agosto 28 2003
LAS JUNTAS DE BUEN GOBIERNO ZAPATISTAS
Y LA AUTONOMIA
Guillermo Almeyra
En la decisión del Ejército Zapatista de
Liberación Nacional (EZLN) de formar las llamadas Juntas de Buen Gobierno se
yuxtaponen importantes cuestiones de diversa índole que conviene tratar por
separado.
En primer lugar, está el agudo problema de la
relación entre “las bases” y el organismo político-militar que expresa y dirige
el movimiento indígena zapatista chiapaneco. O sea, la cuestión de quién adopta
las decisiones y controla su aplicación, la cual es fundamental para la
democracia, y la de la forma que adopta el proceso mismo de la elaboración de
dichas decisiones y de la formación de los cuadros y dirigentes políticosociales.
Está también la urgencia de distinguir claramente
las ventajas y peligros respectivos de la descentralización
político-administrativa, no teóricamente y en abstracto, sino en medio del
conflicto, por un lado, entre los indígenas que son también campesinos
productores y consumidores, artesanos o jornaleros además de ciudadanos
empeñados en construir la autonomía de sus comunidades, y el poder estatal y
sobre todo el mercado, por el otro.
Se añade igualmente la cuestión de las alianzas a
nivel local y nacional. La cual implica, por definición, reconocer las
diferencias que existen con el aliado eventual pero también encontrar puntos
comunes de acuerdo y de acción. O sea, un proceso de discusión-negociación
donde ambas partes hagan concesiones y dejen
que la experiencia y la lucha conjunta diriman los problemas o faciliten
una discusión posterior, más madura, de los mismos.
Otro de los problemas esenciales es el del
objetivo: ¿el EZLN y las Juntas de Buen Gobierno zapatistas buscan sólo
construir un poder local en un sector del mundo indígena o aspiran a construir en
éste una base sólida para luchar por otro proyecto de país para todos los
oprimidos y explotados del mismo ? En ese caso,
¿cuáles serían las bases de dicho proyecto, desde el punto de vista social (es
decir, la posición ante el sistema capitalista, por ejemplo), político (la
definición frente a la forma concreta que históricamente fue asumiendo el
Estado mexicano), económico (el tipo de distribución de los recursos y de
desarrollo local y nacional, la relación con el resto del mundo)?
Uno más, importante, es el de las vías y medios
para obtener el fin que se proponen. ¿El EZLN seguirá siendo un movimiento
político-militar chiapaneco, intentará ser un movimiento político-social
indígena, o sea regional y minoritario por definición en un país donde los
núcleos indígenas representan sólo entre el 10 y el 15 por ciento de la
población y están desperdigados en todo el territorio, o tratará de funcionar
como movimiento-partido, buscando apoyos y afinidades en todo México en torno a
posiciones políticas sobre todos los problemas fundamentales, nacionales e
internacionales, y alrededor de propuestas concretas en todos los terrenos de
la lucha política?
La cuestión de las formas de la política en la
mundialización, que ha modificado profundamente lo político y la política, es
también fundamental. El EZLN siempre ha actuado políticamente y no sólo con la
rebelión, manteniendo las armas, construyendo zonas fuera del control estatal,
buscando construir Frentes y organizaciones nacionales que le dieran apoyo,
tendiendo lazos con grupos solidarios internacionales. También ha recorrido el
camino de la lucha institucional, tratando de dar carácter legal a los Acuerdos
de San Andrés, combinando su gran Marcha y su presión con su intervención en
San Lázaro. Pero después se refugió en un apoliticismo no bien definido –cuya teorización oficial pareció ser el libro de John Holloway Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder-
y que se caracterizaba por el silencio y la ausencia total en la discusión de
todas las grandes cuestiones nacionales e internacionales, hasta que ahora, con
las Juntas de Buen Gobierno, parece combinar la institucionalización
alternativa del poder local con una apertura al mundo, simbolizada en su
decisión de acudir a Cancún, para protestar contra la política del capital
financiero mundial, y de reconocer que existe el problema del campo y el de los
campesinos, más allá del problema de los indígenas, que son rurales y
productores agrícolas. Ese nuevo curso que se esboza ¿llevará, como sucedió en
Bolivia o en Ecuador, a combinar la lucha y la consolidación de las comunidades
con la construcción de un instrumento nacional –el Movimiento al Socialismo
boliviano, con su base en los cocaleros del Chapare, o el Pachakutik
de la CONAIE- para disputar también en el terreno de las elecciones y de la
elaboración de proyectos de leyes o del gobierno local?
Por último, está la definición de qué debe ser la
autonomía, que las Juntas de Buen Gobierno tratan de reforzar: ¿debe limitarse a la administración de las comunidades
indígenas o de los municipios?,
¿debe tener por objetivo sólo las bases sociales zapatistas o por el contrario
debería extenderse a todo el territorio nacional, región por región, municipio
por municipio, colonia urbana por barrio, de modo de construir el tejido
político eststal desde abajo y de generalizar la
construcción de ciudadanía mediante una participación activa de la población en
la toma de decisiones políticas?
EZLN y Juntas
Los municipios autónomos zapatistas han estado
siempre bajo la supervisión del EZLN que, según el subcomandante Marcos
interviene “cuando hay conflictos o desviaciones”[1]
y, por supuesto, ha
determinado siempre cuál era el carácter de dichos conflictos y qué consideraba
“desviaciones”. Ahora, por decisión del Comité Clandestino Revolucionario
Indígena (CCRI), se forman las Juntas de Buen Gobierno, cuyo funcionamiento
vigilará siempre el CCRI[2]
.Marcos mismo ha asumido “la vocería”
(el carácter de vocero) de las comunidades zapatistas, que pasará a las Juntas.
Y el 8 de agosto en la inauguración de éstas, en Oventic, no habló ninguno de
sus integrantes pues los oradores fueron comandantes zapatistas, varones y
mujeres, que intervinieron, no sobre los problemas generales, sino
disciplinadamente sobre temas bien diferenciados. Las Juntas, por consiguiente,
sólo son parcialmente organismos
autónomos, ya que están vigiladas y controladas estrechamente por el aparato
político-militar que sobre los grandes problemas habla en su nombre. Aunque
ellas dependen de asambleas, que nombran y revocan sus integrantes si es necesario, de hecho son
aún, en la realidad, una “correa de transmisión” de quienes deciden en los
municipios y en ese piso superior de los municipios en rebeldía. Ellas buscan
regular el ingreso proveniente del comercio o de los aportes de las ONGs, así
como funcionar de instancia superior para fijar normas y resolver litigios
entre las comunidades o los campesinos mercado y
repartir de modo más justo, entre las diferentes regiones y localidades, los zapatistas.
Son, sin duda, un progreso en el camino de la reglamentación de una vida
económica y social marcada, según expresó reiteradamente Marcos, por una realidad bastante anárquica “donde cada uno hace lo
que quiere”. Pero esa centralización depende del EZLN sobre todo porque las
comunidades carecen de experiencia administrativa, de cuadros formados, de
visión regional, nacional, internacional y están internamente debilitadas por
el proceso de pérdida de autoridad de los ancianos y cargos tradicionales
–entre otras cosas por la misma acción y presencia del EZLN y por los cambios
que éste ha comenzado a introducir en las relaciones entre los sexos y en los
derechos de las mujeres[3].
EL EZLN, por su parte, aunque haya retirado sus retenes en la zona, sigue en
estado de alerta ante el peligro constante de una invasión del ejército o de
los paramilitares sostenidos por éste y, por consiguiente, sigue siendo una
estructura monolítica, con mandos verticales, que no estimula la discusión ni
la democracia. Según el mismo Marcos[4]
en las comunidades persisten elementos políticos, religiosos y culturales
que dificultan la construcción de una vida democrática. Ello dificulta la tarea
fundamental para la construcción de cuadros político-administrativos, o sea, el
desarrollo de la independencia de criterio y del espíritu crítico, la ruptura
total con la tradición del sometimiento a las autoridades para pasar a seguirlas
con conciencia o a criticarlas si
resultase necesario.
