Fracaso neoliberal versus economías exitosas

José Luis Calva
El Universal, México, D. F., viernes 27 de febrero de 2004  

En el ámbito internacional, la economía mexicana exhibe uno de los peores desempeños durante las dos últimas décadas. Al principiar los 80 (1982), México tenía un Producto Interno Bruto por habitante de 2 mil 514.7 dólares corrientes, superior al PIB per cápita de Corea del Sur, que era de mil 893 dólares. Pero desde la crisis de 1982, la economía mexicana no ha reencontrado el camino del crecimiento sostenido. Después de repetidos ciclos de freno y arranque durante el periodo 1983-2003, el Producto Interno Bruto por habitante en México tuvo un crecimiento casi nulo: 7.3% en los 21 años, con una tasa media de 0.35% anual; mientras que el PIB per cápita real de Corea del Sur creció a una tasa media de 6.1% anual, lo que significó un incremento acumulado de 248.7% en el periodo 1983-2003. Como resultado, Corea del Sur logró cruzar el umbral que separa a los países en desarrollo de las naciones industrializadas o de alto ingreso, mientras que México se quedó a la zaga, en el mismo nivel de subdesarrollo que tenía al principiar los años 80.

La diferencia entre el éxito surcoreano y el pésimo desempeño de la economía mexicana radica en las distintas estrategias de desarrollo e inserción en la economía internacional. "La distinción clave", observó el Premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz (Globalism`s Discontents, 2002) radica en que "cada uno de los países que han tenido mayor éxito en la globalización determinó su propio ritmo de cambio; cada uno se aseguró al crecer de que los beneficios se distribuyeran con equidad y rechazó los dogmas básicos del Consenso de Washington, que postulaban un mínimo papel del gobierno y una rápida privatización y liberalización".

Ciertamente, las estrategias desplegadas por los países de reciente industrialización del Pacífico asiático, cuyos procesos de desarrollo acelerado les permitieron establecer una sólida base productiva interna, compartir el avance científico-técnico y elevar sensiblemente los niveles de ingreso de sus poblaciones, nada tienen que ver con el Consenso de Washington. Su modelo exitoso se basó, más bien, en la acertada combinación de políticas sustitutivas de importaciones con una promoción agresiva de sus exportaciones, apoyadas ambas en un fuerte intervencionismo económico del Estado (como planificador, regulador y promotor de la industrialización a través de múltiples instrumentos: fiscales, crediticios, administrativos y promocionales específicos); en un fuerte impulso institucional al desarrollo tecnológico endógeno y adoptado; en la formación de recursos humanos a través de su sistema educativo y de la capacitación laboral integrada a la política industrial; en una fuerte base de acumulación interna con regulación de la inversión extranjera; y en la estricta regulación de sus sistemas financieros, subordinándolos a sus estrategias de industrialización.

Permítasenos otro ejemplo contrastante. De manera casi simultánea, China y México comenzaron la orientación de sus economías hacia el exterior, pero con estrategias económicas radicalmente distintas. China lo hizo mediante una estrategia de mercado dirigido (denominada por el gobierno chino como "economía de mercado socialista"), que fue instrumentada a partir de 1979 como plasmación de las reformas promovidas por Deng Xiaoping. Por el contrario, México lo hizo mediante una estrategia neoliberal (denominada "estrategia del cambio estructural" o "modernización económica"), instrumentada a partir de 1983 por los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox.

Los resultados de ambas estrategias de inserción en los mercados globales han sido diametralmente opuestos. En China, el Producto Interno Bruto por habitante se sextuplicó en 24 años, presentando un incremento acumulado de 586.9% (con una tasa media de 8% anual) entre 1979 y 2003. En contraste, el PIB per cápita de México prácticamente no creció durante los 21 años de experimentación neoliberal, presentando un incremento acumulado de apenas 7.3% entre 1983 y 2003 (con una tasa media de 0.35% anual).

¿Qué hizo la diferencia? La clave radica precisamente en los estilos distintos de inserción en la globalización. México fue globalizado bajo la ortodoxia del FMI, es decir, mediante una estrategia neoliberal que comprendió la apertura comercial unilateral, abrupta y prácticamente indiscriminada; la supresión o brutal reducción de las políticas de fomento económico general y sectorial; la privatización per se de la mayoría de las empresas públicas; la liberalización a ultranza de los mercados financieros y la privatización de los bancos; la liberalización de la inversión extranjera directa y de otros rubros de la cuenta de capital (mercados de dinero, mercado accionario, etcétera).

China, en cambio, partiendo de sus propias realidades, diseñó por sí misma su estrategia de inserción en la globalización y mantuvo el control de sus procesos de transformación. No realizó una liberalización comercial unilateral y abrupta, sino que fue abriendo gradual y selectivamente (por regiones e industrias) su comercio exterior; no suprimió sus políticas de fomento económico general y sectorial, sino que las reformó y diversificó; no privatizó sus empresas públicas, sino que elevó su eficiencia otorgándoles autonomía administrativa y financiera; no privatizó ni liberalizó su sistema bancario, sino que lo desarrolló, rompiendo su estructura monopólica (sistema de un solo banco) para crear un sistema de múltiples bancos y empresas financieras independientes, aunque de propiedad pública o social; no liberalizó abruptamente la inversión extranjera directa, sino que promovió el ingreso de inversión extranjera hacia ramas económicas seleccionadas, favoreciendo inicialmente la coinversión con empresas estatales chinas (o de colectividades chinas) y aceptando inversiones puramente extranjeras bajo condiciones de completa liberalización primeramente en las zonas comerciales libres orientadas a la exportación. Además, las políticas macroeconómicas de China a diferencia de México han estado consistentemente orientadas al crecimiento económico sostenido y no a la estabilidad de precios como objetivo prioritario a ultranza.

Por consiguiente, ahora resulta claro que la clave del éxito o del fracaso consiste en la naturaleza de la estrategia económica adoptada y en el estilo de inserción en los procesos de globalización. "Las naciones que han manejado la globalización por sí mismas ha observado Joseph Stiglitz como las del este de Asia, se han asegurado, en general, de obtener grandes beneficios y de distribuirlos con equidad; ellas fueron capaces de controlar sustancialmente los términos en que se involucraron en la economía global. En contraste, las naciones que han dejado que la globalización les sea manejada por el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones internacionales no han obtenido tan buenos resultados".

Una visión regional sumaria del desempeño radicalmente distinto de las economías herejes al Washington Consensus, que predominan en Asia; y las economías sometidas a las prescripciones del FMI y el Banco Mundial (baluartes del Consenso de Washington), que predominan en América Latina y el África al sur del Sahara, puede concretarse en las siguientes cifras: mientras en el este de Asia, el PIB per cápita creció a una tasa media anual de 6.1% durante los años 80 y de 5.7% durante el periodo 1991-2003; en América Latina el crecimiento fue de -0.9% anual y 1% anual respectivamente; y en el África al sur del Sahara el crecimiento fue persistentemente negativo, de -1.2% anual y -0.2% anual, respectivamente.

En consecuencia, resulta evidente el fracaso de las economías sometidas al Consenso de Washington; así como el éxito de las estrategias de mercado dirigido desplegadas por los exitosos países asiáticos, que han obtenido el premio a su herejía, id est, a su audacia e iniciativa histórica.

En México, cumplimos dos décadas de aplicación del decálogo sagrado del Consenso de Washington, en vez de aplicar una estrategia económica endógena; dos décadas en que el FMI y el Banco Mundial han manejado nuestra inserción en la globalización, en vez de insertarnos con un estilo propio (aprovechando la globalización para nuestros fines nacionales, en vez de dejarnos simplemente arrastrar por las fuerzas del mercado). El resultado evidente son dos décadas perdidas para el desarrollo económico y una regresión de cuatro décadas en el bienestar social de las mayorías nacionales.

La conclusión es obvia: en vez de que México permanezca tercamente aferrado a la estrategia económica neoliberal, esperando ilusamente que la mano invisible del mercado nos conduzca al primer mundo, lo que debemos hacer es desplegar una vigorosa e inteligente estrategia de industrialización, acompañada de políticas macroeconómicas orientadas al crecimiento sostenido y no sólo a la mera estabilidad de precios.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

 

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