La Jornada, Perfil, 26 enero 2004
La estrategia energética Bush-Cheney:
procurarse el petróleo
del mundo
Una
estrategia de dos vías gobierna la política de Estados Unidos hacia buena parte
del planeta. Un brazo de esa estrategia es asegurarse más petróleo del resto
del mundo; el otro es refinar la capacidad de intervenir. Mientras que uno de
esos objetivos surge de preocupaciones energéticas y el otro de aspectos de
seguridad, resulta una dirección única: la dominación estadunidense en el siglo
XXI
Michael T. Klare*
Al asumir el cargo a principios
de 2001, la prioridad central de la política exterior del presidente George W.
Bush no era evitar el terrorismo o frenar la diseminación de armas de
destrucción masiva; tampoco algunos de los otros objetivos que impulsó aquel
año después de los ataques del 11 de septiembre al Centro de Comercio Mundial y
el Pentágono. Más bien su prioridad era incrementar el flujo de petróleo
enviado por los abastecedores extranjeros al mercado estadunidense. Durante los
meses anteriores a su presidencia, Estados Unidos había experimentado severas
insuficiencias de crudo y gas natural en muchos rincones del país, además de
apagones periódicos en California. Por primera vez en la historia las
importaciones de crudo aumentaron hasta representar más de 50 por ciento del
consumo total, lo que provocó gran angustia por la seguridad de largo plazo en
el abasto del país. Bush recalcó que enfrentar "la crisis de energía"
de la nación era su tarea más importante como presidente.
Sus asesores y él consideraron
que el abasto de petróleo era esencial para la salud y rentabilidad de las
principales industrias estadunidenses. El argumento era que cualquier escasez
energética podría tener severas y agudas repercusiones económicas en sectores
como el automotriz, aerolíneas, construcción, petroquímica, transporte de
bienes y agricultura. Se consideró entonces que el petróleo era especialmente
crucial para la economía por ser la fuente de dos quintas partes del abasto
energético estadunidense -y la mayor fuente de energía-, además de proporcionar
la casi totalidad del combustible del transporte del país. Se percataban
también del papel vital que el petróleo juega en la seguridad nacional por ser
el propulsor de las formaciones de tanques, aviones, helicópteros y
embarcaciones, columna vertebral de la maquinaria de guerra estadunidense.
"En los próximos 20 años America sufrirá una importante crisis
energética", dijo el 19 de marzo de 2001 el secretario de Energía, Spencer Abraham, ante una reunión, al más alto nivel, en
torno a la energía nacional. "Si no pudiéramos sobreponernos a este
desafío, quedaría amenazada la prosperidad económica de la nación, se
comprometería nuestra seguridad nacional y literalmente se alteraría la forma
en que llevamos nuestra vida".
El torbellino energético de
2000-2001 lanzó a Bush a establecer el National Energy Policy Development
Group (NEPDG), un grupo de representantes de
gobierno, de alto nivel, con el encargo de desarrollar un plan de largo plazo
que resolviera los requisitos de energía estadunidenses. Para encabezar este
grupo, Bush escogió a su asesor político más cercano, el vicepresidente Dick Cheney.
Resuelto militante del Partido
Republicano y antiguo secretario de Defensa, Cheney
había sido presidente y ejecutivo en jefe de Halliburton
Co., empresa de servicios en los campos petroleros,
antes de unirse en 2000 a la campaña de Bush. Como tal, Cheney
reclutó a altos ejecutivos de empresas vinculadas con el campo energético -como
Enron Corp.- en busca de
asesoría relacionada con asuntos importantes.
Conforme el NEPDG comenzó a
revisar las políticas energéticas del país, sus miembros se percataron de que
Estados Unidos se hallaba frente a una grave decisión entre dos caminos muy
divergentes. Podía continuar por el camino que había transitado desde mucho
tiempo atrás consumiendo cantidades crecientes de petróleo y -debido a la caída
irreversible en la producción interna de crudo- hacerse más y más dependiente
del abasto de importación. O podía buscar alguna ruta alternativa confiando en
las fuentes renovables de energía para reducir gradualmente el uso del
petróleo.
Es claro que el resultado de esta
decisión tendría profundas consecuencias para la sociedad, la economía y la
seguridad nacionales. Seguir el camino de siempre ataría mucho más
estrechamente a Estados Unidos con los proveedores del golfo Pérsico y a otros
países productores de petróleo, lo que impactaría la política de seguridad
estadunidense. Buscar estrategias alternativas requeriría enorme inversión en
tecnologías de generación y transportación de nuevas energías, lo que
levantaría o desplomaría industrias enteras. De cualquier modo, el público
experimentaría el impacto de esta decisión en la vida cotidiana y en la
dinámica de la economía como un todo. Nadie, ni en Estados Unidos ni en otras
partes, dejaría de sentir los efectos.
El NEPDG luchó con este dilema y
terminó su informe en los primeros meses de 2001. Después de revisarlo
cuidadosamente, Bush ungió el informe elevándolo al rango de Política de
Energía Nacional (NEP. por sus siglas en inglés) y lo publicó el 17 de mayo. A
primera vista, la NEP, o Informe Cheney, como
se le nombra con frecuencia, parecía rechazar la dependencia creciente del
crudo importado y favorecer en cambio el camino de la energía renovable. La NEP
"reduce la demanda al promover la innovación y la tecnología para hacernos
el líder mundial en eficiencia y conservación", declaró el presidente al
momento de difundirla. Sin embargo, pese a toda su retórica conservacionista,
la NEP no propone reducir el consumo de petróleo. Propone aminorar el paso en
el ritmo de dependencia del petróleo importado impulsando la producción local
mediante la apertura de reservas no explotadas en las áreas naturales
protegidas.
La propuesta más importante de la
NEP era incrementar la producción de crudo perforando en el Refugio Nacional Artico de Vida Silvestre (ANWR, por sus siglas en inglés),
un área natural virgen e inmensa en el noreste de Alaska. Aunque esta propuesta
generó enorme controversia en Estados Unidos por su deletéreo impacto sobre el
ambiente, también permitió a la Casa Blanca argüir que el gobierno estaba
comprometido con una política de independencia energética.
No obstante, un examen cuidadoso
del Informe Cheney conduce a conclusiones muy
diferentes. Aparte de la propuesta de explotar el ANWR, nada de lo planteado en
la NEP contribuiría a disminuir significativamente la dependencia del petróleo
importado. De hecho, lo opuesto es cierto: el objetivo básico del plan Cheney es encontrar fuentes adicionales externas de crudo
para Estados Unidos. A fin de cuentas, Bush decidía con claridad el futuro de
la conducta estadunidense en pos de energía. Conciente de que nada podrá
revertir en el largo plazo la caída de la producción interna de crudo, y
renuente a frenar la insaciable sed de productos derivados del petróleo que
tiene el país, decidió continuar en el camino de depender más y más del
petróleo extranjero.
INICIATIVA DE CONSERVACION:
¿HECHOS O FICCION?
El hecho de que el plan
energético de Bush implique una dependencia mayor, no menor, del petróleo
importado, no aparece a simple vista ni en los comentarios públicos del
presidente en torno a la NEP, ni en los primeros siete capítulos del Informe
Cheney. Es sólo en el capítulo ocho y final
("Fortalecimiento de las alianzas globales"), que se hace evidente el
objetivo real de la política gubernamental. Aquí, el tono del informe cambia
marcadamente, de una preocupación expresa por la conservación y la eficiencia
energética a un énfasis explícito por asegurar más crudo de fuentes
extranjeras. El capítulo comienza: "La seguridad energética nacional
estadunidense depende del suficiente abasto de energía para cimentar Estados
Unidos y el crecimiento económico global". El informe continúa diciendo:
"Podemos fortalecer nuestra propia seguridad energética y la prosperidad
compartida de la economía global", trabajando con otros países para
incrementar la producción global de energía. Es un mandato "hacer de la
seguridad energética una prioridad de nuestro comercio y nuestra política
exterior".
El Informe Cheney
es muy cauteloso en torno al monto de crudo extranjero requerido. La única
clave proporcionada por el texto es una tabla de consumo neto de petróleo y de
producción real estadunidense a lo largo del tiempo. Según estos datos, la
producción interna de los campos petroleros decrecerá de 8.5 millones de
barriles por día (mbd) en 2002 a 7 mbd en 2020, mientras que el consumo crecerá de 19.5 mbd a 25.5 mbd. Eso sugiere que
las importaciones u otras fuentes de energía, tales como los líquidos de gas
natural, deberán crecer de 11 mbd a 18.5 mbd. Casi todas las recomendaciones del capítulo 8 de la
NEP proponen pbtener este incremento de 7.5 mbd, lo que equivale al total de crudo consumido por China
e India.
Un tercio de las recomendaciones
del informe se relacionan con las maneras de obtener acceso a fuentes de
petróleo en el extranjero. Muchas de las 35 propuestas son específicas a
regiones o países, y enfatizan la necesidad de retirar obstáculos políticos,
económicos, legales y logísticos. Por ejemplo, la NEP hace un llamado a los
secretarios de Energía, Comercio y Estado a "profundizar el diálogo
comercial con Kazajastán, Azerbaiján y otros estados
del Caspio para propiciar un clima de negocios fuerte, transparente y estable
en aras de establecer proyectos de energía y otros relacionados con
infraestructura".
El Informe Cheney
tendrá un profundo impacto en el futuro de la política militar y exterior
estadunidense. Los funcionarios tendrán que negociar estas existencias foráneas
y hacer arreglos para invertir, de tal modo que se incrementen la producción y
las exportaciones. Tendrán que dar pasos para asegurar que las guerras, las
revoluciones y el desorden civil no impidan las entregas extranjeras a Estados
Unidos. Estos imperativos serán especialmente significativos para la política
hacia el área del golfo Pérsico, la cuenca del mar Caspio, Africa
y América Latina.
Aplicar el plan energético de Cheney tiene implicaciones importantes para la seguridad
estadunidense y la política militar. Los países de los que se espera que
abastezcan de petróleo dicha nación en los años por venir están desgarrados por
conflictos internos, anidan fuertes sentimientos antiestadunidenses
o entrañan ambas situaciones. Los esfuerzos por asegurarse fuentes adicionales
de crudo foráneo seguramente conducirán a desórdenes violentos y a resistencia
en muchas áreas de producción clave. Aunque los funcionarios estadunidenses
prefieran evitar el uso de la fuerza en tales situaciones, pueden concluir que
la única manera de garantizar un flujo continuo de energía es custodiar con
soldados los campos petroleros y los oleoductos.
Para sumarle al dilema de
Washington, es probable que los despliegues de tropas en áreas productoras de
crudo causen resentimiento entre los habitantes de esos lugares que temen un
resurgimiento del colonialismo o que objetan posiciones políticas particulares,
tales como el respaldo estadunidense a Israel. Los esfuerzos por salvaguardar
el flujo de crudo podrían ser contraproducentes, e intensificar (más que
amainar) los desórdenes y la violencia locales.
EL GOLFO
PÉRSICO
Actualmente, Estados Unidos
obtiene sólo 18 por ciento de su petróleo importado del área del golfo Pérsico.
Pero Washington tiene un interés estratégico en la estabilidad de la producción
energética en la zona, pues sus principales aliados, incluidos Japón y Europa
occidental, confían en las importaciones de ese enclave. Además, el gran
volumen de exportación del Golfo ha ayudado a mantener relativamente bajos los
precios mundiales del petróleo, lo que beneficia la economía estadunidense. Ya
que la producción interna decrece, observa la NEP, el Golfo Pérsico
"seguirá siendo vital a los intereses de Estados Unidos".
Estados Unidos ha jugado un papel
significativo en los asuntos del golfo Pérsico durante mucho tiempo. En la
Segunda Guerra Mundial, el presidente Franklin D. Roosevelt
forjó un acuerdo con Abdul-Aziz
ib Saud, fundador de la
moderna dinastía saudita, para proteger a la familia
real contra sus enemigos internos y externos a cambio del acceso privilegiado
al petróleo saudita. En los años subsecuentes,
Estados Unidos acordó también proporcionar apoyo en la seguridad del Sha de
Irán y de los líderes de Kuwait, Bahrain y los Emiratos
Arabes Unidos (EAU). Estos acuerdos condujeron a la
entrega de vastas cantidades de armas estadunidenses y, en algunos casos, al
despliegue de fuerzas de combate en los países mencionados. (El vínculo de
seguridad estadunidense con Irán se vio cercenado en enero de 1980, cuando el
Sha fuera derrocado por las fuerzas militantes islamistas.)
La política estadunidense
relativa a la protección de las existencias energéticas del golfo Pérsico no
tiene ambigüedad alguna: cuando surge una amenaza, Estados Unidos hará uso de
cualquier medio a su alcance para garantizar el flujo continuo de petróleo.
