
Sindicato de
Trabajadores Académicos de la Universidad Autónoma Chapingo
Materiales de debate acerca del poder, el Estado,
la política
y el libro de John
Holloway: Cambiar al mundo sin tomar el poder
6 opiniones: Daniel Bensaïd,
Armando Bartra, Atilio Borón, Francisco Fernández Buey, Octavio Rodríguez
Araujo, Guillermo Almeyra y Rhina Roux
Acerca
de un libro reciente de John Holloway
Daniel Bensaïd
¿Podemos hablar de una corriente libertaria, como si
un hilo atravesara la historia contemporánea y fuera posible encontrar
suficientes afinidades para que lo que lo une se imponga sobre las diferencias?
Tal corriente, en la medida en que exista, está efectivamente marcada por un
fuerte eclecticismo teórico y atravesada por
orientaciones estratégicas no sólo divergentes, sino a menudo contradictorias.
Sin embargo, convenimos en la hipótesis de que existe realmente un «tono» o
«sensibilidad» libertaria más amplia que el anarquismo en tanto que posición
política específicamente definida. Así, se puede hablar de un comunismo
libertario (ilustrado principalmente por Daniel Guérin), de un mesianismo
libertario (Walter Benjamin), de un marxismo libertario (Michaël Löwy, Miguel
Abensour), incluso de un «leninismo libertario», que hallaría su origen
especialmente en El Estado y la
revolución.1 Este «aire de familia»
(a menudo roto y vuelto a recomponer) no basta para establecer una genealogía
coherente. Más bien se pueden señalar «momentos libertarios», que se inscriben
en situaciones muy diferentes y se nutren de referencias teóricas muy
distintas. A grandes rasgos podemos distinguir tres momentos fuertes:
• Un momento constitutivo (o clásico), ilustrado por
la trilogía Stirner-Proudhon-Bakunin. El
único y su propiedad (Stirner) y La
filosofía de la miseria (Proudhon) fueron publicadas a mediados de la
década de 1840. Durante esos mismos años, Bakunin se formó a través de un
periplo que lo llevó de Berlín a Bruselas pasando por París. Se trata del
momento decisivo en el que se acaba el periodo de reacción posrevolucionaria y
en el que se preparan los levantamientos de 1848. El Estado moderno toma forma.
Una nueva conciencia de la individualidad descubre en el dolor romántico las
cadenas de la modernidad. Un movimiento social inédito trabaja las
profundidades de un pueblo que se fractura y se divide bajo el impulso de la
lucha de clases. En esta transición entre el «ya no» y el «todavía no», los
pensamientos libertarios flirtean con las florecientes utopías y con las
ambivalencias románticas. Se perfilaba un doble movimiento de ruptura y de
atracción hacia la tradición liberal. La reivindicación de Daniel Cohn-Bendit
de una orientación «liberal-libertaria» se inscribe en esta ambigüedad
constitutiva.
• Un momento antiinstitucional o antiburocrático, a
caballo de los siglos XIX y XX. La experiencia del parlamentarismo y del
sindicalismo de masas revela en ese momento los «peligros profesionales del
poder» y la burocratización que amenaza al movimiento obrero. Su diagnóstico lo
encontramos tanto en Rosa Luxemburgo como en el clásico libro de Roberto
Michels sobre los partidos políticos (1910),2 en el sindicalismo revolucionario de Georges
Sorel y de Fernand Pelloutier, así como en las fulgurantes críticas de Gustav
Landauer. También encontramos su eco en los Cahiers
de la Quinzaine de Péguy o en el marxismo italiano de alguien como
Labriola.
• Un tercer momento, posestalinista, que responde a
las grandes desilusiones del trágico siglo de los extremos. Emerge una
corriente neolibertaria confusamente, más difusa, pero más influyente que los
herederos directos del anarquismo clásico. Constituye un estado de ánimo, «algo
que flota en el ambiente» (a mood),
más que una orientación definida. Conecta con las aspiraciones (y las
debilidades) de los movimientos sociales que resurgen. De tal forma que las
temáticas de autores tales como Toni Negri o John Holloway se inspiran en
Foucault y en Deleuze más que fuentes históricas del siglo XIX, sobre las que
el propio anarquismo clásico casi no ejerce su derecho de inventario crítico.
Entre todos estos «momentos» podemos encontrar
relevistas (como Walter Benjamin, Ernst Bloch, Karl Korsch), que inician la
transición y la transmisión crítica de la herencia revolucionaria «a
contrapelo» de la glaciación estalinista.
El resurgimiento y la metamorfosis actuales de las
corrientes libertarias se explican fácilmente:
• Por la profundidad de las derrotas y de las
decepciones sufridas desde los años treinta y por la toma de conciencia de los
peligros que amenazan desde dentro las políticas de emancipación.
• Por la profundización del proceso de
individualización y la aparición de un «individualismo sin individualidad», del
que anunciaba la llegada la controversia entre Stirner y Marx.
• Por la resistencia cada vez mayor a los
dispositivos disciplinarios y a los procedimientos de control biopolítico,
interiorizados por sujetos con una subjetividad mutilada por la reificación
mercantil.
En este contexto, a pesar de los profundos
desacuerdos que vamos a explicar, con mucho gusto reconoceremos a las
contribuciones de Negri o de Holloway el mérito de relanzar un debate
estratégico necesario en los movimientos de resistencia a la mundalización
imperial, después de un cuarto de siglo siniestro en el que este tipo de debate
había caído a cero: el rechazo a rendirse a las (sin)razones del triunfante
mercado oscilaba entre una retórica de la resistencia sin horizonte y la espera
fetichista de un acontecimiento milagroso. Hemos abordado en otro lugar la
crítica de Negri y de su evolución. Iniciamos aquí la discusión con John
Holloway, cuyo reciente libro lleva por título un programa y suscita ya vivos
debates, tanto en el espacio anglosajón como en América latina.
El
pecado original del estatismo
En el principio es el grito. El enfoque de John
Holloway parte de un imperativo de resistencia incondicional: ¡gritamos! No
sólo de rabia, sino de esperanza. Pegamos un grito, un grito contra, un grito
negativo, el de los zapatistas de Chiapas:«¡Ya
basta!». Un grito de insumisión y de disidencia. «El propósito de este libro
-anuncia de entrada- es reforzar la negaatividad, es fortalecer la negatividad,
tomar partido por la mosca atrapada, hacer el grito más estridente» (pág. 8).
Lo que aglutina a los zapatistas (cuya experiencia recorre de una punta a otra
las palabras de Holloway) «no es una composición de clase común, sino más bien
la comunidad negativa de su lucha contra el capitalismo» (pág. 164). Se
trataría, pues, de una lucha que aspira a negar la inhumanidad que nos es
impuesta, para recobrar una subjetividad inmanente a la propia negatividad. Sin
necesidad de una promesa de final feliz para justificar nuestro rechazo del
mundo tal cual es. Como Foucault, Holloway quiere quedar a ras del millón de
resistencias múltiples, irreductibles a la relación binaria entre capital y
trabajo.
Sin embargo, esta idea preconcebida del grito no
basta. Hay también que dar cuenta de la gran desilusión del siglo pasado. ¿Por
qué todos esos gritos, esos millones de gritos, millones de veces repetidos,
han dejado en pie, más arrogante que nunca, el orden despótico del capital?
Holloway cree tener la respuesta. El gusano estaba en el fruto, el vicio
(teórico) anidaba originalmente en la virtud emancipadora: el estatismo ha
corroído desde su origen el movimiento obrero en la mayoría de sus variantes:
cambiar el mundo a través del Estado habría constituido, así, el paradigma
dominante del pensamiento revolucionario, sometido desde el siglo XIX a una
visión instrumental y funcional del Estado.
La ilusión de poder cambiar la sociedad por medio del
Estado derivaría de determinada idea de la soberanía estatal. Pero habríamos
acabado por aprender que «el mundo no puede ser cambiado por medio del Estado»,
que constituye sólo «un nudo en la tela de relaciones de poder» (pág. 19). Ese
Estado no se confunde, efectivamente, con el poder. Sólo definiría la división
entre ciudadanos y no ciudadanos (el extranjero, el excluido, el «rechazado por
todo el mundo» -según Gabriel Tarde-, o el paria -según Arendt-). El Estado es,
pues, precisamente lo que sugiere la palabra: «una muralla contra el cambio y
contra el flujo del hacer», o aun «la encarnación de la identidad» (pág. 73).
No es algo de lo que uno se pueda apoderar para volverlo contra los poseedores
de la víspera, sino una forma social, o, mejor, un proceso de formación de las
relaciones sociales: «Un proceso de estatización del conflicto social» (pág.
94). Pretender luchar por medio del Estado llevaría, pues, inevitablemente a
derrotarse a sí mismo. Así pues, la «estrategia estatal» de Stalin no
representaría en absoluto una traición del espíritu revolucionario del
bolchevismo, sino, aunque parezca imposible, su cumplimiento: «El resultado
lógico de una concepción estatista del cambio social» (pág. 96).
El desafío zapatista consistiría, por el contrario,
en salvar a la revolución tanto del derrumbe de la ilusión estatal como de la
del poder. Antes de seguir más lejos en la lectura de su libro, desde ya se
deja ver que Holloway reduce la fecunda historia del movimiento obrero, de sus
experiencias y controversias a una única marcha del estatismo a través de los
siglos, como si no se hubieran enfrentado permanentemente concepciones teóricas
y estratégicas muy diferentes; de esta manera, presenta a un imaginario
zapatismo como algo absolutamente innovador, ignorando regiamente que el
discurso real del zapatismo vehicula, aunque sea sin saberlo, algunas temáticas
antiguas.
El paradigma dominante del pensamiento revolucionario
residiría, según él, en un estatismo funcional. O sea, con la muy discutible
condición de enrolar la ideología mayoritaria de la socialdemocracia
(simbolizada por los Noske y otros Ebert) y la ortodoxia burocrática
estalinista bajo el elástico título de «pensamiento revolucionario». Es hacer
poco caso de una abundante literatura crítica sobre la cuestión del Estado, que
va desde Lenin y Gramsci hasta las actuales polémicas, pasando por
contribuciones insoslayables (que se las suscriba o no), como las de Poulantzas
o Altvater.
En fin, reducir toda la historia del movimiento
revolucionario a la genealogía de una «desviación teórica» permite sobrevolar
la historia real bajo el manto de una ala angelical, a riesgo de respaldar la
tesis reaccionaria (de François Furet hasta Gérard Courtois) de la estricta
continuidad -«¡el desenlace!»- entre la revolución de
Octubre y la contrarrevolución estalinista. Por otra parte, esta última no es
objeto de ningún análisis serio. David Rousset, Pierre Naville, Moshe Lewin,
Mikaïl Guefter (sin hablar de Trotski o de Hannah Arendt, incluso de Lefort o
de Castoriadis), son bastante más serios en este tema.
El
círculo vicioso del fetichismo o cómo escapar de él
La otra fuente de extravíos estratégicos del
movimiento revolucionario se debería al abandono (o al olvido) de la crítica
del fetichismo, introducida por Marx en el primer libro del Capital. A este respecto, Holloway hace
un llamamiento útil, aunque a veces impreciso. El capital no es más que la
actividad pasada (el trabajo muerto), congelada en la propiedad. Sin embargo,
pensar en términos de propiedad tendría como resultado el pensar otra vez la
propiedad como una cosa, en los propios términos del fetichismo, y sería
aceptar en realidad los términos de la dominación. El problema no residiría en
el hecho de que los medios de producción fueran propiedad de los capitalistas:«Nuestra lucha no busca -insiste Holloway- adueñarnos de la
propiedad de los medios de producción, sino disolver a la vez la propiedad y
los medios de producción para reencontrar o, mejor aun, para crear la sociabilidad
consciente y confiada del flujo del hacer»
Pero ¿cómo romper el círculo vicioso del fetichismo?
El concepto, dice Holloway, trata del «insoportable horror» que constituye la
autonegación del hacer. El Capital
desarrollaría ante todo la crítica de esta autonegación. El concepto de fetichismo concentra la crítica de la
sociedad burguesa (de su «mundo encantado») y de la teoría burguesa (la
economía política), a la vez que expone las razones de su relativa estabilidad:
el infernal torniquete por el que los objetos (dinero, máquinas, mercancías) se
convierten en sujetos, mientras que los sujetos se vuelven objetos. Este
fetichismo se insinúa por todos los poros de la sociedad, hasta el punto de
que, cuanto más urgente y necesario aparece el cambio revolucionario, más
imposible parece. Lo que Holloway resume, con una fórmula deliberadamente
inquietante, como «la urgencia imposible de la revolución». Esta presentación
del fetichismo se nutre de varias fuentes: de la reificación de Lukács, de la
racionalidad instrumental de Horkheimer, del círculo de la identidad de Adorno,
de la humanidad unidimensional de Marcuse. El concepto de fetichismo expresaría, según él, el poder del capital al explotar
en lo más profundo de nosotros mismos como un misil que liberara mil cohetes de
colores. Por eso el problema de la revolución no sería el problema de «ellos»
-el enemigo, el adversario con mil rostrros-, sino ante todo nuestro problema,
el problema que «nos» plantea a nosotros mismos ese «nosotros fragmentado» por
el fetichismo. La «ilusión real», el fetiche, efectivamente nos aprisiona en
sus redes y nos subyuga.
El propio carácter de la crítica se vuelve
problemático: si las relaciones sociales están fetichizadas, ¿cómo criticarlas?
¿Y quiénes son los críticos? ¿Seres superiores y privilegiados? En suma, ¿es
posible incluso la propia crítica? Para Holloway, la noción de «vanguardia», la
conciencia de clase «otorgada» (¿por quién?) o la espera del acontecimiento
redentor (la crisis revolucionaria) pretendían responder a estas preguntas.
Estas soluciones llevan ineluctablemente a una problemática de un sujeto sano o
de un justiciero en lucha contra una sociedad enferma: un caballero del bien
susceptible de encarnarse en el «working class hero» o en el partido de
vanguardia. Una concepción «dura» del fetichismo nos llevaría a un doble dilema
sin salida: «¿Es concebible la revolución?, ¿es
posible aun la crítica?». ¿Cómo escapar a esta «fetichización del fetichismo»?
¿«Quiénes somos nosotros», pues, para ejercer el poder corrosivo de la crítica?
«No somos dios, no somos trascendentes.» ¿Cómo evitar el callejón sin salida de
una crítica subalterna, que permanece bajo la influencia del fetichismo que
pretende derribar, en la medida en que la negación implica la subordinación a
lo que se niega? Holloway evoca varias soluciones:
• La respuesta reformista, que considera que el mundo
no puede ser transformado radicalmente: habría que conformarse con retocarlo y
corregir las aristas. Hoy en día, la retórica posmoderna acompaña con su
musiquilla de cámara esta resignación.
• La respuesta revolucionaria tradicional consistiría
en ignorar las sutilidades y los prodigios del fetichismo para limitarse al
útil y viejo antagonismo binario entre capital y trabajo y contentarse con un
cambio de propietario en el mando del Estado: el Estado burgués se convierte
simplemente en proletario.
• Una tercera vía consistiría, por el contrario, en
buscar la esperanza en la naturaleza misma del capitalismo y en su «poder
ubicuo» (o multiforme), al que respondería una «resistencia ubicua» (o
multiforme) (pág. 76).
Holloway cree escapar de esta manera a la
circularidad del sistema y a la trampa mortal al adoptar una versión suave (soft) del fetichismo, comprendido no
como un estado, sino como un proceso dinámico y contradictorio de
fetichización. Este proceso portaría efectivamente su contrario: «la
antifetichización» de las resistencias inmanentes al propio fetichismo. No
seríamos solamente víctimas objetivadas del capital, sino sujetos antagónicos
efectivos o potenciales: «Nuestra experiencia-contra-el-capital» sería, así,
«la negación constante e inevitable de nuestra existencia-en-el-capital» (pág.
90). Deberíamos comprender el capitalismo sobre todo como separación del sujeto
y del objeto, y la modernidad, como la conciencia aciaga de este divorcio.
Conforme a la problemática del fetichismo, el sujeto del capitalismo no es el
propio capitalista, sino el valor que se valoriza y se vuelve autónomo. Los capitalistas
no son sino los agentes leales del capital y de su despotismo impersonal.
Ahora bien, para un marxista funcionalista el
capitalismo parecería un sistema cerrado y coherente, sin salida, salvo que
surgiera el deus ex machina, el momento milagroso de la
conmoción revolucionaria. Para Holloway, por el contrario, su falla residiría
en el hecho de que «el capital depende del trabajo, mientras que el trabajo no
depende del capital»: «Así pues, la insubordinación del trabajo es el eje
alrededor del que gira la constitución del capital en tanto que capital». En la
relación de dependencia recíproca, pero asimétrica, entre el capital y el
trabajo, éste podría liberarse de su contrario, pero no el capital (pág. 182).
De esta forma, Holloway se inspira en las tesis obreristas anticipadas hace
poco por Mario Tronti, quien invertía los términos del dilema al presentar el
papel del capital como puramente reactivo a la iniciativa creadora del trabajo.
Desde esta perspectiva, el trabajo, en tanto que elemento activo del capital,
determina siempre, a través de la lucha de clases, el desarrollo capitalista.
Tronti presentaba su enfoque como «una revolución copernicana del marxismo».
Seducido por esta idea, Holloway mantiene sus reservas hacia una teoría de la
autonomía que tendería a renunciar al quehacer de lo negativo (y, en Negri, a
toda dialéctica en provecho de la ontología), para hacer de la clase obrera
industrial un sujeto positivo y mítico (tal como, últimamente, la multitud en
Negri). Una inversión radical no debería conformarse -dice- con transferir la
subjetividad del capital hacia el trabajo, sino que debería entender la
subjetividad como negación y no como afirmación positiva.
Para concluir -provisionalmente- con este punto,
reconozcamos el mérito de Halloway en volver a poner la cuestión del fetichismo
y de la reificación en el centro del enigma estratégico. Sin embargo, conviene
atemperar el alcance innovador de su planteamiento. Si bien la crítica del
fetichismo fue rechazada por el «marxismo ortodoxo» del periodo estalinista
(incluso por Althusser), sin embargo el hilo conductor no se rompió: partiendo
de Lukács, seguimos su trazo en autores que responden a lo que Ernst Bloch
caracterizaba como «la corriente caliente del marxismo»: Roman Rosdolsky, Jakubowski,
Ernest Mandel, Henri Lefebvre (con su Critique
de la vie quotidienne 3), Lucien
Goldmann, Jean-Marie Vincent (¡cuyo Fétichisme
et société 4 data de 1973!), o, más
recientemente, Stavros Tombazos o Alain Bihr. Al insistir sobre el íntimo lazo
entre el proceso de fetichización y de antifetichización, Holloway, después de
muchos rodeos, encuentra la contradicción de la relación social que se
manifiesta en la lucha de clases. Al estilo del presidente Mao, puntualiza, sin
embargo, que en los términos de la contradicción, al no ser simétrica, el polo
del trabajo constituye el elemento dinámico determinante. Es un poco como la
historia del muchacho que pasa su brazo por detrás de su cabeza para agarrar la
nariz. Se observará, sin embargo, que el acento puesto en el proceso de
«desfetichización», en el curso de la propia fetichización, permite relativizar
(¿«desfetichizar»?) la cuestión de la propiedad, a la que se decreta como
solucionable, sin más precisiones, en «el flujo del hacer».
Al interrogarse sobre el carácter de la crítica,
Holloway no escapa a la paradoja del escéptico, que duda de todo salvo de su
duda. Así pues, la legitimidad de su propia crítica queda suspendida de la
pregunta de saber «en nombre de quién» y desde «qué punto de vista» (¿partidista?)
se enuncia esta duda dogmática (resaltada irónicamente en el libro con el
rechazo a poner un punto final). En suma, «¿quiénes
somos nosotros, los que ejercemos la crítica?» ¿Marginales privilegiados,
intelectuales excéntricos, desertores del sistema? «Implícitamente una elite
intelectual, una especie de vanguardia», admite Holloway. Porque, al querer dar
de baja o relativizar la lucha de clases, el papel indeciso del intelectual
sale paradójicamente reforzado. No se tardó nada en recaer en la idea kautskiana
-más que leninista- de una ciencia aporttada «desde el exterior de la lucha de
clases por la intelligentsia» (por
los poseedores del saber científico); y no como en Lenin, de una «conciencia
política de clase» (no de una ciencia) aportada desde «el exterior de la lucha
económica» por un partido (y no por la intelligentsia
científica). Desde luego, sea la que sea la palabra para decirlo, cuando uno se
toma en serio el fetichismo, no se deshace con más facilidad de la vieja
cuestión de la vanguardia. Después de todo, ¿no es el zapatismo una forma de
vanguardia (y Holloway su profeta)?
«La
urgente imposibilidad de la revolución»
Holloway propone volver sobre el concepto de revolución «como pregunta, no como
respuesta» (pág. 139). Lo que se juega el cambio revolucionario no sería ya la
«toma del poder», sino su propia existencia: «El problema con el concepto
tradicional de revolución tal vez sea
que no apunta demasiado alto, sino demasiado bajo» (pág. 20). Ahora bien, «la
única manera en que se puede pensar la revolución a partir de ahora no es la
conquista del poder, sino su disolución». Citados frecuentemente como
referencia [¿los zapatistas?], no dirían otra cosa cuando afirman querer crear
un mundo de humanidad y de dignidad «pero sin tomar el poder». Holloway admite
que este enfoque parece poco realista. Las experiencias en las que se inspira,
si bien no apuntaron a la toma del poder, no han logrado, hasta nuevo aviso,
cambiar el mundo. Holloway afirma simplemente (¿dogmáticamente?) que no hay
otra alternativa. Esta certeza, por más perentoria que sea, no nos hace avanzar
mucho. ¿Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder? «Al final del libro, como al
principio -nos confía el autor-, no lo sabemos. Los leninistas lo saben o lo
sabían. Nosotros no. El cambio revolucionario es más urgente que nunca, pero ya
no sabemos lo que puede significar una revolución. […] Nuestro no saber es el
saber de los que comprenden que no saber forma parte del proceso
revolucionario. Hemos perdido nuestras certezas, pero la apertura a lo incierto
es decisiva para la revolución. Caminamos preguntando, dicen los zapatistas.
Nos interrogamos, no sólo porque no conocemos el camino, sino también porque
buscar el camino forma parte del proceso revolucionario mismo» (pág. 215).
Henos aquí en el corazón del debate. En el umbral del
nuevo milenio, ya no sabemos lo que serán las futuras revoluciones. Pero
sabemos que el capitalismo no es eterno y que urge librarse de él antes de que
nos aplaste. Es el primer sentido de la idea de revolución. Expresa la
aspiración recurrente de los oprimidos a su liberación. También sabemos,
después de las revoluciones políticas de las que surgieron los Estados-nación
modernos, después de las adversidades de 1848, de la Comuna, de las
revoluciones vencidas del siglo XX, que la revolución será social o no será. Es
el segundo sentido que ha tomado, desde el Manifiesto
comunista, la palabra «revolución». Después de un ciclo de experiencias, la
mayor parte de las veces agrias, confrontados con las metamorfosis del capital,
nos cuesta en cambio imaginar la forma estratégica de las revoluciones por
llegar. Es este tercer sentido de la palabra el que se nos escapa. No es tan
nuevo: nadie había programado la Comuna de París, ni el poder de los soviets, o
el Comité de Milicias de Cataluña. Estas formas «por fin encontradas» del poder
revolucionario nacieron de la propia lucha y de la memoria subterránea de las
experiencias pasadas.
Después de la revolución rusa, ¿han desaparecido en
el camino muchas creencias y certezas? Admitámoslo (aunque no esté seguro de la
realidad de certezas generalmente atribuidas a los crédulos revolucionarios de
antaño). Lo que no sería una razón para olvidar las lecciones -a menudo duras-
de las derrotas y la contraprueba de los fracasos. Los que creyeron poder
ignorar el poder y su conquista han sido, a menudo, atrapados por él: no
querían tomar el poder, y el poder los tomó. Y los que creyeron que lo podían
esquivar, evitar, contornear, rodear, o circunvalar sin tomarlo, fueron molidos
con demasiada frecuencia por él. La fuerza procedimental de la
«desfetichización» no bastó para salvarlos. Incluso los «leninistas»
(¿cuáles?), dice Holloway, ya no saben (cómo cambiar el mundo). Pero,
comenzando por el propio Lenin, ¿pretendieron alguna vez saberlo, con ese saber
doctrinario que Holloway les atribuye? La historia es más complicada.
En política, sólo podemos tener un saber estratégico:
un saber condicional, hipotético, «una hipótesis estratégica» extraída de las
experiencias pasadas y que sirve de guía, sin la cual la acción se dispersa sin
fin. Esta hipótesis necesaria no impide en modo alguno saber que la experiencias por venir tendrán su parte inédita e
inesperada, que obligará a corregirla sin cesar. Así pues, renunciar al saber
dogmático no es razón suficiente para hacer tabla rasa del pasado, con la
condición de proteger la tradición del conformismo que siempre la amenaza. En
la espera de nuevas experiencias fundadoras, sería efectivamente imprudente
olvidar con frivolidad lo que nos han inculcado dolorosamente dos siglos de
luchas, desde junio de 1848 hasta la contrarrevolución chilena o indonesia,
pasando por la revolución rusa, la tragedia alemana o la guerra civil española.
Hasta hoy, no hay ejemplo en el que las relaciones de dominación no se hayan
desgarrado ante la prueba de las crisis revolucionarias: el tiempo de la
estrategia no es el liso de la aguja del reloj sobre su esfera, sino un tiempo
roto, con ritmo de aceleraciones bruscas y repentinos frenazos. En esos
momentos críticos siempre han surgido formas de dualidad de poder que plantean
la cuestión de saber «quién ganará». En fin, desde el punto de los oprimidos,
la crisis nunca se ha resuelto positivamente sin la intervención resuelta de
una fuerza política (que se la llame partido o movimiento) portadora de un
proyecto y capaz de tomar decisiones e iniciativas determinantes.
Hemos perdido nuestras certezas, repite Holloway a
semejanza del héroe representado por Ives Montand en una mala película (Los caminos del sur,5 a
partir de un guión de Jorge Semprún). Sin duda debemos aprender a prescindir de
ellas. Pero allí donde hay lucha (cuyo desenlace es incierto por definición),
se enfrentan voluntades y convicciones, que no son certezas sino guías para la
acción, expuestas a los siempre posibles desmentidos de la práctica. ¡Sí a «la
apertura a lo incierto» reclamada por Holloway; no al salto en el vacío
estratégico! En este vacío abisal, el único desenlace de la crisis es el propio
evento, pero un evento sin actores, un puro evento mítico, desarraigado de sus
condiciones históricas, que escapa al control de la lucha política para recaer
en el de la teología. Esto es lo que evoca Holloway cuando invita al lector a
«pensar en términos de antipolítica del evento, más que en términos de política
de organización». Para él, el paso de una política de la organización a una
antipolítica del evento ya está teniendo lugar, se abriría paso a través de las
experiencias de Mayo del 68, de la rebelión zapatista o de la ola de
manifestaciones contra la mundialización capitalista: «Todos estos eventos son
destellos contra el fetichismo, festivales de los no subordinados, carnavales
de los oprimidos» (pág. 215). ¿El carnaval como la forma por fin encontrada de
la revolución posmoderna?
A la
búsqueda del sujeto perdido
Una
revolución, ¿un carnaval sin actores?
Holloway reprocha a las «políticas identitarias […]
petrificar las identidades»: el llamamiento a lo que se supone que es el «ser»
implicaría siempre una cristalización de la identidad, cuando no hay razones
para distinguir entre buenas y malas identidades. Las identidades sólo cobran
sentido en determinada situación y de forma transitoria: declararse judío no
tiene el mismo significado en la Alemania nazi que hoy en Israel. Haciendo
referencia a un hermoso texto en el que el subcomandante Marcos reivindica la
multiplicidad de las identidades que se cruzan y combinan bajo el anonimato del
famoso pasamontañas, Holloway llega a presentar el zapatismo como un movimiento
«explícitamente antiidentitario» (pág. 64). Por el contrario, la cristalización
identitaria sería la antítesis del reconocimiento recíproco, de la comunidad,
de la amistad y del amor: una forma de solipsismo egoísta. Mientras que la
identificación y la definición clasificatoria ayudan a los dispositivos
disciplinarios del poder, la dialéctica expresaría el sentido profundo de la no
identidad: «Nosotros, los no idénticos, peleamos contra esta identificación. La
lucha contra el capital es la lucha contra la identificación. No es la lucha
por una identidad alternativa» (pág. 100). Identificar equivale a pensar a
partir del ser. Pensar a partir del hacer y del actuar es, en un único y mismo
movimiento, identificar y negar la identificación (pág. 102).
Así pues, la crítica de Holloway se presenta como «un
asalto contra la identidad», como el rechazo a dejarse definir, clasificar,
identificar: no somos lo que creemos, y el mundo no es lo que pretendemos.
¿Entonces qué sentido tiene decir todavía «nosotros»? ¿Qué puede realmente
esconder ese «nosotros» mayestático? No podría designar a un gran sujeto
trascendental (la Humanidad, la Mujer o el Proletariado). Definir a la clase
obrera sería reducirla a la condición de objeto del capital y despojarla de su
subjetividad. Habría que renunciar, pues, a la búsqueda de un sujeto positivo:
«Como el Estado, como el dinero, como el capital, la clase debe ser comprendida
como un proceso y el capitalismo, como la formación siempre renovada de las
clases» (pág. 142). El enfoque no es nuevo (para nosotros, que nunca hemos
buscado tras el concepto de lucha de clase una sustancia, sino una relación).
Este proceso de «formación», siempre reanudado y nunca finalizado, es el que
estudió magistralmente Edward Thompson en su libro sobre la clase obrera
inglesa.6 Pero Holloway va más lejos.
Aunque la clase obrera puede constituir una noción sociológica, no existe,
según él, clase revolucionaria. «La nuestra no es la lucha por establecer una
nueva identidad, sino por intensificar una antiidentidad» (pág. 212): libera
una pluralidad de resistencias y una multiplicidad de gritos. Esta
multiplicidad no puede subordinarse a la unidad a priori de un Proletariado
mítico. Porque, desde el punto de vista del hacer y del actuar, somos esto y
aquello, y aún más cosas, a medida que cambian las situaciones y las
coyunturas. Por más fluidas y variables que sean, ¿todas las identificaciones
juegan un papel equivalente a la hora de fijar los términos y los retos de la
lucha? Holloway no (se) plantea la cuestión. Al desmarcarse del fetichismo de la
multitud al modo de ver de Negri, sólo expresa un temor o penetra en el enigma
estratégico irresuelto: «Insistir en la multiplicidad olvidando la unidad
subjacente de las relaciones de poder lleva a una pérdida de perspectiva
política», hasta el punto de que la emancipación se vuelve «inconcebible». Y
para que así conste…
El
espectro del antipoder
Para conjurar este callejón sin salida y resolver el
enigma estratégico propuesto por la esfinge del capital, la última palabra de
Holloway es la del antipoder: «Este libro es la exploración del absurdo y
sombrío mundo del anti-poder» (pág. 38). Retoma la distinción desarrollada por
Negri entre el «poder-de» (potentia)
y el «poder-sobre» (potestas). El
objetivo sería a partir de ahora liberar el poder-de del poder-sobre, el hacer
del trabajo, la subjetividad de su objetivación. Si el poder-sobre a veces se
encuentra «en el cañón del fusil», ese no sería el caso del poder-de. Incluso
la propia noción de contrapoder formaría parte del poder-sobre. Ahora bien, «la
lucha por liberar el poder-de no trata de construir un contrapoder, sino más
bien un antipoder, algo radicalmente diferente del poder-sobre. Las
perspectivas de revolución centradas en la toma del poder se caracterizan por
su insistencia en el contrapoder»;así, el movimiento
revolucionario se construiría demasiado a menudo «como una imagen especular del
poder, ejército contra ejército, partido contra partido». El antipoder se
definiría, por el contrario, como «la disolución del poder-sobre» en provecho
de «la emancipación del poder-de» (pág. 37).
Conclusión estratégica (¿o antiestratégica?, si es
cierto que la estrategia está estrechamente ligada al poder-sobre): «Debería
resultar claro entonces que no se puede tomar el poder, que no es algo que
persona alguna o institución en particular posean», sino que «reside más bien
en la fragmentación de las relaciones sociales» (pág. 72). Alcanzado este punto
sublime, Holloway contempla con satisfacción la cantidad de agua sucia de la
bañera que se achica, pero ¿se preocupa por saber con cuántos bebés de paso?
(pág. 72). La perspectiva de un poder de los oprimidos se reemplaza
efectivamente por un antipoder indefinible e imperceptible, del que solamente
sabremos que está en todas partes y en ninguna, como el centro de la
circunferencia pascaliana. ¿El espectro del antipoder asediaría entonces al
mundo hechizado de la mundialización capitalista? Nos tememos, sin embargo, que
la multiplicación de los «anti» (el antipoder de una antirrevolución y de una
antiestrategia) no sea en definitiva más que una pobre estretagema retórica,
que acabaría desarmando (teórica y prácticamente) a los oprimidos, sin romper
por ello el círculo de hierro del capital y de su dominación.
Un
zapatismo imaginario
Filosóficamente, Holloway descubre en Deleuze y
Foucault una representación del poder como «multiplicidad de relaciones de
fuerza» y no como relación binaria. Este poder ramificado se distingue del
Estado regaliano y de sus aparatos de dominación. El enfoque no es nuevo. Desde
los años setenta, Surveiller et punir
y La volonté de savoir7 influyeron sobre ciertas relecturas críticas de
Marx. La problemática de Holloway, a menudo cercana a la de Negri, se distingue
de la de éste, sin embargo, cuando le reprocha que se amolde a una teoría
democrática radical fundada sobre la oposición entre poder constituyente y
poder constituido. Es la lógica, una vez más binaria, de un choque de titanes
entre la potencia monolítica del capital (el Imperio mayúsculo) y la potencia
monolítica de la Multitud mayúscula.
La referencia principal de Holloway es la experiencia
zapatista, de la que se convierte en portavoz teórico. Su zapatismo, sin
embargo, se revela imaginario en la medida en que no toma en cuenta las
contradicciones reales de la situación política, las dificultades y los
obstáculos reales con los que se topan los zapatistas desde el levantamiento
del 1 de enero de 1994. Se atiene al discurso y no busca ni siquiera las
razones del fracaso de su implantación urbana. El carácter innovador del
mensaje y del pensamiento zapatista es innegable. En un bello libro, L’étincelle zapatiste,8 Jérôme
Bachet analiza sus aportaciones con sensibilidad y sutilidad, sin negar las
incertidumbres y contradicciones. Holloway, por su parte, tiene tendencia a
tomar la retórica al pie de la letra. Ciñéndonos a la cuestión del poder y del
contrapoder, de la sociedad civil y de la vanguardia, apenas hay duda de que el
levantamiento chiapaneco del 1 de enero de 1994 («momento de nueva puesta en
marcha de las fuerzas críticas», dice Baschet) se incribe en el rebrote de
resistencias a la mundialización liberal, confirmado desde entonces desde
Seattle a Génova, pasando por Porto Alegre. Ese momento es también el «ground
zéro»9 de la estrategia, un momento de
reflexión crítica, de inventario, de nuevo cuestionamiento al término del
«corto siglo XX» y de la guerra fría (presentada por Marcos como una especie de
tercera guerra mundial). En esta particular situación de transición, los
portavoces zapatistas insisten en que «el zapatismo no existe» (Marcos) y en
que no tiene «ni línea ni recetas». Afirman no querer apoderarse del Estado, ni
tampoco del poder, sino aspirar a «algo apenas más difícil: un mundo nuevo».
«De lo que hay que apoderarse es de nosotros mismos», interpreta Holloway. Los
zapatistas reafirman, sin embargo, la necesidad de una «nueva revolución»: no
hay cambio sin ruptura.
Supongamos, pues, la hipótesis de una revolución sin
toma del poder desarrollada por Holloway. Mirando más de cerca, estas
formulaciones son más complejas, y más ambiguas de lo que parecen a primer
vistaa. Se podría ver primero una forma de autocrítica de los movimientos
armados de los años sesenta y setenta, del verticalismo militar, de la relación
de mando hacia las organizaciones sociales, de las deformaciones caudillistas.
En este nivel, los textos de Marcos y los comunicados del EZLN marcan un giro
saludable que restablece la tradición del «socialismo por abajo» y de la
autoemancipación popular: no se trata de tomar el poder para sí (partido, ejército
o vanguardia), sino de contribuir a devolverlo al pueblo, recalcando la
diferencia entre los aparatos de Estado propiamente dichos y las relaciones de
poder inscritas con mayor profundidad en las relaciones sociales (empezando por
la división social del trabajo entre los individuos, los sexos, los
trabajadores intelectuales y los manuales, etc.). En un segundo nivel, táctico,
el discurso zapatista sobre el poder responde a una estrategia discursiva:
conscientes de que las condiciones para derrocar el poder central y la clase
dominante están lejos de darse a escala de un país que cuenta con tres mil
kilómetros de frontera común con el gigante norteamericano, los zapatistas
dicen no querer lo que de todas formas no pueden conseguir. Hacen de la
necesidad virtud, para instalarse en una guerra de desgaste y en una dualidad
duradera de poder, al menos a escala regional. En un tercer nivel, estratégico,
el discurso zapatista consistiría en negar la importancia de la cuestión del
poder, para reivindicar simplemente la organización de la sociedad civil. Esta
posición teórica reproduciría la dicotomía entre sociedad civil (los
movimientos sociales) e institución política (especialmente electoral). La
primera se dedicaría a jugar un papel de presión (grupo de presión) sobre las
instituciones a las que se resigna a no poder cambiar. El discurso zapatista,
inscrito en una relación de fuerzas nacional, regional e internacional poco
propicia, juega con estos diferentes registros y en su práctica navega
hábilmente entre diferentes escollos. Es absolutamente legítimo. Con la
condición de no tomar por dinero contante y sonante enunciados que forman parte
del cálculo estratégico del que se pretenden ajenos: los propios zapatistas
saben que están ganando tiempo; pueden relativizar en sus comunicados la
cuestión del poder, pero saben perfectamente que el poder realmente existente
de la burguesía y del ejército mexicano, o incluso el del «coloso del norte»,
no perdería, si se presenta, la ocasión de aplastar tanto la insurrección indígena
de Chiapas como las guerrillas colombianas.
Al dar una imagen angelical del zapatismo, al precio
de apartarse de toda historia y política concretas, Holloway alimenta ilusiones
peligrosas. No sólo la contrarrevolución estalinista no juega papel alguno en
su balance del siglo XX, sino que toda la historia procede, tanto para él como
para François Furet, de las ideas justas o falsas. Así, se permite un balance
de saldo de cuenta: ni reforma, ni revolución, ya que «las dos experiencias
fracasaron, tanto la reformista como la revolucionaria». El veredicto es,
cuando menos, expeditivo, grueso (y grosero), como si no existieran más que dos
experiencias simétricas, dos vías competidoras y fallidas; y como si el régimen
estalinista (y sus copias) fuera imputable a «la experiencia revolucionaria» y
no a la contrarrevolución termidoriana. Según esta extraña lógica histórica,
también se podría proclamar que la vía de la revolución francesa fracasó, así
como la americana, etc. Será preciso atreverse a ir más allá de la ideología,
sumergirse en las profundidades de la experiencia histórica, para reanudar los
hilos de un debate estratégico enterrado bajo el peso de las derrotas
acumuladas. En el umbral de un mundo en parte inédito, en el que lo nuevo
cabalgo sobre lo viejo, más vale reconocer lo que se ignora, y abrirse a las
experiencias venideras mejor que teorizar la impotencia, minimizando los
obstáculos a franquear.
1 Libro escrito por
Lenin en agosto-septiembre de 1917 y publicado en mayo de 1918 [N. del T.].
2 Roberto Michels: Los partidos políticos. Un estudio
sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna [1911,
1913], Buenos Aires: Amorrortu, 1969, 2 vols. [N.
del T.].
3 Henri Lefebvre: Critique
de la vie quotidienne, París: L’Arche, 1958-1961 [N. del T.].
4 Jean-Marie Vincent: Fétichisme et société, París: Anthropos, 1973 [N. del T.].
5 Título original: Roads to the South, del director de cine
Joseph Losey, 1978 [N. del T.].
6 Obra editada en la
década de 1860. Existe una edición en español de la obra completa de Edward
Thompson: La formación de la clase obrera
en Inglaterra, Barcelona: Crítica, 1999 [N. del T.].
7 Se hace referencia a sendas obras de Michel
Foucault: Surveiller et punir, 1975; La volonté de savoir, 1976 [N. del T.].
8 Jérôme Bachet: L’étincelle
zapatiste, Éditions Denoël, 2002 [N. del T.].
9 Ground Zero, o
Punto Cero, así se ha empezado a llamar la gran zona vacía que ha quedado tras
retirar los escombros de las torres gemelas del Word Trade Center de Nueva York,
después del atentado del 11 de septiembre de 2001 [N. del T.].
Notas
de lectura Armando Bartra
John Holloway ha
escrito un libro que se llama Cambiar el
mundo sin tomar el poder. Pero no es un recetario ni un manual, y si lo
leen esperando que el autor les diga como hacerlo, saldrán defraudados. Para
evitarles frustraciones a ustedes y posibles linchamientos a John, y porque no
se trata de una novela policiaca, me permitiré contarles el final. En la página
308 y penúltima el irlandés se hace a si mismo la crucial pregunta: “¿cómo
cambiamos el mundo sin tomar el poder? Y el mismo se responde:“no
lo sabemos”. Y más adelante abunda: “ya no sabemos que significa
revolución”...”hemos perdido toda certeza”.
Y es que las trescientas densas páginas del libro de
John no están llenas de verdades reveladas sino de filosos cuestionamientos.
Como el mismo dice, no al principio sino al final: Este libro “es una pregunta,
una invitación a discutir”
Invitación que yo les transmito a ustedes, al tiempo
que la acepto al comunicarles mis desordenadas cuanto provisionales notas de
lectura.
La razón histórica y la lógico-estructural
El ensayo es de lectura exigente, pues el autor se
mueve en un alto nivel, no de abstracción sino de universalidad concreta. La
dialéctica de los conceptos no se despliega a través de casos particulares, es
decir de universales singularizados, sino bajo la forma difícil de la propia
universalidad. De modo que si el lector no es capaz de remitir el texto a las
múltiples determinaciones histórico-sociales, que están implícitas y no
explícitas, corre el riesgo de quedarse en el nivel de la generalidad.
Pero además, la reflexión privilegia el enfoque
lógico-estructural más que el histórico. Lo que aumenta el grado de dificultad,
sobre todo por que el eje de la reflexión no es la economía, por ejemplo, sino
el proceso libertario como recuperación del hacer. Y sin duda hablar de
revolución sin desplegar procesos históricos que sirvan de base a la reflexión
es tarea difícil.
Difícil y riesgosa, pues si bien el movimiento
crítico que devela y cuestiona la irracional racionalidad histórica y el que
transparenta la reproducción estructural de la ignominia, son complementarios y
convergentes, cada uno tiene su especificidad. Develar la lógica del dinero no es
restituir la historia del valor en su verdad, por ejemplo. Pero John (p. 173)
menciona los dos enfoques -refiriéndose El Capital de Carlos Marx- como si se
tratara de un solo movimiento. Y no lo es, pues por su forma, la crítica de
Marx en este libro es lógico-estructural, con digresiones históricas, muy
pertinentes pero accesorias.
Ahora bien, en la crítica lógico-estructural del
capitalismo el momento del poder-sobre aparece como constituido por una
separación previa entre el hacer y su obra, entre el sujeto y el objeto, entre
el trabajo y el capital. Es decir que en este enfoque el momento político
dentro del sistema del gran dinero se nos presenta como derivado, mientras que
en abordaje histórico aparece como originario. De ahí que en términos lógicos,
subvertir las relaciones de separación-expropiación, aparezca como antipoder,
esto es, como restauración de la unidad social del hacer y no como contrapoder
es decir como fuerza simétrica de la que expropia. Y es verdad: si en el
capitalismo la función de la política es separar y mantener la separación, la
crítica radical es una no-política o anti-política.
Sin embargo, en un abordaje histórico, el momento de
la política es otro, pues la perspectiva histórica muestra a las premisas del
capitalismo imponiéndose por la violencia, pero además, como el sistema está
condenado a reproducir la exterioridad, se reproduce también la resistencia y
con ella recurre la violencia del capital, ya no originaria sino permanente.
Ahora bien, esta confrontación, esta violencia-contraviolencia, históricamente
existente, es cuando menos en parte, una confrontación política-política, que
se expresa bajo la forma de poder-contra poder. Esta lucha, que tiene autonomía
relativa y sus propias reglas, no es á mi juicio una recaída en la separación
que se quiere cuestionar, sino el germen del cuestionamiento radical, la
revolución en sus modalidades originarias. Susceptible de ser capturada y
reabsorbida, claro, mas no por ello menos subversiva. Pero en todo caso la
relación entre contrapoder y antipoder, constatable tanto en el abordaje
histórico como en el estructural, sólo puede dilucidarse en el primero, vista
en el tiempo, como proceso, en su historicidad.
Al insistir en que los agentes libertarios no son
identidades dadas y reificantes, sino sujetos que se construyen, John asume sin
duda esta posición (el contrapoder y el antipoder coexisten en los procesos de
resistencia). Pero resulta difícil esclarecer esta construcción de sujetos si
no se la despliega en el tiempo real. Labor que hace, por cierto, el gran
historiador marxista ingles E. P. Thompson, en su obra monumental La formación
histórica de la clase obrera. Impulsor, desde los sesentas del siglo pasado, de
la idea de que las clases son constituyentes y no sólo constituidas y de que la
lucha de clases es originaria y no derivada, Thompson, es mencionado sólo una
vez, en lo que me parece una ausencia notable, en la muy pródiga bibliografía
de John.
Y es que sólo en la perspectiva de la historia
concreta se pueden dilucidar las relaciones entre poder, contra poder y
antipoder (lo que algunos llamaron el en si y el para si de la clase obrera, la
dialéctica reformismo-revolución, etc). La negación que recae en lo negado en
vez de superarlo, debe ser explicada históricamente. De otra manera la
“verdadera” revolución, la “auténtica” emancipación, se fetichizan, mientras
que se desestiman las revoluciones realmente existentes.
John se desmarca reiteradamente de la pedantesca
crítica exterior que descalifica en nombre de la ciencia, la historia o la
vanguardia. Sin embargo la presencia muy marginal de referencias históricas en
el texto, deriva en descalificaciones fáciles -por decir lo menos- de, por
ejemplo, “movimientos de liberación nacional que han hecho poca cosa más que
reproducir la opresión” (p. 116). Pero sucede que esta “poca cosa” movilizó a
miles de millones de personas durante el siglo XX, la centuria de la
descolonización (y sin duda del establecimiento del neocolonialismo),
movimiento histórico que incluye buena parte de las revoluciones al socialismo,
que fueron también de “liberación nacional”. Y esta desestimación se funda para
John, en que los movimientos sociales realmente existentes del siglo pasado
incurrieron en “identidades nacionales”, en “tomas del poder” y en otros
contraindicados estatismos. Vale. ¿Pero, además de recaídas en la separación,
que otra cosa fueron los grandes momentos emancipadores de la centuria pasada?
¿Qué nos dicen los reales y generosos gritos que resonaron en el muy
vociferante siglo XX?. Es dilucidando la historia, y
sólo así, que encontraremos la respuesta.
Me parece no sólo válido sino muy pertinente
cuestionar la idea de que “tomando el poder” la emancipación llegará por arte
de magia y de arriba para abajo, como me parece necesario desembarazarnos del
estatismo en que se convirtió el marxismo durante el siglo pasado. Pero una
cosa es cuestionar conceptos y otra calificar procesos históricos
multidimensionales y complejos. Así, por ejemplo, John critica (p. 33 y 34) la
errónea idea de tomar el poder, que según el en el siglo pasado llevó a
preparar a los jóvenes revolucionario para burócratas o para soldados, y
descalifica el nacionalismo antiimperialista por estatista y territorializado.
Y podemos estar de acuerdo, pero poco sacaremos de estas valoraciones
lapidarias a toro pasado, si no analizamos su despliegue histórico. Porque
estas fueron las ilusiones que movieron a millones, transformados en soldados
del Ejército Rojo o del Ejército Liberador del Sur, convertidos en funcionarios
descalzos de procesos más o menos estatistas, como la comuna zapatista de
Morelos, la revolución china, o el socialismo maya de Yucatán en tiempos de
Carrillo Puerto. Desde hace rato yo descreo de las propiedades liberadoras
actuales de la lucha armada. Pero no creo tampoco que los 300 pueblos
chiapanecos que en 1993 decidieron en asamblea ir a la guerra, estuvieran
engañados por la fetichización del contrapoder introducida por Marcos y el FLN,
por el contrario, creo que cuando menos en parte la insurrección respondió a
una lógica ancestral; creo que para muchos la razón del alzamiento era
enderezar un orden que se había “pervertido”, hacer que los poderosos
“cumplieran con su responsabilidad de proveer”, crear o recrear un orden
idílico. Pero ni el revolucionarismo clásico del FLN ni el presunto milenarismo
de los pueblos mayas, agotan el significado de la insurrección, y mucho menos
explican su capacidad creativa. Cómo se transita del contrapoder al antipoder,
esa es la pregunta, y la respuesta está en la historia.
La importancia del abordaje histórico en el análisis
crítico de la reproducción social. Radica también, en que la exteriorización
permanente del sujeto (esto es del trabajo vivo, del valor de uso, de la
libertad, el hacer) respecto del sistema, en el enfoque histórico aparece de
manera directa e inmediata como resistencia, solidaridad, rebeldía; mientras
que en un abordaje analítico-estructural lo que aparece en primera instancia es
la autoreproducción del sistema. Ciertamente se muestran también sus
contradicciones internas, es decir los elementos de su irracionalidad y de su
posible crisis (en el sentido puramente estructural de este término). Pero no
aparecen de manera directa los elementos de su trascendencia. Y esto es así,
pues la negatividad, no como oposición y contradicción, sino como superación
constructiva, sólo se muestra en la historia. No en la historia como destino,
sino como hazaña de la libertad.
Quizá es por eso que cierta crítica estructural,
focalizada en evidenciar la omnipresencia (y a veces pareciera que la
omnipotencia) del valor y de su lógica, desemboca con tanta frecuencia en
posturas paranoicas, apocalípticas y en última instancia desesperanzadas. Y es
que tal aproximación muestra la racionalidad irracional del sistema, pero no
capta con la misma claridad las fuerzas de su negación-superación (explica
porque querían hacer un aeropuerto en Texcoco, no la raíz y razón de los
rebeldes de Atenco). Esto es así, porque en el análisis estructural, el otro
(que somos nosotros), se muestra como momento del capital, como parte de la
alineación -lo que ciertamente es- pero no aparece ahí como proyecto, como
creatividad, como momento de la liberación, lo cual también es.
Es por ello, que cuando partiendo de una matriz
lógico-estructural mas o menos absolutista se quiere destacar la existencia de
sujetos alternativos, por lo general se los ubica fuera del sistema. Pero la
“exterioridad” de los indios, los marginales, los pensadores críticos, entre
otros, tampoco es tal, salvo en una insostenible perspectiva dualista.
Ahora bien, si la lógica del sistema es
contradictoria pero no se autotrasciende, y no hay exterior de donde pueda
provenir la superación. ¿Donde esta la negatividad? Pienso que está en la
historia. Creo que es en el tiempo histórico, no en el circular, donde se
refugia la libertad. El momento de la negatividad dialéctica es intrínseco al
tiempo abierto, es decir a la historia, y su forma es el proyecto, o si
quieren, la capacidad de soñar manteniendo los pies sobre la tierra. En
términos sincrónicos -o diacrónicos pero espaciales, es decir movimiento sin
historia- lo que se muestra en su necesidad es la recurrente
interiorización-exteriorización (el caso del obrero que reaparece como
expropiado al final del proceso productivo, o del excluido que ayer fue
explotado y hoy es marginal). Y es que en el espacio todo movimiento aparece
como recurrente, como circular, y sólo a través de la dimensión temporal, se
muestra la historia como invención. Lo que con frecuencia se representa geométricamente
contraponiendo el círculo a la espiral.
Sobre la conveniencia de distinguir separación de
inversión
Para John Holloway es clave el concepto de
separación, sustento de la alineación, de la fetichización y otras desgracias
que nos tienen en un grito.
Compartiendo plenamente la importancia que el autor
le atribuye a un desgarramiento que ocasiona el sacrificio del hacer en las
aras del ser, que pone el trabajo vivo a los pies del trabajo muerto, me
parece, sin embargo, que en esto sería muy productivo seguir a Marx, quien
diferencia la separación de la inversión. Porque si en el desdoblamiento entre
el valor de uso y el valor de cambio está el origen de un sistema donde las
cosas dominan sobre los hombres, la culminación del proceso que ahí arranca
está en la inversión, que no sólo separa sino que pone el valor de uso al
servicio del valor de cambio.
Esto es importante porque la separación entre uso y
cambio se da mucho antes de que surja el capitalismo, no sólo en las sociedades
más o menos mercantiles sino también en todas aquellas donde la productividad
del trabajo genera excedentes que deben ser intercambiados. En esta
perspectiva, la objetivación, separación y autonomización del producto son
premisa de todo intercambio y en última instancia de toda socialidad. Son
también la condición de posibilidad de la explotación y dominación del hombre
por el hombre, pero que ahí esté el huevo de la serpiente no significa que el
desdoblamiento entre producción y consumo, entre uso y cambio, sea alienante por
si misma.
La posibilidad de que en lugares como el Tianguis del
Chopo funcione el trueque, radica en que se trata de un grupo humano pequeño,
que intercambia una variedad de bienes limitada y definida y cuya valoración
subjetiva comparte. En las sociedades donde los valores compartidos no bastan
para sustentar el trueque y sus proporciones, se impone algún tipo de valor de
cambio relativamente autónomo respecto del valor de uso. Siendo así, la forma
dinero, como separación, no es necesariamente alienante. Si lo es en cambio, la
forma capital como valor que se valoriza, pues esta supone, no sólo la
separación sino también la inversión. Supone que el valor de cambio domina
sobre el de uso, que el intercambio no está en función del trabajo y el consumo
sino al servicio de la acumulación. Supone en fin, que el sujeto deviene objeto
y el objeto sujeto, que las fuerzas sordas, ciegas, estúpidas y desalmadas del
mercado imponen su dictadura sobre los seres humanos.
Lo que estoy diciendo es que la fórmula M-D-M´, no
equivale a la fórmula D-M-D´. Y la distinción es básica ,
pues sin ella se sataniza el mercado como tal, mientras que en sentido estricto
lo cuestionable es el sistema del mercado absoluto, es la dictadura del
mercado. Con esto no quiero decir que toda socialidad futura requerirá de la
forma dinero para solventar los intercambios; lo que quiero decir es que
mientras se nos ocurre un sustituto más amable, podemos pensar mundos otros,
donde mercados mansos y domesticados sirvan a los hombres y no se sirvan de
ellos.
Lo que aquí esta en juego es más profundo, y se
refiere a la naturaleza misma de la praxis humana como objetivación y
desdoblamiento. A la necesidad de tener a las cosas que hacemos -sean bienes,
saberes o relaciones sociales- estrictamente bajo control, pues tienen
tendencia a volverse contra nosotros. Riesgo presuntamente consustancial a la
actividad humana, al que Sartre califico de “práctico inerte”, y que podemos
llamar el síndrome Frankenstein. Pero de esto hablaremos más adelante.
Un capitalismo contrahecho
Sin rechazar la multiplicidad de contradicciones y de
rebeldías que hacen plural nuestro grito, Holloway insiste en la preeminencia
de la separación binaria y clasista de la sociedad, pues sin la “unidad
subyacente”, dice, “la emancipación... (se) vuelve
imposible de concebir”.
Admitiendo con John el peligro de perdernos en la
multiplicidad de rebeldías variopintas y desperdigadas, creo sin embargo que es
necesario revisar más a fondo la cuestión de la proverbial clase trabajadora
del capitalismo, un proletariado cuya centralidad y presunta “misión
histórica”, están cuando menos a debate. La diversidad de actores
contestatarios y de rebeldías, no es sólo “manifestación” de una dualidad
clasista básica, es que contra lo que pensaron los clásicos, el modo de ser de
la inhumanidad capitalista es heterogéneo por naturaleza e historicidad, y por
tanto lo es también su cuestionamiento específico, su negación concreta.
Reconocer esta heterogeneidad como fracaso de la
vocación emparejadora del capital y al mismo tiempo como límite y condena de un
sistema contrahecho y disforme, significa reconocer que la subsunción real del
trabajo al capital, síntesis de una subordinación formal que pone al capital al
mando y una revolución en el modo de producir que instaura la dictadura de las
tecnologías, instrumentos, procesos y productos capitalistas sobre los
trabajadores y sobre los consumidores, resultó cuesta arriba para el gran
dinero. Significa admitir que el sistema de la homogeneidad y la tabla rasa se
topó y se topa con la desquiciante diversidad biológica, ambiental,
tecnológica, societaria,cultural. Una pluralidad que
le repugna pero de la que no puede prescindir. Y a la que apela en nombre de la
sagrada acumulación, cuando la apropiación del excedente resulta imposible sin
conservar o recrear la odiosa heterogeneidad de las tecnologías y de las
relaciones de producción.
Es necesario entonces, atender a las contradicciones
propias de la disformidad consustancial al sistema del mercado absoluto.
Tensiones que se expresan, entre otras cosas, en la externalización recurrente
y sistemática de sectores de la humanidad y porciones de la naturaleza, como
contraparte de su también recurrente interiorización. El capitalismo
contrahecho realmente existente devora y escreta, atrapa y expulsa, explota y
excluye. Y en este lacerante vaivén se gestan las rebeldías: de los que fueron
asimilados y ahora son despedidos, de los que estaban al margen y ahora se les
recluta. Esto se representa habitualmente con la metáfora del adentro y el
afuera, de la interioridad capitalista y la exterioridad preburguesa, asignando
a uno u otro lados las etiquetas de civilización y barbarie según sean las
inclinaciones del clasificador. Pero no hay tal, Tiene razón Holloway al insistir
en la unidad subyacente del sistema, pero para preservar conceptual y
políticamente esta unidad es necesario reconocer también su disformidad, un
“desarrollo desigual” que no es de grado sino de calidad, que no es transitorio
sino permanente y que a mi modo de ver configura la contradicción insuperable y
terminal del absolutismo mercantil
El concepto de un capitalismo que devora y escreta,
no se aviene con la idea muy generalizada de que la crisis actual (crisis de
reproducción pero también de rebeldía) proviene de que, ahora si, el capital
quiere tragárselo todo: salud y educación, agua y biodiversidad, etc., etc. La
realidad es que conforme cambian las tecnologías y las estructuras económicas,
el gran dinero subsume directamente, es decir privatiza, bienes saberes y
personas, de los que antes no podía obtener ganancias, o las obtenía mejor
respetando su relativa autonomía (el trabajo femenino doméstico sirve al
capital, sólo que de manera distinta al de las mujeres asalariadas; los
campesinos trabajan para el gran dinero en una modalidad diferente a la de los
jornaleros agrícolas).
El propio John escribe que “el deseo de los indígenas
de Chiapas de mantener sus modelos tradicionales de vida, entra en conflicto
con la extensión de la propiedad” (p. 290). Lo que quizá sucedió hace
quinientos años, cuando efectivamente el capitalismo se extendía sobre tierras
“vírgenes”. Pero la fórmula describe mal lo que sucede hoy con comunidades, que
en su forma actual son producto de la expansión del gran dinero, que se rebelan
contra el sistema desde dentro, y que si preservan “modelos tradicionales de
vida” no es por que estén afuera o miren hacia atrás sino por que estos
prefiguran una nueva socialidad posible.
Es más consistente con la postura de John, en el
sentido de que no hay exterioridad sino exteriorización y que es el hacer el
que cuestiona y subvierte al ser inerte desde dentro, la visión de las
rebeldías de los marginales, excluidos y demás orilleros, como expresión de
contradicciones internas. Porque en los tiempos del Imperio la irracionalidad
más generalizada y explosiva es la exclusión-depredación, de la que el sistema
se desentiende apelando a un presunto “más allá” socio-ambiental, un mundo
extramuros de contaminación, enfermedad, hambre y cólera, que no le compete más
que como territorio de incursiones bélicas y reservorio de energéticos. Y
entonces habrá que reconocer que una de las rebeldías más profundas y
sintomáticas es la de los orilleros, los excluidos viejos o recientes, los
hombres de la periferia que a contracorriente de la anterior colonización
refluyen sobre el corazón del sistema que les cierra las puertas.
Holloway concibe a la revolución como negación,
ruptura, deserción, huida; frente a un capital que pretende reintegrar,
capturar, recuperar, pues en ello le va la vida. Estas ideas, y la de que “el
primer momento de la revolución es puramente negativo”, me parecen básicamente
correctas, si se trata de esclarecer la racionalidad subyacente, la lógica
profunda de la revolución. Sin embargo al desplegarse en la historia aparecen
componentes contradictorios, que no niegan lo anterior pero lo enriquecen. Uno
de ellos, el momento conservador, reactivo y de nostalgia restauradora con que
arrancan casi todas las insurgencias, proverbialmente el alzamiento de unos
zapatistas que se fueron a la revolución de 1910 para no cambiar, aunque ya
puestos a hacer decidieran cambiarlo todo. En cuanto a la contrarrevolución
capitalista como captura y recuperación, la contratendencia -de vital
importancia en la fase actual del sistema- es la expulsión humana
multitudinaria que practica un capitalismo contrahecho que explota a unos y se
desentiende de otros. Atendiendo a estas consideraciones, los migrantes
aparecen como desertando de un capitalismo que los sobreexplota -o los
arrincona- en sus lugares de origen; pero también buscando ser reclutados por
un capitalismo metropolitano, que presuntamente pagará más por su trabajo,
porque lo podrá explotar mejor. Y frente a este movimiento de huida y
reincorporación, el capital también actúa de manera contradictoria: acoge a los
trabajadores del éxodo en la medida en que los puede subretribuir, al tiempo
que trata de mantener fuera al remante indeseable, en una criminalización
perversa de los mercados laborales que sirve a ese doble propósito. Los
avatares de los mayas de Chiapas, y en general del sureste, documentan estas
realidades contradictorias: a fines del siglo XIX el capitalismo agroexportador
en expansión los esclaviza para satisfacer sus necesidades laborales, mientras
que en la segunda mitad del siglo XX un capitalismo laboralmente ahíto los
expulsa de sus tierras y los excluye. Por que faltan o por que sobran, el sino
de los mayas a sido la combinación ignominiosa de explotación y exclusión.
Destino que, en el fondo, es el de la humanidad toda.
Si esto es así, la “posibilidad de la emancipación”
está en la unidad suyacente de un sistema, que sin embargo existe bajo la forma
de la diversidad y la dispersión. Entonces la unidad del sujeto debe
construirse, no como emparejamiento identitario sino como convergencia de
distintos. Habrá que admitir, como lo hace John, que en la lógica de múltiples
resistencias liberadoras que buscan y practican una nueva socialidad, solidaria
pero pluriutópica y descentrada, se imponen las alianzas, las convergencias,
los frentes.
Sostiene John que la parte constructiva de la
revolución incluye la expropiación de los expropiadores, pero no para
apropiarnos nosotros sino para “restablecer el flujo del hacer social” (p.
301). Idea muy sugerente, que cobra toda su importancia si tomamos en cuenta
que el hacer es mucho más que la producción (la que en el sentido restrictivo
del capital se reduce a la producción de ganancias contables). Y es que en una
enorme cantidad de casos los medios del hacer no son propiedad directa y formal
de un capitalista: trabajo doméstico, creación artística e intelectual, labores
campesinas, artesanales y de la “economía informal”, etc. Lo que no significa
que estos trabajos escapen a la separación consustancial al sistema, lo que
pasa es que la alineación está en la naturaleza misma de las fuerzas
productivas: tecnología adocenada, organización serial del trabajo; así como en
la condición de las relaciones sociales, propiciatorias de individualismo,
competencia, egoísmo, consumismo, etc. Es decir, que el problema no está sólo
en la subsunción formal, expresada en la propiedad privada capitalista de los
medios de producción y en el trabajo asalariado, sino también en la subsunción
material -y espiritual- que lo impregna todo: producción y consumo; labores
manuales e intelectuales; grandes industrias, talleres y trabajo a domicilio
(incluyendo los servicios por la red); fincas yparcelas.
Vistas así las cosas, coincido por completo con John
en que la subversión de la inercia separadora no está sólo en las huelgas
obreras o las rebeliones espectaculares, está igualmente en el combate de las
comunidades rurales por dignidad, autogobierno y economía solidaria; y también
en insurrecciones que tienen por materia la vida cotidiana y por territorio las
cocinas, las camas o los escritorios donde se escribieron este libro y su
comentario.
El estado, el poder, la política
El estado moderno se ocupa de la reproducción
económico-social no sólo preservando el orden injusto de las rebeldías que lo
amenazan, sino también haciendo viable este orden amenazado por los “excesos”
de sus torpes beneficiarios. En este sentido el estado es también un espacio de
negociación asimétrica. En el capitalismo la autonomización de la economía como
proceso presuntamente automático, debiera hacer del estado un aparato puramente
político. Pero la realidad no ha respondido a este paradigma, pues la
reproducción económica del capital ha demandado y demanda intervenciones
políticas. Estas mediaciones empiezan desde el establecimiento de la medida de
la explotación: salario, duración e intensidad de la jornada, que es siempre
resultado de una negociación social, y sin embargo resulta indispensable para
ponderar el consumo y retribución de la mercancía básica del sistema, una
fuerza de trabajo cuyo precio es cultural y político y por lo tanto no hay
manera de fijar automáticamente. (De hecho esta fijación social de una medida
básica de la economía capitalista, remite a la economía moral que subyace bajo
el sistema del mercado presuntamente absoluto)
Pero si el estado es territorio donde se expresa una
correlación de fuerzas, y por lo mismo sus componentes -leyes, instituciones,
políticas- son más o menos fluidas, pues responden a la identidad básica del
orden existente, pero expresan también la composición y el vigor de los actores
sociales; entonces admitir la fetichización intrínseca del mundo estatal y
político, no puede significar soslayarlo, sino asumirlo críticamente. Hay que
entrar a las oficinas públicas, a las cámaras y a los tribunales; con condón,
pero hay que entrar.
Para los revolucionarios rusos de principios del XX
era preferible que el proletariado luchara por el socialismo en un orden
democrático y no en uno dictatorial. Para el anarquista Ricardo Flores Magón,
la jornada de ocho horas y la libertadad sindical, que reclamaba el Programa
del Partido Liberal Mexicano en 1906, no eran el ideal del obrero, pero había
que conquistarlos. Para el EZLN y el Congreso Nacional Indígena es claro que
una ley de derechos indios no nos hará libres, pero luchan denodadamente por
que la Constitución recoja la Ley Cocopa, es decir por una reforma del estado.
Y en lo tocante a los organismos multilaterares en los que encarna un estado
multinacional, es lo mismo: los globalicríticos cuestionamos radicalmente al
Banco Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo, lo que no nos impide
exigir airadamente que honren la “transparencia” abriéndose al escrutinio y que
cumplan sus normatividades sociales y ambientales; para nosotros la
Organización Mundial de Comercio es la encarnación del “Eje del Mal”, pero
entre que son peras o son manzanas los europeos contestatarios exigen que los
servicios públicos no entren a la OMC, y los insumisos orilleros demandamos que
la agricultura salga. Es decir que una buena parte de la lucha libertaria de
despliega en el ámbito político y en los territorios del estado.
Sin duda, como dice John, democracia y ciudadanía
pueden ser “espejismos” (p. 148). Pero esto será así, sólo si nos dejamos
encerrar en los ámbitos autolimitantes del “estado burgues”. En cambio, me
parece que practicada desde la sociedad, la lucha por los derechos políticos
democráticos ha dado y sigue dando buenas cosechas. Y reconocer esto desde la
izquierda es importante, porque lamentablemente durante el siglo XX la
descalificación de las “libertades burguesas” se dio en nombre de la dictadura
del aparato en estados policíacos que se decían socialistas; o sirvió para
legitimar la marginalidad de sectas libertarias voluntaristas.
John Holloway insiste en que la lucha contra la
fetichización no es política, no tiene vanguardias, no aspira al poder del
estado, no afirma identidades y no es democrática , en
el sentido de “amontonamiento de personas”. Sin embargo sus ejemplos de antipolítica
son poco esclarecedores. La Comuna de Paris, los Consejos Obreros alemanes, las
comunidades zapatistas de Chiapas, los piqueteros argentinos, los campesinos
brasileños Sin Tierra, los movimientos antiglobalización, fueron y son contestatarios. Pero esto no significa que se muevan fuera
del ámbito de la política. Representan, sin duda, una negatividad radical, pero
no soslayan los territorios enrarecidos pero imprescindibles del estado, de las
leyes, de los aparatos, de los partidos, de las tentaciones del poder por el
poder, de lo “práctico inerte”. Ya hemos dicho que las comunidades zapatistas
quieren reformar al estado, pues a esto equivale hacer ley sus derechos
políticos; agreguemos ahora, que el MST esta vinculado al Partido del Trabajo,
apoyó a su candidato en las elecciones y piensa que con ellos en los campos,
los obreros de la Central Única de Trabajadores (CUT) en las calles y Lula en
el gobierno, en Brasil mejorarán las cosas. Finalmente, los piqueteros de la
Central de Trabajadores Argentinos y los del Bloque Piquetero Nacional, se
plantean participar en las elecciones y -son sus palabras- “ser gobierno”.
Me parece a mi, que en vez
de satanizar a los actores, formas de lucha y aparatos intrínsecamente
alienados, deberíamos atender las tensiones entre libertad y necesidad, entre
negatividad e inercia, propias de todo proceso social que se respete. Así,
sería posible reconciliarnos, a la vez, con las redes globalicríticas y con el
triunfo de Lula. Porque nadie tiene asegurado el cielo, pero nadie tampoco está
irremisiblemente condenado.
Si no podemos escapar nunca por completo de las
inercias fetichizantes, y si el “comunismo” no es el paraíso prometido, sino un
“proceso”, como dicen Marx y John. Entonces tendremos que admitir que la utopía
no es un proyecto posdatado sino en curso. Un sueño que se materializa aquí y
ahora en eventos y relaciones vivas, pero también en estructuras, normas,
aparatos y sistemas de ideas y valores, que con frecuencia se petrifican y nos
arrastran en su propia inercia. Y es que, por el momento, la utopía es marginal
y precaria, sólo existe a contracorriente en los intersticios -“las costuras”-
del sistema. Pero si queremos que los sueños diurnos devengan mundo, debemos
acumular fuerzas: zonas liberadas, autogobiernos, redes solidarias, “mercados
justos”, economía popular, comunidades recíprocas, gobiernos que mandan
obedeciendo... Si tiene realmente vocación de universalidad, el sujeto crítico,
lo que el Sartre de la Crítica de la razón dialéctica llamaría “grupo en
fusión”, debe correr el riesgo de la institucionalidad y con ella de la
inercia, de la identificación que si nos descuidamos petrifica. Debe correr el
riesgo de la política y de la economía a contrapelo, debe entreverarse con el
estado y con el mercado. Pero recuerden: hay que llevar condón.
Si la propuesta de cambiar el mundo sin tomar el
poder debe ser algo más que romanticismo poco realista, nos dice John, es
necesario develar la existencia de fuerzas antipoder. Y a continuación enumera
una serie de movimientos, que ciertamente no se proponían tomar el poder, como
si fueran antipoder, en el sentido de opuestos a entrar en los territorios del
estado. Pero los estudiantes del Consejo General de Huelga, luchaban por
preservar el derecho constitucional a una educación gratuita; los zapatistas
quieren que los derechos autonómicos sean ley y algunos piqueteros coquetean
con “ser gobierno”. Por otra parte, se podría también hacer una lista
igualmente larga de movimientos y luchas que si se proponen tomar el poder, tal
sería el caso del MST y la CUT brasileños, que lo lograron vía el PT y Lula; o
del movimiento indígena ecuatoriano agrupado en la CONAIE.
Entonces me parece a mi, la cuestión no está en
exaltar la pureza de movimientos prepolíticos -un caso paradigmático sería el
de Atenco hasta el triunfo, pues ahora están buscando la vía electoral de ser
gobierno- sino en ubicar movimientos pospolíticos, entendiendo por estos los
que tienen una visión crítica del estado, y por tanto no fetichizan la toma del
poder. Pero los movimientos pospolíticos no necesariamente son antipolíticos;
no creen que con tomar el poder se cambia al mundo, pero tampoco piensan que
para cambiar el mundo hay que mantenerse al margen del poder, cuando de lo que
se trata es de no dejarse arrastrar por las inercias del aparato.
La consigna de “Mandar obedeciendo”, por ejemplo,
puede tener lecturas prepolíticas y pospolíticas. Puede interpretarse como
oximorón que desfetichiza al estado, o también como reminiscencia del mundo
medieval donde los mandos personalizados debían legitimarse moralmente (el buen
caudillo es el que obedece a su gente, como bien sabía Emiliano Zapata). La
fórmula expresa bastante bien la regla de oro de un liderazgo político -y sobre
todo militar- que debe “mandar” pero en el marco de su obediencia a las
comunidades. Proverbialmente este es el caso del Subcomandante Marcos,
encargado de conducir la guerra militar y después la mediática, pero obediente
a la comandancia y a través de ella a las “bases de apoyo”. No me parece, en
cambio, un buen lema para un estado alternativo, pues para empezar el
gobernante que queremos no “manda”, “sirve”.
El capítulo 10 del libro, donde debía mostrarse la
“realidad material del antipoder”, se enfrasca en un sugerente análisis del
antagonismo burguesía-proletariado, que sin duda da cuenta de la intrínseca
inestabilidad y propensión a la crisis del sistema capitalista, y de pasada
deseconomizael concepto mismo de crisis, al destacar el factor rebeldía. Pero a
mi modo de ver ahí no aparece la “materialidad del antipoder”; aparece, si
acaso, la lucha de clases como condición inmanente de la reproducción, y como
factor de inestabilidad y crisis. Aparece la materialidad de la negación pero
no la materialidad de la superación. Y es que para que esta se muestre hace
falta apelar a la historia, al momento de la libertad, al proyecto.
Al final del libro, John se pregunta si se pueden
usar los medios del sistema para subvertir al sistema, y se refiere
expresamente a la lucha armada, pero me parece que también podría referirse a
las elecciones, la acción legislativa, la participación en el gobierno. Su
respuesta, creo, es no. Sin embargo, también ahí dice que las luchas
revolucionarias no deben limitarse a “derrotar al gobierno”, deben igualmente
“transformar la experiencia de la vida social”. Y poco después reconoce que
“debe haber una acumulación de prácticas de autoorganización”. Lo que a mi me
huele a normas, estructuras, instituciones, es decir formas petrificadas,
estatales. Pero el énfasis en la negatividad sigue ahí: esta debe ser una
acumulación “no lineal”, más que una política de organización la nuestra debe
ser “una política de eventos”. Y todo esto nos regresa a la cuestión inicial.
Para cambiar el mundo no basta tomar el poder, sin embargo hay que derrotar al
estado, y tanto para derrocarlo como para cambiarlo por cualquier otra cosa,
parecen irrenunciables las formas propias del poder, desde la apelación a las
armas -en ciertas épocas y circunstancias- hasta la creación y acumulación de
estructuras organizativas. Yo diría entonces, que para cambiar el mundo hay que
hacer muchas cosas, entre ellas tomar el poder, pero evitando que el poder nos
tome a nosotros. (Recuerden el condón).
Por lo demás, eso de tomar el poder puede entenderse
de muchas maneras: hacerse del gobierno por la violencia revolucionaria, pero
también ganar elecciones; gobernar o cogobernar en lo local, lo regional o lo
nacional; formular y demandar leyes, pero también legislar; incluso interactuar
con el poder público como sociedad civil que propone, supervisa y evalúa, es
una forma de tomar un pedacito del poder.
Ser o hacer, ¿ese es el dilema?
La crítica, complemento teórico del grito, es vista
por John como destrucción regeneradora, en tanto que devela el hacer que
subyace tras el ser alienado. Yo preferiría pensar en la crítica como parte de
un hacer teórico-práctico, es decir como momento de la praxis que define al
hacer como hacer.Esto es importante por lo mismo que preocupa a John: el que
algunos críticos pretendan hablar en exterioridad, tirarle línea a un mundo
alienado del que presuntamente no participan. Pretendida exterioridad que se
diluye cuando la crítica parte del hacer autoreflexivo. Y si esto es así,
entonces la crítica no es destrucción regeneradora (una suerte de negación de
la negación que se limitara a restituir lo que estaba negado), sino negación
creativa que construye una nueva realidad. Pero, naturalmente, postular la
condición ontocreadora de la crítica significa asumirla al modo de John, como
momento del hacer.
El problema de decir que al cuestionar el ser, el
pensamiento crítico libera al hacer alienado, es que tiene un regusto dualista
con acento en la conciencia, que sin duda John rechaza tanto como yo. Por ello
prefiero hablar de la conciencia crítica como el momento reflexivo del hacer,
que existe en el proceso mismo de la praxis, y que esta siempre en vilo, en
rebeldía, perpetuamente confrontado con la inercia, con la serialidad, con la
cosificación, con el ser fetichizado que acecha en las sobras.
Esto es importante porque nos permite, a John y a mi,
reconocer las ideas críticas que brotan de la actividad cotidiana o excepcional
de las entidades que Sartre llamo “grupos en fusión”, para diferenciarlos de
los colectivos inertes y serializados. La crítica se gesta en la lucha
contestataria y en la edificación a contrapelo de relaciones solidarias, en la
orgullosa creatividad que casi siempre acompaña al trabajo -aun el más
alienado-. Entonces la negatividad creativa de la praxis sintetiza la efímera
actualización de la utopía.
Con esto no pretendo negar la relativa autonomía del
discurso teórico, sólo bajarle los humos a sus
practicantes. Y de paso incorporarle los aportes teórico-prácticos del hacer.
Porque las experiencia liberadoras están ahí antes de que el pensamiento
crítico “profesional” llegue a emanciparlas del peso muerto del ser. Y no es
que la crítica práctica preceda a la teórica o a la inversa -como en el dilema
del huevo y la gallina-, sino que estos dos momentos no son originarios sino
resultantes de una separación, del desdoblamiento de la praxis unitaria del
hombre.
La crítica de Holoway al cientificismo marxista de
raigambre engelsiana, resulta extraordinariamente pertinente en tiempos de
determinismo economicista. Tiempos en que las lecturas espaciales,
lógico-estructurales, y en última instancia circulares, del mundo, conducen al
conformismo del “fin de la historia”, o a postular revoluciones mágicas que
llegaran inevitablemente, y deben se promovidas desde afuera por quienes son capaces
de leer las señales del destino en las vísceras económicas del sistema. La
ciencia, dice John no es objetiva o verdadera, la ciencia es negatividad, es
crítica.
Sin embargo, la negatividad de John parece remitir a
la alineación histórica capitalista, que debe ser criticada para regenerar o
restituir el hacer. Así, se plantea que cuando “las relaciones entre las
personas existen como relaciones entre cosas”, la ciencia debe ser crítica pues
su misión es desfetichizar. Pero siendo valida la propuesta, cabe preguntarse
si la negatividad crítica de la ciencia, y en última instancia del hacer, no es
consustancial a la dialéctica histórica, y en este sentido parte de la
“naturaleza del hombre” en cuanto a lo que hasta ahora ha sido. La dialéctica
apropiación-extrañamiento, el sujeto que se objetiva, el hacer que deviene ser,
la tensión entre libertad y necesidad, el vivir para la muerte y morir para la
vida, el oximoron que nos envuelve por todas partes, ¿se puede abolir?, ¿es
posible -o siquiera deseable- una utopía sin estas tensiones?.
Ahora bien, sostener que la inercia, que la cosificación, están en la
naturaleza histórica del hombre (o como quieren algunos: son condición de
posibilidad de toda razón dialéctica), no significa legitimar sus formas
específicas.
Hemos dicho ya que el capitalismo no es el reino del
desdoblamiento sujeto-objeto, valor de uso-valor de cambio, hacer-ser, una
separación recurrente que quizá es insoslayable. No el capitalismo es el mundo
de la inversión, no un mundo donde hay tensión entre los hombres y las cosas,
sino un mundo donde las cosas están vivas y los hombres están muertos. Entonces
la crítica-práctica-revolucionaria es una apuesta del sujeto por sobreponerse
al objeto, por recuperar la iniciativa, por reintegrarle a la libertad el papel
que hoy usurpa la necesidad. Y esto significa apostar por un mundo desconocido,
en sentido estricto, radicalmente nuevo. Pero no un mundo sin inercia, sin
cosificación, sin otredad; es decir sin peligro, sin riesgo sin amenaza; es decir
sin reto. En vez de un mundo donde le objeto es absoluto y el sujeto relativo,
queremos uno donde prive el sujeto. Y para esto debemos revertir la inversión,
no el desdoblamiento; el intercambio como medio para la valorización del gran
dinero, no el intercambio como tal. Y, ya lo hemos dicho, esta es una lucha que
se gana –y se pierde- todos los días, no una batalla de premio posdatado, un
más acá, no un más allá.
Pero es también la construcción pausada y acumulativa
de un mundo otro. Y será realmente otro -piensa John- si el sujeto priva sobre
el objeto; pero para ser mundo -pienso yo en el papel de Sancho Panza- deberá
materializarse en relaciones y estructuras, siempre proclives a la inercia y la
cosificación. Entonces la utopía son mundos donde el hacer remonte
perpetuamente el ser, donde el sujeto se reapropie del objeto una y otra vez.
Mundos donde el pensamiento crítico evite que la recurrente alteridad devenga
fetichismo. Y empleo el plural, pues si no se trata de ser de otra manera, sino
de hacer de otra manera, entonces la utopía no es única sino múltiple, no
univoca sino plural.
Quizá ya estoy hecho a la mala vida, pero debo
confesar que prefiero estos sueños guajiros a la Arcadia esdrújula, esto es:
armónica, idílica, unámime y nostágica, que puede ser descrita positivamente
como una suerte de paraíso prometido. Y los prefiero, sobre todo, a las
profecías que nos anuncian un destino libertario transformado en fetiche
“revolucionario”.
Y en esto creo que coincido ampliamente con John,
quien se desmarca de las utopías positivas entendidas como “síntesis final en
la que se disuelven todas las contradicciones”, e insiste -con Marx- en que una
sociedad liberada no es “estado” sino “proceso”. (p.221)
En el grito y la crítica se gestan la “revolución” y
el “comunismo”, dice John. Completamente de acuerdo si lo escribimos en plural.
Porque la negación, que el autor expone en su concepto, en la historia es
siempre negación concreta, específica. Y es que para superar, ya lo sabía
Hegel, “hay que perderse en la cosa misma”, pues sólo de esta manera podremos
recuperarnos con provecho. Así, una negatividad trascendente será la que
descubra la materia prima de su proyecto en las tensiones ser-hacer,
libertad-alienación, del mundo realmente existente, es decir del aquí y el
ahora. De la misma manera que los sueños maravillosos hilvanan retazos de la
realidad más prosaica.
Y de ser así, estas serán utopías posibilistas.
Posibilistas y plurales, pues aun admitiendo que la multiplicidad de la
alineación se funda en una dicotomía básica, la negación creativa siempre será
específica. Así, la utopía de una sociedad agraria, difiere de las urbanas; los
sueños en el iglú no son iguales que en la hamaca. Lo otro es la mundialización
uniformizante de la esperanza. Y no la queremos.
