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Costos sociales del neoliberalismo |
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José Luis Calva |
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Los
programas neoliberales de cambio estructural, ajuste y estabilización
aplicados con singular perseverancia desde 1983 hasta el presente han generado
una enorme deuda social. La política salarial regresiva y el abarrotamiento
de los mercados de trabajo por la escasa generación de empleos remunerados
provocaron una severa degradación de la participación de los salarios en el
producto nacional: de 37.1% del PIB en el periodo 1970-1982 a 30.7% del PIB
en el periodo 1983-2003, de manera que los asalariados de México tuvieron una
pérdida acumulada de 413 mil 186.5 millones de dólares entre 1983 y 2003
(véase cuadro), al cercenarse brutalmente su participación en la riqueza
efectivamente generada. Este dramático
empeoramiento de la distribución funcional del ingreso entre los factores de
la producción no cayó del cielo: es un resultado intrínseco de la estrategia
neoliberal. En particular, la política salarial en vez de ser utilizada como
una herramienta para distribuir equitativamente los costos de las crisis,
elevar paulatinamente el nivel de vida de los trabajadores y mejorar la
distribución del ingreso fue sistemáticamente utilizada como un instrumento
antiinflacionario (fijación adelantada de incrementos salariales iguales a
las tasas de inflación proyectadas, casi siempre superadas por la inflación
realmente observada); como una palanca deliberadamente contraccionista de la
demanda interna agregada; y como un factor espúreo de competitividad
internacional (bajos costos laborales). Como resultado, los
ingresos de los trabajadores asalariados sufrieron una brutal reducción
durante los 21 años de experimentación neoliberal. Los salarios mínimos fueron
reducidos a menos de la tercera parte del poder adquisitivo que tenían en
1982 (al descender de 32.72 pesos en 1982, a 9.95 en 2003, a precios de
1994). Más aún, la política salarial retrógrada situó estas percepciones por
debajo de las prevalentes en 1946 (cuando el salario mínimo fue de 13.32
pesos, a precios de 1994). No se trata sólo de dos décadas perdidas en el
bienestar de los asalariados más desvalidos, sino de una regresión de más de
medio siglo. Los salarios
manufactureros, que habían visto incrementar su poder adquisitivo de manera
prácticamente ininterrumpida desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta
mediados de los 70, con un incremento de 188% en su poder adquisitivo entre
1946 y 1975, al pasar de 44.40 pesos a 127.85 (a precios de 1994) durante ese
lapso y que no obstante la política de topes salariales durante el gobierno
de JLP mantuvieron casi intacto su poder adquisitivo logrado paso a paso
durante los 30 años previos sufrieron un brutal deterioro bajo el modelo
neoliberal, cuando perdieron 31.5% de su poder de compra (al descender de
127.25 pesos en 1982, a 87.18 en 2003), lo que representó una regresión de
casi cuatro décadas, al situarse en 2003 en niveles inferiores a los de 1966
(cuando las percepciones diarias de los trabajadores manufactureros fueron de
93.11 pesos, a precios de 1994). Los salarios
contractuales promedio de las ramas de jurisdicción federal perdieron, bajo
el modelo neoliberal, 59% de su poder adquisitivo, al caer de 51.79 pesos en
1982 a 21.22 en 2003, siempre a precios de 1994; y lo mismo ocurrió con los
salarios medios de cotización del IMSS, que perdieron 47.3% de su poder de
compra al caer de 76.61 pesos en 1982 a 40.36 en 2003, al tiempo que los
salarios reales del sector formal de la industria de la construcción, se
redujeron de 69.41 pesos en 1982, a 35.28 en 2003. De acuerdo con los dogmas
neoclásicos, se esperaba que los bajos salarios conducirían a un mayor nivel
de empleo. Sin embargo, los mercados de trabajo no se comportaron conforme a
los supuestos ortodoxos. Durante el sexenio 1983-1988, de acuerdo con el
Sistema de Cuentas Nacionales de México Base 1980, en el conjunto de la
economía mexicana sólo se generaron 508 mil de empleos remunerados (a causa,
obviamente, del nulo crecimiento económico: el PIB sólo creció 0.2% anual). Pero durante ese lapso,
cada año tocaron las puertas del mercado laboral poco menos de un millón de
jóvenes demandantes de empleo, de manera que 5.3 millones de mexicanos
