El Universal, México, D. F., viernes 29 de agosto de 2003
Comercio exterior y
desarrollo económico
José Luis Calva
MUCHO
antes de que se convirtiera en credo de Estado en México, el dogma según el
cual la liberalización comercial constituye la llave mágica del éxito económico
había sido teóricamente cuestionado con rigor analítico y soporte empírico.
Hace cuatro décadas, por ejemplo, Paul Samuelson (The
gains from international trade once again, 1962) demostró formalmente que si bien el libre
comercio puede elevar la eficiencia en la asignación de recursos y maximizar el
crecimiento económico y el bienestar en un conjunto de naciones, no
necesariamente maximiza el crecimiento y el bienestar en cada uno de los países
participantes; por el contrario, algunas naciones pueden empeorar su economía y
su bienestar a causa del libre comercio.
La razón es sencilla: la
economía (en general) y el comercio internacional (en particular) no se ajustan
al ideal librecambista ortodoxo. Más aún, las imperfecciones de los mercados,
los rendimientos crecientes a escala, los factores institucionales que
condicionan el desarrollo y difusión del conocimiento y la tecnología, así como
los efectos externos (externalidades) del desarrollo
de sectores productivos específicos (fenómenos que han sido rigurosamente
analizados por la investigación económica moderna, justificando las
intervenciones gubernamentales) están fuera de la visión librecambista
ortodoxa. Como señaló Paul Krugman hace casi dos
décadas (Strategic trade policy and the
new international economics, 1986): "El modelo idealizado en que se basa
la defensa clásica del libre comercio ha dejado de ser útil. El mundo es más
complejo y no hay duda de que las complejidades plantean, en principio, la
posibilidad de una política comercial o industrial activa y exitosa". Por
eso, el comercio administrado y la política industrial activa son prácticas
habituales en los países desarrollados y en los recientemente industrializados,
cuyas políticas económicas son pragmáticas y no dogmáticamente neoliberales.
De hecho, cuando en 1991
México iniciaba las negociaciones para incorporarse al área de libre comercio
de América del Norte previamente constituida por Estados Unidos y Canadá, el Banco
Mundial reportaba que los países industrializados miembros de la OCDE sometían
a regulaciones no arancelarias, que son la forma moderna del proteccionismo
comercial, a 48.5% de sus importaciones (en valor) y que Estados Unidos sometía
a barreras no arancelarias a 44% del valor de sus importaciones (véase BM,
Informe sobre el Desarrollo Mundial 1991, Washington, 1991). En ese mismo año,
México sometía a regulaciones no arancelarias solamente a 9.2% del valor de sus
importaciones (Secofi, Mecanismos de examen de las
políticas comerciales, 1993). México había realizado una apertura comercial
unilateral y abrupta como si nuestro país fuera la primera potencia económica
del mundo y los demás simples segundones; o para ser más exactos, como si fuera
a cobrar realidad en México, por arte de magia de la mano invisible, el
torrente de beneficios del librecambio preconizados por la ortodoxia.
En la práctica, la
liberalización económica en México trajo consigo un crecimiento acelerado de
las exportaciones y un mayor peso de éstas en el PIB (véase EL UNIVERSAL,
15/VIII/03), pero no trajo consigo un mayor crecimiento económico. Al
contrario, las dos décadas de liberalización económica se perdieron para el
desarrollo: la tasa de crecimiento del PIB per cápita
en el periodo 1983-2002 fue prácticamente cero (0.35% anual); mientras que bajo
el modelo económico precedente al neoliberal (1935-1982), la tasa de
crecimiento del PIB per cápita fue de 3.1% anual.
Ya lo había advertido hace
casi dos siglos el brillante economista alemán Federico List
(Sistema Nacional de Economía Política, 1841): "Los intentos de algunas
naciones, en el sentido de implantar unilateralmente la libertad de comercio
frente a una nación tan preponderante por la industria, la riqueza y el
dominio, como por su sistema mercantil cerrado (es decir, la Inglaterra de
entonces) nos revelan que así no se logra otra cosa que sacrificar la
prosperidad de algunas naciones, sin ventaja para la humanidad entera, sino
sólo para el enriquecimiento de la potencia manufacturera y mercantil en
cuestión". "Sin duda alguna, cualquier persona prudente tendría por
insensato a un gobierno que, invocando los beneficios y la racionalidad de la
paz eterna, desarmara sus ejércitos [...] Semejante gobierno haría lo que la
escuela (clásica de economía) exige de los gobiernos invocando las ventajas del
libre cambio: que desmantelen sus sistemas de protección comercial".
El disparejo campo de juego
del comercio internacional (además de las asimetrías en políticas sectoriales)
es una realidad denunciada una y otra vez en los foros internacionales. Por
ejemplo, el Resumen del Informe del Grupo de Alto Nivel sobre la Financiación
para el Desarrollo, preparatorio de la Cumbre de Monterrey de la ONU, realizada
en marzo de 2002 señaló: "Los principales beneficiarios de la
liberalización del comercio fueron los países industrializados. Los productos
de los países en desarrollo siguen encontrando importantes obstáculos en los
mercados de los países ricos. Entre ellos figuran los productos agrícolas, que
siguen siendo objeto de una perniciosa protección, y numerosos productos
industriales sujetos a obstáculos arancelarios y no arancelarios". De
hecho, estos obstáculos "afectan fundamentalmente a los países en
desarrollo. Un ejemplo de esta injusticia, evidente pero desdichadamente no
solitario, es el proteccionismo en materia de productos textiles y
vestimenta". Casi al mismo tiempo, el Premio Nobel de Economía 2001,
Joseph Stiglitz ("Globalism`s
Discontents", en The American
Prospect, Vol. 13, núm. 1, 2002) analizó las
múltiples asimetrías en el comercio internacional, donde gran parte del mundo
en desarrollo ha liberalizado sus mercados a la importación de productos y
servicios del mundo desarrollado pero enfrentan en los mercados de los países
ricos barreras de protección para sus propios productos donde tienen ventajas
competitivas. Esto ocurre porque, como señala Stiglitz
"la agenda de la liberalización comercial ha sido fijado por el Norte o,
más exactamente, por los intereses especiales del Norte. Así, una parte
desproporcionada de las ganancias del comercio ha ido a dar a los países
industriales avanzados".
Se puede engañar a media
humanidad un tiempo pero no siempre. La visión apologética de la globalización,
que asume como verdad sagrada la idea seductora según la cual los procesos de
integración de los países en desarrollo a los mercados globales, logrados a
marchas forzadas mediante estrategias neoliberales (de apertura comercial a
ultranza, liberalización de los mercados financieros y achicamiento de la
participación del Estado en la promoción activa del desarrollo económico),
aceleran el crecimiento de las economías en desarrollo, multiplican las
oportunidades de empleo y de ingreso digno para sus poblaciones y, eo ipso, generan un proceso de
convergencia internacional en los niveles de desarrollo y bienestar, se está
revelando, de manera cada vez más amplia, como una trampa ideológica para los
países en desarrollo.
En la "aldea global,
mientras los países desarrollados, como EU, imponen a numerosos países en
desarrollo el librecambio y la rectoría irrestricta del mercado en los procesos
económicos, en sus propios territorios aplican pragmáticamente estrategias de
mercado administrado, conservando amplios márgenes de intervención estatal en
la promoción del desarrollo económico y del bienestar social. Mientras estos
países despliegan procesos de reestructuración económica sobre horizontes de
planeación de largo plazo y liderados por sus propias corporaciones
transnacionales, los países en desarrollo que son sometidos a una
reestructuración neoliberal quedan supeditados a las señales inmediatas del
mercado (un mercado, por cierto, altamente distorsionado por las corporaciones
transnacionales y por las políticas comerciales e industriales de los países
exitosos), sin horizonte estratégico de largo plazo, con creciente desigualdad
y desarticulación de sus plantas productivas, creciente vulnerabilidad externa
y grave deterioro social y ecológico.
No está al alcance de
México poner fin a las asimetrías en la globalización; pero sí es factible
desplegar una nueva estrategia endógena de desarrollo económico e inserción en
los procesos globales, congruente con el crecimiento sostenido y el bienestar
social. Las evidencias empíricas universales indican que sólo los países en
desarrollo, como los del este de Asia, que despliegan estrategias económicas
endógenas, audaces y pragmáticas y no basadas en los dogmas neoliberales del
Consenso de Washington logran una mejor inserción en los procesos de globalización
(aprovechándolos para sus fines nacionales, en vez de dejarse arrastrar por las
fuerzas del mercado) y consiguen elevar aceleradamente sus niveles de ingreso y
bienestar. Estos países lograron una tasa media de crecimiento de su PIB per cápita de 6.1% anual en los 80 y de 6% anual en los 90;
mientras que los países de América Latina, casi todos sometidos a los dogmas
del Consenso de Washington, tuvieron una tasa media de crecimiento de -0.9%
anual en su PIB per cápita durante los 80 y de apenas
1.3% anual en los 90. "La distinción clave", subraya Stiglitz, consiste en que "cada uno de los países que
han tenido mayor éxito en la globalización determinaron su propio ritmo de
cambio; cada uno se aseguró al crecer de que los beneficios se distribuyeran
con equidad y rechazó los dogmas básicos del "Consenso de
Washington", que postulaban un mínimo papel del gobierno y una rápida
privatización y liberalización".
Para encontrar los caminos
de la prosperidad es necesario redefinir nuestra estrategia de integración
económica internacional, comprendiendo que la peor estrategia es la neoliberal;
mediante una estrategia económica endógena, audaz y pragmática que deseche los
dogmas del Consenso de Washington nuestro país encontrará su propio camino
hacia el crecimiento económico sostenido con equidad.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas (UNAM)