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Hasta la página 302, cuando al libro ya sólo le
quedan siete, yo aun no sabía bien a bien lo que anunciaba el grito
hollowayano. Y es que, como los buenos novelistas policiacos, John se reserva
para el final revelaciones decisivas.
Pero en el capítulo 11 nos aclara que para él,
comunismo es el “movimiento contra el trabajo alienado... el movimiento de lo
que existe en el modo de ser negado”. Dice, además, que si bien “ el movimiento de la socialidad del hacer implica formas...
de organización... no puede... ser... una (nueva) reificación...”. Más adelante
habla de “incertidumbre creativa contra-en-y-más-allá-de un mundo cerrado,
predeterminado”. Finalmente afirma que el momento contra “no es sólo un proyecto:
existe”; existe como socialidad, como fuga, como este libro.
Y esto me gusta, pues me suena a utopías en curso y
hechas a mano; a futuros actuales que además son muchos, sobrepuestos,
fluctuantes, alternativos...
Gracias John, por el grito. Gracias por la
provocación.
Armando
Bartra
Presentación en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de la UNAM
Notas
sobre un extravío teórico político en el pensamiento crítico contemporáneo *
Atilio
A. Borón
Uno de los rasgos
más categóricos de la victoria ideológica del neoliberalismo ha sido su
capacidad para influenciar decisivamente la agenda teórica y práctica de las
fuerzas sociales, las organizaciones de masas y los intelectuales opuestos a su
hegemonía. Si bien este atributo parecería haber comenzado ahora a recorrer el
camino de su declinación, reflejando de este modo la creciente intensidad de
las resistencias que a lo largo y a lo ancho del planeta se erigen en contra de
su predominio, las secuelas de su triunfo en la batalla de las ideas están llamadas
a sentirse todavía por bastante tiempo. Es bien sabido que no existe una
relación lineal, mucho menos mecánica, entre el mundo de las ideas y los demás
aspectos que constituyen la realidad histórico-social de una época. Esto
explica, por ejemplo, que las concepciones medievales sobre la unidad del
“organismo social” –justificatorias del carácter cerrado del estamentalismo
feudal y de la primacía del papado sobre los poderes temporales- sobrevivieran
por siglos al advenimiento de la sociedad burguesa y a una de sus instituciones
básicas, el contrato. No debiera sorprendernos, por lo tanto, si teorizaciones
surgidas durante el apogeo del neoliberalismo y coincidentes con el mayor
reflujo histórico experimentado por los ideales socialistas y comunistas desde
la Revolución Francesa hasta hoy perduren tal vez por décadas, aún cuando las
condiciones que les dieron origen hayan desaparecido por completo.
Un ejemplo de esa pertinaz colonización ideológica lo
ofrece en la actualidad la obra de algunos de los más conocidos intelectuales
críticos de la izquierda. Si se examina con detenimiento el pensamiento de
autores tales como Michael Hardt y Antonio Negri o la más reciente contribución
de John Holloway, puede comprobarse sin mayor esfuerzo cuán vigorosa ha sido la
penetración de la agenda, las premisas y los argumentos del neoliberalismo aún
en los discursos de sofisticados intelectuales seriamente comprometidos con una
crítica radical a la mundialización neoliberal. Porque ninguno de los tres
autores arriba mencionados “se ha pasado de bando”, peregrinando a las filas de
la burguesía y el imperialismo en busca de reconocimiento u otro tipo de
recompensas. Ninguno de los tres abjuró de la necesidad de avanzar hacia la
construcción de una sociedad comunista, o por lo menos decididamente
“post-capitalista.” Todo lo contrario: el sentido de su obra es justamente el
de fundamentar, en las nuevas condiciones del capitalismo de inicios del siglo
veintiuno, las formas de lucha y las estrategias que podrían ser más conducentes
al logro de tales fines. En ese sentido es preciso establecer, antes de
plantear nuestra divergencia con sus teorizaciones, una clara línea de
demarcación entre Hardt, Negri y Holloway y autores tales como Manuel Castells,
Regis Debray, Ernesto Laclau, Maria Antonieta Macchiochi, Chantal Mouffe,
Ludolfo Paramio y toda una pléyade de ex-marxistas europeos y latinoamericanos
que al iniciar una necesaria renovación teórica del marxismo para rescatarlo de
la ciénaga del estalinismo culminaron su arrepentimiento con una capitulación
teórica tan grosera como imperdonable. En este descenso, y so pretexto de la
supuesta superioridad civilizacional del capitalismo, muchos abandonaron el
marxismo dogmático que habían cultivado con especial celo durante largo tiempo
para convertirse en furiosos profetas que ahora pretenden persuadirnos de la
imposible superioridad etica de un modo de producción basado en la explotación
del hombre por el hombre y la destrucción de la naturaleza. Pocos casos, no
obstante, igualan la denigrante trayectoria de María Antonieta Macchiochi,
quien transitó desde el más irresponsable ultraizquierdismo hasta el
neofascismo, culminando con ignonimia su trayectoria política e intelectual en
el Parlamento italiano representando nada menos que a Forza Italia y su capo,
Silvio Berlusconi.
Queremos dejar claramente sentado que Hardt, Negri y
Holloway de ninguna manera entran en esta lamentable categoría de los que
bajaron los brazos, se resignaron y se pasaron a las filas del enemigo de
clase. Son, en buenas cuentas, camaradas que proponen un análisis equivocado de
la situación actual. Su integridad moral, totalmente fuera de cuestión, no les
ahorra sin embargo caer en la trampa ideológica de la burguesía al hacer suyas,
de manera inconsciente, algunas tesis consistentes con su hegemonía y con sus
prácticas cotidianas de dominio y que de ninguna manera pueden ser aceptadas
desde posiciones de izquierda. Expliquémonos. Para la burguesía y sus aliados,
para el imperialismo en su conjunto, es imprescindible potenciar el carácter
fetichista de la sociedad capitalista y ocultar lo más que se pueda su
naturaleza explotadora, injusta e inhumana. Parafraseando a Bertolt Brecht
podemos decir que el capitalismo es un caballero que no desea que se lo llame por
su nombre. La mistificación que produce una sociedad productora de mercancías y
que todo lo mercantiliza requiere, de todos modos, un reforzamiento generado
desde el ámbito de aquello que Gramsci denominara “las superestructuras
complejas” del capitalismo, y fundamentalmente de la esfera ideológica. Así, no
basta con que la sociedad capitalista sea “opaca” y la esclavitud del trabajo
asalariado aparezca en realidad como un universo de trabajadores “libres” que
concurren a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Es preciso además
silenciar el tratamiento de ciertos temas, deformar la visión de otros, impedir
que se visualicen unos terceros y que alguno de ellos se instale en la agenda
del debate público. De ahí la importancia que asume para la derecha cualquier
teorización (sobre todo si es producida por críticos del sistema) que empañe la
visión sobre el imperialismo, el poder y el estado, o que desaliente o impida
una discusión realista sobre estos temas. Esa es, precisamente, la misión
ideológica del saber económico convencional, donde la politicidad y eticidad de
toda la vida económica se diluyen en los meandros del formalismo, la
modelística y la pseudo-rigurosidad de la matematización. Si lo anterior no
fuera posible, la “segunda mejor” alternativa es hacer que las teorizaciones
predominantes sobre estos asuntos sean lo más inocuas posibles. La
extraordinaria acogida que tuvo la obra de Hardt y Negri en la prensa
capitalista y la “opinión seria” de los países desarrollados es de una
contundencia aleccionadora al respecto.[i] Por
su parte, el libro de Manuel Castells, La
Edad de la Información, que produce una visión conformista y complaciente
del “capitalismo informacional”, cosechó extraordinarios elogios en esos mismos
ambientes, sobresaliendo en dicha empresa Anthony Giddens, el principal teórico
de la malograda “tercera vía,” y el ex-presidente de Brasil, Fernando H.
Cardoso, cuya gestión en el área económica se caracterizó por su estricta
adhesión a las políticas neoliberales. (Castells, 1996; 1997; 1998) [ii]
En síntesis: la tesis fundamental que quisiéramos
probar en las páginas que siguen sostiene que la concepción general y las
orientaciones heurísticas que se desprenden de los planteamientos que
encontramos en la obra de Hardt y Negri y Holloway lejos de instalarse en el
terreno político del pensamiento contestatario son plenamente compatibles con
el discurso neoliberal dominante. Reflejan la derrota ideológica sufrida por
aquél, y la lamentable vigencia del diagnóstico al que arribara, a finales del
siglo diecinueve, José Martí cuando decía que “de pensamiento es la guerra
mayor que se nos hace” y convocara a los patriotas latinoamericanos a ganar la
batalla de las ideas. Tarea que, por cierto, constituye una de las más
importantes asignaturas pendientes de la izquierda.
Hardt y Negri
En un libro publicado poco después de la aparición en
lengua española de Imperio, la
aclamada obra de Michael Hardt y Antonio Negri, sometimos a crítica las tesis
centrales de dichos autores, razón por la cual no reiteraremos, siquiera
mínimamente, lo dicho en esa oportunidad.[iii] En este trabajo
nos limitaremos en cambio a exponer, sucintamente, nuestra disidencia en
relación a la noción de “contra-poder” que proponen esos autores.
El concepto de “contra-poder” surge como consecuencia
de la crisis terminal que enfrenta, según Hardt y Negri, el estado nación y, a
raíz de esto, las clásicas instituciones de la democracia representativa que le
acompañaron desde el advenimiento de la Revolución Francesa. El “contra-poder”
alude así a tres componentes específicos: resistencia, insurrección y poder
constituyente. Hardt y Negri analizan en su obra sus cambios experimentados a
consecuencia del tránsito desde la modernidad a la posmodernidad, y concluyen
que en las más variadas experiencias insurgentes habidas en la época moderna
–ese vasto e indefinido arco histórico que comienza con el amanecer del
capitalismo y culmina con el advenimiento de la sociedad “posmoderna”– la
noción de “contra-poder” se reducía a uno solo de sus componentes: la
insurrección. Pero, afirman nuestros autores, la “insurrección nacional era en
realidad ilusoria” habida cuenta de la presencia de un denso sistema
internacional de estados nacionales que hacía que, en esa época histórica, toda
insurrección, incluyendo la comunista, estuviese condenada a desembocar en una
guerra internacional crónica, la que acabaría por tender “una trampa a la
insurrección victoriosa y la transforma en régimen militar permanente”.
Pero si el papel sumamente relevante del sistema
internacional es indiscutible –como lo atestigua la obsesiva preocupación que
manifestaran por este asunto los grandes revolucionarios del siglo XX– no es
menos cierto que, tal como ocurre reiteradamente en Imperio, H&N incurren en graves errores de apreciación
histórica cuando hablan del carácter “ilusorio” de las tentativas
revolucionarias que jalonaron el siglo XX. En efecto: ¿qué significa
exactamente la palabra “ilusorio”? El hecho de que una insurrección popular
precipite una impresionante contraofensiva internacional llamada a asegurar el
sometimiento y control de los rebeldes, con un abanico de políticas que van
desde el aislamiento diplomático hasta el genocidio de los insurrectos,
demuestra precisamente que en tal situación no hay nada de “ilusorio” y sí
mucho de real, y que las fuerzas imperialistas reaccionan con su reconocida
ferocidad ante lo que consideran como una inadmisible amenaza a sus intereses.
Si atendemos a las enseñanzas de la historia latinoamericana, por ejemplo,
comprobaríamos que ni siquiera hizo falta una insurrección popular para que la
parafernalia represiva del imperialismo se pusiera en juego. Recordemos lo
acontecido con João Goulart en Brasil de 1962,Juan
Bosch en República Dominicana en 1965, Salvador Allende y la Unidad Popular en
Chile de comienzos de los años setentas, para no citar sino los casos más
conocidos, que demuestran como un simple resultado electoral que proyecte al
gobierno nacional a un partido o coalición progresista es suficiente para que
comience un juego de presiones desestabilizadoras tendientes a corregir los
“errores” del electorado. Algo semejante ya está ocurriendo en Brasil con el
nuevo gobierno del PT. En todo caso, cualquiera sea la experiencia
insurreccional que se analice a lo largo de los siglos XIX y XX, resulta
evidente que la guerra internacional es mucho menos atribuible a la
intransigencia o al apetito expansionista de los revolucionarios que a la furia
represora que desata la insubordinación de las masas y sus anhelos
emancipatorios.
Por otra parte, afirmar como hacen nuestros autores
que las revoluciones triunfantes asediadas por los ejércitos y las
instituciones imperialistas (entre las que sobresalen el Fondo Monetario
Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y otras
afines) y que deben enfrentarse para sobrevivir a un repertorio de agresiones
de todo tipo -que incluye sabotajes, atentados, bloqueos comerciales, boicots,
guerras “de baja intensidad”, invasiones militares, bombardeos “humanitarios”,
genocidios, etc.– se convierten en “regímenes militares permanentes” implica un
monumental error de interpretación del significado histórico de dichas
experiencias. Equívoco que, dicho sea al pasar, es típico de la ciencia
política norteamericana que procede de igual manera cuando, por ejemplo, coloca
en una misma categoría –los famosos “sistemas de partido único”– a regímenes
políticos tan diversos como la Italia de Mussolini, la Alemania Nazi, la Rusia
de Stalin y la China de Mao. Nuestros autores subestiman los factores
históricos que a lo largo del último siglo obligaron a las jóvenes revoluciones
a armarse hasta los dientes para defenderse de las brutales agresiones del
imperialismo, a años luz de las sutilezas del imperio imaginado por H&N,
esa misteriosa red sin centro ni periferia, adentro ni afuera, y que
supuestamente nadie controla para su beneficio. Si la revolución cubana
sobrevive en estos días de un supuesto “imperio sin imperialismo”, ello se
explica tanto por la inmensa legitimidad popular del gobierno revolucionario
como por la probada eficacia de sus fuerzas armadas, que después de <span
class=MsoPageNumber>Playa Girón disuadieron a Washington de intentar
nuevamente una aventura militar en la isla.
Por otra parte, la interpretación de H&N revela asimismo
el grave yerro en que incurren a la hora de caracterizar a las emergentes
formaciones estatales de las revoluciones. Una cosa es lamentarse por la
degeneración burocrática de la revolución rusa y otra bien distinta afirmar que
lo que allí se constituyó fue un “régimen militar”. El hecho de que Cuba haya
tenido que invertir cuantiosos recursos, materiales y humanos, para defenderse
de la agresión imperialista no la convierte en un “régimen militar”. Sólo una
visión de una imperdonable ingenuidad e irreparablemente insensible ante el
significado histórico de los procesos sociales y políticos puede caracterizar
de ese modo a las formaciones sociales resultantes de las grandes revoluciones
del siglo veinte. Por último, y haciéndonos cargo de todas sus limitaciones y
deformaciones, ¿puede efectivamente decirse que las revoluciones en Rusia,
China, Vietnam y Cuba fueron apenas una ilusión? Una cosa es la crítica a los
errores de esos procesos y otra bien distinta decir que se trató de meros
espejismos o de torpes ilusiones. ¿Habrá sido un simulacro baudrillardiano la
paliza sufrida por el colonialismo francés en Dien Bien Phu? Y la bochornosa
derrota de los Estados Unidos a manos del Vietcong, ¿habrá sido tan sólo una
visión alucinada de sesentistas trasnochados, o se produjo de verdad? Esa huída
desesperada desde los techos de la embajada norteamericana en Saigón, donde
espías, agentes secretos, asesores militares y torturadores policiales
destacados en Vietnam del Sur se mataban entre sí para subir al último
helicóptero que los conduciría sin escalas del infierno vietnamita al “American dream”, ¿habrá sido verdadera
o fue una mera ilusión? Los cuarenta y tres años de hostigamiento
norteamericano a Cuba, ¿son producto del fastidio que provoca en Washington el
carácter ilusorio de la revolución cubana? Y, para acercarnos a nuestra
realidad actual: el abierto involucramiento del gobierno norteamericano –con la
ayuda de su correveidile español, José M. Aznar– en el frustrado golpe de
estado de Venezuela, en abril del 2002, ¿habrá sido propiciado por el carácter
ilusorio de las políticas del Presidente Hugo Chávez?
Curiosamente, nuestros autores nos advierten que se
trata de preguntas que, en realidad, ya son anacrónicas porque según ellos en
la posmodernidad las condiciones que tornaban posible la insurrección moderna,
con todo su ilusionismo, han desaparecido, “de tal forma que inclusive hasta
parece imposible pensar en términos de insurrección” (H&N, 2002: 164).
Afortunadamente, los insurrectos que pusieron fin a la tiranía de Suharto en
Indonesia en 1999 no tuvieron ocasión de leer los borradores de Imperio porque de lo contrario
seguramente habrían desistido de su empeño. Los argentinos que ganando las
calles a fines del 2001 pusieron punto final a un gobierno reaccionario e
incapaz tampoco parecerían haber tomado nota de las elucubraciones de Hardt y
Negri, y lo mismo parece haber ocurrido hace unas pocas semanas con los
trabajadores bolivianos que pusieron en jaque al gobierno de Sánchez de Lozada.
Pero el pesimismo que se desprende de esta afirmación se atenúa ante la
constatación del crepúsculo de la soberanía nacional y la laxitud del imperio
en su fantasmagórica fase actual, todo lo cual alteró las condiciones que
sometían la insurrección a las restricciones impuestas por las guerras
nacionales e internacionales.
Posterguemos por un momento la crítica a este segundo
supuesto, el que anuncia la “emancipación” de los procesos insurreccionales de
las guerras nacionales e internacionales, y veamos lo que significa la
insurrección en el capitalismo posmoderno. Si en la sociedad moderna aquélla
era “una guerra de los dominados contra los dominadores”, en la supuesta
posmodernidad la sociedad “tiende a ser la sociedad global ilimitada, la
sociedad imperial como totalidad,” en donde explotadores y explotados se
desvanecen en la nebulosa de una sociedad sin estructuras, asimetrías y
exclusiones. (H&N, 2002: 165) Bajo estos supuestos, falsos en la medida en
que llevan hasta el límite ciertas tendencias reales pero parciales de la
globalización (como por ejemplo, el debilitamiento aunque no la desaparición de
los espacios “nacionales”), H&N concluyen, sin ninguna clase de apoyatura
empírica o argumentativa, que la resistencia, la insurrección y el poder
constituyente se funden ahora en la noción de “contra-poder” que,
presumiblemente, sería la prefiguración y el núcleo de una formación social
alternativa. Todo esto es sumamente discutible a la luz de la experiencia
histórica concreta, pero aún así el argumento es comprensible. Forzando un poco
el mismo podría llegar a decirse que no es novedoso ni tan distinto, en su
abstracción conceptual, al que desarrollaran los bolcheviques en el período
comprendido entre abril y octubre de 1917. La resistencia y la insurrección,
dos de los tres elementos claves de nuestros autores, se expresaban en el
famoso apotegma leninista referido a la situación que se producía cuando “los
de abajo” no aceptaban seguir viviendo como antes y “los de arriba” no podían
hacerlo tal como acostumbraban; o en los análisis de Gramsci sobre la crisis
orgánica y la situación revolucionaria. El tercer elemento, el poder
constituyente, estaba formado por los soviets y los consejos, en la visión de
Lenin y Gramsci.
Pero si existiría la posibilidad de retraducir,
insistimos, en el plano de la conceptualización más abstracta, los tres
componentes del “contra-poder” al lenguaje de la tradición revolucionaria
comunista, no ocurre lo mismo cuando llega la hora de identificar los agentes
sociales concretos llamados a encarnar el proyecto emancipador y las formas
políticas específicas mediante las cuales éste será llevado a cabo. Si en la
tradición de comienzos del siglo veinte el proletariado en conjunto con las
clases aliadas (campesinos, pequeña burguesía, intelectuales radicalizados,
etc.) era el soporte estructural del proceso revolucionario y los soviets y los
consejos, más que el partido, el vehículo de su jornada emancipadora, el
“contra-poder” de H&N no reposa en ningún sujeto, en ninguna nueva
construcción social o política o en ningún otro producto de la acción colectiva
de las masas sino en la carne, “la sustancia viva común en la cual coinciden lo
corporal y lo espiritual” (H&N, 2002: 165). Es esta sustancia vital la que
constituye, en una argumentación de tono inocultablemente metafísico, el
fundamento último del “contra-poder”, su materia prima. Según esta
interpretación los tres elementos que constituyen el “contra-poder” “brotan en
forma conjunta de cada singularidad y de cada uno de los movimientos de los cuerpos
que componen la multitud.” Se consuma, de este modo, una completa
volatilización de los sujetos del cambio, quedando la sociedad reducida a un
inconmensurable agregado de cuerpos hipotéticamente unificados en el momento
fundante y a la vez disolvente de la multitud. Esta visión reproduce en el
plano del intelecto y de modo profundamente distorsionado ciertas
transformaciones ocurridas en la anatomía de la sociedad burguesa y, más
específicamente, de su estructura de clases: la atomización de los grandes
colectivos, la fragmentación de las clases sociales, sobre todo de las clases y
capas subalternas, la desintegración y desmembramiento social producido por el
auge del mercado y la mercantilización de la vida social. Pero la lectura que
Hardt y Negri hacen de las mismas los arrastra insensiblemente a proponer una
visión entre metafísica y poética que poco, muy poco, tiene que ver con la
realidad. En sus propias palabras:
Los actos de resistencia, los actos de revuelta
colectiva y la invención común de una nueva constitución social y política
atraviesan en forma conjunta innumerables microcircuitos políticos. De esta
forma se inscribe en la carne de la multitud un nuevo poder, un “contra-poder”,
algo viviente que se levanta contra el Imperio. Es aquí donde nacen los nuevos
bárbaros, los monstruos y los gigantes magníficos que emergen sin cesar en los
intersticios del poder imperial y contra ese poder (H&N, 2002: 165).
Es evidente que el planteamiento de nuestros autores
adquiere, a estas alturas, un tono inequívocamente vitalista que los aproxima
mucho más a los embriagantes vahos metafísicos de Henry Bergson que a las
enseñanzas de Spinoza, al paso que los sitúa en un terreno sin retorno en
relación al materialismo histórico. No habría que esforzarse demasiado para
descubrir los inquietantes paralelos existentes entre la doctrina del “ímpetus vital” del filósofo francés y la
exaltación de la carne hecha por H&N. En todo caso, y para resumir, digamos
que una impostación de esta naturaleza del problema del “contra-poder” disuelve
por completo el carácter histórico-estructural de los procesos sociales y
políticos en la singularidad de los cuerpos que conforman la multitud. De este
modo se arriba a una conclusión desoladoramente conservadora toda vez que, en su
vertiginoso ascenso hacia el topos uranos
platónico –ese lugar tan excelso donde según Platón reposan las ideas en su
pureza conceptual– Hardt y Negri desdibujan por completo la especificidad del
capitalismo como modo de producción y las relaciones de explotación y de
opresión política que le son propias. Desaparecidas las clases sociales –en
efecto, ¿quiénes explotan y quiénes son los explotados?- y diluidos también por
completo los fundamentos estructurales del conflicto social, lo que nos queda
es una rudimentaria poética de la rebelión ante un orden abstractamente injusto
que nada tiene que ver con los procesos reales que sacuden al capitalismo
contemporáneo. En la formulación de Hardt y Negri el fenómeno del
“contra-poder” se diluye por completo en la formalidad de una gramática que,
por razones inescrutables, opone la multitud al imperio, sin que se sepa, a
ciencia cierta, que es lo uno y que es lo otro y, sobre todo, qué es lo que hay
que hacer, y con qué instrumentos, para poner fin a esta situación.
Holloway
La obra de Holloway plantea una tesis que, si bien es
afín a la de Hardt y Negri, radicaliza aún más el movimiento auspiciado por
éstos.[iv] En efecto, si los autores de Imperio rehuyen el tratamiento del tema
del poder en su especificidad histórica –el poder de la burguesía y sus
efectos, en esta fase del capitalismo mundializado– y caen embelesados ante la
contemplación del “contra-poder”, en Holloway la huida es mucho más
pronunciada. Ya no se trata de postular la existencia de una nebulosa fórmula
que, supuestamente, se enfrenta al poder real ejercido por las clases
dominantes, sino de abogar a favor de la total erradicación del poder de la faz
de la tierra. De lo que se trata, nos dice este autor, es de disolver para
siempre las relaciones de poder. Nada se gana con intentar “tomar el poder”, o
“conquistar el poder del estado,” porque tal estrategia ha fracasado
rotundamente.[v] Lo que se requiere es, entonces, la
construcción de un “anti-poder”, es decir, de un nuevo entramado social en
donde las relaciones de poder sean un doloroso recuerdo del pasado.
El poder es así satanizado en la obra de Holloway,
convertido en un fetiche horrendo que contamina a todo aquél que osa tomarlo en
sus manos. Los movimientos y los agentes sociales que en el pasado intentaron
transformar a la sociedad a partir de la toma del poder y la utilización de los
recursos que éste brindaba para dar a luz una nueva sociedad fracasaron
completamente.[vi] Pero, en lugar de examinar desde la
perspectiva del materialismo histórico las circunstancias bajo las cuales se
ensayaron estos proyectos lo que hallamos en Holloway es una exhortación a
alejarnos de algo considerado como pecaminoso y hasta mortífero. El
“anti-poder” sería, en esta conceptualización, la manifestación del triunfo de
la sociedad civil sobre el estado; la liberación del género humano de toda
forma de opresión, concentrada y sublimada en la visión de este teórico en la
figura omnipotente y terrible de lo que Octavio Paz llamara “el ogro
filantrópico” y que no es otra cosa que el estado.
La génesis de esta crítica absoluta al estado y a la
“ilusión estatal”, y de esta intransigente –e injusta, por sesgada y parcial–
condena a las revoluciones del siglo veinte se encuentra en las enseñanzas que
para la estrategia revolucionaria de las masas se desprenden de la experiencia
zapatista. Ya no se trataría de conquistar el mundo sino, en un proceso
asombrosamente más simple, de “hacerlo de nuevo”, dejando de lado la rémora
doctrinaria de carácter estadocéntrica en la cual la revolución era asimilada
“a la conquista del poder estatal y la transformación de la sociedad a través
del estado” (Holloway, 2001a, p.174). En opinión de Holloway el debate que
conmovió a las filas de la Segunda Internacional a comienzos del siglo veinte y
que contraponía reforma y revolución –a Bernstein versus Lenin, Trotsky y Rosa
Luxemburgo– ocultaba, pese a las aparentes diferencias, un acuerdo fundamental:
la construcción de la nueva sociedad pasaba por la conquista del poder del
estado. De ahí el carácter estadocéntrico del proceso revolucionario.
Precisamente por eso, para Holloway “(l)a gran
aportación de los zapatistas (ha) sido romper el vínculo entre revolución y
control del estado” (ibid. , p. 174).
Sin decirlo, el programa que nos propone Holloway es,
nada menos, que la serena e indolora instauración de la sociedad comunista. No
otra cosa significaría poner fin a la separación entre estado y sociedad,
instituir el autogobierno de los productores y, de ese modo, lograr la tan
anhelada extinción del estado. (Holloway, 1997: p. 24) Hasta aquí la propuesta
no es para nada novedosa para la tradición comunista, salvo que, en el caso de
este autor, todo este programa debería realizarse absteniéndose las fuerzas
populares de tomar el poder del estado. Haciéndose eco del discurso zapatista
Holloway asegura que no se trata de “un proyecto de hacernos poderosos sino de
disolver las relaciones de poder.” (Holloway, 2001a: p. 174). El tema de la
disolución de las relaciones de poder merece múltiples consideraciones. En
primer lugar, es algo que no se puede discutir en abstracto porque pierde todo
significado. ¿Quién podría estar en contra de una propuesta de ese tipo, que
evoca visiones de una comunidad en la cual se han suprimido definitivamente y
en todos sus órdenes las relaciones de dominación? Es como proponer la
erradicación del dolor y la enfermedad, la miseria y el sufrimiento: nadie
podría disentir de tan nobles propuestas. Pero por más que nos disgusten, la
realidad es que las relaciones de poder aparecieron sobre la faz de la tierra
junto con las formas más primitivas de la vida animal, como lo ha comprobado
hasta el cansancio la sociobiología, y no parece que vayan a desaparecer a
fuerza de lamentos y plegarias. Si las jerarquías y las dominaciones, con todas
sus secuelas degradantes y opresivas, acompañaron a la especie humana desde los
albores de su existencia nada autoriza a pensar que la disolución de las
relaciones de poder pueda plantearse, programáticamente, como un objetivo
inmediato de una fuerza revolucionaria, especialmente si ésta renuncia a la
conquista del poder político.
Quisiéramos que no se nos malinterpretara en este
punto. No estamos diciendo que el objetivo de disolver todas las relaciones de
poder deba ser descartado. Al fin y al cabo ese es el programa de máxima del
proyecto comunista. Lo que estamos afirmando, en cambio, es que la formulación
de esta propuesta en el pensamiento de Holloway tiene un cariz indudablemente
quimérico o quijotesco, algo radicalmente distinto a lo utópico. Decimos
quimérico porque se plantea un objetivo grandioso sin reparar en sus necesarias
mediaciones históricas y en el hecho de que antes de lograrlo es imprescindible
pasar por el purgatorio de un largo, complejo y turbulento proceso de transición,
en el cual las fuerzas del viejo orden librarán una batalla desesperada, y
apelando a todos los medios disponibles, violentos y “pacíficos” por igual,
para impedir la realización de la utopía. Y aquí cabe recordar lo que Marx y
Engels dijeran en El Manifiesto Comunista
y en tantos otros pasajes de su obra: que el problema con el comunismo
utópico no radicaba en los bellos mundos imaginados por sus pensadores sino en
el hecho de que aquéllos no brotaban de un análisis científico de las
contradicciones de la sociedad capitalista, ni de la identificación de los
actores concretos que habrían de asumir la tarea de construirlos, así como
tampoco planteaban el itinerario histórico que sería preciso recorrer antes de
llegar a destino. La propuesta de disolver todas las relaciones de poder
formulada por Holloway conserva todo el encanto de las bellas iluminaciones del
comunismo utópico, pero también adolece de sus insalvables limitaciones.
Un segundo campo de problemas tiene que ver con la
operatividad de una tal propuesta -el cómo de la disolución del poder- y los
resultados prácticos que podrían desprenderse de la aceptación de ese programa
por parte de las fuerzas sociales insurgentes. Porque abogar por la disolución
del poder puede ser muy romántico y conmovedor, pero condena a los agentes
sociales y, en especial a las clases y capas subordinadas, a una empresa
inexorablemente destinada al fracaso, al menos mientras subsista la sociedad
capitalista. Y como ésta no va a pasar a la historia como producto de los ruegos
e invocaciones a nobilísimos ideales comunitarios sino como resultado de
encarnizadas luchas sociales, y en las cuales la cuestión del poder asume una
centralidad excluyente en el tránsito de la vieja a la nueva forma social, la
asunción de una propuesta insanablemente equivocada cómo ésta no hace sino
servir de prólogo a una nueva y más duradera derrota del campo popular.
En realidad, y esta es la tercera consideración que
quisiéramos hacer en torno a este tema, el abandono del proyecto de conquistar el
poder refleja no sólo una capitulación política ante la burguesía sino también
los errores de una concepción teórica que no alcanza a comprender lo que
significa el fenómeno del poder social. Holloway es tributario de una
concepción metafísica del poder que, curiosamente, tiene más de un punto de
contacto con las visiones características de la derecha. En efecto, si para
ésta el poder es equivalente al gobierno y, por lo tanto, a una herramienta de
dirección y control social, para la izquierda posmoderna el poder aparece
también como un instrumento, sólo que inútil, improductivo y patológico, que
destruye la fibra misma de la vida social y que contamina insanablemente la
integridad de un proyecto de transformación socialista de la sociedad.Más allá
de sus diferencias, ambas versiones adhieren, en el fondo, a una concepción
teleológica e instrumentalista del poder: éste es concebido como un punto de
llegada, un objeto que hay que alcanzar y, a la vez, un seguro instrumento de
gestión de lo social. Lo que el pragmatismo de la derecha defiende a ultranza
es objeto de crítica radical por parte de Holloway, pero en ambos casos estamos
en presencia de un equívoco porque el poder no es una cosa, o un instrumento
que puede empuñarse con la mano derecha o con la izquierda, sino una
construcción social que, en ciertas ocasiones, se cristaliza en lo que Gramsci
llamaba “las superestructuras complejas” de la sociedad capitalista. Una de
tales cristalizaciones institucionales es el estado y su gobierno, pero la
cristalización remite, como la punta de un iceberg, a una construcción
subyacente que la sostiene y le otorga un sentido. Es ésta quien, en una
coyuntura determinada, establece una nueva correlación de fuerzas que luego se
expresa en el plano del estado. Sin ese sustento social profundo, invisible a
veces pero siempre imprescindible, el control de las “alturas del estado” que
pueda tener una fuerza revolucionaria o reformista se desvanece como la neblina
ante la salida del sol.
En este sentido convendría recordar que Lenin, que
fue un gran teórico y a la vez un gran práctico de la revolución y de la
cuestión del poder, subrayó la importancia de distinguir entre (a) la “toma del
poder”, que era un acto eminentemente político por el cual las clases
explotadas se apoderaban del estado y se convertían en nueva clase dominante y,
(b) la concreción de la revolución, concebida como una empresa fundamentalmente
civilizatoria, en donde la nueva correlación de fuerzas favorable a los agentes
sociales de la nueva sociedad era ratificada por el control que ellos ejercían
sobre el estado, el entramado institucional y el orden legal. Por eso, al
comparar las perspectivas de la revolución en Oriente y Occidente decía, en un
pasaje luminoso de su obra, que “la revolución socialista en los países
avanzados no puede comenzar tan fácilmente como en Rusia, país de Nicolás y
Rasputín… En un país de esta naturaleza, comenzar la revolución era tan fácil
como levantar una pluma”. Y continuaba afirmando que es “evidente que en Europa
es inconmensurablemente más difícil comenzar la revolución, mientras que en
Rusia es inconmensurablemente más fácil comenzarla, pero será más difícil
continuarla” (Lenin, 1918: pp. 609-614). Fue precisamente a partir de estas
lecciones que brindaba la historia comparativa de las luchas obreras y
socialistas en los albores del siglo XX que Lenin insistió en la necesidad de
distinguir entre los “comienzos de la revolución” y el desarrollo del proceso
revolucionario. Si en el primer caso la conquista del poder político y la
conversión del proletariado en una clase dominante era condición indispensable
–más no suficiente– para el lanzamiento del proceso revolucionario, su efectivo
avance exigía una serie de políticas e iniciativas que trascendían largamente
lo primero y que hundían sus raíces en el suelo de la sociedad.
Antonio Gramsci, por su parte, dejó un legado de
significativas aportaciones para el estudio del poder. En múltiples escritos
argumentó persuasivamente que la creación de un nuevo bloque histórico que
desplazara a la burguesía del poder suponía una doble capacidad de las fuerzas
contra-hegemónicas: éstas debían ser dirigentes y dominantes a la vez. Es más,
en realidad las fuerzas insurgentes debían primero ser dirigentes, es decir,
ser capaces de ejercer una “dirección intelectual y moral” sobre grandes
sectores de la sociedad –esto es, establecer su hegemonía– antes de que
pudieran plantearse con alguna posibilidad de éxito la conquista del poder
político y la instauración de su dominio. Pero dirección intelectual y moral y
dominación política eran dos caras inseparables de una misma y única moneda
revolucionaria. En el análisis de Holloway el poder aparece como una cuestión
que se refiere exclusivamente al dominio político, desoyendo la necesidad de
concebirlo antes que nada como una cuestión que se arraiga en el suelo de la
sociedad civil y que desde allí se proyecta sobre el plano de las
superestructuras políticas.
No se construye un mundo nuevo, como quiere el
zapatismo, si no se modifican radicalmente las correlaciones de fuerzas y se
derrota a poderosísimos enemigos. Contrariamente a lo que proponen Hardt,
Negri, Holloway –¡que en esto coinciden con Castells!– el poder social, en tren
de imaginar metáforas, se asemeja mucho más a una tela de araña que a una red
amorfa y difusa, carente de un foco central y el estado es precisamente ese
foco, el lugar donde se condensan las correlaciones de fuerzas y desde el cual,
por ejemplo, los vencedores pueden transformar sus intereses en leyes y
construir un marco normativo e institucional que garantice la estabilidad y
eventual irreversibilidad de sus conquistas. No se trata, por cierto, del único
lugar desde el cual se ejerce el poder social, pero es sin duda alguna, el
espacio privilegiado de su ejercicio en una sociedad de clases. De ahí que un
“triunfo” político o ideológico en el plano de la sociedad civil sea
importantísimo, pero el mismo carece de efectos imperativos: ¿o alguien duda de
la arrasadora victoria que los zapatistas cosecharon con la Marcha de la Dignidad?
Sin embargo, poco después el Congreso mexicano produciría una vergonzosa
legislación que retrotrajo la crisis chiapaneca a sus peores momentos, con
total prescindencia del “clima de opinión” prevaleciente en la sociedad civil.
Conclusión: por más que algunos teóricos hablen de la “desestatización” o el
“descentramiento” del estado éste seguirá siendo por bastante tiempo un
componente fundamental de cualquier sociedad de clases. Y más nos vale contar
con diagnósticos precisos acerca de su estructura y funcionamiento, y con
estrategias adecuadas para enfrentarlo porque la realidad del poder no se
disuelve en el aire diáfano de la mañana gracias a una apasionada invocación a
las bondades del “anti-poder” o del “contra-poder.”
Una última consideración. Holloway guarda silencio en
relación a varios temas cruciales de su propuesta de cambiar el mundo. Es más,
el último capítulo del libro en el cual, supuestamente, fundamenta teórica e
históricamente su argumento, termina con un decepcionante “no sabemos como se
cambia el mundo sin tomar el poder.” (p. 308) Es decir, luego de unas
trescientas páginas de elaboración la respuesta que se prometía desde el mismo
título del libro cae en el más profundo vacío. Podríamos decir, a favor de
Holloway, que Marx y Engels tampoco sabían como sería la dictadura del
proletariado, y que fue la experiencia histórica concreta de la Comuna de París
la que les permitió “descubrir” en la práctica emancipatoria del proletariado
parisino los contornos de la nueva forma política. Pero, hasta ese momento, por
lo menos existían de parte de los padres fundadores del materialismo histórico
una serie de elementos teóricos que permitían prefigurar, aunque sea en sus
trazos más gruesos, la fisonomía del nuevo poder político basado en la clase
obrera. En el caso de Holloway esos elementos están ausentes, y ni siquiera se
plantean algunas preguntas cruciales que, a los efectos de iluminar su propio
argumento, deberían haber sido puestas sobre la mesa. Por ejemplo, ¿cómo se
construyen esas “formas alternativas” de organización social y el “anti-poder
anti-estatal” del que tanto nos habla? ¿Cómo hacer para obligar a los
despóticos detentadores del poder burgués para que, de ahora en más, “manden
obedeciendo”? ¿Se resuelven estos candentes problemas prácticos apelando a la
nobleza de las metas propuestas? ¿No son esas “formas alternativas” de
organización social, de poder y de estado sino otros nombres para referirse a
una revolución social en ciernes, que destruye el orden capitalista e instaura
otro nuevo? ¿No son éstos los problemas con que se han topado todas las
experiencias revolucionarias desde la Comuna de París hasta nuestros días?
Holloway argumenta que las fuerzas transformadoras no pueden “adoptar primero
métodos capitalistas (luchar por el poder) para luego ir en el sentido
contrario (disolver el poder).” (Holloway, 2001.b. )
Nos parece que la lucha por el poder, sobre todo si la situamos en el terreno
más prosaico de la política y no en el de las abstracciones filosóficas, mal
podría ser concebida como un “método capitalista” a partir de la afirmación de
que “la existencia de lo político es un momento constitutivo de la relación del
capital”. En realidad, el poder y la lucha que se origina en relación a él es tan antiguo como el género humano, y antecede en miles de
años a la aparición del capital. Suponer que la lucha por el poder es una
derivación política del reinado del capital equivale a arrojar por la borda
toda la historia de la humanidad.
Para concluir: si bien es cierto que, en línea con
las observaciones de Lenin y Gramsci, no basta con la toma del poder para
producir los formidables cambios que requiere una revolución, también es cierto
que sin la toma del poder por parte de las fuerzas sociales insurgentes los
cambios tan ansiados no se producirán. Y esto es tanto más verdadero en
nuestros días, cuando asistimos a la “estatificación” de un número creciente de
actividades y funciones íntimamente ligadas al proceso de acumulación y
reproducción del capital que otrora eran resueltas en el plano del mercado o la
sociedad civil. Independientemente de lo pregonado por los ideólogos del
neoliberalismo en las últimas décadas, el papel del estado ha asumido una
importancia cada vez mayor para asegurar la perpetuación de las relaciones capitalistas
de producción: su papel como organizador de la dominación de los capitalistas y
como astuto desorganizador de las clases subordinadas no ha hecho sino
acentuarse en los últimos tiempos. Y si bien en los países de la periferia el
estado se ha debilitado en gran medida, aún en estos casos ha seguido
cumpliendo fielmente la doble tarea señalada más arriba. Una fuerza insurgente
y anticapitalista no puede darse el lujo de ignorar, o subestimar, un aspecto
tan esencial como éste. El capitalismo contemporáneo promueve una cruzada
teórica en contra del estado, mientras en el plano práctico no cesa de
fortalecerlo y asignarle nuevas tareas y funciones. En realidad, la “ilusión
estatal” parecería más bien anidar en aquellas concepciones que, pese a las evidencias
en contrario, no alcanzan a distinguir la retórica anti-estatista de la
práctica estatizante del capitalismo “realmente existente”, ni a percibir el
carácter cada vez más estratégico que el estado ha asumido para garantizar la
continuidad de la dominación burguesa.
Breve digresión
final sobre la dualidad de poderes.
Quisiéramos cerrar este análisis trayendo a colación
el debate surgido a partir de la experiencia revolucionaria rusa entre 1905 y
1917. En esa ocasión la necesidad práctica dictada por la inminencia de la
ruptura revolucionaria dio origen a un encendido debate en torno a la cuestión
del estado y la dualidad de poderes. Sin embargo, ninguno de los grandes
protagonistas de ese debate, nos referimos principalmente a Lenin, Trotsky y
Rosa Luxemburgo, llegó a proponer fórmulas abstractas del estilo del
“contra-poder” o el<“anti-poder” para resolver las contradicciones de la
coyuntura a favor de las fuerzas insurgentes. Más allá de la aspereza que por
momentos caracterizó a esta controversia, todos quienes tomaban parte en ella
coincidían en un hecho: que la dualidad de poderes era una situación
eminentemente transitoria, producto de aquello que, años más tarde y siguiendo
las huellas de los análisis clásicos del bonapartismo efectuados por Marx y
Engels, Gramsci denominara “empate catastrófico” de clases. Había dos poderes
contrapuestos y excluyentes porque, en la Rusia de comienzos de siglo, la
alianza entre la aristocracia y la burguesía ya no podía prevalecer sobre el
conjunto de las clases populares. La correlación de fuerzas que la había
favorecido durante décadas se había esfumado como consecuencia de una crisis
catastrófica como la provocada por la guerra ruso-japonesa primero y, después,
por la carnicería de la Primera Guerra Mundial, todo ello montado sobre el
cambiante escenario de un desarrollo capitalista que estaba pulverizando las
arcaicas estructuras sociales de la Rusia feudal.
Pero por su misma transitoriedad la dualidad de
poderes estaba condenada a resolverse en plazos perentorios, sea con el triunfo
de la coalición dominante o bien con el de las clases subordinadas. La dualidad
de poderes era pues la expresión de una crisis general revolucionaria,
situación ésta que no puede perdurar: o se define a favor de las clases y grupos
sociales ascendentes, interesados en la creación de un nuevo orden social, o lo
hace en beneficio de las fuerzas de la contrarrevolución, y los insurrectos son
ahogados en sangre. El carácter efímero de una coyuntura de ese tipo hace que
conceptos como el “contra-poder” o el “anti-poder” tengan, en el mejor de los
casos, una validez limitada, en el tiempo tanto como en el terreno de la lucha
política. Ambos expresan la fragilidad del “momento hobbesiano” cuando el orden
social se desintegra ante el surgimiento de un bloque contra-hegemónico dotado
de la fuerza suficiente como para plantear una resolución de la crisis en la
forma más favorable a sus intereses. De este modo, el debate clásico en torno a
la dualidad de poderes reposaba sobre la convicción de que frente al poder
oficial de las clases dominantes, sus instituciones, leyes y agencias, existía
un embrión, suficientemente vigoroso ya, del poder “de los de abajo”, llámese
éste el proletariado, la alianza obrero-campesina, comuneros o partido revolucionario.
Nada más lejano pues a un “contra-poder” que remitiera a una amorfa multitud, o
a la inconmensurable multiplicidad de los cuerpos; o a un “anti-poder” que, en
la práctica, es apenas una amable ilusión. En la tradición clásica se trataba,
en cambio de un poder emergente que luchaba contra el orden establecido, que se
apoyaba en actores concretos, clases y grupos sociales, que se expresaba en
formatos políticos diversos –partidos, soviets, consejos obreros, etc.-, que
proponía un programa específico de gobierno (nacionalizaciones, reforma
agraria, expropiación de los capitalistas, etc.) y que, como no podía ser de
otra manera, proyectaba su creciente ascendiente también sobre el plano
militar. Porque, en las coyunturas de disolución del orden social la lucha de
clases no se resuelve en los serenos ámbitos del debate parlamentario, o en
negociaciones a puertas cerradas en las oficinas del gobierno sino en las
calles y, casi invariablemente, con las armas en la mano. Esta es al menos la
lección que enseña la historia de las revoluciones en los tres últimos siglos,
desde la Revolución Gloriosa en Inglaterra, en 1688 hasta la Revolución Cubana,
en 1959, pasando por las grandes revoluciones sociales que conmovieron el mundo
en Francia en 1789, en Rusia, en 1917, y en China, en 1949, para no mencionar
sino algunas de las más conocidas.
Esta breve referencia al célebre debate sobre la
dualidad de poderes en Rusia -tema que merecería ser estudiado rigurosamente
por los agentes sociales involucrados en la construcción de una sociedad
socialista en América Latina y muy especialmente por los intelectuales que no
abjuran de su vocación crítica- es suficiente para poner de relieve el abismo
que separa el escolasticismo abstracto de los análisis contemporáneos sobre el tema
del poder de la reflexión teórico-práctica imperante en el pasado. Una pista
para entender esta discrepancia proviene de la coyuntura histórica en la cual
se produce la reflexión teórica: en efecto, el auge revolucionario de masas, a
comienzos del siglo veinte en Rusia, contrasta visiblemente con el reflujo que
se observa, a escala mundial, desde la década de los ochentas, marcada por el
auge de la mundialización neoliberal y la primacía doctrinaria del Consenso de
Washington. Mientras que a comienzos del siglo veinte la reflexión teórica se
instalaba a la sombra de la inmediatez del estallido revolucionario, la
coyuntura actual se constituye a partir de una derrota, transitoria pero
derrota al fin, de las fuerzas populares una vez agotado el impulso ascendente
que con tanta fuerza surgiera en la segunda posguerra. El hecho de que, a
partir de finales del siglo pasado se observe en muchos países una vigorosa
recomposición del campo popular y una renovada militancia anticapitalista
-cuyos inicios emblemáticos fueron la reebelión zapatista del 1° de enero de
1994 y la así llamada “batalla de Seattle”, en noviembre de 1999- que habrían
de articularse globalmente a partir de la realización del primer Foro Social
Mundial de Porto Alegre, en enero del 2001, no desmiente la caracterización
precedente sino que pone de relieve los signos inequívocos que hablan del
agotamiento del modelo neoliberal tanto en el centro del sistema como en la
periferia del mismo.
No está de más aclarar que es imposible establecer
una relación mecánica entre la coyuntura política nacional y/o internacional y
las características de la producción teórica de la izquierda. La dolorosa
fórmula gramsciana de “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”
sintetiza acabadamente la complejidad del vínculo entre la razón crítica y el
marco histórico-social en el cual aquella se despliega. Si un brillante ejemplo
demuestra precisamente el carácter no-lineal de esta ligazón es la obra del
fundador del Partido Comunista Italiano. Pese a ser testigo y protagonista a la
vez de la derrota del auge de masas de la primera posguerra Gramsci jamás hizo
suyas las categorías intelectuales y prioridades temáticas del dominante
pensamiento de los vencedores. Ergo, el reflujo de las luchas populares no
necesariamente conduce a la indefensión o capitulación teórica. Un ejemplo
antitético al de Gramsci lo provee la obra de Karl Kautsky, quien en el
contexto prerrevolucionario que ocasionara el colapso del Imperio Alemán asumió
posturas doctrinarias tibiamente reformistas que para nada se correspondían con
la correlación de fuerzas de la época. Para abreviar una discusión que no
podemos dar aquí: hay una sociología de los intelectuales revolucionarios que
está reclamando investigaciones concretas que nos ayuden a iluminar la relación
arriba mencionada. [vii]
Retomando el hilo de nuestra argumentación,
concluimos entonces que las propuestas de Hardt, Negri y Holloway son la
proyección sobre el plano de la producción intelectual –como dijimos,
mediatizada y nunca lineal– del reflujo experimentado por las fuerzas populares
a partir de finales de los años setentas. Un revés que, en el caso de estos
autores, no se manifiesta, como ocurriera con los “renegados” de nuestro
tiempo, por una vergonzosa adhesión al capitalismo y la sociedad burguesa sino
por la radical indefensión de su pensamiento contestatario ante las premisas
fundamentales de las ideas dominantes en nuestra época. De este modo, teóricos
declaradamente contrarios al capitalismo hacen suyas, inadvertidamente, tesis
centrales al pensamiento neoliberal, por ejemplo removiendo de la agenda de los
pueblos oprimidos una temática crucial como la del poder y canalizando las
energías de los descontentos y las víctimas del sistema hacia regiones
ideológicamente etéreas y políticamente irrelevantes. No sorprende comprobar,
en cambio, como mientras desde el campo intelectual de la izquierda se desvía
la vista hacia estas construcciones ilusorias o quiméricas en relación al
“poder realmente existente”, las clases dominantes prosiguen sin pausa su tarea
de acrecentar la eficacia del poder que ya disponen, diseñando nuevas
modalidades de su ejercicio que le aseguren una renovada capacidad para
controlar a las clases y capas subalternas y seguir, de este modo, siendo
dueñas de la historia.
Atilio
Boron
Revista Chiapas
Bibliografía
Boron, Atilio 2000 Tras el Búho de Minerva. Mercado
contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos Aires: Fondo de
Cultura Económica).
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Observatorio Social de América Latina (Buenos Aires: CLACSO), Nº 4, Junio.
Holloway, John 2001b “La asimetría de la lucha de
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Observatorio Social de América Latina (Buenos Aires: CLACSO), Nº 4, Junio.
Holloway, John 2002 Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder(Buenos Aires: Herramienta)
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* Ponencia presentada al V
Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del
Desarrollo, La Habana, Cuba, 10 al 14 de Febrero de 2003.
[i] Sobre este tema ver
Boron, 2002a, pp. 149-153.
[ii]No es un dato menor
que haya sido precisamente Fernando H. Cardoso quien redactara el prólogo de la
edición brasileña de la obra de Castells.
[iii] Véase nuestro Imperio & Imperialismo, obra en la
cual exponemos detalladamente algunos de los más graves errores de
interpretación de contenidos en dicho libro y que, lamentablemente, exceden con
creces el ámbito más restringido de la teoría del estado capitalista. Una
reflexión sobre este tema se desarrolla ampliamente en Boron, 2000. Una versión
más acotada de la crítica a la obra de Hardt y Negri se encuentra enBoron,
2002b. El presente trabajo retoma libremente algunos de los elementos
contenidos en este último trabajo y los re-elabora en función de los objetivos
que aquí han sido propuestos.
[iv] Hemos debatido
algunas de las ideas de Holloway en Boron, 2001.
[v] En este sentido, el
análisis de Holloway es extremadamente general y no introduce ningún tipo de
matices. Para él la experiencia de la URSS y la de la revolución cubana son
exactamente lo mismo, y ambas han fracasado. No existe en su obra la menor
tentativa de distinguir situaciones, contextos internacionales, problemas
específicos, momentos históricos y logros, aunque sea parciales,
de los procesos revolucionarios. Su visión del “fracaso” de las revoluciones es
similar a las que, desde la derecha, se formula en la ciencia política de
inspiración anglosajona, y en nada ayuda a comprender las durísimas condiciones
en las cuales aquellas tienen lugar y se desenvuelven.
[vi] De ahí el título
del nuevo libro de Holloway, en el cual plantea in extenso toda su teorización: Cómo
cambiar el mundo sin tomar el poder. Cf. Holloway, 2002.
[vii] Una pequeña
aportación en ese sentido se encuentra en nuestro Imperio & Imperialismo ,op. cit. Cap. 7.
Francisco
Fernández Buey *
Cambiar el mundo
sin tomar el poder no es un libro sobre cómo cambiar el mundo en que
vivimos. Y menos aún un libro sobre cómo hacerlo sin tomar el poder. Tampoco es
un libro que esté específicamente dedicado a analizar lo que figura en él como
subtítulo: el significado de la revolución hoy. Esta inadecuación plantea un
primer problema, pues el título y subtítulo del libro suscitan en el lector
expectativas que luego no se ven correspondidas por lo que John Holloway trata
en sus trescientas páginas. De ahí que el libro haya provocado muchas reacciones
negativas, y hasta destempladas, entre marxistas de las diferentes familias.
En realidad, lo de cambiar el mundo sin tomar el poder es
una frase que resume la impresión de John Holloway sobre lo que parecen
anunciar algunos de los movimientos sociales en la actualidad y, sobre todo, es
una frase que expresa su propia convicción de que esto, cambiar el mundo sin
tomar el poder, es lo que deberían hacer hoy en día los revolucionarios (sin
revolución). Dicha convicción aparece ya en el arranque del discurso y
reaparece luego como conclusión de un largo repaso crítico de lo que han sido
el marxismo y el comunismo durante el último siglo y medio.
Como la frase tiene un sabor anarquista o libertario
y como el objeto principal de la crítica a lo largo de trescientas páginas son
algunos de los principales exponentes de los marxismos posteriores la muerte de
Marx, se comprende que algunos marxistas se hayan sentido ofendidos por el
hecho de que un marxista conocido y activo haya llegado a tal conclusión.
De hecho, las críticas más destempladas al libro de Holloway han sido escritas
por personas que le acusan de haber abandonado el marxismo, de tirar por la
borda la noción misma de revolución y de haberse pasado con armas y bagajes al
viejo adversario ideológico: el anarquismo.
Mi opinión es que estos críticos destemplados no leen
bien el libro y que algunos de ellos se quedan simplemente con la música. Voy a
intentar argumentar aquí esta opinión.
El hilo conductor del libro de Holloway es el
análisis teórico-crítico del Estado y del poder. Este análisis se hace poniendo
el acento en la noción de fetichismo que, fue, en efecto, una categoría central
en la obra de Marx y que Holloway recupera siguiendo los pasos del Lukács de Historia y consciencia de clase. Lukács
fue, efectivamente, uno de los pocos marxistas de la tercera generación que
dieron al concepto de fetichismo la importancia que tenía para la crítica del
capitalismo realmente existente. Holloway se apoya constantemente en el joven
Lukács tanto en lo que hace a la cuestión del fetichismo como en la
interpretación más general del marxismo de Marx (aunque se distancia de Lukács
en otras cosas, como su noción del partido basada en la conciencia atribuida).Esta interpretación pone en
acento en el carácter crítico -sobre todo crítico-, de la teoría de Marx.
A primera vista, no parece que ahí tuviera que haber
muchas discrepancias a estas alturas. Pero resulta que la obra de Marx no fue
sólo crítica sino también propositiva. Como mostró en su día Manuel Sacristán,
una de las características de Marx es que superpuso tres nociones distintas de
ciencia: ciencia como crítica; ciencia como conocimiento objetivo en el sentido
anglosajón dominante en la época (de sabor un tanto positivista); y ciencia
como método en una acepción muy amplia, como estilo, programa de investigación
o concepción del mundo (razón por la cual el propio Marx podía repetir aquello
de que a dialéctica es ciencia en el más alto sentido). O sea, que Marx fue
superponiendo en su obra la crítica propiamente dicha (cuyo origen está en
Feuerbach), la ciencia propiamente dicha (que es lo que creía estar haciendo al
escribir El capital ) y lo que los románticos alemanes
llamaban wissenschaft (que es saber
del todo, saber esencial, saber de las totalidades).
El resultado de aquella superposición de nociones
tenía que ser, si se me permite la expresión, "una gran ciencia", que
tiene la particularidad de ser al mismo tiempo crítica de la ciencia
"normal", ciencia normal (science)
ella misma y superciencia totalizadora con punto de vista político-social y
concepción del mundo incorporados. La superponer las tres cosas, juntándolas,
Marx podía escribir con toda tranquilidad que su método, la dialéctica, o sea,
el mismo método de Hegel vuelto del revés, era un escándalo y un horror para la
burguesía.
Pero, obviamente, la burguesía no se escandalizó
nunca por el método de Marx (a algunas burguesías en ascenso, como, por
ejemplo, a la rusa incluso les resultaba atractivo eso). Se escandalizó, y es
comprensible, por el punto de vista político-social de aquel pensamiento, por
su intención revolucionaria, porque más acá o más allá de los desarrollos
teóricos particulares del libro llamado El
capital, aquello que empezaba siendo un canto histórico del industrialismo
burgués (cosa que les parecía muy bien, por ejemplo, a los burgueses rusos
incipientes que querían librarse del absolutismo feudal zarista) terminaba
siendo un canto funerario, un acta de
defunción (cosa que les parecía muy mal a los burgueses ingleses, franceses y
alemanes que estaban ya consolidados como clase).
La contraprueba de que tales o cuales desarrollos
teóricos del volumen primero de El
capital pueden leerse como ciencia "normal", o sea, como
conocimiento tendencialmente objetivo de lo que realmente pasa en el
capitalismo, es muy sencilla: viene leyéndose así desde que se publicó. Lo
leyeron así algunos burgueses rusos y lo siguen leyendo así en Wall Street y en
no pocas universidades del centro del Imperio.
Pensando seguramente en eso, un viejo amigo mío, que
se hizo cínico, me dijo una vez, hace ya algunos años, que pronto sólo
quedarían marxistas en Harvard y en Tirana. Por supuesto, se equivocó; pero la
broma tiene su fondo serio que enlaza con el fondo serio del libro de Holloway:
si se lee lo que escribió Marx sólo como
"ciencia normal" (del mismo tipo que la que hizo David Ricardo, por
ejemplo), entonces se pierde su carácter revolucionario; y si se lee lo que
escribió Marx sólo como
"superciencia" (que es como han leído a Marx muchos materialistas
dialécticos), entonces puede resultar cualquier cosa (entre otras la Tirana de
Gianni Amelio en Lamerica, para
entendernos rápidamente).
Es evidente que entre los "marxólogos"
fríos de Wall Street, tan amigos de la ciencia normal, y los materialistas dialécticos
de Moscú y asimilados, exaltadores de la superciencia dialéctica, el marxismo
de Marx ha acabado convertido en una porquería. No hay más que mirar y ver. Y
si se quiere alguna ayuda teórica adicional, basta con consultar al lógico ruso
Alexandr Zinoviev que sabe mucho de las dos cosas, de ciencia y de porquerías.
Tal vez por eso, viendo venir la cosa y curándose en salud, Marx dijo un par de
veces, ya de viejo, aquello de "por lo que a mi respecta, yo no soy
marxista".
También se puede decir lo mismo de otra manera menos
sarcástica: entre los marxistas cientificistas
a ultranza y los marxistas dialécticos
a ultranza (algunos de los cuales sabían mucho de la letra de Marx) mataron, al
menos temporalmente, una gran idea, la mejor idea que se pensó para los de
abajo en el siglo XIX: la de juntar ciencia y
revolución. Por desgracia, esas cosas pasan en la historia de las ideas. Ya
antes, en los orígenes de la modernidad, entre los vaticanistas acérrimos y los
luteranos exasperados se llevaron por delante lo que de liberador podía haber
en un cristianismo que pudo haber sido la ideología de gente pacífica
(seguidores de Erasmo) y de campesinos hartos de ser expoliados (seguidores de
Münzer).
Si, por esos motivos, se descarta lo de la ciencia
normal y lo de la superciencia quedaba, pues, del proyecto científico de Marx
el tercer elemento, la crítica, el mismo que les quedaba, por cierto, en los
orígenes de la modernidad, a los cristianos que querían ser pacíficos y justos
y ecuménicos. Y aquí es donde yo creo que Holloway acierta. Empieza y termina
su argumentación con lo mejor que queda del viejo marxismo: la crítica (la
crítica del capitalismo y la crítica de nuestras ilusiones exageradas).
Cuando se pone lírico, al principio y al final del
libro, él llama acertadamente a esto "el grito", el grito que brota
de la selva Lacandona, del indigenismo y de los movimiento
sociales nuevos y alternativos que expresan su disgusto ante el Imperio
y la globalización neoliberal. Cuando se pone teórico, Holloway se inspira,
como he dicho ya, en el joven Lukács, en algunos de los representantes de la
Escuela de Frankfurt y, sobre todo, según he creído percibir, en Ernst Bloch,
en el Bloch de El proyecto esperanza.
A algunos marxistas, que querrían un discurso más cerrado y menos romántico
sobre el poder, no les gusta eso. A mi sí. Tal vez porque comparto con Holloway
al menos tres cosas:
Primera: su declaración de que lo que ha escrito
"no es un libro marxista, ni neomarxista ni postmarxista" (de donde
deduzco que, ya de entrada, salen sobrando los puntillismos sobre si ha
abandonado el marxismo y cosas así).
Segunda: su intención de "hacer más aguda la
crítica al capitalismo". Entiendo que "más aguda" quiere decir,
en ese contexto, más amplia, más profunda, menos economicista y politicista,
atendiendo a lo que es el poder capitalista en su acepción más global, como
cultura, como forma de civilización (y en esto algo tenemos que aprender los
marxistas de algunos llamados "utópicos" o "anarquistas").
Tercera: su crítica de la forma partido, y en
particular de las distintas variantes de lo que ha sido el leninismo. También
en esto quien dé importancia al grito y a la crítica, sea marxista o no, tiene
unas cuantas cosas que aprender de la ya vieja, pero siempre nueva, objeción
anarquista y libertaria (pero no sólo anarquista y libertaria: Rosa Luxemburg y
Antonio Gramsci escribieron cosas que, bien leídas, siguen siendo de mucha
ayuda para una crítica sensata y razonable de la forma partido, tanto en su
acepción leninista como en su acepción socialdemócrata).
Y, sin embargo, aun sin entrar todavía en la cuestión
de la revolución y la toma (o no) del poder, queda un asunto que Holloway ha
soslayado o casi: el de la relación entre crítica y ciencia.
La crítica sola no basta. La crítica sola no aporta
esperanza, ni siquiera la esperanza que brota de los desesperados (que es la
única esperanza razonable). Eso Marx lo vio muy bien. Él pensaba (y creo que lo
dijo así alguna vez) que para ser comunista se necesita mucha ciencia y un poco
de compasión. Con el tiempo que ha pasado desde entonces, conocidos los
desastres del mundo en el siglo XX, conocidas las exageraciones del
cientificismo marxista y el no menos exagerado desprecio de la compasión, se
podría decir tal vez que un comunista libertario del siglo XXI (un comunista de
los que piensan que casi todo lo que dividió históricamente a marxistas y
anarquistas ha caducado) necesitaría bastante
ciencia y bastante compasión.
Pero resulta que en el actual movimiento anti-poder
(quiera éste o no convertirse en contra-poder) hay, creo, suficiente compasión
y menos ciencia de la que sería necesaria. Razón por la cual algunos de los
pasos del libro de Holloway, que hablan precisamente de la ciencia, de su falta
de objetividad, de su falta de neutralidad, de su identificación con el poder,
etcétera, me parecen desacertados, demasiado concesivos para con las bobadas
que una parte del postmodernismo está diciendo sobre la ciencia y su función
social, demasiado pegados al pensamiento especulativo hasta cuando se discute
con el pensamiento especulativo. En esto Antonio Gramsci, que no era
precisamente un marxista cientificista ni economicista, y que supo denunciar en
su tiempo tanto la infatuación científica como el desprecio ignorante de lo que
la ciencia es, puede seguir enseñando, todavía, al menos como opción
metodológica, más que Lukács (y, desde luego, más que Toni Negri o que
Foucault).
Resumo lo dicho hasta aquí: en general, y
discrepancias menores aparte sobre la pareja ciencia y revolución, simpatizo
con la intención de Holloway.
No veo cómo compartir, en cambio, la expresión esa de
cambiar el mundo sin tomar el poder que
da título al libro. Y no lo veo por dos razones. La primera es que todo lo que
Holloway dice al respecto en el libro es negativo o meramente declarativo de la
voluntad. La segunda razón es que en el libro se acaba haciendo de la necesidad
virtud, o sea, presentando como virtud lo que se argumenta como una necesidad.
Nada más empezar Holloway afirma que "no sabemos
cómo cambiar el mundo", que lo que sabemos es que "no queremos tomar
el poder estatal" y que "no nos queremos organizar como
partido". Bien. Pero el primer saber es no-saber; el segundo saber es en
realidad un querer; y el otro saber, la negativa a la forma partido, es otro
querer, otro grito. La pasión tiene que ser razonada, y en eso estaremos de
acuerdo marxistas y anarquistas: hay que argumentar el grito.
Más adelante, en el capítulo titulado "Más allá
del poder", Holloway nos dice que "hay que romper el enlace entre
revolución y toma del poder", para lo cual propone limitar la lucha a la
construcción de un anti-poder, sin aspirar a ser contra-poder. Esta limitación
es presentada como más radical que la
tradicional lucha por crear un contra-poder. Pero en seguida la radicalidad da
en un reconocimiento paradójico: por una parte se reconoce que eso es "el
gran absurdo e inevitable desafío del sueño comunista" y, por otra parte y
al mismo tiempo, es algo mucho más
realista que la conquista del poder". Esto, dicho así, es jugar con
las palabras: ¿cómo va a ser un desafío absurdo y radical el
"realista" reconocimiento de que, en las condiciones actuales, no
podemos plantearnos tomar el poder?
Plantear la pregunta acerca de la posibilidad de
cambiar el mundo sin tomar el poder es, para Holloway, "oscilar (tambalearse, dice en la traducción
castellana) al borde de un abismo de imposibilidad y locura". Y, sin
embargo, nos dice, no hay alternativa a eso. Y no la hay justamente
porque la revolución que se propugna ahora no es una revolución en beneficio de, sino un automovimiento
que ni siquiera tiene necesidad de pensar en tomar el poder. Una revolución,
dirá más adelante, sin líderes, ni héroes, en la que todos, revolucionarios ya,
asumimos que lo somos en formas muy contradictorias y fetichizadas.
Finalmente, Holloway vuelve a repetir que no sabemos
cómo hacer eso que se propugna y que este no-saber es propio de aquellos, como
nosotros, que están históricamente perdidos porque el saber de los
revolucionarios del siglo XX ha sido derrotado. Solo que, por suerte, nuestro
no-saber de ahora es también el no-saber de aquellos que comprenden que
no-saber es parte del proceso revolucionario.
Es curioso que Holloway, que cita varias veces al
subcomandante Marcos y que declara en varios momentos sus simpatías por el
movimiento zapatista (a él, precisamente, le oí la primera referencia al
zapatismo cuando casi nadie, en México, sabía qué era eso, lo que dice mucho de
su olfato político-moral), no se haya acordado del agudo artículo de Marcos
titulado "Nuestro próximo programa". Curioso y a la vez sintomático.
El oxímoro es una figura retórica que consiste en
juntar en una sola expresión dos términos considerados antagónicos, con lo que
se obtiene una combinación inusitada: "silencio ensordecedor",
"crecimiento negativo". Marcos lo ha usado, ha usado esa figura, para
poner de relieve críticamente una de las contradicciones internas de la
globalización neoliberal: el ser parcial, "globalización
fragmentaria". Y, efectivamente, este uso del oxímoro puede servir para
poner de manifiesto, de manera eficaz, rápida y plástica el transfondo
mentiroso de la actual globalización capitalista. Es eficaz, como lo fue la
sátira de Karl Kraus o el détournement de
los situacionistas, para criticar la ideología del adversario y crear
conciencia entre los próximos. Incluso puede ser eficaz como provocación, que
es lo que sugiere idea de Marcos de que el oxímoro pueda ser (nada menos que)
"nuestro próximo programa".
Sin embargo, en contextos que ya no son críticos sino
propositivos y alternativos, como el que sugiere el título del libro de
Holloway, el oxímoro inadvertido
pierde su eficacia retórica y puede llegar incluso a tener un efecto contrario.
Pues, hablando en plata ¿quién va a aceptar de buena gana, como programa,
balancearse al borde del abismo siendo al mismo tiempo realista? ¿quién va a querer el comunismo del saber que no se sabe? ¿quién va a compaginar el saber de que el saber de la
revolución ha sido derrotado con el no saber lo que puede ser una revolución
sin poder?
Es posible que el problema principal del libro de
Holloway esté precisamente en las palabras, en el cómo decir la cosa que se
piensa, en cómo manifestar y transmitir las propias convicciones. Y tal vez
haya un lenguaje más comprensible que este de Holloway para marxistas y
anarquistas que comparten el espíritu de la resistencia con otras gentes que
gritan. Probemos.
En vez de juntar el saber de que el saber de la
revolución ha sido derrotado con el no saber lo que puede ser una revolución
sin poder, se podría criticar la ignorancia (anticientífica) y proclamar la docta ignorancia para combatir la
infatuación cientificista y el desprecio de la ciencia. Eso lo entiende todo el
mundo por igual (empezando, creo, por el Lenin anterior a la revolución, por
cierto).
Sobre los excesos de la forma partido y el papel
nefasto del liderismo (que ha conducido, ciertamente, a nuevas formas de
cesarismo y bonapartismo), tal vez bastaría con tomarse en serio una estrofa de
aquel canto que seguimos cantando los unos y los otros: La Internacional; aquella estrofa que habremos repetido tantas
veces sin fijarnos y que termina así: "Ni tribunos". La cantan
socialistas, anarquistas y comunistas y luego adoran al líder del partido.
Modesta proposición, pues: cuando la volvamos a cantar nos paramos ahí y
pedimos un minuto de silencio para la reflexión: ¿qué queremos decir cuando
decimos "ni tribunos"?
En cuanto a la vieja y siempre nueva cuestión del
poder, después de aceptar que el estatalismo marxista ha tenido consecuencias
nefastas y de mostrar que el antipoliticismo anarquista se ha convertido
históricamente en otro politicismo, justo en aquellas ocasiones en que el
movimiento anti-poder se encontró de frente con Leviatán (véase la crítica de
Camillo Berneri a Federica Montseny en 1937), convendría, antes de decidir,
volver a preguntar y preguntarnos: ¿no queremos
tomar el poder o no podemos tomar el
poder? ¿Qué quiere decir realismo en esas condiciones: aceptar lo que no
podemos o querer lo que no podemos? Preguntado lo cual, todavía habría que
seguir pensando: no hay, no ha habido (¿y puede haber?) revolución que no se
haya hecho en beneficio de alguien.
Las mejores de ellas han pretendido hacerse en beneficio de la mayoría pensado
que en el futuro lo serían en beneficio de todos. Lo otro, lo que unos han
llamado "verdaderas revoluciones" y otros "revoluciones
pasivas" son, por lo que sabemos (y algo sabemos de eso), evoluciones
graduales, no despreciables, desde luego, pero casi siempre intercaladas en la
historia con revoluciones que se han hecho en beneficio de alguien y que acaban
aprovechando a la mayoría.
Dialogando con Atilio Borón sobre esta cuestión, John
Holloway ha precisado que nuestra lucha tiene que ser asimétrica con respecto a
la lucha del capital y que esto significa, de hecho, pensar en nuestra lucha
como antipolítica y necesariamente experimental. Comparto lo del carácter
asimétrico y experimental, pero pienso que hay que discutir más el argumento en
que se basa lo primero, la antipolítica. El argumento de Holloway es que
"la existencia misma de lo político es un momento constitutivo de la
relación del capital". Esto me parece una simplificación apresurada. Lo
característico del capitalismo actual es la degradación de la política, su
trivialización, su conversión en politiquería que beneficia a una minoría y que
tiende a hacer apolíticos a los demás. De ahí se sigue, desde luego, una
crítica radical de la política realmente existente (como mostró Maximilien
Rubel, la obra de Marx era también una crítica de la política en ese sentido).
Pero no tiene por qué seguirse la anti-política sin más, la anti-política
permanente, la negación de toda política. Puede seguirse también otra política,
otra forma de hacer política: la recuperación, en suma, de la política como
ética de lo colectivo, en la que la reflexión sobre el "ni tribunos"
eleve a los sujetos del grito a participantes activos en la lucha por poner el
bozal a Leviatán y a Behemoth.
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* Francisco Fernández
Buey, filósofo y marxista, profesor de historia de la filosofía y de
metodología de las ciencias sociales en diversas facultades del Estado Español,
autor de numerosos libros y ensayos sobre historia del pensamiento socialista y
en particular sobre los diversos aspectos del marxismo italiano a partir de
Gramsci.
Guillermo
Almeyra
John Holloway es un
pensador serio, que ha estudiado el Estado y que tiene un pensamiento abierto.
Por lo tanto merece ser leído a fondo y criticado. Se apoya en los aportes de
Marx sobre el fetichismo para combatir el dogmatismo que ha infectado buena
parte del pensamiento marxista (aunque, en su libro, curiosamente, deja de lado
autores que, como Christian Rakovsky o el mejor Trotsky, desbrozaron el camino
que él intenta recorrer en su lucha contra todas las manifestaciones de poder,
y en la vasta bibliografía que ofrece ni siquiera los menciona). Lo más
importante de su libro es que estimula a pensar en profundidad y a discutir lo
pensado (cosa que hoy es rara). Como otro libro con el
que tampoco estoy de acuerdo -Imperio, de Toni Negri y Michael Hardt- responde
además a una necesidad de encontrar una explicación teórica a lo que vivimos
actualmente, después del abandono por muchos no sólo de las recetas ideológicas
sino también del trabajo teórico. No es muy importante que las explicaciones de
Holloway, como las de Negri, sean a mi juicio muy insuficientes o erróneas y
que la interpretación de la esencia misma del pensamiento y de la acción
zapatista no corresponda con la realidad. Lo importante es que abre una
discusión entre quienes siguen empeñados en comprender "el mundo"
para transformarlo, no según sus deseos ni su voluntad, sino según las
tendencias que abren caminos hacia un futuro impredecible, pero no capitalista,
o sea hacia la "imposible pero urgente revolución".
A mi juicio, uno de los principales errores de
Holloway consiste en que, a diferencia de Marx, en el cual intenta apoyarse
constantemente, no ve de frente, no desmenuza los conflictos, no parte de la
realidad para teorizar sino que, creyendo seguir el método de Marx en El
Capital, trabaja con la abstracción y a partir de la teoría. Por eso no ve en
la consigna "¡Que se vayan todos!" -que, según él, es revolucionaria-
los límites que simbolizan la actual situación de buena parte de la izquierda
argentina. Porque el "que se vayan" indica que se espera (como en el
"que se mueran") de factores que no dependen de la propia conciencia
y voluntad, y hasta confianza en la existencia de restos de decencia entre los
que podrían decidir "irse". Es una consigna pasiva, como lleva a la
pasividad la idea de que el mundo cambiará cuando mágicamente todos seamos
cultos y buenos. Además, arrastrado por la idea de que todo poder reproduce el
poder, no ve como positiva la maduración política que lleva, en germen, a
algunas asambleas populares argentinas a tomar medidas que no sólo van contra
el poder capitalista sino que construyen una subjetividad anticapitalista y
relaciones que podrían dar base a un poder diferente en una transición entre el
capitalismo y una situación en que tanto el Estado como la alienación comiencen
a debilitarse.
Holloway parte también, por un lado, de la
verificación del desprestigio, impopularidad y carácter de freno de los
partidos y, por otro, de que todo intento de cambiar la sociedad por la vía
socialdemócrata o por la revolucionaria ha conducido al fracaso (como en la
Comuna de París) o a la degeneración monstruosa de la revolución que quería ser
socialista (como la rusa, porque la china o las de Europa oriental no fueron
revoluciones socialistas sino movimientos militares dirigidos por un partido
"socialista"). Esta comprobación equivale a decir que porque la gente
envejece y muere ni la vida vale nada ni nada se puede hacer para que sea
mejor. En cuanto a los partidos, nacieron con la Revolución Francesa y, en su
forma actual, se desarrollaron en el siglo XIX y se burocratizaron y separaron
de sus bases por su integración en el sistema capitalista y en el Estado. No
son pues eternos. Pero lo que sí es permanente es la necesidad de agruparse en
torno a ideas y necesidades y, por lo tanto, de la unión de gentes con una base
ética común, porque seguimos viviendo en un mundo en el que el trabajo
intelectual sigue separado del manual y en el que la mayoría de los oprimidos
está sometida a la dominación y la hegemonía cultural de su adversario. Por eso
están surgiendo partidos-movimientos o los movimientos sociales actúan como
partidos sui generis y hacen política, porque ésta no es sólo la que se hace en
las instituciones. No pronunciarse sobre ninguno de los problemas actuales
equivale a no dar el combate por el poder en la cabeza de las personas: eso es
la peor política, la que preserva el poder actual. Pero la marcha zapatista, o
mantener las armas, o aparecer en San Lázaro enmascarados para tratar de
imponer una ley a esa institución parlamentaria es hacer política, como lo es,
en el caso del Movimiento de los Sin Tierra, ocupar tierras para imponer una
reforma agraria. Desgraciadamente, Holloway se equivoca en su visión de la
política, se equivoca en lo que corresponde a la necesidad de un instrumento
político y se equivoca en la posibilidad de eliminar el poder estatal y el
poder en las relaciones sociales y en las personas sin sacar del poder a los
que asesinan, hambrean, enajenan, estupidizan.
Guillermo
Almeyra
La Jornada, 20 de octubre 2002
Octavio
Rodríguez Araujo
Comencé a leer con
seriedad y respeto el más reciente libro de mi amigo John Holloway hasta que
llegué a las páginas 41 y 42. Me refiero a su libro titulado Cambiar el mundo
sin tomar el poder, publicado por la Universidad Autónoma de Puebla y la
revista Herramienta del Partido Autodeterminación y Libertad, que dirige Luis
Zamora en Argentina.
Al llegar a las páginas mencionadas me dije que tenía
que escribir sobre el tema. No puede uno pasar por alto a un autor, aunque sea
mi amigo, que se siente el sumo pontífice al decir, así sin más, que "el
desafío revolucionario de comienzos del siglo veintiuno" es "cambiar
el mundo sin tomar el poder". No es una hipótesis, es una afirmación. Y su
punto de partida, el dato importante, es que el objetivo de la revolución es
"crear una sociedad basada en el reconocimiento mutuo de la dignidad de
las personas". Lo que no nos dice Holloway es cómo y a partir de qué y con
quién se va a crear esa sociedad basada en el reconocimiento mutuo de la
dignidad de las personas. ¿De qué personas está hablando el autor? ¿De las que
vemos en la calle avasallando a otras? ¿De las que regatean en los mercados,
incluso a los indios que venden con grandes dificultades sus artesanías? ¿De
las que tratan de ganar la delantera en un crucero de calles o que no respetan
la fila para abordar un autobús? ¿De qué personas y de dónde habla Holloway?
Las preguntas anteriores son a título de ejemplo,
pero podría llenar cuartillas sobre personas, de todas las clases sociales y
del mundo étnico, incluso del ámbito zapatista en Chiapas, que no toman o, en
algún momento, no han tomado en cuenta la dignidad de las personas, ni siquiera
en la vida cotidiana. Lo que John está suponiendo es que unas personas, no
enajenadas por las relaciones de producción y de consumo del capitalismo, que
no son influenciadas por la televisión, la radio, la escuela ni la familia ni
por tradiciones y usos y costumbres, crearán una sociedad basada en el
reconocimiento mutuo de la dignidad. ¿Y de dónde saldrán esas personas? Es más,
¿dónde están? Quisiéramos conocer ese mundo ideal de personas buenas, honestas,
altruistas, solidarias, sin ambiciones personales, desprendidas y bondadosas
que crearán esa sociedad, o ¿acaso serán esas personas comunes y corrientes,
con mezquindades y egoísmos, competitivas y gandallas, las que crearán esa
sociedad basada en el reconocimiento mutuo de la dignidad?
Usemos la misma dialéctica de Holloway. Si "lo
que está en discusión en la transformación revolucionaria del mundo no es de
quién es el poder sino la existencia misma del poder" (p. 36), ¿por qué no
usamos la misma lógica para la sociedad? ¿Por qué no decimos también que lo que
está en discusión en la transformación revolucionaria del mundo no es sólo
quiénes conforman la sociedad, sino la sociedad misma? La sociedad no es una
abstracción, está compuesta por personas concretas con sus cualidades y sus
defectos; con unas enajenaciones o con otras; con sus influencias, asumidas
conscientemente o no; con sus ambiciones, libres o enajenadas; con sus deseos,
válidos o no para ellas y para otras personas, etcétera. Si la sociedad
determina de alguna manera a los individuos, ¿éstos no determinan también a la
sociedad? Cada ámbito social, incluso comunitario, tiene sus códigos y
establece jerarquías, y con estos códigos y jerarquías se entienden y conviven,
como se entienden con una lengua específica. Pero los códigos de unos pueden no
ser compatibles con los de otros, de la misma manera en que el idioma de unos
no es comprensible para otros (y sirve, dicho sea de paso, para discriminar al
otro). Pareciera que es un problema de autoconciencia y que se asumiera ésta
como si todo mundo estuviera sicoanalizado o, para no meter una disciplina
discutible para muchos, como si todo mundo estuviera en sus cabales y no fuera
capaz de matar o robar por comida, agua o simplemente por defenderse de otros.
Holloway, al igual que otros, magnifica Seattle como
uno de los puntos de partida en las luchas contra el neoliberalismo (y
anticapitalistas, añade) y pasa por alto que el 30 de noviembre de 1999 en esa
ciudad del estado de Washington también participaron varios sindicatos de la
AFL-CIO que distan mucho de ser anticapitalistas y, peor aún, organizaciones
neonazis como AGAN (Anti-Globalism Action Network), también contrarias a la
globalización neoliberal y que se han presentado como National Alliance
(Alianza Nacional), cuya finalidad es atraer a jóvenes activistas
antiglobalización no politizados. Es la diversidad-identidad de la sociedad en
movimiento y, para citar a John, fuente de "importantes focos para el
movimiento del antipoder" (p. 42, nota). ¿Todos o sólo unos?
Octavio
Rodríguez Araujo
La Jornada
México D.F. Jueves 7 de noviembre de 2002
Notas
sobre el grito de Holloway*
Rhina
Roux**
"El acto de “intervención” política propiamente
dicho no es solo algo que da resultado dentro del marco de las relaciones
existentes, sino algo que cambia el marco
mismo que determina el funcionamiento de las cosas. La política es el arte
de lo imposible, ya que cambia los
parámetros mismos de lo que se considera “posible” en la constelación
existente."
Slavoj Zizek, El espinoso sujeto. El centro ausente de la
ontología política.
1.
El trabajo intelectual de John Holloway se ha
inscrito, desde hace más de tres décadas, en la tradición del marxismo crítico:
una tradición de pensamiento que partiendo de las categorías y del método
crítico de análisis de Marx, se ha esforzado por pensar la dominación y la
insubordinación partiendo de la comprensión del capital como una forma de
relacionalidad social y, por tanto, incorporando en la reflexión las
dimensiones de la subjetividad, el Estado y la política.
Lejos ha estado esta tradición del marxismo de la vulgarización,
de la renuncia a la reflexión teórica o del reemplazo del análisis crítico por
las formulaciones doctrinarias. Lejos también de aquellas versiones
positivistas o economicistas que redujeron el capital a una categoría
económica, a una especie de demiurgo que actuara por encima de los hombres, que
pensaron en el Estado en términos instrumentalistas o la historia como si se
tratara de un proceso sin sujetos.
Dentro del amplio campo de corrientes de pensamiento
que en el siglo XX conformaron la tradición de un marxismo abierto, John
Holloway fue uno de los representantes más lúcidos de la llamada “escuela
derivacionista”: una corriente de ideas formada al calor del debate intelectual
europeo de los años setenta que, tanto frente a la visión instrumentalista del
Estado como frente a aquella que insistía en su “autonomía relativa”, intentó
fundamentar la existencia -y la forma de aparición cosificada- del Estado
desplegando el método y las categorías del discurso crítico de la economía
política de Marx.
Tesis centrales de aquella discusión fueron, por un
lado, la idea del Estado como una forma
de las relaciones sociales capitalistas y, por el otro, la idea de que la
aparición separada de la economía y
la política era, justamente, un
momento de la fetichización implicada en la peculiar forma de dominación del
capital: una forma de dominación sin coerción física directa, no basada en
lazos de sujeción personal, sino mediada a través del intercambio mercantil
voluntario entre sujetos privados.[1] En
contra de una imagen mítica de la revolución o de la espera del Paraíso
prometido al final de los tiempos, la lucha contra el capital se planteaba
desde entonces, para decirlo con Holloway, como “una lucha cotidiana” por
desarticular sus formas: “trabajar en
contra de estas formas, desarrollar a través de la práctica, formas
materiales de contra-organización, formas de organización que expresen y
consoliden la unidad subyacente de la resistencia a la opresión clasista,
formas de organización que se opongan a las formas fetichizadas y fetichizantes
de la ‘política’ y la ‘economía’ burguesa”.[2]
Holloway intenta hoy enlazar aquellas elaboraciones
teóricas con el discurso político del zapatismo: un discurso cuya peculiaridad
ha consistido en plantear la emancipación humana “sin tomar el poder”, en obvia
referencia a aquel discurso socialista que colocó en la “conquista del poder
estatal” la condición necesaria para la transformación revolucionaria de la
sociedad.
2.
El punto de partida de Holloway es el grito. Metáfora de la oposición, del
rechazo, de la disonancia, el uso de esta figura quiere expresar no sólo una
pulsión rebelde, sino una toma de postura
ética: una defensa de la vida y la libertad humanas, afirmación del placer
y no del dolor, del goce y no del sufrimiento frente a la cada vez más inhumana
organización capitalista del mundo.
En contraste con otros escritos, Holloway se propone
en este libro construir un discurso político: uno que no se plantea únicamente
explicar la realidad, sino apelar a la
acción para cambiar el mundo. Su argumentación no se construye en el vacío.
Se presenta explícitamente como crítica del discurso socialista dominante en el
siglo XX y, en concreto, de su variante leninista: aquel discurso que situando
en la clase obrera el “sujeto revolucionario” y en el Partido el instrumento de
organización, educación y dirección política del cambio, se planteó la
transformación revolucionaria del orden social capitalista a través de la
conquista del poder político y de la construcción -transitoria- de un Estado
revolucionario.
No pienso -como a veces parece sugerir Holloway- que
aquel discurso -que se planteó seria y honestamente trascender el capital y
construir una nueva forma de relación entre los seres humanos- haya sido
producto solamente de la maldad o de un error interpretativo de sus exponentes.
Ese discurso socialista perteneció en realidad al gran arco cultural abierto
con el discurso político de la modernidad: con su fe en el “progreso”, con su
culto a la Razón, con su imagen de la historia como un proceso lineal y
ascendente, pero también con su mitología y religiosidad (su imagen mítica de
la revolución, su divinización de la Voluntad humana y su fe en la omnipotencia
del Hombre para cambiar una socialidad en realidad tejida en los tiempos largos
de la historia).
Ese discurso, por lo demás, no se construyó sin
referentes. Abrevó del discurso de Marx, en el que ya estaban planteadas la
idea de la “dictadura del proletariado” y de la conquista del poder político
como condiciones de la emancipación humana. No se trata aquí de buscar
“culpables” o de rastrear en la búsqueda de un pecado original. Se trata más
bien de comprender el tiempo histórico y cultural en que se construye un
pensamiento y de oponerse a ver en el discurso crítico de Marx -como en el de
cualquier otro clásico- una doctrina cerrada para ver en cambio un pensamiento
crítico abierto, vivo, atravesado también por tensiones internas.
Hombre de su tiempo, la idea de la revolución y la
certeza misma del triunfo de la Razón, eran parte del imaginario político de la
todavía fresca revolución frances en la que Marx estaba inmerso. Marx es un
pensador moderno y a la vez antiguo. Abreva de Kant y de Hegel, pero también de
Aristóteles. Apela a la voluntad, a la razón y a la dignidad redescubierta
desde el renacimiento. Es su figura heroica la de Prometeo encadenado. Pero es
también un pensador que abreva del mundo antiguo: que rescata la idea de
comunidad política como asociación de libres e iguales y que ve en la libertad
y en la política atributos exclusivos de la condición humana.
De esas raíces y de esas razones habría que partir
para intentar comprender las tensiones internas de su pensamiento. Esas que se
revelan en la presencia simultánea en su discurso de conceptos e ideas
aparentemente contradictorias. Marx habla de la dictadura del proletariado,
pero también de república social. Coloca el lado activo y vital del proceso de
dominación en el trabajo vivo, para
luego darle una ubicación corpórea, empírica, en la clase obrera. Sin esas
tensiones internas no es posible comprender -antes que juzgar- la forma y los
contenidos del discurso socialista que atravesó el siglo XX.
3.
Holloway somete a crítica un discurso revolucionario
que se quedó atrapado en las formas y categorías del capital (incluida la
forma-Estado) y en la mitología del discurso político de la modernidad. Se
trata de aquel discurso socialista, dominante en el pensamiento de la izquierda
del siglo XX, que planteó la transformación del orden social a través de la
construcción de un Estado revolucionario y que colocó en el Partido el sujeto
guía-organizador del cambio.
El autor apunta lo que le parecen las inconsistencias
de ese discurso: 1) la pretensión de transformar la sociedad a través del
Estado, es decir, tomando como punto de partida una forma política propia de la
sociedad capitalista que quería ser desarticulada; 2) la concepción
instrumental de la lucha política: la adopción acrítica de la racionalidad
medios-fines que permitió justificar, en nombre del socialismo, imperativos de
la razón de Estado; 3) el colocar en un ente externo: el Partido, la solución
del problema de la revolución, cuya realización quedaba reducida a una cuestión
de “adquisición de conciencia” por el sujeto destinado a hacer la revolución;
4) la comprensión positivista de la lucha de clases: una visión de la
confrontación capital-trabajo como si se tratara de un conflicto entre dos
fuerzas externas, empíricamente ubicadas (burguesía por un lado, clase obrera
por el otro) y, en consecuencia, el menosprecio de otras luchas y la
incapacidad de comprender las múltiples configuraciones históricas que adopta
la dominación del capital y la insubordinación y resistencia del trabajo vivo.
Frente a ese discurso, Holloway intenta fundamentar
una teoría alternativa de la revolución. Su punto de partida es, sin embargo,
desafortunado: “cambiar el mundo sin
tomar el poder”. Estrictamente, el poder no se puede “tomar” porque no es
una cosa, sino una relación social: una forma de interacción recíproca entres seres humanos. La categoría poder no
refiere a una cosa o a un atributo personal, sino a una relación práctica entre voluntades, una de las cuales es
sometida o negada para la existencia y afirmación de la otra.
Aun en esta primera aproximación, que entiende el
poder no como una cosa sino como una relación social, el término sigue siendo
impreciso, abstracto. Las relaciones de poder se tejen en realidad en distintos
ámbitos de la vida social: en las relaciones eróticas, en la esfera del trabajo
y de la reproducción material de la vida, en el ámbito que compete a la
ordenación de la vida en común (res publica). Cuando habla del «poder» Holloway no aclara si
se trata de la relación de dominio-subordinación implicada en el capital o si
se está refiriendo al vínculo de mando-obediencia implicado en el poder
político, que tiene sus propias reglas y símbolos. Se infiere, por el discurso
al que dirige su crítica, que Holloway alude específicamente a “no tomar el
poder político”: a no colocar en el centro de la estrategia revolucionaria
“ganar el poder estatal”. Y es aquí, en este punto, donde empiezan a aflorar
los nudos problemáticos de su argumentación.
Holloway desarrolla la idea del Estado como una forma
del capital y subraya que su aparición cosificada y autonomizada es un momento
del despliegue del capital entendido como una forma histórica de la dominación
cuya peculiaridad consiste en realizarse ocultándose: una forma de dominación
que no aparece como tal porque no se realiza bajo la forma de relaciones de
dependencia personal ni usando la coerción física directa, sino mediada por el
intercambio de mercancías entre individuos libres e iguales. Se trata de una
forma histórica de la dominación que hace aparecer las relaciones entre seres
humanos como si se tratara de poderes de las cosas sobre las personas. Como lo
son también, por lo demás, el dinero o la mercancía: formas que expresan
relaciones sociales y que sin embargo aparecen como cosas.
Sin embargo Holloway nunca explica en qué consiste el
proceso estatal, cuál es el tipo de vinculación humana implicada en el Estado.
¿Es de la misma naturaleza la relación mercantil que la relación estatal? ¿pueden ser asimiladas la forma-dinero, la forma-mercancía y
la forma-Estado? Plantear que el Estado es una forma de las relaciones sociales
capitalistas no nos resuelve el problema: ni para una comprensión teórica de la
dominación ni para la construcción de una teoría de la insubordinación. Es un
paso fuerte en relación con la visión instrumentalista del Estado o con aquella
que confunde el Estado con el aparato estatal o la que lo identifica con los
gobernantes. Pero es un paso que apenas abre el problema. Y la ausencia de
reflexión sobre la naturaleza de la
relación estatal tiene repercusiones teóricas -y políticas- inmediatas.
Súbitamente, en su despliegue argumentativo, la
imagen cosificada del Estado que Holloway quiere combatir se le cuela por la
ventana. Así, el Estado aparece en la narración como si fuera un ente externo a
la sociedad, un sujeto con voluntad propia -capaz de actuar o no-actuar- e
identificado con los gobernantes:
El hecho de que el trabajo esté organizado sobre una
base capitalista, significa que lo que el
Estado hace y puede hacer está limitado y condicionado por la necesidad de
mantener el sistema de organización capitalista del que es parte.
Concretamente, esto significa que cualquier
gobierno que realice una acción significativa dirigida contra los intereses
del capital encontrará como resultado una crisis económica y la huida del
capital del territorio estatal.[3]
Porque se plantea como una lucha por construir una
nueva forma de relacionalidad humana, la lucha por el socialismo no puede
proponerse construir una relación estatal: con su ejército, su burocracia y su
poder soberano. El Estado es una forma histórica de la unidad política: es la
forma que adopta la vida política en la socialidad capitalista. Pero ello no
significa, a menos que pretenda sacrificarse un proyecto civilizatorio y la
propia condición humana, renunciar a la comunidad
política: a la libre construcción de una asociación humana que, ordenando
normativamente la convivencia, garantice a sus miembros la plena realización de
su individualidad concreta.[4]
Si la clave explicativa de la forma-Estado no está en
la naturaleza ni en las pasiones humanas, sino en una forma específica de
relacionalidad social, entonces una nueva forma de relacionalidad humana
estaría acompañada de una nueva forma de organización de la vida política. La
Comuna de París, la organización de los soviets, los consejos obreros en
Alemania e Italia y las leyes de organización municipal proyectadas en la
rebelión campesina zapatista durante la revolución mexicana fueron algunas de
las experiencias históricas concretas de esos intentos de construir formas
políticas alternativas a la forma estatal-nacional moderna. En cualquier caso,
la construcción de un modelo de comunidad política que esté fundada en el
reconocimiento recíproco de la libertad y dignidad humanas sólo puede ser eso:
una idea regulativa que nos permita criticar lo existente y orientar éticamente
la acción. No se trata de oponer al capital un modelo de organización social diseñado para ser implantado desde arriba, de imponer
utopías o de regimentar el pensamiento, las actividades, la vida íntima, los
deseos y los sueños.
4.
El intento de Holloway de contribuir en la
construcción de una teoría de la revolución que sea alternativa al discurso
socialista del siglo XX es un esfuerzo serio. Holloway no trata simplemente de
oponer una verdad a otra. Intenta poner en discusión los a prioris de aquel discurso, mostrar lo que le parecen sus
inconsistencias teóricas y construir un discurso
del anti-poder que esté consistentemente anclado en una tería de la
dominación y en una teoría de la insubordinación.
Recuperando el razonamiento de Marx en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844,
Holloway despliega una teoría de la dominación del capital que, partiendo de la
categoría hacer como cualidad
distintiva de lo humano y colocando el trabajo
enajenado como categoría clave del análisis, quiere no sólo develar el
significado profundo del capital como negación de la vida y la libertad humanas
sino poner al descubierto el fundamento
intersubjetivo, el carácter procesual
y la fragilidad de la dominación. En
la densa y compleja fundamentación teórica de Holloway destacan varias ideas:
i) el capital no es una categoría
económica, sino un concepto que alude a una relación
de sujeción. El capital refiere a una forma histórica de existencia y
reproducción de la vida social fundada en el mando sobre la actividad vital -y no sólo productiva- de unos para
la reproducción -fragmentada y alienada- de la vida de todos. La dominación
implicada en el capital no está en la apropiación gratuita de plustrabajo
(explotación). Su núcleo dinámico reside en la disposición y control sobre el hacer humano: en la negación de la
propia actividad (vida humana) contenida en la subordinación del hacer a la
valorización de valor;
ii) la tragedia constitutiva del capital
es que su existencia depende de trabajo vivo, de la actividad del dominado;
iii) las formas del capital (dinero,
mercancía, Estado) no son relaciones fijas, sino procesos: formas de la vida
social en constante reconstitución. La dominación no es una relación fija, dada
de antemano. Es un proceso fluido, dinámico, permanentemente atravesado por el
conflicto y el desorden;
iv) si la dominación del capital implica
sometimiento de la actividad vital humana, entonces el significado de la
emancipación no puede ser la inversión de esa relación: la construcción de un
nuevo poder. La emancipación sólo puede significar liberación del poder-hacer, reapropiación del control de la propia
vida, autodeterminación. En otras palabras, construcción de una nueva forma de
relacionalidad humana;
v) la desarticulación del paradigma del
“sujeto revolucionario” y la idea de que la relación de dominación
capital-trabajo adopta distintas configuraciones y, por tanto, la idea de que
son en realidad múltiples las formas de la rebeldía;
vi) el
soporte material y la posibilidad de liberación no están en un ente externo.
Están ya contenidas en la propia dialéctica de la dominación: en la existencia
-negada- de trabajo vivo, subjetividad, creatividad, vida humana;
vii) una teoría de la crisis del capital
que ubica no en los movimientos impersonales de la economía, sino en la
dinámica centrífuga de la lucha capital-vida humana -y en intensificación de
esa lucha- la fuente de la peculiar fragilidad del capital;
viii) una teoría de la revolución que
piensa la revolución no como un acto fundacional, como punto de quiebre de un
orden social para construir sobre sus escombros un orden social radicalmente
distinto, sino como un movimiento cotidiano que está presente en cada momento
orientado a configurar la propia vida y a construir una nueva forma de
relacionalidad humana.
5.
Los nudos problemáticos de la argumentación de
Holloway se encuentran sin embargo, paradójicamente, en el terreno de la
política: en la ausencia de lo político
y en la negación de la política.
Ausencia y negación que resultan paradójicas justamente porque los temas
centrales de la reflexión: dominación, insubordinación y transformación de un
orden social injusto, son asuntos que competen a la política.
El capital es control sobre la actividad humana,
dominio del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, subsunción de la vida en el
proceso de valorización de valor. La socialidad abstracta mercantil-capitalista
vincula a los hombres separándolos: enlazando sus actividades a través de la
forma-mercancía y la forma-dinero, creando entre ellos una comunidad abstracta
fundada en la ajenidad y la indiferencia recíprocas en tanto seres humanos.
Frente a ese metabolismo social Holloway plantea construir otra forma de
relacionalidad humana: una forma de vinculación social fundada en la liberación
del poder-hacer y en el reconocimiento recíproco como personas. ¿De qué manera?
El entrelazamiento de la amistad, del amor, de la
camaradería, de la comunalidad ante la reducción de las relaciones sociales al
intercambio de mercancías: ese es el movimiento material del comunismo. Los no-subordinados son los anti-héroes de la revolución. Este
no es, ciertamente, un llamado a ser pasivo sino más bien a tomar como
principio central de la organización revolucionaria la idea zapatista de que
somos los comunes-por-lo-tanto-rebeldes.[5]
El capital es una forma de organización de la vida
social que descansa en la permanente subsunción de trabajo vivo en el proceso
de valorización de valor. Esta dominación se realiza de manera impersonal, sin
coerción física directa, a través de la mediación del intercambio mercantil
privado. El capital crea así su propia comunidad: una comunidad abstracta del
dinero, fundada en la indiferencia y la utilización recíprocas de las personas
como medios y cuyo nexo social es la forma-valor.
Pero el capital no es un proceso que se teja
exclusivamente en los circuitos de la producción material y la circulación
mercantil. El capital contiene también un momento político: el de la violencia
concentrada, el de la relación
estatal, el del Imperio, el de la
guerra.
Porque se trata de un proceso relacional entre seres
humanos y no del automovimiento de cosas, el capital supone también el momento
de la decisión política, unitaria y
centralizada. Ese momento del que irradia, que organiza, que da forma política a un modo de
estructuración de la vida social. En otras palabras, el capital contiene
también el momento del mando político:
el que rige, el que establece la ley común -obligatoria y vinculante- y cuya
transgresión está sancionada con el uso de la coerción física, de la imposición
de penas y castigos. El capital es también violencia
concentrada.
El capital no se autorreproduce desde la circulación
de mercancías ni desde los movimientos impersonales del dinero. El capital
supone también el momento de la decisión
política: ese momento de intervención
de la voluntad humana capaz de determinar la forma de organización de la
vida pública (dentro de un territorio estatal-nacional, pero también a escala
regional y mundial).
Es ese momento de decisión política el que está
detrás de los procesos de restructuración de la economía, de despojo y
transferencia de bienes públicos a manos privadas, de desregulación financiera,
de las políticas migratorias, de las políticas salariales, de los proyectos de
integración económica regional, de las estrategias de seguridad y de las
medidas relativas a la reordenación geopolítica mundial. Es este momento de
decisión política, unitaria y centralizada, orientada a irradiar universalmente
los intereses del capital global, el que encuentra su forma corporeizada
suprema en el mando imperial y sus
representaciones institucionales (Pentágono, CIA, OTAN, OEA, ONU, FMI, BM).
Y el capital es también violencia concentrada: amenaza de coerción física, extra-económica,
más allá de la violencia impersonal e invisible implicada en los movimientos de
mercancías, capitales y dinero que arrasan con los mundos de la vida y dislocan
las relaciones humanas cotidianas.
6.
El capital contiene también un momento político de vinculación humana. Lo
contiene, primero, porque no puede fundar la reproducción del orden social
exclusivamente en el funcionamiento de una república
de las mercancías, esto es, en los lazos integradores, impersonales, del
mercado. Necesita también de un entramado normativo que cohesione políticamente
a los individuos, regulando su convivencia más allá de los vínculos
establecidos en la producción y en los intercambios mercantiles privados.
El metabolismo social implicado en el capital
transita por la relación estatal. El
Estado no es una cosa ni se reduce a los gobernantes. No es una sustancia, un
sujeto o un ente externo a la sociedad. El Estado es un proceso relacional: un proceso activo, dinámico, fluido, que se
teje en interacciones recíprocas
entre los seres humanos, que se realiza en el conflicto y en cuya configuración
participan también las clases subalternas.
El Estado es una forma específica de vinculación
humana que se construye artificialmente, por medios políticos, para unificar de
manera perdurable a los hombres y ordenar jurídicamente su convivencia. Se
trata de una asociación humana cuyos partícipes están unidos no por vínculos de
parentesco o por los lazos implicados en el intercambio mercantil, sino por
leyes comunes y bajo el mando de una autoridad suprema.
Este momento político del que “brota” la forma-Estado
no es producto del arbitrio ni de un engaño colectivo. Está anclado, por un
lado, en la política: actividad humana que relaciona a los hombres en tanto
copartícipes de una forma organizada de su vida en común, de su vida pública (res publica).
Está contenido, por el otro, en la propia dialéctica de la dominación que, para
ser tal, supone al mismo tiempo un proceso de negación y reconocimiento del
dominado. Porque es una relación entre
voluntades y no una potencia del hombre sobre cosas, la dominación no puede
significar -sin negarse a sí misma- la anulación radical y absoluta de la
voluntad del subordinado: su conversión en una cosa.
Porque es una interacción
recíproca entre seres humanos la dominación es una forma de vinculación no
fijada de antemano. Es en realidad un proceso
político conflictivo, dinámico, en el que, para decirlo con Barrington
Moore, los términos del “contrato social” (que, explícita o implícitamente,
sostiene a todo ordenamiento humano) y los límites de la obediencia y
desobediencia están en continua renegociación.[6]
Es en ese proceso conflictivo, dinámico, en el que se
crea y recrea un orden normativo que vincula a dominadores y dominados y que,
unificándolos, mantiene la fragmentación interna de la sociedad cohesionada: el
Estado.
La relación estatal, sin la cual la dominación del
capital no podría realizarse, transita por la hegemonía, la legitimidad, el
mando político. Pasa por ese momento que los romanos entendían, justamente,
como legitimus imperium: el mando
conforme a la ley. La relación estatal de mando-obediencia requiere de la
conformidad de los gobernados para obedecer las leyes y para acatar
voluntariamente el mando. Requiere de la creencia
en la validez de un orden, lo cual supone, a su vez, la existencia de un
código de valores y normas morales colectivamente aceptados.[7] El
capital no puede prescindir de este momento, que es también parte de su
tragedia constitutiva.
El Estado es en realidad un proceso inestable. En su
existencia y modo de manifestación, la forma-Estado expresa el permanente
intento de unificar una sociedad, de suspender el conflicto, de
institucionalizar y domesticar la política. Pero nunca ese proceso queda
fijado, cristalizado. Porque se trata de un vínculo dinámico entre seres
humanos, la estatización de la vida social está siempre atravesada por el
conflicto y desbordada por la política autónoma de las clases subalternas.
7.
En el terreno de la historia y de la vida de los
seres humanos de carne y hueso, el capital se enfrenta cotidianamente a la
política de las clases subalternas. Las más de las veces, cuando intervienen en
política -dentro o fuera de las instituciones estatales, participando o
absteniéndose en elecciones, a través o por fuera de los partidos políticos-
las clases subalternas buscan con su actividad modificar las reglas que ordenan
la convivencia y los principios que deben guiar el “bien público”. En
ocasiones, más esporádicas, esa intervención en política de los subalternos
adopta la forma abierta y violenta de la insurrección, dirigida también, en
último término, a redefinir las reglas de la convivencia: de lo justo y de lo
injusto, de lo que se debe y lo que no se debe en la organización del
vivir-juntos.[8] En cualquiera de los
dos casos, que dependen de un entramado material y simbólico específico, ello
significa que las clases subalternas juegan un papel activo en la configuración
y redefinición de un orden político.
Otras veces, muy pocas si las consideramos en los
tiempos largos de la historia, la acción política de los subalternos -cuyos
resortes no están en una rebeldía abstracta, sino en agravios y humillaciones
experimentados y resignificados desde la memoria, mitos y costumbres
colectivas- se plantea preservar-construir relaciones sociales distintas y
opuestas a la socialidad abstracta mercantil-capitalista (la mayoría de las
veces más como defensa de un mundo de la vida que como proyección de sociedades
futuras). En esas experiencias y desde su propio imaginario, es que las clases
subalternas ensayan la construcción de formas de vida política alternativa:
formas de deliberación de los asuntos colectivos, de gobierno y administración
de los asuntos públicos y de impartición de justicia.
La comprensión de la dominación no sólo supone
considerar el momento de la relación estratal y la función de la política
autónoma de las clases subalternas en la configuración de ese vínculo. Supone
también considerar la función que en esa acción política juegan la metáfora,
los mitos y las creencias colectivas. Supone considerar los motivos que
impulsan a los subalternos a la acción: esos resortes profundos -la mayoría de
las veces no materiales- estudiados y formulados bajo la forma del mito en Gramsci, la idea de redención en Benjamin, la añoranza de una justicia plena en Adorno
o el sentimiento de injusticia en
Barrington Moore. La rebeldía no es una cualidad abstracta. Se construye y se
nutre en mundos de la vida y ensamblajes culturales sedimentados en la
historia: mitos, costumbres, tradiciones y representaciones colectivas. En
otras palabras, en formas concretas -materiales y simbólicas- de relacionalidad
social enraizadas en la historia.
En cualquier caso es en la política autónoma de las
clases subalternas en la que se revela, para decirlo con Zizek, el carácter
traumático de lo político: la irrupción de aquello que cambia los parámetros de
lo existente. El momento de la política como el arte de lo imposible: el de la
acción humana capaz de cambiar, con efectividad, aquello que puede ser de otra manera.[9]
8.
La realización del capital transita también por el
proceso político de la «toma de la
tierra»: ese momento político que los griegos ubicaban como acto primitivo
ordenador del espacio y fundante de derecho. Holloway encuentra en la
“desterritorialización” y en la movilidad rasgos peculiares de la dominación
abstracta e impersonal del capital respecto de otras formas históricas de la
dominación. “La suposición de que Estado y sociedad son co-extensivos pasa totalmente
por alto el hecho de que lo que distingue al capital como forma de dominación
respecto de formas previas de dominación de clase es, principalmente, su
movilidad esencial”. Y agrega:
El capital, a diferencia del señor feudal, no está
atado a un grupo particular de trabajadoras y trabajadores o a un lugar
particular. La transición del feudalismo al capitalismo liberó el ejercicio del
poder-sobre respecto de las ataduras territoriales [..]
La constitución capitalista de las relaciones sociales es esencialmente global.
Su no-territorialidad es propia de la esencia del capital y no sólo el producto
de la fase actual de la “globalización”.[10]
No. La realización del capital pasa también por la
fijación del proceso de valorización en un territorio. Requiere la “toma de la
tierra”, la ocupación de territorios, el despojo de recursos naturales y la
ordenación política del espacio (aéreo, marítimo y territorial). El acto
político constitutivo de la modernidad capitalista fue, precisamente, un acto
de «toma de la tierra» y -por primera vez en la historia de la humanidad- un
acto de ordenación política del espacio
global: un acto de ocupación y despojo de territorios ajenos cuya forma
política fue la destrucción e incorporación de un área cultural (la asentada en
territorio mesoamericano) en la primera organización imperial moderna.
Lo que hoy presenciamos con la globalización no es
solamente un proceso de universalización de la socialidad abstracta
mercantil-capitalista. Es también una reconquista de territorios, un violento
proceso de despojo y apropiación privada de recursos naturales y una
reordenación política del espacio mundial.
Este proceso modifica las coordenadas de la reflexión
sobre las vías y modos de la emancipación. La nueva configuración del capital
global está rompiendo, de manera selectiva y diferenciada, con atributos del
Estado nacional todavía vigentes en el Estado keynesiano del siglo XX. En
algunos casos -no en todos- la globalización socava el control estatal del
espacio territorial, amenaza la existencia del espacio político de la
convivencia (la forma estatal-nacional que, en muchos casos, como en México,
fue construida defensivamente y en los tiempos largos de la historia) y el
soporte territorial de la existencia.
Los procesos de integración regional, la reordenación
política del espacio mundial, la construcción de circuitos productivos y
mercantiles “por encima” y “por debajo” de las fronteras territoriales de los
Estados y los nuevos flujos migratorios de la fuerza de trabajo colocan en
otras coordenadas la discusión sobre estrategias revolucionarias.
La reconfiguración del capital global -ese proceso
conflictivo y contradictorio que no ha terminado- enlaza rebeldías locales,
establece un piso ético común y
articula las luchas en un programa político -todavía fragmentado- de defensa de
derechos individuales y colectivos que forman parte de un proceso
civilizatorio. La defensa de la tierra, la preservación del espacio
material-cultural, la recuperación del espacio de lo político, la defensa de
bienes que son patrimonio público, la resistencia de mundos de la vida a ser
barridos por la racionalidad abstracta mercantil-capitalista y la libre
circulación de las personas -y no sólo de mercancías y capitales- a través de
las fronteras son parte de esa confrontación.
9.
Riesgoso y paralizante es, en medio de una ofensiva
ideológica que alienta el renegar de la política y lo político, plantear la anti-política como alternativa. De lo
que se trata -dice Holloway con razón- no es de construir una nueva relación de
poder entre los hombres, sino de desarticular cotidianamente el poder del
capital construyendo en la práctica nuevas formas de relacionalidad humana,
emprendiendo una “lucha diaria por retener o recuperar el control sobre
nuestras propias vidas”:
La no-subordinación es la lucha simple y no
espectacular por configurar la propia vida. Es la oposición de las personas a
renunciar a los placeres simples de la vida, su resistencia a volverse
máquinas, la determinación de fraguar y mantener algún grado de poder hacer [..] El movimiento del poder-hacer, la lucha por emancipar el
potencial humano, es el que brinda la perspectiva de la ruptura del círculo de
la dominación. Sólo por medio de la práctica de la emancipación del poder-hacer
puede superarse el poder-sobre.[11]
Sin embargo, este proceso de ruptura de la dominación
es planteado como una lucha anti-política:
La política revolucionaria (o mejor dicho, la
anti-política) es la afirmación explícita de lo negado en toda su infinita
riqueza. “Dignidad” es la palabra que los zapatistas utilizan para hablar de
esta afirmación [..] El movimiento de la dignidad
incluye una enorme variedad de luchas contra la opresión, muchas de las cuales
(la mayoría) ni siquiera parecen luchas; pero esto no implica un enfoque de
micro-políticas, simplemente porque esta riqueza caótica de luchas es una sola
lucha por emancipar el poder-hacer, por liberar el hacer humano del capital.
Más que una política es una anti-política simplemente porque se mueve contra y
más allá de la fragmentación del hacer que el término “política” implica, con
su connotación de orientación hacia el Estado y de distinción entre lo público
y lo privado.[12]
Holloway soslaya, primero, que esa afirmación de la
dignidad humana expresada en la rebelión indígena zapatista se sostuvo en una insurrección armada. Que las comunidades
indígenas de Chiapas organizaron su rebeldía bajo la forma de un ejército (con mandos, disciplina y
jerarquías internas) y que fue una interpelación
política hecha con las armas en la
mano la que hizo visible -y atendible- su insubordinación.
De otro lado, Holloway parte de una identificación
errónea: la asimilación de la política con lo estatal y su reducción a una actividad moralmente condenable exclusiva de gobernantes, políticos
profesionales y dirigentes.
La reducción de la política a una actividad referida
al Estado, a la acción orientada a dirigir el aparato estatal, a conquistar el
poder político o influir en él -sea como un medio o como un fin- ha sido un
componente del imaginario político de la modernidad y ha acompañado la
existencia del Estado nacional, soberano y territorialmente delimitado,
conformado y difundido por el mundo entre los siglos XVI y XX. Desprendida en
realidad de una visión que considera el monopolio de la violencia física como
rasgo distintivo de lo estatal -visión por cierto no compartida por Marx- fue
esta noción de la política la expuesta por Weber en La política como vocación:
el Estado es una
comunidad humana dentro de los límites de un territorio establecido, ya que
éste es un elemento que lo distingue, la cual reclama para ella -con el triunfo
asegurado- el monopolio de la legítima violencia física [..] Por consiguiente,
el concepto político habrá de significar la aspiración (streben) a tomar parte en el poder o a influir en la distribución
del mismo, ya sea entre los diferentes Estados, ya en lo que concierne, dentro
del propio Estado, a los distintos conglomerados de individuos que lo integran
[..] Quienquiera que haga política anhela llegar al poder; al poder como medio
para el logro de otras miras, ya sea por puro ideal o por egoísmo, o al “poder
por el poder”, para disfrutar de una sensación de valimiento, la cual es
concedida por el poder.[13]
La política es un concepto que desborda lo estatal.
La política refiere a esa cualidad específicamente humana -no presente en
ningún otro ser vivo sobre la tierra: el atributo de la libertad, de la acción
humana orientada a la construcción de las normas que regulan la convivencia. En
contraste con las actividades orientadas a la reproducción material de la vida,
a la satisfacción de necesidades (producción, intercambio), la política es el
ámbito de la confrontación en el que se decide el cómo organizamos, nosotros -no ellos- nuestra vida
colectiva. Es la política la que otorga el carácter humano al proceso de reproducción de la vida, haciéndola trascender
la mera reproducción de la existencia física: la presencia de configuraciones
simbólicas que dan sentido a la experiencia de los seres humanos en el mundo y
la construcción -en la confrontación y en el acuerdo- de las normas que regulan
el vivir juntos.
10.
La lucha contra el capital es una confrontación política que, para ser
efectiva, debe realizarse con medios
políticos. Ello no significa reducir la actividad política a la
participación en elecciones o a la ocupación de puestos en el aparato estatal
(espacios propios de la política estatal que, por lo demás, son también
utilizados por las clases subalternas para expresar inconformidad y rebeldía).
Significa que la lucha contra el capital es, sobre todo, una lucha por
construir nuevas reglas de organización de la vida social: por redefinir las
normas que ordenan la convivencia, lo que compete a todos, lo relativo a la res publica. Esta lucha es, necesariamente,
una confrontación política.
La lucha contra el nuevo poder incontrolable del
capital global pasa no por una negación de la política, ni por una apuesta a la
pasividad, sino por una recuperación de
la política. Y supone también volver la mirada a las múltiples formas que
adopta la política autónoma de las clases
subalternas: esa que nutrida en agravios y humillaciones, se construye
cotidianamente en la experiencia y está anclada en la memoria de luchas,
victorias y derrotas pasadas.
Esa lucha supone, sí, una disputa por la soberanía: una confrontación en la que lo que se
juega no es la ocupación del aparato administrativo del Estado, sino quién decide -y desde qué principios y
con qué fines- las reglas que ordenan la vida de todos.
Si la lucha contra el capital es una lucha por la
construcción de una nueva forma de relacionalidad social y por la recuperación
de la condición humana, entonces esa lucha es también, necesariamente, una que
supone trascender la politicidad enajenada: la expropiación por el capital a
los seres humanos -naturalmente sociales y, por tanto, políticos- del derecho a
organizar, controlar y decidir libremente la forma de organización de su vida
social. Es la lucha por la construcción de aquello que Marx, frente a la
comunidad ilusoria estatal, visualizaba como una comunidad real y verdadera: una asociación política fundada en la
libertad, en la plena realización de la individualidad concreta y en el
reconocimiento recíproco como personas.
Rhina
Roux
Ciudad de México, Noviembre de 2002.
![]()
* Ponencia presentada en la
presentación del libro de John Holloway, Cambiar
el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy. Facultad
de Filosofía y Letras, UNAM, México, 18 de noviembre de 2002.
** Politóloga.
Profesora-investigadora en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco.
Profesora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.
[1] Para este debate véase John Holloway y Sol Piccioto (eds.), State and Capital. A Marxist Debate,
Edward Arnold, London, 1979; Simon Clarke (ed.), The State Debate, Macmillan, London, 1991.
[2] “¿Qué es la revolución”,
reflexionaba Holloway entonces, “sino el proceso de debilitar y finalmente
romper con las formas burguesas de relación humana, un proceso de ruptura
diaria de las formas burguesas como preludio necesario a la final decadencia
que echará fundamentos radicalmente nuevos para la lucha? Imaginar que se
pueden debilitar las viejas formas de relación trabajando con ellas es una
tontería”. John Holloway, “El Estado y la lucha cotidiana”, Cuadernos políticos, núm.24, abril-junio
de 1980, p.26.
[3] John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder. El
significado de la revolución hoy, Herramienta/UAP, Buenos Aires, 2002, p.30
(los subrayados son míos, RR).
[4] República social o
comunidad real y verdadera fueron algunos de los términos utilizados por Marx
para referirse a este modelo trascendental de organización política de la vida
humana fundada en la superación de la politicidad enajenada: la expropiación por
el capital a los seres humanos -naturalmente sociales y, por tanto, políticos-
del derecho a organizar, controlar y decidir libremente la forma de
organización de su vida social.
[5] John Holloway, op cit, p.303.
[6] Barrington Moore, La
injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebelión, UNAM, México,
[7] Los clásicos aludieron a
este atributo distintivo del mando estatal usando dos categorías distintas:
potestas y auctoritas. La primera entendida como la capacidad de imponer el
mando con efectividad y la segunda, auctoritas, para referirse al prestigio
moral en que se sostiene el mando subordinado a la ley común (positiva o
consuetudinaria) y, por tanto, a la capacidad para obtener obediencia
voluntaria.
[8] James C. Scott, Los dominados y el arte de la resistencia,
Era, México, 2000.
[9] “La lucha política
propiamente dicha”, argumenta Zizek, “no es un debate racional entre intereses
múltiples, sino que apunta a lograr que la propia voz sea escuchada y
reconocida como la voz de un asociado legítimo: cuando los ‘excluidos’, desde
el demos griego hasta los obreros
polacos, protestaron contra la élite gobernante (aristocracia o nomenklatura), no sólo estaban en juego
sus demandas explícitas (salarios más altos, mejores condiciones de trabajo,
etcétera)., sino su derecho a ser escuchados y reconocidos en el debate en pie
de igualdad. Estas súbitas intrusiones de la política propiamente dicha socavan
el orden social establecido en el que cada parte tiene su razón de ser”. Slavoj
Zizek, El espinoso sujeto. El centro
ausente de la ontología política, Paidós, Buenos Aires, 2001, pp.202-203.
[10] Holloway, op cit, p.146.
[11] Holloway, op cit, pp.220 y
223.
[12] Idem, p.305.
[13] Max Weber, El político y el científico, Ediciones
Coyoacán, México, 7ª., 2001, pp.8-9.
El
dificultoso no-asalto al no-cielo Debate con John Holloway
(y su tesis de no luchar por el poder)
Guillermo Almeyra
“No
sabía que era imposible. Fue y lo hizo.”
Anónimo, en una pared de Buenos Aires.
El
libro de John Holloway tiene el raro mérito de ser, como dice el autor, “una
pregunta, una invitación a discutir” y no el mapa de la carretera hacia el
Paraíso Prometido. Además incita a discutir teoría y por lo tanto el mérito es
doble dada la chatura de la vida académica donde, por lo general, lo único que
se discute con pasión son las calificaciones de las Comisiones Dictaminadoras.
Para colmo de ventura, Holloway recuerda, desempolva
y da vigor al verdadero Marx, enterrado por el establishment una vez que había
sido tratado siempre como perro muerto por los dogmáticos que lo traicionaron
adornándose con su nombre y, eso, le da un mérito triple. Por último, es
crítico también con relación a su gran maestro y eso, para mí que huyo de las
Iglesias y siento atracción por las herejías, me parece particularmente meritorio
y saludable.
Por esta razón no hablaré –contrariamente a la costumbre– ni sobre el contenido
del libro (que creo que es indispensable leer en vez de guiarse por críticas,
resúmenes y reseñas) ni sobre lo mucho bueno que tiene esta obra, a pesar de que
estoy de acuerdo aproximadamente con el 90 por ciento de su contenido. Por
razones de tiempo, pero también porque creo que la amistad y el respeto
intelectual requieren –es más– exigen, una discusión franca y honesta me
concentraré sobre el 10 por ciento restante, que es muy importante porque, como
decía Lenin, “una cucharada de alquitrán puede arruinar un barril de miel”.
Dicho sea de paso, creo que el libro de Holloway
comparte los avatares de Imperio, el reciente libro de Michael Hardt y Antonio
Negri, que Holloway critica muy acertadamente en algunos de sus aspectos
principales como el carácter antidialéctico o el rechazo de la ley del valor
(aunque, curiosamente, deja de lado la afirmación peregrina de que puede haber
un Estado-mundo sin territorialidad o de que Estados Unidos actúa en nombre
colectivo del Imperio y no de su propio imperialismo). Ambos libros, en efecto,
tienen muchas páginas correctas, incluso brillantes, pero se mueven en el
terreno de la abstracción y sin confrontación alguna con la vida real donde se
aplica la teoría, donde actúa la lucha de clases y se enfrentan y condicionan
mutuamente los antagonistas. En ambos libros, no aparece la política (o lo hace
sólo en un sentido limitado, mutilado) y las conclusiones políticas, por lo tanto,
son lamentablemente erróneas e idealistas. Ambos libros intentan pensar la
totalidad-mundo y por eso tienen tantos lectores después del derrumbe de los
catecismos, los grandes relatos y las certezas. Sin embargo, y
desgraciadamente, por sus límites mismos y no sólo por sus virtudes,
proporcionan nuevas certezas, nuevos catecismos a los que jamás asimilaron el
marxismo por el cual juraban pues esa gente necesita siempre “modelos” que
imitar, sobre todo si éstos, de una u otra forma, justifican y teorizan su
propia confusión.
Quiero aclarar de antemano que no comparto nada con las viejas monjas rancias
de las Iglesias “marxistas-leninistas” que se horrorizan por la heterodoxia de
Holloway y lo acusan de haber abandonado el camino de la revolución. Con él,
comparto en cambio la idea de que la revolución es una urgente necesidad y no
una certeza sino una pregunta, una investigación. Comparto también la idea ya
formulada por Gramsci, de que para liberar a los trabajadores y a la humanidad
hay que combatir y destruir la identidad de la clase obrera (el sindicalismo,
el corporativismo, el chauvinismo, el antiintelectualismo y tantos otros
etcéteras forjados por el capital en su oponente) y lo mismo vale para los
indígenas y sus comunidades.
Mi crítica es de diversa índole: creo que Holloway,
porque mira las cosas desde el cielo de la abstracción teórica, no ve la
concreción política e histórica de la lucha de clases, que está llena de
impurezas y mediaciones. Pienso que no comprende en su plenitud ni el zapatismo
ni el desarrollo tortuoso, con fuertísimas influencias del capitalismo del cual
intentan desprenderse, de las mejores expresiones de antipoder en Argentina.
Que no responde a su pregunta (casi al final del libro, en la página 306) sobre
“¿cómo se defiende uno de un asalto a mano armada?” o, menos metafóricamente,
sobre qué se hace frente a la policía que sigue asesinando y torturando, frente
al capital que sigue haciendo guerras, frente a elecciones donde la abstención
es la peor de las actitudes políticas porque es un voto indirecto por quien
tiene el poder (véase si no las elecciones chiapanecas donde el EZLN se
abstuvo, ayudando así al PRI y a las guardias blancas, o la abstención francesa
que abrió camino a Le Pen o la estadunidense que dio el gobierno de los tres
poderes al más siniestro y obtuso de todos los gobernantes de ese país).
A mi juicio, Holloway idealiza al EZLN y sobreestima
las conquistas teóricas del mismo que ni historiza ni coloca en su contexto.
Creo igualmente que, en el terreno de la teoría, olvida significativamente a
los precursores marxistas de lo que quiere demostrar, pero contra el marxismo,
como a Christian Rakovsky, que hace 80 años escribió Los peligros profesionales
del poder o al mejor Trotsky –no al empeñado en disputar la ortodoxia leninista
a Stalin– a quienes ni siquiera cita en su vasta bibliografía. Pienso que cae
muchas veces en el idealismo (“la disolución del poder”, por ejemplo, pero en
pleno régimen capitalista o sea, el no-asalto al no-cielo) o en el mecanicismo
al no ver que lo que todavía es compatible con la dominación del capital tiene
un momento de tránsito desde lo que todavía no es a lo que es ya, pero en
germen y con formas impuras.
Estimo que lo que Holloway combate como errores de
Marx y del marxismo en cuanto al papel del Estado en realidad está dirigido
contra el jacobinismo leninista-stalinista y no contra el pobre Marx que entre
sus poquísimas frases sobre el tema escribió que el socialismo sería una
federación de libres comunas asociadas.
Por otra parte, aunque discute bien la pasividad del pensamiento de Michel
Foucault, sin embargo tan rico en la discusión del poder, en la concepción del
poder y de cómo romper lo que llama el poder-sobre, a mi juicio, no hay
claridad.
Pasaré ahora a tratar de demostrar, aunque
brevemente, lo que hasta ahora afirmo. En primer lugar, reputo falso su
argumento de que la burocratización o el fracaso de las revoluciones demuestran
que ellas son imposibles bajo la forma de la toma del poder. Eso equivale a
decir que porque todos los niños enferman, envejecen y mueren no hay que
intentar reproducir la vida. Pero, contra el criterio del costo-beneficio que
Holloway aplica, él mismo cita, en contradicción con su tesis, a Ernst Bloch,
quien escribe que el movimiento del comunismo no es un progreso lineal “sino un
duro y peligro viaje, un sufrir, un vagabundear, un salirse del camino, un
buscar la tierra natal oculta, un movimiento repleto de interrupciones
trágicas... abrumado de manera discontinua por la conciencia de la luz” . En una palabra, según Rosa Luxemburgo, “el camino de la
victoria está empedrado de derrotas” y , desde la
Comuna, ese asalto al cielo, esa tarea ciclópea y utópica de los aislados
obreros de París, hasta la Revolución Rusa ya degenerada en 1923 y que había
perdido la democracia, los soviets y su espíritu libertario original, cada
piedra mal tallada, cada derrota que prepara una nueva lucha no es más que un
momento en el largo plazo braudeliano. En cuanto a la Revolución Francesa, me
parece justa la observación de Mao poco antes de su muerte, según la cual es
demasiado temprano para juzgarla. Creo, por consiguiente, que en el pensamiento
de Holloway sobre las revoluciones hay un fuerte antihistoricismo.
Cambiar el mundo sin tomar el poder, en su prólogo mismo, contiene a mi juicio
una grave incomprensión de lo que pasa en Argentina, la cual, curiosamente,
acerca al autor a sus peores críticos ultras de ese país. Habla en efecto de
levantamiento popular –éstos dicen “insurrección ciudadana”– al referirse a un
importante movimiento de protesta esencialmente defensiva, en el que se mezcló
la mano negra del poder real. Dice además que el grito “¡Que se vayan todos!”
“apunta más allá del poder y nos enseña otra gramática, otra forma de pensar,
otro concepto de la realidad”. Lamentablemente no es así: ese grito,
indudablemente, refleja el enorme repudio al establishment de gente que hasta
poco antes había creído en el mismo y lo había votado y descubría de golpe
haber sido defraudada y humillada. Pero es un grito pasivo, que deja la
decisión en manos de los que deberían irse si fueran decentes, no es un grito
de unión por, sino de unión contra, pero en la sola protesta, sin poner en
cuestión el poder ya que a continuación se pide a ese mismo poder, pero en
abstracto, que haga tal o cual cosa, incluso romper con el FMI, que los que
gritan no saben cómo hacer ni cómo imponer.
En Argentina, por razones históricas, el apoliticismo obrero (los sorelianos) o
de la pequeño burguesía urbana pasó siempre por el apoyo a una u otra fracción
de las clases en el poder y el rechazo de la política es, en realidad, el
rechazo de la politiquería y de la política institucional, formal, que
enmascara una dictadura oligárquica. Cuando la mundialización reduce el campo
de la política institucional, la antipolítica institucional, que es una
política pasiva y conservadora, ayuda al capital trasnacional e impide dar
solución aunque parcial a los problemas. Mientras que la política que se hace
cortando rutas, poniendo en funcionamiento escuelas y hospitales, creando
solidaridad, para Holloway corre el riesgo de ser un contrapoder, o sea, de
reproducir el poder. Porque dice “la lucha por liberar el poder no es una lucha
por construir un contrapoder sino más bien un antipoder” cuando es posible llegar
a éste (reduciendo brutalmente la enajenación) sin pasar primeramente por su
subproducto, su etapa inicial, el contrapoder que, a la vez, combate el poder
de los “de arriba”, le opone el de “los de abajo” pero cambia también la
subjetividad y las relaciones sociales, debilitando el poder mismo, llevando al
antipoder mediante la autoorganización, la autoemancipación, la autogestión.
¿Habría, en cambio, que esperar simplemente que madure el antipoder en la
conciencia de los indios bolivianos o ecuatorianos o de los campesinos sin
tierra brasileños?
Lo mismo pasa con el EZLN, tan idealizado por tantos. El “mandar obedeciendo”
es propio de las comunidades agrarias, pero en ellas siempre hay poder (los
ancianos, los jefes militares). Por otra parte, el EZLN, en los primeros meses
de su lucha, quería tomar el poder en México y destruir al ejército y es
imposible que esa visión putschista haya desaparecido mágicamente dejando atrás
una formación política decenal. Por último, el EZLN no desdeña la política; la
mejor prueba es que realizó una marcha nacional que culminó en el Parlamento
para lograr la aprobación de una ley que reconocía como limitada. Aunque
rechace a los partidos es un movimiento-partido militarizado, es decir,
verticalista, y su justa exaltación de la rebeldía tiene como límite la
exaltación del deber y por lo tanto, de conservación y la condena a quienes, en
su seno mismo, critican a la dirección.
En la rebelde y roja Cataluña, los dirigentes de la
Federación Anarquista Ibérica (FAI), que era mayoritaria en la región,
rechazaron el poder, por principio, para dárselo a Companys, el partido de los
pequeños campesinos (rabassaires) y no fueron capaces, salvo Buenaventura
Durruti, de crear ni siquiera las bases de un poder alternativo. Así les fue. Porque
el rechazo del poder es una antipolítica y es política pasiva. Giulio
Andreotti, varias veces primer ministro y jefe mafioso italiano, decía que “el
poder desgasta a quien no lo tiene”.
Esto nos lleva a qué hacer para desarmar y poner en
fuga al asaltante a mano armada. Es necesario, en primer lugar, organizar los
vecinos y, si es necesario, hacer rondas armadas de tipo preventivo-defensivo.
Sobre todo hacer conciencia sobre la relación entre robo y propiedad, entre
asaltante y “justicia”. Desarrollar la confianza en la autoorganización y en la
fuerza colectiva, combatir el temor excluyente “a los de afuera” y, si se
captura al delincuente, hacer como la policía comunitaria de Guerrero que lo
juzga y castiga a hacer trabajos comunitarios. En una palabra, desarrollar un
poder paralelo al oficial y crear antipoder mediante la educación práctica de
amplias masas. Pasar por el contrapoder, enseñan todas las luchas –el EZLN
mantiene regiones autónomas porque tiene las armas y la organización popular–
es obligatorio si se desea la liberación y la emancipación, que exige como
conditio sine qua non, la abolición del poder capitalista aunque aún no se haya
comenzado el proceso de abolición del poder. Las personas mutiladas, alienadas,
deshumanizadas por su inserción y participación en el mundo capitalista, en
efecto, no pueden crear una sociedad liberada, humana. Pero sí pueden comenzar
a hacerlo, en medio de múltiples ensayos y errores. En el proceso, la
enajenación y la deshumanización podrían reducirse. No es seguro, pero vale la
pena intentarlo so pena de caer en el fatalismo y la pasividad. Estamos en
realidad condenados a luchar por la liberación del potencial de humanidad.
La política, maltrecha, con sus ropas desgarradas, se
ha refugiado hoy en el territorio, en las relaciones sociales más estrechas, en
las comunidades, en las asambleas barriales. Sufre las limitaciones de un
espacio reducido para su acción, de su posible aislamiento de otras partes del
territorio, de la posibilidad de no afectar, en lo fundamental, a un sistema
que supera todos los límites –locales y del ex Estado nación– porque abarca
todo el globo. Pero la política tiene a su favor que el capital, para
realizarse, necesita también hacer política, necesita el territorio, necesita
al Estado (las leyes favorables, los jueces corruptos, los policías represores,
etcétera). La lucha de clases es, así, no sólo una lucha política en abstracto
sino una lucha política cotidiana, un ceder y conceder del gobierno para
mantener en lo posible la dominación, un arrancar y ganar posiciones por parte
de los oprimidos. Es una lucha que se libra en cada cosa en el terreno y a la
vez en las cabezas de la población. Hay que aclarar todo, criticar todo,
analizar todo si se quiere reducir la alienación, ponerla al descubierto,
cambiar la relación de fuerzas. El “apolítico” silencio zapatista, como el
abstencionismo de Luis Zamora en Argentina sin dar una solución superior
incluso para no concurrir a las urnas, refuerzan la pasividad y con ella al
capital y a la alienación.
¿Cómo se puede decir, al presentar una revista que se
llama nada menos que Rebeldía y es zapatista, que la misma es una herramienta
de “una izquierda que no está dispuesta seguir perdiendo el tiempo en la
disputa por el poder nacional que no existe ya”? ¿No hay nadie entonces que
cerque las zonas zapatistas, no hay nadie que destruya a los campesinos
mediante el mecanismo de los precios, nadie que aumente cada año brutalmente
con su política el número de gente en extrema pobreza, nadie que siga alegremente
el camino que llevó al derrumbe argentino? ¿El poder no existe ya? ¿O esa
malhadada frase quiere decir que nadie disputa ya el poder, que todos los
partidos son iguales, todos los gatos son pardos, lo cual es obviamente falso?
El retorno a Marx, en lo teórico, es fundamental, pero ¿por qué no retornar
también al estudio de la historia de las revoluciones que nos llevaría a ver
que las mismas no son fruto ni de las previsiones ni de las teorías ni de la
voluntad de los revolucionarios sino, sobre todo, de la acción del capital
mismo, o sea de la brutalidad de la lucha de clases que impone relaciones
cambiantes y saltos bruscos en las conciencias de las clases respectivas?
Trotsky decía que las revoluciones se hacen necesarias porque la gente es conservadora
y no avanza teóricamente de modo lineal: ¿las revoluciones no son acaso
resultado de la alienación, de la lucha contra ella y de la búsqueda de su
superación?
El tema del libro es muy importante y nadie, por
supuesto, posee la Verdad con mayúscula (que, por otra parte, no existe). La
discusión puede ayudar a aproximarse a análisis y posiciones que sean útiles en
la lucha contra la dominación capitalista. Por lo tanto, reitero la bienvenida
a este aporte de Holloway en el campo de la teoría marxista y a la posibilidad
misma de volver a discutir sobre una perspectiva, a mi juicio siempre real,
pero que parecía relegada al campo de la sola utopía.
México, D.F., 20 de noviembre (día de la Revolución
que cambió a México y a los trabajadores mexicanos aunque no los emancipó).
El autor es periodista y profesor-investigador en el Departamento de Relaciones
Sociales de la UAM-X. Militante por muchos años en las filas del marxismo
revolucionario. Ponencia en la presentación del libro de John Holloway, Cambiar
el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy, Revista
Herramienta-BUAP, Argentina, 2002. El debate se realizó en Sala del Consejo
Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, el
pasado 28 de noviembre.
Notas
Los que idealizan la clase obrera y sus valores, en cuyo nombre hablan, mandan
a los sacerdotes de ese culto que cometen un error al Infierno del trabajo
fabril y de la condición obrera, Infierno del cual los obreros luchan por
escapar. Ernest Bloch, Tübinger Einleitung in die Philosophie,
Suhrkamp, Frankfurt, 1964