antecedentes penales (más de un tercio del electorado negro) y latinos. Después
figuran los que ven la disputa entre los dos partidos tradicionales como una
lid de politiqueros y millonarios sólo sedientos de poder y sin grandes
diferencias entre sí: o sea, los que repudian el bipartidismo conservador y la
semejanza fundamental de los programas y las propuestas, y sólo salen de su
pasividad electoral resignada si alguna fuerte emoción les conmueve (como el patrioterismo desatado por ese oscuro 11-S o un
posible atentado terrorista igualmente sospechoso que podría utilizar Bush,
como último recurso de su gobierno de mentirosos y provocadores, poco antes de
las elecciones). Es una masa densa y gelatinosa, conservadora y religiosa pero,
a la vez, plebeya y hostil al gran capital, a las finanzas, a las
corporaciones, que no encuentra otras opciones políticas y se repliega sobre la
elección de las autoridades locales. Si en el pasado, en la primera mitad del
siglo pasado, los socialistas de Eugene Debb, los populistas, con vasta base campesina y que fueron
con Franklin D. Roosevelt, los del partido del Billete
Verde, dieron un canal para una parte importante de los que se niegan a
votar por el mismo perro del establishment pero
adornado con distinto collar, hoy el bipartidismo absorbe inclusive a la
alianza ecologista-anticonsumista que seguía a Ralph Nader y una gran parte de
la población estadunidense oscila entre el conservadurismo y la indecisión
política y se refugia en la abstención.
Lo más importante, sin embargo,
es lo que se está "cocinando" entre los votantes demócratas. Las
elecciones tienen siempre la característica de simplificar y congelar la
evolución política de los electores -que son productores, consumidores,
ecologistas, libertarios, socialistas, todos los días antes de verse obligados
a poner una papeleta en las urnas- y de tener tiempos distintos de los de la
vida social cotidiana. Los cambios producidos en las mentes por el aumento de
la pobreza y del desempleo, por la decadencia de los servicios de todo tipo,
por las restricciones antidemocráticas, por la invasión a Irak y la teoría de
la guerra infinita, se reflejan muy pobremente en la decisión de votar por dos
millonarios que en el fondo ofrecen lo mismo que Bush sólo para echar del poder
a éste y su camarilla. Kerry-Edwards
y la dirección del Partido Demócrata piensan en los intereses imperiales de
Estados Unidos y, por supuesto, ofrecen una política de potencia. O sea, una
política imperialista en el extremo oriente y una "competencia
musculosa" con China. Sus ofertas en el campo social no van más allá de la
política de Clinton y no mencionan la eliminación de
las leyes liberticidas ni un nuevo New Deal, ni una
política de paz. En cambio, en la base, gran parte de los que votarán por ellos
entendiendo tirar a Bush a la basura, declaran tener posiciones opuestas. Si el
dúo demócrata, por consiguiente, ganase, sobre todo si gana por poco, se vería
sometido a la presión del establishment (al
cual pertenece) y, al mismo tiempo, al de su base que, estimulada por la guerra
de Irak y por la crisis económica, le pasaría la factura bajo la forma de
movilizaciones.
Esta contradicción entre la
dirección del Partido Demócrata y los sindicatos, los pacifistas, ecologistas,
movimientos de indocumentados y movimientos negros podría llevar a construir un
partido popular alternativo, basado o no en los sindicatos, como ya demandan
algunos sectores minoritarios. La creación de ese tercer partido, al romper el
bipartidismo, podría ayudar a politizar y organizar a la población de la
primera potencia mundial y a introducirla, con voz propia, en los problemas
mundiales.