Centralización y descentralización
La creación de las Juntas, que reúnen sobre una
base regional municipios poblados por diferentes etnias tiene, entre otros
objetivos, evitar que la organización política se construya principalmente
sobre bases étnicas como estaba sucediendo en algunos municipios autónomos en
los que los zapatistas tojolabales y los tzeltales, inicialmente unidos, habían terminado por
separarse sobre una base étnico-lingüística. El peligro del esencialismo
indígena y de las diferenciaciones y resistencias étnicas es constante y el
EZLN, consciente de ello, busca con las Juntas conjurarlo.
Pero esta centralización, que concede a las Juntas
poderes jurídicos superiores a los de los municipios y la posibilidad de
regular los ingresos y el comercio de los mismos con un criterio regional,
reduce los poderes de las asambleas locales, por un lado, y concentra más poder
en las Juntas (y, por consiguiente, en el EZLN que las “vigila y controla”) y,
al mismo tiempo, da a la sede de cada una de ellas un papel económico-político
mayor, pues en ellas se realizarán los litigios importantes, las tratativas
comerciales decisivas, las negociaciones con las ONGs. Si la creación de las
Juntas tiene como objetivo reducir esa especie de “renta diferencial” de que
disponen los municipios más comunicados o más conocidos por las ONGs, el
reforzamiento del papel político-económico de las cabeceras regionales donde
funcionan las Juntas tendrá, gracias a esta centralización, un nuevo efecto
diferenciador entre las comunidades, a pesar del esfuerzo por reducir las
desigualdades entre ellas mediante el “impuesto hermano” del 10% sobre las
transacciones para ayudar a los municipios más necesitados.
La República Federativa Yugoslava ejercía en
efecto una discriminación positiva y daba a la región autónoma de Kosovo, en
Serbia, una parte superior de los ingresos generales que a otras regiones o
repúblicas más desarrolladas. Pero eso no fue suficiente ni para evitar que los
que partían de mejores condiciones creciesen más que los que con la ayuda
general estaban tratando de reducir la diferencia en el grado de desarrollo ni
tampoco para consolidar los lazos entre las repúblicas y regiones cuando la
presión del mercado (y de la política que acompaña y sirve a éste) fue
demasiado grande sobre las “soldaduras” creadas entre ellas y que las mantenían
juntas. Por importante que sea el intento redistributivo
(de la pobreza) que realizarán las Juntas la relación con el mercado (y con la
presión del Estado) no puede dejar de tenerse en cuenta y, ya que la autarquía
de las zonas zapatistas es imposible, sólo puede ser compensada políticamente,
con una vasta política nacional de alianzas, con una elevación cultural y
política acelerada de las zonas zapatistas para romper una visión localista y
hacer de ellas promotoras de un proyecto alternativo de país, por una vida en
ellas lo más democrática que permita la escasez y, sobre todo, el cerco o la
agresión constante del ejército y de los paramilitares.
No se
trata, por consiguiente, de encerrarse en un mundo indígena sino de,
respondiendo a las necesidades y reivindicaciones de los indígenas, unir a los
zapatistas chiapanecos en un amplio frente con los demás zapatismos
del país (como el guerrerense, el de la Coordinadora Nacional Plan de Ayala y
otros) en la lucha por construir, con la autonomía, las bases de una economía
que privilegie las necesidades populares y el mercado interno, asegurando
trabajo con agroindustrias locales, y por sentar las bases, simultáneamente, de un Estado
construido democráticamente desde abajo y que sea realmente federal al
responder a las necesidades regionales. Es decir, aunque la centralización
administrativa puede “blindar” momentáneamente las zonas zapatistas y permite,
además de una acción social más eficiente, economías de escala, la autonomía
significa extender a todo el territorio nacional la descentralización,
centralizada por una común voluntad política antimperialista
y anticapitalista.
Las alianzas y la autonomía
Los movimientos sociales, en México, se
presentarán con fuerza pero en los próximos años con la agravación de la crisis
económica y política a nivel nacional. Hoy aún no se puede hablar de un
movimiento estudiantil, entre otras cosas porque el sectarismo del CCH
“vacunó”, a partir de la huelga en la UNAM, contra la organización de los
estudiantes y despilfarró energías y capacidades. Tampoco hay – con excepción de los electricistas del
SME- un movimiento obrero y ni siquiera una presencia obrera en la política
nacional. En cambio, hay un movimiento campesino –El campo no aguanta más-
capaz de mover a cientos de miles de ejidatarios, pequeños propietarios e
incluso jornaleros sin tierra. No abarca a todos los campesinos (los campesinos
del Sureste, en particular, salvo los cafetaleros, no se han movilizado) y
tiene una dirección heterogénea en la que pesa mucho la visión negociadora del
PRD, además de que su programa carece de las consignas que puedan asegurar una
transición para cambiar radicalmente el sistema social en México y el campo en
particular. Por lo tanto, ofrece el flanco a muchas críticas. Pero es lo que
hay y es un paso importante en la organización nacional de los campesinos para
la lucha directa. No puede ser ignorado ni es posible hablar de los campesinos,
como el comandante Tacho, ignorando
esa realidad con la que es necesario hacer las cuentas, discutir, actuar en
común aunque cada uno con sus propias posiciones. ¿Cómo, si no, hacer las
alianzas necesarias no sólo para asegurar la defensa de las regiones
chiapanecas bajo control del EZLN sino también para romper el aislamiento de éste?
¿Sólo se puede trabajar con la gente que no sabe más que decir SI o con los
pocos que puedan presentar un análisis de sangre impecable?
Además, ¿cómo construir la autonomía en algunas
regiones de Chiapas si la misma no existe en el resto del país, incluso en las
zonas indígenas del mismo o en las regiones cercanas a las zonas zapatistas
chiapanecas? Si no se quiere construir ghettos étnicos la autonomía, como la
autogestión (que no es lo mismo) debe generalizarse a todo el país y a todos,
indios, mestizos y criollos.
En el Val d’Aosta, en
Italia, hay autonomía, como la hay también en el Tirol
o en Cerdeña. Pero esa autonomía consiste en la elección de una justicia local,
en la utilización en la misma y en la escuela y trámites públicos de la lengua local,
además de la predominante a nivel nacional, en la elección de parlamentarios
locales. El País Vasco o Catalunya o Galiza también tienen una autonomía similar. Sin duda sería
un progreso si las regiones indígenas tuviesen una justicia propia, una educación
en sus lenguas y el reconocimiento de sus usos y costumbres en el marco de los
derechos humanos. Pero no por ello dejarían de estar sometidas al capital, que
es lo que ha causado su miseria, absolutamente funcional para el sistema, ya
que el desarrollo del gran capital nacional o extranjero exige la exclusión de
quienes no son mercado y ni siquiera corresponden al perfil de los trabajadores
que exigen las nuevas tecnologías. La autonomía es una justa reivindicación
democrática, pero no es la varita mágica para el cambio social. Es una
precondición del mismo, nada más y nada menos.
Lo que califica a la autonomía (e impide la
división racista entre quienes gozan de ella y los fuereños, como en Catalunya, el Tirol o como lo que
querría ETA) es la autogestión, un paso ulterior en la profundización de la
democracia. O sea, la dirección diaria de toda la vida local por los ciudadanos
de la misma (en el terreno económico, social, político, cultural) mediante la
democracia directa que hoy es posible gracias a los instrumentos informáticos
que han cambiado profundamente el tiempo y el espacio. Así como no es posible
ser “un poco virgen”, no es posible tampoco ser “un poco autonómico” o “un poco
autogestionario” sólo porque se administran algunos recursos mientras se sigue
dependiendo en todo lo demás. Es evidente que sería un gran progreso si muchas
comunidades comenzasen a resolver sus propios asuntos directamente, a hacer un
balance de todos sus recursos (humanos, monetarios, materiales, técnicos) para
intentar responder a sus necesidades en la prioridad por ellas mismas fijadas.
Pero las comunidades generalmente, como en las Cañadas chiapanecas, son pluriétnicas y pluriculturales. Por lo tanto en ellas
también se impone una política de alianzas entre los creyentes de diferentes
religiones, los que siguen diferentes partidos, los que tienen diferentes
culturas. La construcción de la unidad y de la identidad se hace en el
conflicto y en medio de cambios diarios
de los actores del mismo, experimentando, negociando, pero en el marco de un
programa común aceptado por todos. Y esa vida comunitaria, autonómica a medias,
autogestionaria en sus comienzos, para afirmarse debe extenderse como mancha de
aceite a toda la cuenca del río común, a todo el valle, a toda la región, de
modo de cumplir con el sueño de Marx de una “federación de libres comunas
asociadas”, donde la centralización centralice los transportes, el comercio de
insumos, etc., pero no a las personas y se construyan así las bases de un
Estado democrático y federal.
Las Juntas no son el punto de llegada, como no lo
son los municipios autónomos zapatistas: son sólo el punto de partida. Para ir
más lejos –e incluso para cambiar las relaciones de poder entre los géneros,
entre los ancianos y los jóvenes, entre el EZLN y sus bases de apoyo y comenzar
así a “cambiar el mundo”- es necesario hacer consciente que se está haciendo
política y no dejar de hacerla a todos los niveles (la discusión internacional,
la formulación de propuestas para el campo, la educación, la democracia, la
cultura, incluso la formulación de leyes).
De nuevo se plantea el problema de la apertura, de
las alianzas sobre la base de principios, y no del oportunismo o la búsqueda de
dinero o de prebendas, para llegar a los sectores, hoy mayoritarios, que en el
país no ven ninguna perspectiva de cambio y por eso emigran o caen el pasividad
o aceptan caciques, caudillos, tránsfugas de todo tipo. Tarde o temprano, y
sobre la base de la discusión de los aspectos positivos o negativos de la
experiencia del MAS boliviano o del Pachakutik
ecuatoriano, que son instrumentos subordinados al movimiento social
campesino-indígena, habrá que construir un instrumento no militar, democrático,
pluriétnico, que sea el movimiento-partido (en el
sentido de promotor de una corriente de ideas) de la Democracia, la Justicia,
la Autodeterminación, la Autogestión, la Libertad.
México, D.F. 28
de agosto del 2003
[1] La Jornada, 28 de julio del 2003-08-29
[2] Marcos dice que el CCRI “en cada zona
vigilará el funcionamiento de las Juntas de Buen Gobierno”, La Jornada,
29 de julio del 2003.
[3] Un ejemplo de ello es el intento de hacer que se cumpla la “ley revolucionaria de las mujeres” que en buena parte es aún letra muerta o de lograr que las niñas también vayan a la escuela, o la propaganda por radio contra el machismo, que impera en las comunidades.
[4] La
Jornada,28 de julio del 2003 “la estructura
militar del EZLN ‘contaminaba’ de alguna forma una tradición de democracia y de
autogobierno.El EZLN era, por así decirlo, uno de los
elementos ‘antidemocráticos’ en una relación de democracia directa
comunitaria”. Hay que hacer la salvedad de que lo que el subcomandante pone en
pasado, subsiste, y que la democracia directa de las comunidades estámarcada, sin embargo, por el poder de los ancianos y
caudillos sobre los demás y el de los varones sobre las mujeres; el papel de la
Iglesia católica y de las disciplinas confesionales es también antidemocrático
e influye negativamente en las comunidades.