La Jornada, México D.
F., viernes 22 de agosto de 2003
Adolfo Gilly
Tiempo de escuchar
Habría que ir por todo México, no a llevar
eso que llaman un "proyecto de país" elaborado por expertos y
asesores, sino a escuchar y preguntar por temas muy concretos y sentidos: la educación, el salario, el empleo, el
campo y sus demandas, la vivienda, la salud, las pensiones, la autonomía y los
derechos indígenas, la organización sindical y social, la democracia en los
medios y en la sociedad, el respeto al individuo, la igualdad entre mujeres y
hombres en todos los ámbitos públicos y privados, el derecho al aborto, el
patrimonio nacional, la protección del territorio, la soberanía, la
autodeterminación nacional frente a la política de guerra del gobierno de
Estados Unidos, la alianza y la integración con América Latina y, para que no
se nos olvide, la no relección de los políticos en
sus cargos.
Hay que
escuchar a las voces pequeñas en esos temas que conocen, viven, sufren y les
interesan. Es tiempo de ir a plantear problemas y escuchar, no de llevar
soluciones y decir. De ahí saldrá el programa para el país, de ahí han salido
en la historia mexicana todos los programas verdaderos que después afinan los
expertos.
A ese programa
tendrán después que ajustarse y con él tendrán que negociar los intereses de
los financistas, los acreedores internacionales, los empresarios, los
contratistas y los ricos de todo pelaje. Con todos ellos hay que negociar, no
por cuestión de principios sino por respeto práctico a una relación de fuerzas
existente en la realidad.
Pero una cosa
es negociar a partir desde la agenda de ellos, como sucede hoy en el Congreso
de la Unión, y otra negociar desde una agenda nuestra, que en la tarea de
formularla desde abajo vaya organizando las fuerzas para sostenerla. No digo
nada nuevo. Es ya, sin ir más lejos, lo que en la práctica cotidiana vienen
haciendo una multitud de movimientos grandes y pequeños en todo el territorio
nacional.
Tres días después de las
pasadas elecciones en México, el Financial
Times de Londres, uno de los grandes periódicos del mundo de las finanzas,
publicó en su edición del 9 de julio un destacado artículo, firmado por David
Hale. Su título: "México necesita un shock chino". Su
contenido: unas recetas básicas sobre lo que debe hacer la 59 Legislatura del
Congreso de la Unión.
Gracias al TLC, "audaz
apuesta" de Carlos Salinas, dice el articulista, "a través de la
liberalización económica, el sistema político de México se volvió más abierto y
democrático". Pero la democracia, continúa, "ha hecho que México sea
más difícil de gobernar" y el Congreso mexicano se encuentra trabado en
cuestiones tan urgentes como "la ampliación de la base impositiva, la
apertura de la industria energética a la inversión extranjera y la
liberalización del mercado de trabajo".
Sin embargo, lo que puede
ayudar a México a salir de ese atascadero es el "difundido temor en la
elite mexicana de que China pronto desplace a México como segundo mayor socio
comercial de Estados Unidos". Desde el año 2000 a la fecha, según David
Hale, la industria maquiladora ha perdido más de 200 mil empleos, debido en
parte al traslado de empresas a Asia. El porqué es sencillo: "Los salarios
en México son tres y cuatro veces más elevados que en China. La electricidad
mexicana cuesta dos veces más por la falta de inversión extranjera. México
depende excesivamente de la exportación de bienes cíclicos tradicionales, como
autos y televisores, mientras las empresas taiwanesas
están expandiendo rápidamente las exportaciones de alta tecnología de
China".
¿Llegará China a precipitar
un cambio radical en la política económica de México como el logrado por
Salinas?, se pregunta a este punto el articulista. Salinas pudo hacerlo, dice,
porque entonces México era todavía un Estado con partido único. Hoy, en cambio,
tres partidos, el PRI, el PAN y el PRD, "deben encontrar un terreno de
acuerdo en la privatización eléctrica, la reforma fiscal y la desregulación del
mercado de trabajo para reducir los costos de la manufactura en México".
Si no lo logran, "no sólo perderá México su posición en el mercado de
Estados Unidos sino que habrá un éxodo continuo de puestos de trabajo
industriales y un desempleo creciente".
La conclusión es
terminante:
"Resulta irónico que
un país no democrático como China tenga que desempeñar un papel decisivo para
revitalizar las instituciones democráticas de México. Es un ejemplo más de la
globalización en acción. La liberalización económica echa las bases para la
apertura política, pero ésta sólo tendrá éxito si la democracia produce
políticas que promuevan la competitividad".
Quien haya seguido hasta
aquí el accidentado razonamiento del columnista del Financial
Times sin dejarse arredrar por sus inconsecuencias lógicas, habrá retenido
la contundencia del dictamen emitido desde el título mismo del artículo:
"México necesita un shock chino".
La esencia de esta receta
para curar los males mexicanos no está tanto en la privatización: que se sepa,
China no es buen ejemplo al respecto. Posee, entre otras, una poderosa
industria de armamentos de propiedad estatal y un rápidamente creciente sector
de investigación científica y técnica de los cuales México carece. Tampoco
reside en la reforma fiscal: a menos de decir generalidades insustanciales
indignas del Financial Times, no parece
sencillo comparar la fiscalidad de China con la de México.
La clave de la receta está
en la desregulación del mercado de trabajo. En otras palabras, el shock
consistiría para México en desvalorizar aún más la fuerza de trabajo, reducir
salarios, cortar seguridad social, disminuir los gastos en salud, vivienda,
pensiones, desproteger a cuantos ganan su vida con su trabajo. El shock
chino es el que hay que aplicar a los trabajadores mexicanos.
Visitantes y estudiosos que
han recorrido China en tiempos recientes describen las tragedias humanas de la
industrialización desregulada en curso, con salarios
ínfimos, sin protección social, con un índice aterrador de accidentes de
trabajo no indemnizados, con hacinamiento en viviendas y servicios públicos
inexistentes. Comparan los tugurios que han surgido en las nuevas regiones
industriales con los que aparecieron en los años terribles de la revolución
industrial en Inglaterra. La Manchester de la primera mitad del siglo XIX es la
imagen recurrente.
Ese es el modelo propuesto
para el México del siglo xxi: echar por la borda lo
que aún subsiste de las conquistas sociales y civilizatorias del siglo xx mexicano. Piden una desregulación laboral acordada por
los tres partidos, para que éstos sacrifiquen a la "competitividad"
el presente y el futuro de los trabajadores urbanos y rurales, las vidas
cotidianas de todos nosotros y el patrimonio común de los mexicanos: la
industria eléctrica y el petróleo.
El PAN acaba de dar a
conocer su agenda legislativa. Tiene tres secciones. La primera, titulada "Democracia
efectiva", propone reducir el número de diputados y senadores federales,
reducir el financiamiento público a los partidos y aprobar la permanencia en su
cargo de los legisladores y alcaldes eficientes: es decir, la relección.
La tercera sección se
denomina "Superación de la pobreza". Sus cinco puntos proponen, en
esencia, un reordenamiento de los programas federales de entrega de recursos y
créditos. Nada específico se dice sobre pensiones, salud, vivienda y, sobre
todo, salarios e ingresos de los trabajadores. Ni en ésta ni en las otras
secciones se menciona la educación: este rubro está ausente de la agenda
legislativa del PAN.
Pero el eje en torno al
cual se organiza la agenda entera es la segunda sección, denominada
"Crecimiento económico y empleo". Tiene tres puntos: reforma fiscal,
reforma laboral y reforma energética. Las tres reformas vienen endulzadas con
palabras bonitas: "gasto justo y solidario" para la fiscal,
"generar empleos bien remunerados" para la laboral, "impulsar la
planta productiva" para la energética.
Estas reformas son, una por
una, las mismas tres que recetan imperativamente el Financial
Times y los organismos financieros internacionales. La agenda legislativa
del PAN es, en lo esencial, el shock chino disfrazado.
Ni el PRI ni el PRD,
sumidos en sus crisis internas, dan señales de preparar una oposición efectiva
a esa agenda. Hablan ambos de llegar a "acuerdos" y
"consensos". Ninguno de los dos plantea la necesidad de organizar una
oposición, en la ciudadanía y en la sociedad, que sostenga a una real oposición
en el Congreso. Con la posible excepción de algunos legisladores individuales,
cuyas figuras y nombres hoy por hoy no aparecen visibles, van
camino de repetir, agravada, la comedia de la ley indígena fraguada en la
anterior legislatura.
Poco o nada puede esperarse
de la legislatura nacida del desastre electoral del 6 de julio. La oposición
está en otra parte. La izquierda, también. La dirección entera del PRD está
absorta en el juego de las disputas privadas y las reconciliaciones públicas,
cuando lo que urge es salir de ese encierro e ir al país, no a amarrar
clientelas, sino a escuchar las voces pequeñas de las decenas de millones que
se negaron a votar, de los millones que votaron en blanco, y también de los millones
que votaron para no dejar, pero sin entusiasmo y, sobre todo, sin esperanza.
Porque si algo dijeron las elecciones es que la esperanza en este país, en la
medida en que subsiste, en estos días está en cualquier lado menos en los
gobiernos y las instituciones.
El PRD, que decía ser el
partido de esa esperanza, es por ahora el partido de sus diputados, sus
senadores, sus asambleístas, sus alcaldes, sus regidores y, sobre todo, sus
gobernadores, que atan y desatan y se mueven en las jerarquías partidarias como
Grandes del Reyno. El PRD persiste en mirar
desde las instituciones hacia el pueblo, y no desde el pueblo hacia las
instituciones. Mira desde arriba y desde adentro, y no desde afuera y desde
abajo, que es el lugar donde trascurre la vida del común de los mexicanos y las
mexicanas.
Desde ahí, desde abajo y
desde afuera, se podrá, si es que se puede, recuperar el programa, el impulso y
los temas para organizar, resistir y cambiar el rumbo del país. Habría que ir
por todo México, no a llevar eso que llaman un "proyecto de país"
elaborado por expertos y asesores, sino a escuchar y preguntar por temas muy
concretos y sentidos: la educación, el salario, el empleo, el campo y sus demandas,
la vivienda, la salud, las pensiones, la autonomía y los derechos indígenas, la
organización sindical y social, la democracia en los medios y en la sociedad,
el respeto al individuo, la igualdad entre mujeres y hombres en todos los
ámbitos públicos y privados, el derecho al aborto, el patrimonio nacional, la
protección del territorio, la soberanía, la autodeterminación nacional frente a
la política de guerra del gobierno de Estados Unidos, la alianza y la
integración con América Latina y, para que no se nos olvide, la no relección de los políticos en sus cargos.
Hay que escuchar a las
voces pequeñas en esos temas que conocen, viven, sufren y les interesan. Es
tiempo de ir a plantear problemas y escuchar, no de llevar soluciones y decir.
De ahí saldrá el programa para el país, de ahí han salido en la historia
mexicana todos los programas verdaderos que después afinan los expertos.
A ese programa tendrán
después que ajustarse y con él tendrán que negociar los intereses de los financistas,
los acreedores internacionales, los empresarios, los contratistas y los ricos
de todo pelaje. Con todos ellos hay que negociar, no por cuestión de principios
sino por respeto práctico a una relación de fuerzas existente en la realidad.
Pero una cosa es negociar a
partir desde la agenda de ellos, como sucede hoy en el Congreso de la Unión, y
otra negociar desde una agenda nuestra, que en la tarea de formularla desde
abajo vaya organizando las fuerzas para sostenerla. No digo nada nuevo. Es ya, sin
ir más lejos, lo que en la práctica cotidiana vienen haciendo una multitud de
movimientos grandes y pequeños en todo el territorio nacional.