La crisis del capitalismo y la victimizacion
campesina
Pobreza mundial, pauperización
y acumulación de capital
Samir Amin
Masiosare
Rebelión, 23 de noviembre del 2003
Un discurso sobre la pobreza y la necesidad de reducir su magnitud, o erradicarla, está de moda hoy en día. Es un discurso de la caridad, al estilo del siglo XIX que no busca entender los mecanismos sociales y económicos que generan la pobreza, aunque los medios científicos y tecnológicos para erradicarla ya estén disponibles.
El capitalismo y la nueva cuestión agraria
Todas las sociedades antes de los tiempos modernos (capitalista) fueron sociedades campesinas. Su producción estaba regulada por varios sistemas y lógicas específicas pero no aquellas que rigen el capitalismo en una sociedad de mercado, como la maximización del retorno sobre el capital.
La moderna agricultura capitalista -abarcando tanto las haciendas familiares en gran escala como las corporaciones de los agrobusiness, igualmente ricas- está ahora empeñada en un ataque masivo a la producción campesina del Tercer Mundo. La señal verde para esto fue dada en la sesión de noviembre del 2001 de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Doha, Qatar. Hay muchas víctimas de éste ataque, y la mayor parte son campesinos del Tercer Mundo, que aún constituyen más de la mitad de la humanidad.
La agricultura capitalista gobernada por el principio de retorno sobre el capital, que se localiza casi exclusivamente en América del Norte, Europa, Australia y en el Cono Sur de América Latina, emplea sólo unas pocas decenas de millones de agricultores que ya no son campesinos. Debido al grado de mecanización y las extensas dimensiones de las haciendas administradas por un propietario, su productividad generalmente varía entre 1 y 2 millones de kilogramos de cereales por agricultor.
En agudo contraste, tres mil millones de agricultores están dedicados a la agricultura campesina. Sus tierras pueden ser agrupadas en dos sectores distintos, con escalas de producción, características económicas y sociales, y niveles de eficiencia muy diferentes. Un sector, capaz de beneficiar la revolución verde, obtuvo fertilizantes, pesticidas, semillas mejoradas y algún grado de mecanización. La productividad de estos campesinos varía entre 10 y 50 mil kilogramos de cereales por año. Con todo, se estima que la productividad anual de los campesinos excluidos de las nuevas tecnologías esté alrededor de 1.000 kilogramos por agricultor.
El radio de productividad entre el más avanzado segmento capitalista de la
agricultura mundial es el más pobre, que estaba en torno de 10 a 1 antes de
1940, está ahora cerca de 2000 a uno, esto significa que la productividad
progresó mucho más desigualmente en el área de la agricultura y de la
producción alimenticia que en cualquiera de las otras áreas. Esta evolución
condujo simultáneamente a la reducción de los precios relativos a los productos
alimenticios (en relación con los productos industriales y de servicios) a un
quinto de lo que era hace cincuenta años atrás. La nueva cuestión agraria
resulta de este desarrollo desigual.
La modernización siempre combinó dimensiones constructivas, especialmente la
acumulación del capital y el aumento de la productividad, con aspectos
destructivos: reducción del trabajo al estado de una mercadería vendida en el
mercado, muchas veces destruyendo la base ecológica natural para la
reproducción de la vida y de la producción, y polarizando la distribución de la
riqueza a un nivel global. La modernización siempre integró simultáneamente a
algunos, pues los mercados en expansión crean empleos, y excluye a otros, que
no fueron integrados en la nueva fuerza de trabajo después de haber perdido sus
posiciones en los sistemas anteriores.
En su fase de ascenso, la expansión capitalista global integró a muchos junto
con los procesos de exclusión. Pero ahora, en las sociedades campesinas del
Tercer Mundo, se excluye un número masivo de personas y se incluyen
relativamente pocas. La cuestión que se plantea aquí, precisamente, es que si
esta tendencia continuará en operar con relación a los tres mil millones de
seres humanos que aún producen y viven en sociedades campesinas en Asia, África
y América Latina.
En realidad ¿qué sucedería si la agricultura y la producción alimenticia fuesen
tratadas como cualquier otra forma de producción sometida a las reglas de la
competencia en un mercado abierto y desreglamentado, como fue en principio
decidido en la reunión de la OMC en Doha? ¿ Será que
tales principios estimularon la aceleración de la producción?
Alguien podría imaginar que la comida traída al mercado por los tres mil
millones de campesinos de hoy, después de asegurar su propia subsistencia,
sería al revés de eso producida por veinte millones de
nuevos agricultores modernos. Las condiciones para el éxito de una alternativa
incluirían: 1) la transferencia de importantes parcelas de buena tierra para
los nuevos agricultores capitalistas (y estas tierras tendrían que ser
arrancadas de las manos de las actuales poblaciones campesinas); 2) capital
(para comprar bienes y equipos); y 3) acceso a los mercados consumidores. Tales
agricultores en realidad competirían con éxito con los millones de millones de
campesinos del presente. ¿Pero que sucedería con aquellos millares de millones
de personas?
En estas circunstancias, acordar con el principio general de la competencia de
productos agrícolas y alimenticios, impuestos por la OMC, significa aceptar la
eliminación de miles de millones de productores no competitivos dentro del
corto tiempo histórico de unas pocas décadas. Lo que transformará a estos miles
de de millones de seres humanos, la mayoría de los cuales ya son pobres entre
los pobres, es que se alimenten a sí mismos con grandes dificultades. En un
espacio de tiempo de cincuenta años, el desarrollo industrial, aún en la
fantástica hipótesis de una tasa de crecimiento continua del 7% al año, no
podría absorber ni un tercio de esta reserva.
El mayor argumento presentado con el fin de legitimar la doctrina de la
competencia de la OMC es que tal desarrollo sucedió en el siglo XIX y en el XX,
tanto en Europa como en Estados Unidos, donde se produjo una sociedad
urbano-industrial y post-industrial moderna, rica, con una agricultura moderna
capaz de alimentar a la nación y hasta exportar alimentos. ¿Por qué no debería
este modelo ser repetido en los actuales países del Tercer Mundo?.
Este argumento deja de considerar los dos principales factores que tornan casi
imposible la reproducción de este modelo en el Tercer Mundo. Lo primero es que
el modelo europeo se desarrolló a lo largo de un siglo y medio justamente con
tecnologías de trabajo intensivas. Las tecnologías modernas utilizan mucho
menos trabajo y los recién llegados del Tercer Mundo, tienen que adoptarlas
para que sus exportaciones industriales sean competitivas en los mercados
globales. Lo segundo, es que durante aquella larga transición, Europa se
benefició de la migración masiva para las Américas de
su excedente población.
El argumento de que el capitalismo realmente resolvió la cuestión agraria en
sus centros desarrollados siempre fue aceptado por amplios sectores de
izquierda, siendo un ejemplo el famosos libro de Karl
Kautsky, 'La cuestión agraria', escrito antes de la
Primera Guerra Mundial. La ideología soviética heredó tal visión y con base en
la misma, emprendió la modernización durante la colectivización estalinista,
con débiles resultados.
Algo que siempre fue pasado por alto es el hecho de que el capitalismo, en
cuanto resolvía la cuestión en sus centros, hacía esto generando una gigantesca
cuestión agraria en las periferias, la cual sólo puede resolverla a través del
genocidio de la mitad de la especie humana. Dentro de la tradición marxista,
sólo el maoísmo entendió la magnitud del desafío. Por lo tanto, aquellos que
acusaron al maoísmo de ser una 'desviación campesina' mostraron por ésta simple
crítica, que les falta la capacidad analítica para comprender el capitalismo
imperialista, lo cual ellos lo reducen a un discurso abstracto sobre el
capitalismo en general.
La modernización a través de la liberación del mercado capitalista, sugerido
por la OMC y por los que la apoyan, encuadra lado a lado, sin siquiera efectuar
la necesaria unificación, los dos componentes: la producción alimenticia a una
escala global a través de modernos agricultores competitivos basados sobre todo
en el Norte y en el futuro posiblemente también en algunos bolsones del Sur, y
la marginalización exclusión, y el avance del empobrecimiento de la mayoría de
los tres mil millones de campesinos del actual Tercer Mundo y, finalmente, su
aislamiento en alguna especie de reservas. Combina por lo tanto, un discurso
pro-modernización y dominado por la eficiencia con un conjunto de políticas
ecológicas-culturales de contención que permitan a las víctimas sobrevivir en
un estado de empobrecimiento material (incluyendo el aspecto ecológico) Estos
dos componentes pueden por lo tanto, complementarse una a otra, al contrario de
entrar en conflicto.
¿Podremos imaginarnos otras alternativas, y haberlas discutido ampliamente?
¿Alternativas en las cuales la agricultura campesina fuese mantenida durante el
futuro visible del siglo XXI, pero qué simultáneamente entrase en un proceso de
continuo progreso tecnológico y social? Por éste camino, los cambios podrían
verificarse en una tasa que permitiría una progresiva transferencia de los
campesinos a los empleos no rurales y no agrícolas. Tal conjunto estratégico de
objetivos envuelve complejas políticas alimenticias del campesinado nacional,
regional y locales.
Al nivel nacional implica macropolíticas que protegen
la producción alimenticia del campesinado de la competencia desigual de los
agricultores modernizados y de las corporaciones de los agrobusiness,
locales e internacionales. Esto ayudará a garantizar precios internos de los
alimentos aceptables - separados de los precios de los mercados internos de los
alimentos aceptables, separados de los precios de los mercados internacionales,
los cuales además de eso son sustentados por los subsidios agrícolas del Norte
rico.
Tales objetivos políticos también cuestionan los modelos de desarrollo
industrial y urbano, los cuales deberían estar menos basados en prioridades
orientadas a la exportación (por ejemplo: manteniendo salarios, bajos, lo que
implica precios bajos para los alimentos) y más dirigidos a la expansión del
mercado interno socialmente equilibrado.
Esto envuelve, en simultáneo, un modelo global de políticas con el fin de
asegurar la seguridad alimenticia nacional: una condición indispensable para
que un país pueda ser miembro activo de la comunidad global, disfrutando el indispensable
margen de autonomía y capacidad de negociación.
Los niveles regional y global implican acuerdos internacionales y políticos que
se alejen de los principios doctrinarios liberales que rigen la OMC,
sustituyéndolos por soluciones imaginativas y específicas para diferentes
áreas, teniendo en consideración las cuestiones específicas, las condiciones
históricas y sociales concretas.
La nueva cuestión laboral
La población urbana del planeta actualmente representa cerca de la mitad de la
humanidad, por lo menos tres mil millones de individuos, con campesinos
formando un porcentaje estadísticamente no insignificante de la otra mitad. Los
datos acerca de ésta población nos permiten distinguir entre aquello que
podemos denominar clases medias y clases populares.
En la etapa contemporánea de la evolución capitalista, las clases dominantes
-propietarios formales de los principalees pedios de
producción y administradores superiores asociados a su desempeño- representan
sólo la minúscula fracción de la población global aunque la tajada que retiran
del rendimiento disponible de sus sociedades sea significativa. A esto, sumamos
las clases medias en el antiguo sentido de la expresión: rentados no
asalariados, propietarios de pequeñas empresas y administradores medios, los
cuales están necesariamente en decadencia.
La gran masa de trabajadores en los segmentos de producción modernos está
constituida de asalariados que ahora representan más de cuatro quintos de la
población urbana de los centros desarrollados. Esta masa está dividida en por
lo menos dos categorías, cuya frontera es visible no sólo para el observador
externo sino que está realmente viva en la conciencia de los individuos
afectados.
Están aquellos que pueden ser etiquetados como clases populares estabilizadas,
en el sentido de que están realmente seguros en sus empleos, gracias entre
otras cosas, a las calificaciones profesionales que les darán poder de
negociación junto a los empleadores y por lo tanto, están frecuentemente
organizados, por lo menos en algunos países, en sindicatos poderosos. En todos
los casos, esta masa trae consigo un peso político que refuerza su capacidad de
negociación.
Otros, constituyen las clases populares precarias que incluyen trabajadores
debilitados por su baja capacidad de negociación (como resultado de sus bajos
niveles de calificación, su status como no ciudadanos, o su raza, o su género)
ya sea como no asalariados (aquellos formalmente desempleados y los pobres con
empleos en el sector informal) Podemos etiquetar esta segunda categoría de las
clases populares como 'precarios', al contrario de 'no integrados' o
'marginados', porque éstos trabajadores están perfectamente integrados en la
lógica que comanda la acumulación del capital.