Este principio, conocido como Doctrina Carter,
fue articulada por vez primera por el presidente James Carter
en enero de 1980, después de la invasión soviética a Afganistán y de la caída
del Sha en Irán. Desde entonces es parte de la política estadunidense. De
acuerdo con este principio, Estados Unidos usó la fuerza en 1987 y en 1988 para
proteger los buques-tanque kuwaitíes de los misiles iraníes y de los ataques de
las lanchas artilladas, y luego en 1990 y 1991 cuando sacó las fuerzas iraquíes
de Kuwait.
Al explicar la necesidad de usar
la fuerza en tales ocasiones, los funcionarios estadunidenses enfatizan la
importancia del crudo del golfo Pérsico para la estabilidad y la prosperidad
internas. "Nuestros intereses estratégicos en la región del golfo Pérsico,
pienso, son bien conocidos, pero importa reiterarlos", dijo el entonces
secretario de Defensa Cheney ante un comité del
Senado en torno a servicios armados, el 11 de septiembre de 1990, cinco semanas
después de iniciada la invasión iraquí de Kuwait. Además de los otros vínculos
de seguridad con Arabia Saudita y sus vecinos, agregó: "Obviamente tenemos
un interés significativo porque en el Golfo la energía está en juego".
Irak poseía 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y adquirió otro
10 por ciento al apoderarse de Kuwait, explicaba el secretario. La ocupación de
Kuwait colocaba a las fuerzas iraquíes a unos cuantos cientos de kilómetros de
otro 25 por ciento de estas reservas, situadas en el este de Arabia Saudita.
"Una vez que [el ex presidente iraquí Saddam
Hussein] adquirió Kuwait y desplegó un ejército tan grande como el que posee,
estuvo en posición de dictar el futuro de las políticas mundiales de energía, y
consiguió una llave privilegiada de nuestra economía y de la de casi todas las
otras naciones del mundo", resaltó. Cheney
insistió en que Estados Unidos no tenía otra posibilidad que emplear la fuerza
militar en defensa de Arabia Saudita y de otros Estados amigos en el
área.
Cuando las fuerzas iraquíes
fueron expulsadas de Kuwait, Estados Unidos adoptó la política de contener a
Irak, poniendo en práctica severas sanciones económicas y zonas "sin
vuelos" en el norte y el sur de Irak, con el fin de debilitar el régimen
de Hussein y evitar nuevos ataques a Kuwait y a Arabia Saudita. Al mismo
tiempo, Washington expandió sustancialmente su presencia militar y sus bases en
el área del golfo Pérsico a modo de facilitar las futuras operaciones militares
estadunidenses en la región. Lo más importante es que el Departamento de
Defensa envió enormes cantidades de municiones a Kuwait y Qatar para que
hubiera la posibilidad de enviar a combate grupos de tropas sin tener que
esperar semanas o meses el arribo de equipo pesado.
A principios de la primavera de
2002, el gobierno de Bush concluyó que la política de contención no era
suficiente para eliminar la amenaza que entrañaba Hussein para los intereses
estadunidenses; se requería una acción más agresiva. Aunque se alegó mucho
sobre la supuesta posesión iraquí de armas de destrucción masiva como razón
central para actuar de esta manera, Cheney le
confirió igual importancia a la seguridad energética estadunidense en su muy
citado discurso del 26 de agosto de 2002. "Si las ambiciones [de Hussein,
de adquirir armas de destrucción masiva] se cumplieran, las implicaciones para
el Medio Oriente y Estados Unidos serían enormes", dijo en la convención
de veteranos de guerras en el extranjero. "Es de esperar que -armado con
un arsenal de estas armas de terror y sentado encima del 10 por ciento de las
reservas mundiales de petróleo- Saddam Hussein busque
el dominio de todo el Medio Oriente, asuma el control de una gran porción de
las existencias de energía mundiales y amenace directamente a los amigos
de America en toda la región".
Los funcionarios dijeron al
público que el petróleo no tenía nada que ver con las motivaciones para la
invasión de Irak conducida por Estados Unidos y que comenzó en marzo de 2003.
"El único interés de Estados Unidos en la región es impulsar la causa de
la paz y la estabilidad, y no la capacidad [iraquí] de generar crudo",
dijo Ari Fleischer, vocero
de la Casa Blanca a fines de 2002. Pero una mirada más detallada sobre los
planes gubernamentales de guerra revela un panorama muy diferente. En
información táctica producida en enero, un "funcionario de defensa de alto
nivel", no identificado, esboza planes estadunidenses para proteger los
campos petroleros iraquíes en la eventualidad de una guerra, y resalta que los
mandos del Pentágono revelaron que el general Tommy Franks y su equipo "identificaron estrategias que nos
permitirán asegurar y proteger dichos campos lo más pronto posible, de modo de
evitar su destrucción".
Dicho funcionario, que
probablemente se trate del secretario adjunto, Paul Wolfowitz, indicó que el gobierno de Bush buscaba capturar
intactos los campos petroleros iraquíes, y proporcionar así una fuente de
ingresos para la reconstrucción del país. Bajo el régimen de Hussein, Irak era
un importante abastecedor de petróleo para Estados Unidos y entregó un promedio
de 566 mil barriles diarios en 2002, 5 por ciento del total de importaciones.
Mucha gente en Washington esperaba obtener en el futuro más crudo de Irak.
Según el departamento de Energía estadunidense, Irak posee reservas probadas de
112 mil 500 millones de barriles, más que cualquier otro país excepto Arabia
Saudita, y se piensa que posee otros 200 mil millones de barriles en campos sin
desarrollar. Irak podría convertirse en el principal abastecedor de crudo en
las décadas venideras, si se estableciera en éste un gobierno estable que
abriera su territorio para que algunas firmas estadunidenses lo explotaran.
Tal panorama está lejos de ser
seguro. Los planificadores tienen el reto de asegurar que Arabia Saudita y
otros productores del Golfo incrementen los abastos de petróleo de modo de
corresponder con la creciente demanda estadunidense e internacional. Otro reto
será proteger el régimen saudita contra el
desasosiego interno y la insurrección.
Es particularmente imperiosa la
necesidad de aumentar la producción saudita. Al
contar con una cuarta parte de las reservas conocidas de crudo -se estima que
unos 262 mil millones de barriles-, Arabia Saudita es el único país aparte de
Irak capaz de satisfacer la siempre creciente demanda de petróleo. Según el
Departamento de Energía estadunidense, la producción total neta de Arabia
Saudita debe crecer en 133 por ciento en los próximos 25 años, de 10.2 mbd en 2001 a 23.8 mbd en 2025,
para poder cumplir con los requisitos mundiales que desde hoy se anticipan para
dicho periodo. Expandir la capacidad saudita en 13.6 mbd, algo que es equivalente a lo que ahora producen
Estados Unidos y México juntos, costará cientos de miles de millones de
dólares. También creará desafíos técnicos y logísticos enormes. Los analistas
occidentales consideran que la mejor manera de lograr este incremento es
persuadir a los sauditas de que permitan una inversión sustancial de las
compañías petroleras estadunidenses. El Informe Cheney
pide eso exactamente. Sin embargo, es muy probable que cualquier esfuerzo de
Washington por aplicarle presión a Riad se tope con
una renuencia significativa de la familia real, que nacionalizó los consorcios
petroleros desde los setenta y teme ser considerada abiertamente servil hacia
Estados Unidos.
Los fuertes vínculos
estadunidenses con la familia real saudita son
impopulares entre los muchos oponentes del régimen. Además, números crecientes
de jóvenes sauditas se vuelven contra Estados Unidos por sus vínculos cercanos
con Israel y lo que se considera un sesgo antislámico
de Washington. Fue de este entorno del que Osama Bin Laden reclutó muchos de sus
seguidores a fines de los noventa y obtuvo gran parte de su apoyo financiero.
Después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el gobierno saudita quebró muchas de estas fuerzas, pero persiste una
oposición subterránea a esta cooperación militar y económica entre Washington y
el régimen. En los próximos años, hallar la forma de erradicar esta oposición
mientras se persuade a Riad de aumentar sus remesas
de crudo será uno de los retos más difíciles para los planificadores
estadunidenses.
CUENCA DEL
MAR CASPIO
Aunque Estados Unidos siga
dependiendo del petróleo del área del golfo Pérsico por mucho tiempo más, los
funcionarios buscan minimizar lo más posible esta dependencia diversificando
las fuentes de energía importada por la nación. "La diversidad es
importante, no sólo por la seguridad energética; también por nuestra seguridad
nacional", declaró el presidente Bush el 17 de mayo de 2001. "La sobredependencia de cualquier fuente de energía,
especialmente si es extranjera, nos hace vulnerables a las sacudidas en los
precios, a interrupciones en los abastos y, en el peor de los casos, al
chantaje." Para evitar esto, el plan energético del gobierno llama a un
esfuerzo sustancial de Estados Unidos para que impulse la producción en varias
áreas distintas al Golfo, incluida la cuenca del mar Caspio, la Costa
occidental de Africa y América Latina.
Aquella que probablemente reciba
mayor atención de los planificadores es la cuenca del mar Caspio, que consta de
Azerbaiján, Georgia, Kazajastán, Kyrgizstán,
Turkmenistán, Tajikistán, Uzbekistán y partes
adyacentes de Irán y Rusia. Según el Departamento de Energía, esta área aloja
reservas probadas (con 90 por ciento de probabilidad) de entre 17 y 33 mil
millones de barriles de crudo, y reservas posibles (con un 50 por ciento de
probabilidad) de 233 mil millones de barriles. De confirmarse estos montos,
constituirían las segundas reservas no explotadas después del área del golfo
Pérsico. Para asegurar que gran parte de ese petróleo fluya eventualmente a los
consumidores de Occidente, el gobierno estadunidense hace ingentes esfuerzos
por desarrollar la infraestructura petrolera y el sistema de distribución del
área. Fue durante el gobierno de William Clinton que
Estados Unidos comenzó a buscar acceso a las existencias de crudo del Caspio.
Dado que el mar Caspio está encerrado por tierra, su petróleo y su gas natural
deben viajar por oleoductos a otras áreas. Envasar dichos recursos requiere
construir ductos de exportación en grandes
distancias.
El gobierno era renuente a
aceptar que el crudo del Caspio fluyera por Rusia en su camino a Europa occidental,
pues esto daría a Moscú cierto grado de control sobre los abastos de energía a
Occidente. Transportar este petróleo atravesando Irán estaba prohibido por las
leyes estadunidenses debido a que dicho país buscaba contar con armas de
destrucción masiva. Así que Clinton respaldó un plan
para transportar crudo y gas desde Bakú, en Azerbaiján, a Ceyhán,
en Turquía, vía Tbilisi, en la antigua república soviética de Georgia. Antes de
abandonar el cargo, voló a Turquía y presidió la ceremonia de firma de un
acuerdo regional que permitía la construcción de un oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhán (BTC) con un costo de 3 mil millones de dólares.
Mientras se concentraba en los
aspectos logísticos y legales que le procuraran la energía del Caspio, el
gobierno de Clinton afrontó también la amenaza que la
inestabilidad y los conflictos de la región le significaban a las futuras
entregas de crudo. Dado que muchos de estos estados eran desgarrados por
conflictos étnicos y separatistas, el gobierno inició una serie de programas de
asistencia militar dirigidos a fortalecer las posibilidades de su seguridad
interna. Esto implicó proporcionar armas y entrenamiento, además de conducir
ejercicios de maniobras conjuntas.
A partir de los esfuerzos de Clinton, el gobierno de Bush buscó acelerar la expansión de
las instalaciones productivas y los oleoductos del Caspio. "Los
inversionistas extranjeros y su tecnología son críticos para el rápido
desarrollo de nuevas rutas comerciales de exportación viables", se afirma
en el reporte Cheney. "Un desarrollo así
garantizará que el crecimiento de la producción petrolera del Caspio se integre
efectivamente al comercio mundial petrolero". Se hace énfasis particular
en completar el oleoducto BTC y en incrementar la participación de las compañías
estadunidenses en proyectos de energía en el Caspio. El gobierno también busca
construir un oleoducto y un gasoducto de Kazajaztán y
Turkmenistán en la costa este del Caspio, a Bakú, en la costa oeste, para
canalizar más energía del Asia central al sistema BTC.
Hasta el 11 de septiembre de
2001, el involucramiento estadunidense en la cuenca
del mar Caspio y en Asia central se había restringido en gran medida a acuerdos
económicos, diplomáticos y militares. Para combatir a los talibanes
y a Al Qaeda en Afganistán, el Departamento de
Defensa desplegó decenas de miles de combatientes en la región y estableció
bases militares en Kyrgizstán y Uzbekistán. El
gobierno hizo llamar a algunas de estas tropas, pero aparentemente planea
mantener bases y una presencia militar permanente. Se supone que esto busca
ayudar en la guerra contra el terrorismo, pero es también una salvaguarda al
flujo petrolero. El gobierno desplegó instructores militares en Georgia para
proporcionar entrenamiento en contrainsurgencia a unidades especiales que
cuidarían el segmento georgiano del oleoducto BTC.
La Casa Blanca tiene grandes
esperanzas en el desarrollo de los abastos de energía procedentes del mar
Caspio, pero quedan por resolver algunos obstáculos. Algunos de ellos son
logísticos: hasta que puedan construirse nuevos oleoductos, será difícil
transportar grandes cantidades de crudo a Occidente. Otros obstáculos son
políticos y legales: los regímenes autoritarios que predominan en las antiguas
repúblicas soviéticas rezuman corrupción y son
renuentes a aceptar las reformas legales o fiscales necesarias para atraer, de
Occidente, inversiones en gran escala. Pero aun resolviendo todo esto, el
principal problema que enfrenta Estados Unidos es que la cuenca del Caspio no
es más estable que el golfo Pérsico. Cualquier esfuerzo encaminado a la
seguridad de las entregas de energéticos requerirá los mismos compromisos
militares que Estados Unidos tiene con sus abastecedores del Golfo.
Africa occidental
Otra área que el gobierno de Bush
avizora como prometedora fuente de crudo es Africa
occidental. Pese a que los estados africanos fueron responsables únicamente del
10 por ciento de la producción global de crudo, el Departamento de Energía
predice que su cuota crecerá a 25 por ciento hacia 2020. Esto añadirá 8.3 mbd a las existencias globales, buenas noticias para
Washington. "Se espera que Africa occidental sea
una de las fuentes de petróleo y gas que más rápido crezcan en el mercado
estadunidense", se observa en el informe Cheney.
El gobierno espera concentrar sus
esfuerzos en Nigeria, en sus vecinos en el golfo de Guinea y en Angola. Como en
la región del Caspio, las expectativas estadunidenses de obtener crudo
adicional de Africa podrían frustrarse a raíz del
desasosiego político y las guerras étnicas. De hecho, mucha de la producción
nigeriana tuvo que cerrar durante la primavera de 2003 a causa de la violencia
étnica en la región del Delta, enclave de gran parte del crudo en tierra con
que cuenta Nigeria. Los activistas locales han ocupado las instalaciones
petroleras fuera de tierra para negociar financiamientos a proyectos
comunitarios. El crimen y el vandalismo han empantanado los esfuerzos que hace
Nigeria por incrementar la producción de crudo.
Estados Unidos no es propenso a
responder a estos retos desplegando tropas. Eso sin duda evocaría imágenes de
colonialismo, lo que provocaría fuerte oposición en casa y en el extranjero.
Pero Washington sí piensa escalar la ayuda militar para los regímenes amigos
en la región. La asistencia estadunidense total a Angola y Nigeria suma 300
millones de dólares para los años fiscales entre 2002 y 2004, incremento
significativo sobre el trienio anterior. En el año fiscal 2004, Angola y
Nigeria tienen la posibilidad de recibir armas sobrantes de acuerdo con el
programa del Pentágono relativo al exceso de artículos de defensa. Entre tanto,
el Departamento de Defensa comenzó a asegurar derechos para establecer bases
navales en la región, sobre todo en Nigeria y en las Islas de Santo Tomé y
Príncipe.
AMÉRICA
LATINA
Finalmente, el plan Cheney llama a incrementar significativamente las
importaciones estadunidenses procedentes de América Latina. Estados Unidos ya
obtiene de esa región una gran tajada de su crudo importado. Venezuela es
actualmente el tercer más grande proveedor de Estados Unidos, después de Canadá
y Arabia Saudita; México es el cuarto abastecedor y Colombia es el séptimo.
Como indicara el secretario de Energía Abraham, "el presidente Bush
reconoce no sólo la necesidad de incrementar el abasto de energía, sino el
papel crítico que el hemisferio jugará en la política energética del
gobierno". Al presentarle estas aspiraciones a
los gobiernos de la región, los funcionarios estadunidenses resaltan su deseo
de establecer marcos de trabajo comunes en el desarrollo de energía.
"Intentamos enfatizar el enorme potencial de una mayor cooperación
regional en asuntos relacionados con la energía, de cara al futuro", dijo
Abraham en la quinta Conferencia Hemisférica Ministerial de Iniciativas Energéticas
en la ciudad de México, el 8 de marzo de 2001. "Nuestro objetivo es
construir relaciones entre nuestros vecinos, que contribuyan a una seguridad
energética compartida; que contribuyan también a un acceso adecuado, confiable,
sólido en lo ambiental y que sea rentable". Pese a ser sinceros, estos
comentarios enmascaran el hecho de que la "cooperación" se dirige
esencialmente a canalizar más y más remesas de crudo, de la región a Estados
Unidos.
El plan energético enfatiza la
adquisición de petróleo adicional procedente de México y Venezuela.
"México es una fuente confiable y pujante de petróleo importado",
observa el Informe Cheney. "Sus vastas
reservas, aproximadamente 25 por ciento mayores que nuestras propias reservas
probadas, hacen de México una fuente probable de producción de crudo en
expansión durante los próximos diez años". Venezuela se considera vital
porque posee enormes reservas de crudo convencional y aloja vastas existencias
del llamado crudo pesado, un material viscoso que puede convertirse en petróleo
convencional mediante un costoso proceso de refinación. Según la NEP, "el
éxito de Venezuela, convertir los depósitos de crudo pesado en comercialmente
viables, sugiere que contribuirá sustancialmente a la diversidad de las
existencias de energía globales y a nuestras propias existencias energéticas en
el mediano o el largo plazo".
Pero los esfuerzos estadunidense
por abrevar de las abundantes existencias energéticas mexicanas y venezolanas puede terminar en un revés importante. Debido a la historia
de predación colonial e imperial, estos dos países
han situado sus reservas de energía bajo control estatal, y establecieron
fuertes barreras legales para la inversión extranjera en la producción interna
de crudo. Aunque desean capitalizar los beneficios derivados de un mayor
volumen de exportaciones a Estados Unidos, los países latinoamericanos son
propensos a resistir una mayor participación estadunidense en sus industrias
energéticas y en cualquier incremento significativo en la extracción de crudo. La
NEP llama a los secretarios de Comercio, Energía y Estado a cabildear con sus
contrapartes latinoamericanos con el fin de eliminar o suavizar las barreras
existentes. Sin embargo, en México, las reformas que facilitarían la entrada de
compañías petroleras privadas, se han topado con una dura resistencia en el
Congreso. En Venezuela, la nueva Constitución adoptada en 1999 prohíbe la
inversión extranjera en el sector petrolero, y en 2003, el presidente Hugo
Chávez despidió a los administradores de la empresa petrolera estatal,
Petróleos de Venezuela SA, que favorecieron nexos con firmas extranjeras.
EL VÍNCULO
ENTRE LOS PLANES MILITAR Y ENERGÉTICO DE BUSH
En su búsqueda de petróleo,
Estados Unidos se está entrometiendo en los asuntos de las naciones abastecedoras
de crudo. En el proceso, se expone a mayores riesgos de involucrarse en
conflictos regionales y locales. Esta realidad ya influyó en las relaciones
estadunidenses con las principales naciones productoras de crudo y es seguro
que tendrá en el futuro aun mayor impacto.
No hay ningún apartado donde la
NEP reconozca este hecho. En cambio, se enfoca en las dimensiones económicas y
diplomáticas de la política energética.
Sin embargo, los arquitectos de
la política Bush-Cheney saben que asegurar su acceso
a algunas fuentes petrolíferas puede resultar imposible sin el uso de la fuerza
militar. La estrategia militar del gobierno asume el punto enfatizando
fuertemente el requisito de proyectar capacidad de fuego en campos de batalla
claves. "Estados Unidos debe retener la posibilidad de enviar fuerzas bien
armadas y con buen apoyo logístico a puntos críticos por todo el globo, incluso
frente a la oposición del enemigo", señala el Quadrennial
Defense Review.
Estos puntos críticos
necesariamente implicarán áreas que son fuentes de petróleo. Sea que el
gobierno vincule conscientemente sus políticas de energía y seguridad o no, es
indudable que Bush priorizó refinar la proyección del poder estadunidense
mientras respaldaba un aumento en la dependencia del petróleo procedente de
áreas inestables.
El resultado es que una
estrategia de dos vías gobierna la política estadunidense hacia buena parte del
mundo. Un brazo de esta estrategia es asegurar más petróleo del resto del
mundo; el otro es refinar la capacidad de intervenir. Mientras que uno de estos
objetivos surge de preocupaciones energéticas y el otro de aspectos de
seguridad, resulta una dirección única: la dominación estadunidense en el siglo
XXI. Es esta combinación de estrategias, más que ningún otro aspecto, lo que
anclará las relaciones internacionales de Estados Unidos en los años venideros.
* Michael T. Klare
es autor de Guerras de recursos: nuevo panorama del conflicto global y
es profesor de estudios sobre la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College de Amherst, Massachusetts (EU); es
analista de asuntos militares de Foreign Policy in Focus
(www.fpif.org)
Traducción: Ramón Vera Herrera