La Jornada, México D.F. Domingo 2 de noviembre de
2003
Marcos Roitman Rosenmann
Los claroscuros de la intelectualidad en AL
Los recientes acontecimientos en Bolivia han disparado
la imaginación. Una fiebre loca se ha desatado al querer contextualizar las
actuales luchas en un periodo dizque revolucionario, en el que las fuerzas
democráticas ganarían posiciones arrinconando al neoliberalismo. El delirio
lleva a confeccionar interpretaciones calenturientas, tendentes a confundir las
grandes proezas de los movimientos de resistencia con una acción ofensiva que
pareciera anunciar el trompeteo jubiloso de Jericó.
No se trata de negar la importancia de las luchas piqueteras en Argentina, las demandas de democracia
con justicia y libertad planteadas durante más de una década por el EZLN, menos
aún de desconocer la heroicidad del pueblo boliviano defendiendo su soberanía.
En este sentido, no se busca despreciar el triunfo de Lula en Brasil o las
movilizaciones populares en la República Bolivariana de Venezuela desarbolando
el golpe cívico-militar hace ya más de un año. Tampoco hacer caer en saco roto
las acciones emprendidas por una parte destacada de la sociedad civil buscando denodadamente
evitar la desarticulación del sector público. Su denuncia supone lidiar la
política de privatizaciones y desnacionalización de sectores estratégicos,
tales como electricidad, sanidad y educación. Si sumamos todas estas batallas,
demuestran el tesón y voluntad de los pueblos por no dejarse arrebatar su
identidad. Es un símbolo de dignidad frente a los designios del Banco Mundial,
el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio. En esta
dinámica debemos también incorporar la gran ola producida por millones de
personas que en todo el mundo salieron a protestar en contra de la invasión a
Irak y de la política de guerra preventiva impuesta por Estados Unidos en su
lógica por implantar el unilateralismo en el ámbito
de las relaciones internacionales.
Así, un sinfín de acciones de los movimientos
sociales y políticos del campo democrático, popular y antiimperialista han
supuesto un enfrentamiento al neoliberalismo y a la ideología de la
globalización. Es, sin duda, una posición de fuerza. El futuro no está en manos
de Estados Unidos, sus aliados y subordinados. Su diseño se disputa, como se
hizo frente al bunker nazi durante la toma de Berlín, calle por calle.
Sin embargo, acontecimientos tan disímiles como los
expuestos requieren un análisis pausado. La euforia y el optimismo desmesurado,
el ver sólo las debilidades del enemigo, puede producir una acción voluntarista cuyo resultado no sería otro más que la
derrota. No se trata de ser catastrofista o pesimista. Se intenta no perder el
norte y evitar confundir una recesión con una crisis estructural o un momento
de tregua con una retirada estratégica. El llamado a pensar que vivimos tiempos
revolucionarios supone tergiversar la orientación de los cambios acaecidos a
principios del siglo XXI en América Latina. Su objetivo: establecer una agenda
emparentando regímenes de origen tan diferente como los encabezados por Néstor Kirchner del Partido Justicialista argentino (peronistas),
el Partido de los Trabajadores liderado por Lula o el proyecto de la V
República impulsado por Hugo Chávez. Es cierto que se puede llegar a tener
objetivos comunes de corto plazo, y ello supone unir fuerzas ante las
estrategias de Estados Unidos. El restablecimiento de relaciones diplomáticas
de Kirchner con Cuba es un gesto, por ejemplo, de
soberanía. Defenderse frente a la depredación de las riquezas naturales y la
ferocidad con que actúan las trasnacionales es digno
de elogio. Enfrentar coordinadamente las políticas ideadas en Washington merece
respeto. Fue el caso de México y Chile, al oponerse en el Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas a los designios de Estados Unidos y Gran Bretaña para
invadir Irak impunemente. Pero para explicar estas acciones y otras no es
necesario transgredir el carácter que presentan los gobiernos o sus dirigentes.
Vicente Fox es Partido Acción Nacional, Area de Libre
Comercio de las Américas y Plan Puebla-Panamá, y Ricardo Lagos es concertación;
es decir, impunidad y ley de punto final para Pinochet
y sus cómplices. Sus actos no los convierten en paladines de la
luchas democráticas en América Latina. Peor aún, no se pueden
descontextualizar sus orígenes y los procesos políticos de los que salen
deudores.
Olvidar el pasado, tergiversar la realidad o decir
verdades a medias es la semilla de la cual brota el desánimo, la frustración y
el rechazo al compromiso militante. No en vano Ernesto Che Guevara, en
uno de los pasajes más interesantes de su obra revolucionaria, pone énfasis en
el compromiso y obligación ético-moral de decir la verdad, aunque ésta nos sea
terca y contradiga nuestros deseos. Pero no están los tiempos para enunciar
verdades. Se busca dar verosimilitud a una propuesta que nos indica que vivimos
tiempos revolucionarios. Para ello es necesario emparentar a Bolívar con
Chávez, a Lula con Vargas y a Kirchner con San
Martín. De esta manera, más adelante, se podrá homologar a líderes indígenas o
campesinos en la región andina con Tupac Amaru o en México con Zapata o Villa. La lista podría ser
interminable. La poca seriedad que ello reviste, al margen de señalar las
diferencias entre cada uno de los posibles pares, es signo de un oportunismo
rayano en la irresponsabilidad tanto política como intelectual.
Si de lo que se trata es de quedar bien en
conferencias y reuniones, tal vez sus divulgadores logren cautivar los oídos y
mentes de incautos apabullados por el despliegue de citas históricas o de
nombres de próceres que los hacen retrotraerse a tiempos mejores. En cualquier
caso, son fuegos artificiales cuyo peligro radica en que exploten en las manos
de sus manipuladores o terminen creando una estampida humana al ver riesgo de
incendio. Parece que aún no se aprende y se siguen idealizando procesos
políticos para crear un entorno de efervescencia capaz de evitar el desánimo. No
es tiempo de lanzar las campanas al vuelo. Por el contrario, es tiempo de
reflexión, saber estar en el momento y aprender las lecciones de la historia.
Por mucho que Ovando haya nacionalizado el gas y el petróleo en Bolivia, allá
por 1969, ello no le da el rango de demócrata a su régimen militar. Tampoco
Perón con sus nacionalizaciones o Vargas, en Brasil, con su testamento pueden
equipararse a Omar Torrijos en Panamá o Velasco Alvarado en Perú o Torres en
Bolivia. Son estos ejemplos, a los que podríamos agregar muchos otros, los que
hablan sobre la necesidad de no idealizar procesos y menos aún a sus
dirigentes. Las decepciones posteriores suponen un retroceso en las luchas
democráticas. Ello habla de la necesidad de develar los claroscuros en el campo
del pensamiento crítico latinoamericano, sin duda con el peligro de ser
estigmatizado como contrarrevolucionario, agente del imperialismo o provocador,
riesgo que se debe asumir en beneficio de la lucha por la democracia, la
justicia, la igualdad social y la dignidad.