disponibles no encontraron un puesto de trabajo remunerado. Durante el
periodo 1989-2001, según la última publicación del Sistema de Cuentas
Nacionales de México Base 1993, sólo se generaron 7.6 millones de empleos
remunerados (incluyendo los empleos en las maquiladoras), pero cada año
arribaron a la edad de trabajar poco más de 1.1 millones de jóvenes, de
manera que otros 6.7 millones de trabajadores más carecieron de una ocupación
remunerada. Como resultado agregado, en el lapso 19832001, quedaron sin
ocupación remunerada en México 12 millones de demandantes de empleo. Durante
el periodo 2002-2003, cada año arribaron a la edad de trabajar 1.2 millones
de jóvenes, pero a causa del casi nulo crecimiento económico, prácticamente
no se crearon puestos de trabajo remunerados. En consecuencia, el abarrotamiento
de los mercados de trabajo que presiona los salarios a la baja, por efecto de
la relación oferta/demanda de empleos sumado a la mano negra de la política
salarial regresiva, provocó la caída de la participación de los salarios en
el Producto Interno Bruto, al tiempo que la reforma neoliberal de la política
agrícola provocó el severo deterioro de los ingresos campesinos (los
productores de maíz perdieron 52.8% del poder adquisitivo de su grano, los
trigueros perdieron 54.1%, etcétera). No es casual que el neoliberalismo
económico haya resultado ser una eficiente fábrica de pobres. El contraste es
característico: durante los años de operación del modelo económico de la
Revolución mexicana, la pobreza que en la época porfiriana afectaba a cerca de
95% de la población se redujo en forma significativa. De acuerdo con el más
destacado especialista en la materia, Julio Boltvinik, la proporción de
mexicanos pobres disminuyó de 77% en 1963 a 48.5% en 1981 (J. Boltvinik, La
insatisfacción de las necesidades esenciales en México, en J. L. Calva
(coord.), Distribución del ingreso y políticas sociales, México, Juan Pablos
Editor, 1995), magnitudes groso modo coincidentes con las estimadas por el
Programa Nacional de Solidaridad, según el cual la proporción de mexicanos
bajo la línea de la pobreza, que en 1960 era de 76.9%, descendió hasta 45% en
1981 (Consejo Consultivo del Pronasol, El combate a la pobreza, México, El
Nacional, 1990). Pero los logros
alcanzados durante dos décadas de reducción de la pobreza bajo el modelo
económico precedente, fueron completamente revertidos por el modelo
neoliberal. De acuerdo con Boltvinik y Damián, la población pobre de México
brincó a 69.8% en 1994, a 75.8% en 1994 y a 76.9% en 2000 (J. Boltvinik y A.
Damián, La pobreza ignorada. Evolución y características, Mimeo, México,
2002). Durante el trienio
2001-2003, con la economía mexicana en recesión, es probable que el número de
pobres se haya incrementado en más de 2 millones de mexicanos. (La Encuesta
Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares 2002, del INEGI, introdujo cambios
metodológicos sustanciales respecto de las ENIGH previas, de manera que sus
resultados no son directamente comparables, como indicó oportunamente
Boltvinik y ha sido reconocido por la Cepal: Panorama Social de América
Latina 2002-2003. Síntesis, LC/G. 2218, Nov. /03. Previamente, la propia
Cepal estimó en 1.2 millones de mexicanos el número adicional de pobres en
2001 respecto del año previo, como producto de la recesión: Panorama Social
de América Latina 2001-2002). En suma: durante los 21 años de experimentación
neoliberal alrededor de 30 millones de mexicanos cayeron en la pobreza. En el futuro, si
tercamente se mantiene la estrategia económica neoliberal en México, no
obstante su fracaso en términos de crecimiento económico (véase EL UNIVERSAL,
27/II/04) y sus enormes costos sociales, los resultados sólo pueden ser más
de lo mismo: más años perdidos para el desarrollo, mayor desigualdad en la
distribución del ingreso, más pobreza y más sufrimiento humano. Es tiempo de repudiar la
estrategia neoliberal y rescatar la dignidad nacional. El desarrollo humano
sustentado en el crecimiento sostenido del ingreso nacional es el fin
esencial de toda cartera política económica. Es inadmisible el sacrificio de
las generaciones presentes en aras de un paraíso neoliberal que advendrá en
un futuro remoto e indefinido, es decir, de una utopía neoliberal tan
incierta como la utopía comunista. Investigador del
Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |