La Jornada, México D.F. Sábado 25 de octubre de 2003
Pablo González Casanova
La organización de los muchos*
¿Qué
jurista o internacionalista serio puede negar que el acuerdo tomado en forma
unánime por el Consejo de Seguridad de la ONU el l6 de octubre, legitimando la
ocupación de Irak por Estados Unidos, acabó con ese organismo mundial y con uno
de los principios fundamentales del derecho internacional, al convalidar el
derecho a la conquista de países enteros y la apropiación de sus recursos más
valiosos, que pasan a ser propiedad de grandes empresas petroleras?
¿Qué
especialista en ciencia política serio puede sostener que la invasión de Irak
por Estados Unidos va a implantar la democracia en el país árabe? ¿Qué médico o
epidemiólogo serio puede afirmar que la pandemia del sida y el genocidio que
provoca en Africa no podría detenerse si dejaran de
prevalecer los grandes intereses de las compañías que venden el remedio a
precios altísimos y limitan su uso a la gente rica y superrica?
¿Qué experto serio en problemas militares o de seguridad puede negar que Israel
está realizando una tenaz guerra de colonización para expulsar o eliminar a la
población palestina, cuyo territorio ocupó por la
fuerza y cuyas casas, ciudades y recursos destruye por la fuerza en ese inmenso
campo de concentración en que Yasser Arafat, como uno de sus prisioneros, hace lo que puede para
gobernar mientras Ariel Sharon amenaza con
asesinarlo? ¿Qué economista serio puede afirmar que desnacionalizando las
riquezas de los países, y haciendo que las grandes compañías tomen las
decisiones en materia de producción, precios y distribución del petróleo y la
electricidad, y se hagan de grandes extensiones de territorio como propone el
Plan Puebla-Panamá, que así se van a resolver los problemas de los pueblos y
las naciones despojados? ¿Qué economista serio -como diría Atilio Borón- puede creer que es posible crecer y desarrollarse
reduciendo el gasto público, contrayendo el mercado interno, aumentando la
desocupación, frenando la expansión del consumo, aumentando el desempleo,
privando de sus derechos a los trabajadores, quitando créditos y avíos a los
campesinos, disminuyendo las inversiones y gastos en educación, salud,
vivienda, transporte público, asfixiando a las universidades y a los centros de
investigación científica y tecnológica, imponiendo altas tasas de interés y
plazos cortos de pago a los medianos y pequeños productores mientras se
facilita la operación de la banca privatizada y desnacionalizada, y de las
grandes compañías agrícolas, industriales, comerciales y de servicios, así como
de los capitales especulativos y al mismo tiempo se abruma de gravámenes
indirectos como el IVA a los más pobres, mientras se subsidia a los más ricos y
fuertes y se exime de pagar impuestos a los grandes monopolios, y hasta se hace
que paguen los pueblos las crisis fraudulentas de empresarios y banqueros,
fenómenos que se repiten en muchos países del mundo, y con especial saña en los
de la periferia mundial?
¿Cómo
podemos escuchar con frialdad éstas y otras preguntas sobre hechos lamentables
y exactos? ¿Cómo podemos hacernos los desentendidos, o poner cara de disgusto
impaciente, o de cólera resentida, cuando por los propios expertos del Banco
Mundial, de la ONU, de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura, de la Organización Mundial de la Salud y de otras
agencias internacionales o gubernamentales sabemos que mientras la riqueza
mundial se multiplicó ocho veces desde l960, 50 por ciento de los seres humanos
vive con menos de dos dólares al día, la tercera parte no tiene acceso a la
electricidad, uno de cada cinco no puede beber agua potable, uno de cada cinco
es analfabeto, un adulto de cada siete sufre desnutrición?
Datos
que debían consternarnos nos dejan fríos o a lo sumo nos afectan durante un
rato y a poco los olvidamos sin determinar las causas ni precisar las
consecuencias, ni ahondar en las soluciones y las medidas mínimas a tomar. Es
más, ni las oímos ni menos las consideramos.
Las
pruebas son agobiantes. Todas las políticas del neoliberalismo tienen como
efectos directos o indirectos, centrales o laterales, enriquecer a los más
ricos y poderosos a costa del empobrecimiento y la opresión de la inmensa
mayoría de la humanidad. Todas tienden a esclavizar y sujetar a los pueblos que
despojan de sus ingresos y de sus recursos. Entre todas destaca la injusta
deuda externa que pesa sobre los países periféricos. Expertos y no expertos
demuestran que los países endeudados rembolsan cada año más de lo que
recibieron como préstamo, que con su endeudamiento pierden su libertad política
y que sus gobernantes se convierten en los intermediarios de los grandes
usureros para colocar en el mercado la soberanía de sus pueblos, malbaratada, nula de todo derecho.
Muchos
factores de sujeción y empobrecimiento, basados en las políticas tecnológicas,
financieras, laborales y comerciales confirman que el neoliberalismo ha sido el
arma principal de las dos décadas perdidas por los pueblos y ganadas por los superricos y por las grandes potencias. Es más, todos los
estudios serios llevan a la certidumbre de que de continuar esas políticas el
futuro de la humanidad está gravemente amenazado. Desde los informes de Hammarskjöid (1975), de Brandt
(1980), de Bruntland (l987) los datos oficiales
confirman las tendencias descubiertas por los investigadores científicos y que
éstos han venido señalando hasta el día de hoy, apoyados por voceros de
organizaciones de la sociedad civil o de los gobiernos.
Los
datos no son pesimistas, son exactos. Anuncian un futuro lleno de peligros
actuales, concretos, cuyas manifestaciones aparecen día a día en los medios de
comunicación y en los foros mundiales, sin que el proceso logre detenerse por
un sistema de producción para el lucro y de dominación para el enriquecimiento
de los ricos y los poderosos a costa de los pueblos, de los trabajadores, de
los campesinos y las etnias.
Siguen
ensuciándose los ríos, los suelos, el aire y los océanos con descargas químicas
y desechos de todo tipo; siguen disminuyendo las selvas y creciendo los
desiertos; sigue debilitándose la capa de ozono que protege a la tierra;
"sigue rompiéndose el equilibrio que hizo posible la vida en la
tierra". El sistema de producción y dominación lucrativa y esclavizante
con sus grandes negocios y sus guerras de conquista sigue enriqueciendo a los
ricos y fortaleciendo a los poderosos en una tendencia que de continuar, en
ésta o la siguiente década, va a mostrar con toda claridad que el planeta ya no
puede soportarlo.
El
capitalismo organizado y el imperialismo tecnocientífico
están produciendo millones de pobres, agotando las reservas energéticas no
renovables, armando una guerra total contra los países pobres y los pobres de
los países ricos, redistribuyendo en forma cada vez más injusta el ingreso
global y el ingreso en el interior de las naciones, aumentando la "deuda
social" y la "deuda con la naturaleza". Su nueva invasión de la
tierra y su lucha por el reparto del botín global está, inexorablemente,
sentando las bases para una guerra entre los poderosos. Estos se temen entre sí
y cada uno teme llevar la peor parte; se desesperan de no poder usar sus armas
atómicas en un nerviosismo oculto y engañoso, pero tan lógico y comprobado como
lo es la historia de las guerras de unos imperios contra otros y del
imperialismo contra sus competidores actuales y potenciales, que en el caso de
Estados Unidos han sido señalados en parte por sus nombres e indiciados como el
nuevo eje del mal.
Dada la
importancia que las ciencias y las técnicas tienen en la situación en que
vivimos y el papel que las humanidades juegan en la marcha de un sistema que
amenaza a la humanidad entera, a la necesidad de que los científicos y
humanistas, como una pequeñísima parte de la humanidad, asuman plenamente la
responsabilidad que tienen de dar a conocer la situación mundial, los daños y
peligros que vive la humanidad entera, si sigue esta política y este sistema,
se añade otra no menos apremiante: el que unan sus conocimientos y sus actos en
sus propias tareas de difusión de la cultura y las ciencias, de educación a
todos los niveles, y de investigación sobre estructuras, tendencias, causas y
factores, políticas, regímenes y sistemas para alejar los peligros que vivimos
e imponer soluciones públicas y sociales globales, nacionales, regionales, a
problemas que no pueden ser dejados en manos de aquellos que predominantemente
actúan para lucrar, o legitimar a quienes lucran.
El reto
que vivimos no consiste sólo en difundir y fortalecer nuestras críticas al
neoliberalismo, a las plutocracias que se llaman democracias, al imperialismo o
al capitalismo. Consiste sobre todo en plantearnos las mejores formas de actuar
en
el corto y el largo plazos, en nuestras actividades cotidianas como profesores,
investigadores, escritores, trabajadores de los medios, intelectuales
colectivos de los movimientos sociales y de los partidos políticos, para que
"los muchos" dispongan de la información y formación de que nosotros
disponemos, y para que nosotros aprendamos de ellos los nuevos planteamientos
que están haciendo en las luchas por la democracia, la liberación y el
socialismo, que hoy encierran como memoria e imaginación las experiencias y los
sueños de los movimientos sociales que empezaron en la Revolución Francesa, o
aun antes entre el bajo pueblo de Inglaterra, entre los colonos de Estados
Unidos, entre los pueblos de Asia, Africa y América
Latina y en todas las etnias del mundo y que llegaron hasta los
líderes-intelectuales de los movimientos de liberación de nuestro tiempo,
pasando por las luchas de los trabajadores en las fábricas, las ciudades y las
naciones, y por las de los ciudadanos por una representación y participación
que haga de la democracia un verdadero gobierno de pueblos, para los pueblos y
con los pueblos, como dijo Lincoln en una frase
inolvidable que expresa lo mejor del pueblo estadunidense.
La tarea
de nosotros como intelectuales comprometidos con la lucha por otro mundo
posible nos lleva a reformular nuestros programas de investigación,
comunicación y educación a todos sus niveles, para que la llamada sociedad del
conocimiento no sea la sociedad del desconocimiento de las causas profundas de
los problemas que vivimos, y de las soluciones necesarias para aumentar nuestras
posibilidades de triunfo. El problema se nos plantea desde la alfabetización
concreta en el sentido de Paulo Freire de saber leer y cambiar el mundo; desde
la imaginación creadora de los zapatistas mexicanos, de los cocaleros
bolivianos, de los piqueteros argentinos, de "los sin tierra"
brasileños hasta la educación universitaria o politécnica, vinculadas a la
investigación científica y humanística del más alto nivel, pasando por los
medios y sistemas de educación y pedagogía que permitan dar a "los
muchos" una verdadera educación para pensar y actuar y para aprender
enseñando.
Y todos
esos problemas tienen que enfrentarse a partir de tesis radicales, las cuales
vayan a las raíces de los conocimientos prohibidos por el sistema dominante.
Mediante el diálogo y la discusión superaremos conflictos internos y
aumentaremos consensos que permitan construir una transición a tres objetivos
ineludibles que constituyen el legado histórico de todas las luchas de la
humanidad por un mundo mejor: la verdadera democracia, la verdadera liberación
y el verdadero socialismo.
Con la
bienvenida a todos ustedes y un saludo fraternal a quienes no están aquí pero
participan de nuestros sueños y preocupaciones, los invitamos a pensar en la
forma práctica de organizar en redes de redes y asociaciones de asociaciones a
los intelectuales y científicos que están por la vida, la democracia, la
liberación y el socialismo, y que teniendo distintas posiciones en la múltiple
lucha, conocen la necesidad de respetar el pluralismo ideológico, religioso y
laico de sus integrantes, al mismo tiempo que buscan construir espacios de
consenso para una política alternativa y una organización
de "los muchos" que cuente con los descubrimientos y conocimientos
más recientes de los intelectuales y dirigentes comprometidos con el quehacer
científico y humanístico, y con la vida.
*
Discurso pronunciado el 24 de octubre de 2003 en el encuentro En defensa de la
humanidad, que se realiza en el Polyforum Cultural Sequeiros
de México, D.F.