De la información disponible para los países desarrollados y ciertos países del
sur (de los cuales extrapolamos datos) obtenemos las proporciones relativas que
cada una de las categorías antes definidas representa en la población urbana
del planeta. Aunque los centros representan sólo 18 % de la población del
planeta, una vez que su población es urbana en un 90%, ellos constituyen el
hogar de un tercio de la población urbana mundial.
Las clases populares representan tres cuartos de la población urbana mundial,
la subcategoría de los precarios representa dos tercios de las clases populares
a una escala mundial. (Cerca del 40% de las clases populares en los países
centrales del 80% en los de las periferias, están en la subcategoría de
precarios. En otras palabras, las clases populares precarias representan la
mitad (por lo menos) de la población urbana mundial, lo cual es mucho más que
esto en las periferias.
Una mirada a la composición de las clases populares urbanas hace medio siglo,
luego de la Segunda Guerra Mundial, muestra que las proporciones que
caracterizaban a las clases populares era muy
diferentes de aquellas que vinieron a ser.
En aquella época, la parte del Tercer Mundo no excedía la mitad de la población
urbana global (alrededor de mil millones de individuos) contra los dos tercios
de hoy. Megaciudades, como aquellas que hoy conocemos
en prácticamente todos los países del Sur, aún no existían. Había sólo unas
pocas grandes ciudades, particularmente en la China, en la India y en América
Latina.
En los centros, las clases populares se beneficiaron, durante el período de
post-guerra, de una situación excepcional basada en los compromisos históricos
impuestos al capital por las clases trabajadoras. Este compromiso permitió la
estabilización de la mayoría de los trabajadores en los moldes de una
organización del trabajo conocida como el sistema de la fábrica 'fordista'. En las periferias, la proporción de los
precarios -que era, como siempre, mayor de la de los centros- no excedía a la
mitad de las clases populares urbanas (contra más del 70% hoy) La otra mitad
aún consistía, en parte, de asalariados estabilizados en los moldes de la nueva
economía colonial y de la sociedad modernizada y en parte en los antiguos
moldes de las industrias artesanales.
La principal transformación social que caracteriza a la segunda mitad del siglo
XX, puede ser resumida en una única estadística: la proporción de las clases
populares precarias asciende de menos de un cuarto para más de la mitad de la
población urbana global, y éste fenómeno de pauperización reapareció en una
escala significativa en los propios centros desarrollados. Esta población
urbana desestabilizada aumentó en medio siglo de 250 millones para más de 1.500
millones de individuos, registrando una tasa de crecimiento que supera aquella
que caracteriza la expansión económica, el crecimiento de la población o el
propio proceso de urbanización.
Pauperización
No hay palabra mejor para designar la tendencia evolutiva de la segunda mitad
del Siglo XX. El hecho, en sí mismo, es reafirmado en el nuevo lenguaje
dominante: la 'reducción de la pobreza' se tornó en un tema recurrente entre
los objetivos que las políticas gubernamentales dicen ejecutar. Pero la pobreza
en cuestión es presentada sólo como un hecho medido empíricamente, tanto de
forma a través de la distribución del rendimiento (líneas de pobreza) o de
forma un poco menos grosera a través de índices compuestos (tales como los
índices de desarrollo humano propuestos por el Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo), sin ni siquiera levantar la cuestión de las lógicas y de
los mecanismos que generan ésta pobreza.
Nuestra presentación de estos mismos hechos va más allá porque nos permite,
precisamente, comenzar a explicar el fenómeno y su evolución. Estratos medios,
estratos populares estabilizados y estratos populares precarios están todos
integrados dentro del mismo sistema de producción social, pero ellos cumplen
diferentes funciones en el mismo. Algunos en realidad están excluidos de los
beneficios de la prosperidad. Los excluidos son también una parte del sistema y
no están marginados en el sentido de no estar integrados -funcionalmente-
dentro del sistema.
La pauperización es un fenómeno moderno que no es enteramente reducible a la
falta de rendimiento suficiente para sobrevivir. Es realmente la modernización
de la pobreza y tiene efectos devastadores en todas las dimensiones de la vida
social. Los inmigrantes de las zonas rurales relativamente bien integrados
dentro de las clases populares estabilizadas durante la edad de oro (1945-1975)
tendían a tornarse trabajadores fabriles. Ahora, aquellos que llegan
recientemente y sus hijos están situados en las márgenes de los sistemas
productivos, creando condiciones favorables para la sustitución de
solidaridades de comunidad por conciencia de clase. En cuanto a eso, las
mujeres son aún más víctimas por la precariedad económica que los hombres,
resultando en el deterioro de sus condiciones materiales y sociales. Y si los
movimientos feministas, sin duda consiguieron avances importantes en el ámbito
de las ideas y del comportamiento, los beneficiarios de estas ganancias son
casi exclusivamente mujeres de las clases medias, ciertamente no aquellas de
las pauperizadas clases populares. En cuanto a la
democracia, su credibilidad -y por lo tanto su legitimidad- es solapada por su
incapacidad para reducir la degradación de las condiciones de una fracción cada
vez mayor de las clases populares.
La pauperización es un fenómeno inseparable de la polarización a una escala
mundial - un resultado inherente a la expansión realmente existente, que por
esta razón debemos llamar imperialista por naturaleza.
La pauperización en las clases populares urbanas está estrechamente ligada a
los desarrollos que victimizan a las sociedades
campesinas del Tercer Mundo. La sumisión de éstas
sociedades a las exigencias de la expansión del mercado capitalista sustenta
nuevas formas de polarización social que excluyen una proporción cada vez mayor
de agricultores del acceso a la utilización de la tierra. Estos campesinos que
quedaron empobrecidos o sin tierra alimentan -aún más que el crecimiento
poblacional- la inmigración para los barrios de lata. A pesar de eso, todos éstos fenómenos están destinados a empeorar en cuanto los
dogmas liberales no fuesen desafiados, y ninguna política correctiva dentro de
ésta estructura liberal pueda controlar su difusión.
La pauperización pone en cuestión tanto la teoría económica como las
estrategias de las luchas sociales. La vulgar teoría económica convencional
evita las cuestiones reales que son colocadas por la expansión del capitalismo.
Esto sucede porque ella sustituye un análisis del capitalismo realmente
existente por una teoría de un capitalismo imaginario, concebido como una
extensión simple y continua de las relaciones de cambio (del mercado), a pesar
de que el sistema funcione y se reproduzca en la base de la producción
capitalista y de las relaciones de cambio (no simplemente relaciones de
mercado) Esta sustitución está fácilmente emparentada con una relación a
priori, que no está confirmada ni por la historia, ni por los argumentos
racionales, de que el mercado es autorregulador y produce un éxito social.
De esta manera, la pobreza, sólo puede ser explicada por causas que se decretan
ser externas a la lógica económica, tal como el crecimiento poblacional o los
errores políticos. La relación de la pobreza con el propio proceso de
acumulación es separada por la teoría económica convencional. El resultante
virus liberal, que contamina el pensamiento social contemporáneo y aniquila la
capacidad de entender el mundo, para no hablar de transformarlo, penetró
profundamente a varias izquierdas constituidas desde la Segunda Guerra Mundial.
Los movimientos actualmente comprometidos en luchas sociales por 'otro mundo' y
una globalización alternativa, sólo serán capaces de producir avances sociales
significativos, si se liberan de este virus, con el fin de construir un debate
teórico auténtico. En cuanto no se liberen de éste virus, los movimientos
sociales, aunque sean los más bien intencionados, permanecerán presos en los
grilletes del pensamiento convencional y, por lo tanto, prisioneros de
propuestas correctivas ineficaces, que son alimentadas por la retórica
referente a la 'reducción de la pobreza'.
El análisis aquí esbozado, debería contribuir a la apertura de éste debate.
Esto, porque restablece la pertinencia de la vinculación entre acumulación del
capital por un lado, y el fenómeno de la pauperización social por el otro.
Ciento y cincuenta años atrás, Marx inició un
análisis de los mecanismos que están detrás de ésta vinculación, la cual a
duras penas fue perseguida desde entonces y de ninguna manera a escala global.
* Samir Amin es Director
del Foro del Tercer Mundo, en Dakar, Senegal. Activo participante del Foro
Social Mundial. Sus
libros recientes incluyen Specters of Capitalism: A Critique of Current
Intellectual Fashions (Monthly Review, 1998), y Obsolescent Capitalism:
Contemporary Politics and Global Disorder, a publicar por la Editorial Zed
Books.
Traducción: Ernesto Herrera