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Fracaso neoliberal
versus economías exitosas |
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José Luis
Calva |
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En
el ámbito internacional, la economía mexicana exhibe uno de los peores
desempeños durante las dos últimas décadas. Al principiar los 80 (1982),
México tenía un Producto Interno Bruto por habitante de 2 mil 514.7 dólares
corrientes, superior al PIB per cápita de Corea del
Sur, que era de mil 893 dólares. Pero desde la crisis de 1982, la economía
mexicana no ha reencontrado el camino del crecimiento sostenido. Después de
repetidos ciclos de freno y arranque durante el periodo 1983-2003, el
Producto Interno Bruto por habitante en México tuvo un crecimiento casi nulo:
7.3% en los 21 años, con una tasa media de 0.35% anual; mientras que el PIB per cápita real de Corea del Sur creció a una tasa media
de 6.1% anual, lo que significó un incremento acumulado de 248.7% en el
periodo 1983-2003. Como resultado, Corea del Sur logró cruzar el umbral que
separa a los países en desarrollo de las naciones industrializadas o de alto
ingreso, mientras que México se quedó a la zaga, en el mismo nivel de
subdesarrollo que tenía al principiar los años 80. La diferencia
entre el éxito surcoreano y el pésimo desempeño de la economía mexicana
radica en las distintas estrategias de desarrollo e inserción en la economía
internacional. "La distinción clave", observó el Premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz
(Globalism`s Discontents,
2002) radica en que "cada uno de los países que han tenido mayor éxito
en la globalización determinó su propio ritmo de cambio; cada uno se aseguró
al crecer de que los beneficios se distribuyeran con equidad y rechazó los
dogmas básicos del Consenso de Washington, que postulaban un mínimo papel del
gobierno y una rápida privatización y liberalización". Ciertamente,
las estrategias desplegadas por los países de reciente industrialización del
Pacífico asiático, cuyos procesos de desarrollo acelerado les permitieron
establecer una sólida base productiva interna, compartir el avance
científico-técnico y elevar sensiblemente los niveles de ingreso de sus
poblaciones, nada tienen que ver con el Consenso de Washington. Su modelo
exitoso se basó, más bien, en la acertada combinación de políticas
sustitutivas de importaciones con una promoción agresiva de sus
exportaciones, apoyadas ambas en un fuerte intervencionismo económico del
Estado (como planificador, regulador y promotor de la industrialización a
través de múltiples instrumentos: fiscales, crediticios, administrativos y
promocionales específicos); en un fuerte impulso institucional al desarrollo
tecnológico endógeno y adoptado; en la formación de recursos humanos a través
de su sistema educativo y de la capacitación laboral integrada a la política
industrial; en una fuerte base de acumulación interna con regulación de la
inversión extranjera; y en la estricta regulación de sus sistemas
financieros, subordinándolos a sus estrategias de industrialización. Permítasenos
otro ejemplo contrastante. De manera casi simultánea, China y México
comenzaron la orientación de sus economías hacia el exterior, pero con
estrategias económicas radicalmente distintas. China lo hizo mediante una
estrategia de mercado dirigido (denominada por el gobierno chino como
"economía de mercado socialista"), que fue instrumentada a partir
de 1979 como plasmación de las reformas promovidas por Deng
Xiaoping. Por el contrario, México lo hizo mediante
una estrategia neoliberal (denominada "estrategia del cambio estructural"
o "modernización económica"), instrumentada a partir de 1983 por
los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox. Los resultados
de ambas estrategias de inserción en los mercados globales han sido
diametralmente opuestos. En China, el Producto Interno Bruto por habitante se
sextuplicó en 24 años, presentando un incremento acumulado de 586.9% (con una
tasa media de 8% anual) entre 1979 y 2003. En contraste, el PIB per cápita de México prácticamente no creció durante los
21 años de experimentación neoliberal, presentando un incremento acumulado de
apenas 7.3% entre 1983 y 2003 (con una tasa media de 0.35% anual). ¿Qué hizo la
diferencia? La clave radica precisamente en los estilos distintos de
inserción en la globalización. México fue globalizado bajo la ortodoxia del
FMI, es decir, mediante una estrategia neoliberal que comprendió la apertura
comercial unilateral, abrupta y prácticamente indiscriminada; la supresión o
brutal reducción de las políticas de fomento económico general y sectorial;
la privatización per se de la mayoría de las
empresas públicas; la liberalización a ultranza de los mercados financieros y
la privatización de los bancos; la liberalización de la inversión extranjera
directa y de otros rubros de la cuenta de capital (mercados de dinero,
mercado accionario, etcétera). China, en
cambio, partiendo de sus propias realidades, diseñó por sí misma su
estrategia de inserción en la globalización y mantuvo el control de sus
procesos de transformación. No realizó una liberalización comercial
unilateral y abrupta, sino que fue abriendo gradual y selectivamente (por
regiones e industrias) su comercio exterior; no suprimió sus políticas de
fomento económico general y sectorial, sino que las reformó y diversificó; no
privatizó sus empresas públicas, sino que elevó su eficiencia otorgándoles
autonomía administrativa y financiera; no privatizó ni liberalizó su sistema
bancario, sino que lo desarrolló, rompiendo su estructura monopólica
(sistema de un solo banco) para crear un sistema de múltiples bancos y
empresas financieras independientes, aunque de propiedad pública o social; no
liberalizó abruptamente la inversión extranjera directa, sino que promovió el
ingreso de inversión extranjera hacia ramas económicas seleccionadas,
favoreciendo inicialmente la coinversión con
empresas estatales chinas (o de colectividades chinas) y aceptando
inversiones puramente extranjeras bajo condiciones de completa liberalización
primeramente en las zonas comerciales libres orientadas a la exportación.
Además, las políticas macroeconómicas de China a diferencia de México han
estado consistentemente orientadas al crecimiento económico sostenido y no a
la estabilidad de precios como objetivo prioritario a ultranza. Por
consiguiente, ahora resulta claro que la clave del éxito o del fracaso
consiste en la naturaleza de la estrategia económica adoptada y en el estilo
de inserción en los procesos de globalización. "Las naciones que han
manejado la globalización por sí mismas ha observado Joseph Stiglitz como las del este de Asia, se han asegurado, en
general, de obtener grandes beneficios y de distribuirlos con equidad; ellas
fueron capaces de controlar sustancialmente los términos en que se
involucraron en la economía global. En contraste, las naciones que han dejado
que la globalización les sea manejada por el Fondo Monetario Internacional y
otras instituciones internacionales no han obtenido tan buenos
resultados". Una visión
regional sumaria del desempeño radicalmente distinto de las economías herejes
al Washington Consensus, que predominan en Asia; y
las economías sometidas a las prescripciones del FMI y el Banco Mundial
(baluartes del Consenso de Washington), que predominan en América Latina y el
África al sur del Sahara, puede concretarse en las siguientes cifras:
mientras en el este de Asia, el PIB per cápita
creció a una tasa media anual de 6.1% durante los años 80 y de 5.7% durante
el periodo 1991-2003; en América Latina el crecimiento fue de -0.9% anual y
1% anual respectivamente; y en el África al sur del Sahara el crecimiento fue
persistentemente negativo, de -1.2% anual y -0.2% anual, respectivamente. En
consecuencia, resulta evidente el fracaso de las economías sometidas al
Consenso de Washington; así como el éxito de las estrategias de mercado
dirigido desplegadas por los exitosos países asiáticos, que han obtenido el
premio a su herejía, id est,
a su audacia e iniciativa histórica. En México,
cumplimos dos décadas de aplicación del decálogo sagrado del Consenso de
Washington, en vez de aplicar una estrategia económica endógena; dos décadas
en que el FMI y el Banco Mundial han manejado nuestra inserción en la
globalización, en vez de insertarnos con un estilo propio (aprovechando la
globalización para nuestros fines nacionales, en vez de dejarnos simplemente
arrastrar por las fuerzas del mercado). El resultado evidente son dos décadas
perdidas para el desarrollo económico y una
regresión de cuatro décadas en el bienestar social de las mayorías
nacionales. La conclusión
es obvia: en vez de que México permanezca tercamente aferrado a la estrategia
económica neoliberal, esperando ilusamente que la mano invisible del mercado
nos conduzca al primer mundo, lo que debemos hacer es desplegar una vigorosa
e inteligente estrategia de industrialización, acompañada de políticas
macroeconómicas orientadas al crecimiento sostenido y no sólo a la mera
estabilidad de precios. Investigador
del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |