La batalla de ideas en la construcción de
alternativas
Perry Anderson
Conferencia de Perry
Anderson, Editor de la revista New Left Review, titulada "La
batalla de ideas en la construcción de alternativas", ofrecida en la XXI
Conferencia General del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales- CLACSO-
La Habana, Cuba, 30 de agosto de 2003.
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Mi tema de esta noche es la batalla de ideas en la construcción de
alternativas. ¿Cómo podemos comprender este campo de batalla? Es un
terreno todavía dominado, obviamente, por las fuerzas que representan lo que
desde nuestra perspectiva llamamos una nueva hegemonía mundial. Pues bien,
para abordar la cuestión de alternativas, es preciso primero contemplar
los componentes de esta nueva hegemonía. En nuestra visión esta representa algo
nuevo. ¿En qué consiste esta novedad? Si Marx tenía razón, diciendo que las
ideas dominantes en el mundo son siempre las ideas de las clases dominantes, es
muy claro que estas clases -en sí- no han cambiado nada en los últimos cien
años. Los dueños del mundo siguen siendo los propietarios de los medios
materiales de producción, a escala nacional e internacional. Sin embargo, es
igualmente claro que las formas de su dominación ideológica, si han cambiado
significativamente. Quiero comenzar mi intervención con algunas
observaciones a propósito, tratando de focalizar más precisamente los tiempos y
los contornos de esta mutación.
Si miramos la situación mundial después de la derrota del fascismo en 1945, con
el inmediato comienzo de la Guerra Fría, dividiendo a los antiguos aliados de
la Segunda Guerra Mundial, el conflicto entre los dos bloques el Occidente
liderado por los EE.UU. y el Oriente liderado por la
Unión Soviética este conflicto se configuraba, objetivamente, como una lucha
entre el capitalismo y el comunismo, y fue proclamada como tal del lado
oriental, es decir por los soviéticos. En cuanto al sector occidental, lo
términos oficiales de la lucha eran completamente distintos. En
occidente, la Guerra Fría era presentada como una batalla entre la
democracia y el totalitarismo. Para describir al bloque occidental, no se
utilizaba el término de «capitalismo», considerado básicamente un término del
enemigo, un arma contra el sistema en vez de una descripción del mismo.
Se hablaba de la libre empresa y sobre todo del «Mundo Libre», no del «Mundo
Capitalista».
Ahora bien, en este sentido, el fin de la Guerra Fría produjo una configuración
ideológica enteramente nueva. Por primera vez en la historia, el capitalismo
comenzó a proclamarse como tal, con una ideología que anunciaba la llegada de
un punto final del desarrollo social, con la construcción de un orden basado en
mercados libres, mas allá del cual no se pueden imaginar mejoras
substanciales. Francis Fukuyama dio la
expresión teórica más amplia y ambiciosa de esta visión del mundo en su libro
«El Fin de la Historia». Pero en otras expresiones más vagas y populares,
también se difundió el mismo mensaje: el capitalismo es el destino universal y
permanente de la humanidad. No hay nada fuera de este destino pleno. Aquí
se encuentra el núcleo del neo-liberalismo como doctrina económica, todavía
masivamente dominante a nivel de los gobiernos en todo el mundo.
Esta jactancia fanfarrona de un capitalismo desregulado, como el mejor posible de todos los mundos, es
una novedad del sistema hegemónico actual. Ni siquiera en el siglo diecinueve,
en los tiempos victorianos, se proclamaba tan clamorosamente las virtudes y
necesidades del reino del capital. Las raíces de este cambio histórico son
claras: es un producto de la victoria cabal de occidente en la Guerra Fría, no
simplemente de la derrota sino mas bien de la desaparición total de su
adversario soviético, y de la euforia consiguiente de las clases poseedoras,
que ahora no necesitaban mas eufemismos o circunlocuciones para disfrazar la
naturaleza de su dominio.
Pero si la contradicción principal del periodo de la Guerra Fría había sido el
conflicto entre capitalismo y comunismo, este había estado siempre
sobredeterminado por otra contradicción global: por la lucha entre los
movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo y las potencias coloniales
e imperialistas del Primer Mundo. A veces las dos luchas se fusionaron o
entrecruzaron, como aquí en Cuba, o en China y Vietnam.
El resultado de una larga historia de combates anti-imperialistas fue la
emergencia en todo el mundo de estados nacionales formalmente emancipados
de la subyugación colonial y dotados de una
independencia jurídica, gozando a a incluso de sede
en las Naciones Unidas. El principio de la soberanía nacional muchas
veces violado en la práctica por las grandes potencias, pero jamás puesto en duda,
esto es, siempre afirmado por el derecho internacional e inscrito solemnemente
en la Carta de las Naciones Unidos - ha sido la gran conquista de
esta ola de luchas en el Tercer Mundo.
Pero en sus luchas contra el imperialismo, los movimientos de liberación
nacional se vieron beneficiados objetivamente por la existencia y la fuerza del
campo soviético. Digo objetivamente porque no siempre -aunque lo haya hecho en
muchos casos la Unión Soviética ayudo, subjetivamente, a los movimientos
en cuestión.
Sin embargo, aun cuando le faltara un apoyo material o directo por parte la
Unión Soviética, la simple existencia del campo comunista impedía a
Occidente, y sobre todo a los Estados Unidos, aplastar con todos los medios a
su disposición y sin temor de resistencias o represalias, estas luchas. La
correlación de fuerzas globales no permitía, después de la Segunda Guerra
Mundial, el tipo de campañas de exterminio libremente practicados (por
Francia en Marruecos o Inglaterra en Iraq) después de
la Primera Guerra Mundial. Incluso los Estados Unidos siempre trataron de
presentarse ante los países del Tercer Mundo como un país
anti-colonialista, como el producto de la primera revolución anti-colonialista
del continente americano. La competencia diplomática y política entre
Occidente y Oriente en el Tercer Mundo favorecía a los movimientos de
liberación nacional.
Ahora, con la desaparición del campo comunista, las inhibiciones
tradicionales que condicionaban al Norte en sus relaciones con el Sur,
lógicamente se desvanecieron también. Este es el segundo gran cambio de la
última década. Su expresión en el campo de batalla de las ideas ha sido un
creciente asalto contra el principio de la soberanía nacional. Aquí el
momento decisivo ha sido la guerra de los Balcanes en 1999. La agresión
militar contra Yugoslavia lanzada por la OTAN fue abiertamente justificada como
una superación histórica del fetiche de la soberanía nacional, en nombre de
valores más altos o sea, en nombre del valor de los derechos humanos. Desde
entonces, un ejercito de juristas, filósofos, e ideólogos han construido
una nueva doctrina de humanismo militar , buscando demostrar que la
soberanía nacional es un anacronismo peligroso en esta época de globalización,
y que puede y debe pisotearse para universalizar los derechos
humanos, tal como estos son entendidos por los países mas avanzados y, por
supuesto, ilustrados. Desde el punto de vista del primer ministro
británico -el social-demócrata Blair- hasta el punto de vista de filósofos
liberales celebres como John Rawls, Jurgen Habermas y/o Norberto
Bobbio, se sostiene que existe una nueva ley de los pueblos ese es el titulo
exquisito del ultimo libro de Rawls que esta siendo
preconizada para legitimar e incentivar intervenciones militares por parte de
los pueblos democráticos otra expresión esplendida de Rawls
y con el fin de llevar la libertad a los pueblos no-democraticos
. Hoy, en Iraq, vemos el fruto de esta
«apoteosis» de los derechos humanos.
Así, se puede decir que en el campo de ideas, la nueva hegemonía mundial esta
basada en dos mutaciones fundamentales del discurso dominante de la época de la
Guerra Fría: primero, la promulgación del capitalismo, declarado como tal, no
simplemente como un sistema socio-económico preferible al socialismo, sino como
el único modo de organizar la vida moderna concebible para la humanidad,
para siempre. Segundo, la anulación abierta de la soberanía nacional como
clave de las relaciones internacionales entre los estados, en nombre de los derechos
humanos. Podemos dar cuenta de una conexión estructural entres estos dos
cambios. Pues un reino ilimitado del capital es decir de los mercados
financieros contemporáneos - presupone una cancelación de hecho de muchos de
las prerrogativas clásicas de un estado nacional que pierde su capacidad
de controlar la tasa de cambio, la tasa de interés, su política fiscal y
finalmente la estructura misma de su presupuesto nacional. En este sentido, la
anulación jurídica de la soberanía nacional -en provecho del humanismo militar
completa y formaliza un proceso de erosión ya bastante avanzado.
Pero hay un tercer cambio, el más inesperado, que se delinea hoy en día.
Mientras el neo-liberalismo ofrece un marco socio-económico universal, el
humanismo militar propone un marco político universal. Ahora bien,
¿son suficientes, estos dos transformaciones ideológicas, para constituir una
nueva hegemonía mundial? No, porque una hegemonía exige algo mas, exige
la existencia de una potencia particular que organice y haga cumplir las reglas
generales del sistema. En una palabra, no hay hegemonía internacional sin
estado hegemónico. Esto ha sido uno de los puntos fundamentales tanto de
la teoría marxista de la hegemonía forjada por Antonio Gramsci, como de las
teorías anteriores del Realpolitik alemán cuyo matiz
político en cambio era conservador.
Una potencia hegemónica tiene que ser un estado particular -con una serie de
atributos que, por definición, no pueden ser compartidos por otros estados,
dado que son estas peculiaridades las que precisamente lo hacen una super-potencia por encima de los otros estados. Un estado
particular capaz, pues, de desempeñar un papel universal como garantía del
«buen funcionamiento» del sistema.
Desde 1945 esta potencia ha sido los EE.UU. Pero con
el colapso del bloque soviético, el ámbito de su hegemonía se ha extendido
enormemente, volviéndose por primera vez verdaderamente global.
¿Como se articula, entonces, esta nueva prepotencia norte-americana con las
innovaciones ideológicas del neo-liberalismo y del humanismo
militar? En la forma que hubiera sido impensable solamente algunos anos
atrás de una rehabilitación plena y cándida del imperialismo, como un
régimen político de alto valor, modernizante y civilizador. Fue el consejero de
Blair en materias de seguridad nacional, Robert Cooper, una especie de mini-Kissinger
de Downing Street,
que inicio esta transvaluación contemporánea del
imperialismo, dando como ejemplo conmovedor el asalto de la OTAN contra
Yugoslavia. Después el nieto de Lyndon Johnson, el jurista constitucional y estratega nuclear Philip Bobbit (coordinador de los
servicios de espionaje en el Consejo Nacional de Seguridad de Clinton) con su libro enorme El Escudo de Aquiles, predijo
la teorización más radical y ambiciosa de la nueva
hegemonía norteamericana. Hoy, artículos, ensayos y libros, celebrando el
Impero Americano típicamente embellecidos por largas comparaciones con el
Impero Romano y su papel civilizador caen en cascadas de las imprentas en los EE.UU.
Se debe subrayar que esta euforia neo-imperialista no es un exceso efímero de
la derecha norte-americana; hay tanto demócratas como republicanos en el rango
de sus próceres. Para cada Robert Kagan
o Max Boot por un lado, hay un Philip
Bobbitt o Michael Ignatieff
por el otro. Seria un error grave ilusionarse que es solamente con Reagan o con los Bush que estas ideas han crecido;
no, también Carter y Clinton,
con sus Zbigniew Brzezinskis
y Samuel Bergers al lado, han jugado un papel
igualmente fundamental en su desarrollo.
Si dicho en paréntesis- tanto el neo-liberalismo como el neo-imperialismo han
sido políticamente bipartidarios en los EE.UU., y también en su aliado mas estrecho el
Reino Unido, no es que el papel de la Centro-Derecha y de la
Centro-Izquierda han sido idénticos en su emergencia y
consolidación. En ambos casos, hubo una breve pero
significativa iniciación del fenómeno por la Centro-Izquierda, seguida
por su ampliación dinámica bajo la Centro-Derecha, y finalmente de su
estabilización como sistema normal por la Centro-Izquierda. Así, el
monetarismo neo-liberal se inicio en el Norte bajo os gobiernos de Carter y Callaghan en los tardíos
anos setenta; fue dinamizado y ampliado enormemente bajo Reagan
y Thatcher; y finalmente afianzado como rutina con Clinton y Blair. De modo análogo, las primeras iniciativas
audazmente neo-imperiales fueron conformadas en Afghanistan
por Brzezinski; extendidas a Nicaragua,
Grenada, Libia y otros sitios bajo Casey y Weinberger; y fueron normalizadas como sistema, en el Medio
Oriente y en los Balcanes por Albright y Berger. Ahora, en un segundo turno, hay una ampliación y
radicalización -más allá de los mandos de Clinton-
bajo Bush. Podemos esperar, si fuese elegido un Presidente demócrata en
el ano próximo, que las nuevas fronteras de las operaciones
neo-imperialistas establecidas por Rumsfeld serian
consolidadas como los parámetros normales de la hegemonía norteamericana en el
futuro, aunque con un retórica más mansa y
llorosa que la republicana. Todo pasa como si cada vez que el
sistema «se atasca» con la Centro-Izquierda, acelera a toda
velocidad con la Centro-Derecha, y luego regresa a una velocidad estable,
de crucero, una vez más con el Centro-Izquierda.
Ahora, si tales son hoy en día los rasgos principales de la nueva
hegemonía mundial en el campo de batalla de las ideas, ¿dónde se localizan los
principales focos de resistencia a esta hegemonía, y qué formas específicas
toman? Si miramos al escenario político global, podemos distinguir tres zonas geográficas
distintas donde aparecen reacciones adversas a la hegemonía norte-americana.
En los inicios de este ano, Europa ha visto las manifestaciones
callejeras más grandes de toda su historia en contra de la guerra que se
preparaba en el Medio Oriente. En España, Italia, Francia, Alemania,
Inglaterra, millones de personas han expresado su oposición a la invasión de Iraq, como también muchos ciudadanos norteamericanos
mismos. Pero el centro de gravedad del movimiento pacifista internacional ha
sido innegablemente europeo. ¿Cuanta esperanza se puede tener en esta
importante reacción de la opinión publica europea? No fue este un impulso
inmediato o efímero, pues la hostilidad continua a la política de la Casa
Blanca sigue apareciendo reflejada en todos los sondeos posteriores a la
guerra, como también en un torrente de artículos, manifiestos e intervenciones
en los medios masivos de comunicación de los principales países del continente.
Un tema concreto de esta ola reciente de anti-americanismo es la afirmación de
una identidad histórica, propia de las sociedades europeas y
absolutamente distinta de la de los EE.UU.
El filósofo Habermas y muchos otros intelectuales y
políticos europeos teorizan esta diferencia como un contraste de valores Europa
sigue siendo socialmente mas responsable con su estado de bienestar, mas humana
con su negativa a sostener una legislación punitiva como la pena capital, mas
tolerante y menos religiosa en sus costumbres, mas pacifica en sus relaciones
exteriores, que América el Norte.
¿Como evaluar a estas pretensiones? Es claro que el modelo capitalista
europeo ha sido, desde la Segunda Guerra Mundial, mas regulador e
intervencionista que el norteamericano, y que ningún estado europeo, y aun
menos la Unión Europea, goza de un poder militar lejanamente comparable con el
que esta a disposición de Washington.
Pero hoy en día el neo-liberalismo reina en todas las sociedades europeas con
los mismos lemas que en el resto del mundo en términos de reducción de los
gastos del estado, disminución de los beneficios sociales, desregulación de los
mercados, privatización de las industrias y los servicios públicos.
En este sentido, las diferencias estructurales entre la Unión Europea y los EE.UU son cada vez menores. Lo que aparece es una vaga noción
que da cuenta de la existencia de una distancia cultural entre dichas unidades
políticas, aunque obviamente, las sociedades europeas se encuentran cada ano
que pasa mas subordinadas a los productos de Hollywood
y de Sillicon Valley. Sin
embargo, esta distancia o reacción cultural a la que hacíamos referencia
anteriormente constituye una base muy débil en términos de una resistencia
política duradera frente a los EE.UU. Eso se ve
muy claramente en el hecho de que la mayoría abrumadora de los manifestantes
contra la guerra de Iraq han apoyado fervorosamente
la guerra contra Yugoslavia, cuya justificación y modus
operandi eran mas o menos idénticas la diferencia
principal que se presenta es que entonces el presidente era Clinton,
un demócrata suntuoso y efusivo con el que tantos europeos se identificaban, y
no el republicano Bush, que les parece un vaquero inaceptablemente hosco
y rustico. En otras palabras, no hay oposición de principio contra el
neo-imperialismo en estos medios europeos; solamente hay una aversión «de
etiqueta» contra su mandatario actual. Por ello, no es casual que después
de la conquista de Iraq, el movimiento pacifista
europeo se encuentre en una situación de reflujo, aceptando el hecho consumado,
y sin expresar algún tipo de manifestación significativa de solidaridad con la
resistencia nacional a la ocupación. A esto se suma el hecho de que los
gobiernos europeos que se han opuesto inicialmente a la invasión de Iraq (tal como Alemania, Francia y Bélgica) se
han rápidamente acomodado a la conquista, buscando reparar tímidamente sus
relaciones con Washington
Pasemos ahora al Medio Oriente mismo. Aquí, el escenario es totalmente
distinto, pues se combate armas en mano contra la nueva hegemonía
mundial. Tanto en Afghanistan como en Iraq, a la conquista relampago
norteamericana le siguió una resistencia guerrillera tenaz en el espacio
territorial, la cual sigue causando dificultades serias para los EE.UU. Además, no hay la más mínima duda del apoyo masivo
de la opinión pública árabe de toda la región respecto a estas luchas de
liberación nacional contra los ocupantes y sus títeres. Seria sorprendente si
el mundo árabe no reaccionara de tal modo frente a las agresiones
norteamericanas, dado que estas se desarrollan en una zona ex-colonial que
experimenta cada día, con la bendición de Washington, la expansión del
colonialismo israelí en los territorios palestinos. Este trasfondo histórico
separa desde el principio el modo en que se lleva a cabo la oposición árabe y
la oposición europea en relación a la nueva hegemonía mundial, y para esto hay
que tener en cuenta que diversas potencias europeas fueron ellas mismas los
colonizadores originales de la región. Pero hay dos factores más que
diferencian la resistencia árabe de la europea. Aquí también entra en
juego un contraste cultural con la super-potencia, el
cual es mucho mas profundo porque se sostiene en una religión milenaria, el
Islam. El islamismo contemporáneo, con toda la variedad de sus matices,
es infinitamente mas impermeable a la penetración de la cultura e ideología
norteamericana que la vaga identidad bienestarista de
la que se jactan lo europeos. Como lo hemos visto repetidamente, aquel es
capaz de inspirar actos de contra-ataque de una ferocidad sin par.
Además, esta antigua fe religiosa se conjuga con un sentimiento absolutamente
moderno de nacionalismo moderno, rebelándose contra las miserias y
humillaciones de una zona regida durante décadas por regimenes feudales o
títeres corruptos y brutales. La combinación de lo cultural-religioso y de lo
nacional hace de la resistencia islamo-árabe
contemporánea una fuerza que no se agotara fácilmente. Pero al mismo tiempo,
esta tiene sus límites. Le falta lo social es decir una visión creíble de
una sociedad moderna alternativa a lo que busca imponer en el Medio
Oriente la potencia hegemónica. La Sharia no es un
idea capaz de enfrentar los retos del neo-liberalismo. Mientras tanto,
siguen oprimiendo sus pueblos los diversos regimenes tiránicos y atrasados de
la región, todos sin excepción alguna prontos a colaborar con los EE. UU
como ha demostrado ad libitum la Liga árabe, y la
experiencia del la primera guerra del Golfo.
El tercer foco de resistencia se halla aquí, en América Latina.
Tres rasgos decisivos distinguen esta zona de las anteriores. En
primer lugar, en América Latina se encuentra una combinación de factores
mucho mas fuerte y prometedora que en Europa o en Medio Oriente, pues aquí y
solamente aquí, la resistencia al neo-liberalismo y al neo-imperialismo
conjuga no solamente lo cultural sino lo social con lo nacional es decir,
comporta una visión emergente de otro tipo de organización de la
sociedad, y otro modelo de relaciones entre los estados. En segundo
lugar, América Latina y esto es un hecho que a menudo se olvida es la única
área del mundo con una historia continua de trastornos revolucionarios y
luchas políticas radicales desde un siglo. Ni en Asia, ni en Afrecha, ni en
Europa, encontramos equivalentes a la cadena de revueltas y revoluciones
que han marcado la especifica experiencia latinoamericana, la cual, de aquí a
un siglo atrás viene dando cuenta de nuevas explosiones que se suceden a
derrotas. El siglo XX ha empezado con la revolución Mexicana que tuvo lugar
antes de la Primera Guerra Mundial. Se trata de una revolución victoriosa pero
que también fue esterilizada en lo que hace a muchas de sus aspiraciones
populares. Entre las dos guerras, hay una serie de levantamientos heroicos y
experimentos políticos derrotados: el Sandinismo en
Nicaragua, la revuelta aprista en Perú, la insurrección en El
Salvador, la revolución de 33 en Cuba, la intentona en Brasil, la
breve republica socialista y el frente popular en Chile. Pero con la Segunda
Guerra Mundial comienza un nuevo ciclo, con el primer peronismo en su fase
jacobino en Argentina, el bogotazo en Colombia
y la revolución Boliviana de 52. Al final de la década estalla la
revolución cubana. Sigue una ola de luchas guerrilleras a través del
continente, y la elección del gobierno de Allende en Chile.
Todas estas experiencias fueron aplastadas con el ciclo de dictaduras militares
que comenzaron en Brasil en el 64 y luego allanaron el camino a Bolivia,
Uruguay, Chile, Argentina en los anos setenta de plomo. A mediados de la
década, la reacción parecía victoriosa casi en toda parte. De nuevo, sin
embargo, se encendió el fuego de la resistencia con el triunfo de la
revolución sandinista, la lucha de los guerrilleros
salvadoreños, y la campana masiva para elecciones directas en Brasil.
También esta ola de insurgencia popular fue desmontada o
destruida impiedosamente. A mediados de los
anos noventa, reinaba casi en todos los países latino-americanas versiones
criollas del neo-liberalismo norte-americano, instalados o apoyados por
Washington los regimenes de Menem en Argentina, Fujimori en Perú, Cardoso en
Brasil, Salinas en México, Sánchez Losada en Bolivia, etcétera.
Finalmente, con una democracia estable restaurada, y políticas económicas
excelentes, creía el Departamento del Estado, América Latina se había
convertido en una retaguardia segura y tranquila del Impero global. Hoy
en día, el paisaje político se ha cambiado de nuevo radicalmente. El
ciclo popular mas reciente, que comenzó con la revuelta zapatista en Chiapas,
ya ha visto la llegada al poder de Chávez en Venezuela, las victorias de Lula e
Kirchner en Brasil y Argentina, el derrumbe de
Sánchez Losada en Bolivia, y los estallidos sociales repetidos en Perú y
Ecuador.
Tercer rasgo distintivo del escenario latinoamericano: aquí, y solamente
aquí, encontramos coaliciones de gobiernos y de movimientos en una frente amplio de resistencia a la nueva hegemonía
mundial. En Europa, el movimiento pacifista y alterglobalista
ha sido mucho más extenso que la oposición diplomática de algunos gobiernos a
la guerra de Iraq. Esta asimetría entre la
calle y el palacio ha sido una de las características mas significativas de la
situación europea, donde la mayoría de los gobiernos incluyendo no solamente
Gran Bretaña, sino España, Italia, Holanda, Portugal, Dinamarca y todos los
nuevos satélites de Washington en Europa del Este - no solamente apoyaron
la agresión contra Iraq, sino participan en la
ocupación, mientras que la mayoría de sus poblaciones se opusieron a la Guerra.
En Medio Oriente, esta asimetría entre la hostilidad casi unánime de la calle a
la conquista de Iraq y la complicidad casi unánime de
los regimenes con el agresor es aun mas dramática, o en efecto, total. En
América Latina, en contraste, se ve una serie de gobiernos que en
grados y campos - diversos tratan de resistir a la voluntad de la potencia
hegemónica, y un conjunto de movimientos sociales típicamente mas radicales que
luchan para un mundo diferente, sin inhibiciones diplomáticas o ideológicas;
allí se encuentran desde los Zapatistas en México y los Sem
Terra en Brasil, a los cocaleros y mineros de
Bolivia, los piqueteros de Argentina, los huelguistas de Perú, el bloque
indígena en Ecuador, y tantos otros. Esta constelación dota el frente de
resistencia de una repertorio de tácticas y acciones,
y de un potencial estratégico, superior a cualquier otra parte del mundo. En
Asia, por ejemplo, pueden haber gobiernos mas firmes en su oposición a los
mandos económicos y ideológicos norteamericanos la Malasia de Mahathir es un caso obvio pero faltan poderosos movimientos
sociales; y donde existen tales movimientos, los gobiernos típicamente se
muestran mas o menos serviles, como en Corea del Sur, cuyo Presidente
ahora promete tropas para ayudar a la ocupación de Iraq.
Entonces, es lógico que si miramos a las dos iniciativas más
impresionantes de resistencia internacional a la nueva hegemonía mundial, ambas
se originaron aquí en América Latina. La primera, por supuesto, ha sido
la emergencia del Foro Social Mundial, con sus raíz simbólica en Porto Alegre;
y la segunda, la creación del G-22, en Cancún. En ambos casos, lo notable
es un verdadero frente intercontinental de resistencia, que englobo de manera
muy diversa movimientos en un caso y gobiernos en el otro. Ahora bien, tanto el
Foro Social como el G-22 han concentrado sus esfuerzos de resistencia en
el sector neo-liberal del frente enemigo, es decir, esencialmente en la agenda
económica de la potencia hegemónica y sus aliados en los países ricos. Aquí,
correctamente, los blancos centrales han sido el Fondo Monetario Internacional
y la Organización Mundial del Comercio. En esta batalla de ideas, la
noción de mercados libres es decir, sistemas de intercambio de las mercancías,
del trabajo, y del capital puros y autónomos, sin interferencias políticas u
otras ha sido cada mas claramente expuesta con una mitificación. Todos los
mercados, en todos los tiempos, son construidos y regulados
políticamente: la única cuestión pertinente es que tipo de política los moldean
y determinan. El neo-liberalismo busca imponer su Gran
Transformación (para usar la formula acunada por Karl
Polanyi) para el advenimiento del liberalismo clásico
del laissez-faire en la época victoriana. Como su predecesor, este
proyecto a escala mundial comporta la imposición de reglas de comercio que
favorecen los intereses de los estados y corporaciones metropolitanos en
detrimento de los intereses de los países periféricos. El proteccionismo, se
vuelve un privilegio reservado al Norte, mientras que en el Sur es visto como
una infracción a las leyes fundamentales de toda economía sana. Comparada
con estas hipocresías, la noción medieval de un precio justo podría parecer un
modelo de ilustración. El ataque que se llevo a cabo en Cancún contra las
arrogancias ideológicas y abusos prácticos de la potencia hegemónica y sus
aliados fue un acierto.
Sin embargo y aquí las discrepancias entre gobiernos y movimientos se destacan
resistir a las pretensiones hegemónicas en la área del comercio, defender
por ejemplo el MERCOSUR contra la ACLA no puede conducir a resultados muy
animadores, si al mismo tiempo se obedece dócilmente al Fondo Monetario lnternacional y los mercados financieros en materias tan
cruciales como la tasas de interés, el patrón fiscal, el sistema de pensiones,
el así llamado superávit primario, para no hablar de respuestas a la
exigencia popular de una redistribución igualitaria de tierras.
Aquí el rol de los movimientos sociales se vuelve decisivo. Solo su
capacidad de movilizar a las masas campesinos, obreros, informales, empleados y
combaten, si necesario sin treguas, gobiernos oscilantes u oportunistas,
puede asegurar políticas sociales mas igualitarias y justas. La democracia de
la que se jactaban los gobiernos neo-liberales de la último
década siempre ha sido un asunto restringido y elitista, con baja participación
electoral, y alta interferencia del poder del dinero. La democracia de
que necesita una resistencia efectiva a la nueva hegemonía mundial es
algo distinto: requiere de un ejercicio del poder desde abajo, cuyas formas
embrionarias se van delineando en los presupuestos populares de Porto Alegre,
los comités de la insurgencia boliviana, la auto-organización de los ranchitos
venezolanos, las ocupaciones de los Sem Terra.
Si bien es cierto que hay muchos brotes prometedores de resistencia regional e
internacional contra el neo-liberalismo, también cabe preguntarse: ¿Cuál es la
situación respecto al frente de combate contra el neo-imperialismo? Aquí el
escenario sigue siendo más sombrío. Los primeros Foros Sociales han
evitado cuidadosamente el tópico aparentemente demasiado candente - del nuevo
belicismo norte-americano. En Europa, hubo no poca gente que engullendo
la idea de un humanismo militar en defensa de los derechos humanos apoyaron el
bombardeo de Belgrado. Entre los gobiernos, naturalmente, se ve aun menos
apetito para enfrentar la potencia hegemónica en su terreno más fuerte, el
campo militar. La reacción de los varios gobiernos latino-americanos a la
invasión de Iraq se podría resumir en el
repudio inmediato del cual fue objeto el desgraciado embajador chileno en las
Naciones Unidas por parte del Presidente social-demócrata Lagos, cuando en un
momento distraído de una charla informal condeno la agresión anglo-americana,
y por ello recibió una telegrama furioso por parte de la Moneda en donde se le
ordenaba rectificar su lapsus. Chile no condeno
la agresión, la lamento . Los otros gobiernos
latinoamericanos no han demostrado mayor coraje: las únicas dos excepciones
fueron Cuba y Venezuela.
Ahora bien, este frente de resistencia a la nueva hegemonía mundial exige una
crítica consistente de sus conceptos-claves. Aquí la batalla de ideas para la
construcción de una alternativa tiene que concentrar sus miras en dos puntos decisivos:
los derechos humanos y las Naciones Unidas, que se han vuelto hoy en día
instrumentos de las estrategia global de la potencia
hegemónica. Tomemos primero los derechos humanos. Históricamente, la
declaración que la introdujo al mundo, de 1789, ha sido uno de las grandes
proezas políticas de la revolución francesa. Pero, como era de esperar, a
esta noción fruto de la ideología de una gran revolución burguesa le faltaba
una base filosófica que la sostenga. El derecho no es un fenómeno antropológico:
es un concepto jurídico, que no tiene significado fuera de un marco legal
que instituye tal o cual derecho en un código de leyes. No puede haber
derechos humanos en abstracto es decir, trascendente respecto a cualquier
estado concreto, sin la existencia de un código de leyes. Hablar de
derechos humanos como si estos pudiesen pre-existir
mas allá de las leyes que les darían vida como es común es una
mitificación. Fue por eso que el pensador utilitarista clásico, Jeremy Bentham, las denomino tonterias en zancos y Marx, cuya opinión de Bentham no era muy alta, en este punto le dio toda la
razón, sin dudar en citarlo a tal propósito.
El hecho obvio es que no puede haber derechos humanos como si fuesen
dados de una antropología universal, no solamente por que su idea es un
fenómeno relativamente reciente, sino también por que no hay ningún
consenso universal en la lista de tales derechos. De acuerdo con la
ideología dominante, la propiedad privada inclusive, naturalmente
la que concierne los medios de producción es considerada un derecho humano
fundamental proclamado como tal, por ejemplo, en la guerra contra
Yugoslavia, cuando el ultimátum norte-americano a Rambouillet
que deflagro el ataque del OTAN exigió no solamente libertad y
seguridad para la población de Kosovo, el libre movimiento de las tropas
de la OTAN a través del territorio yugoslavo, sino también tranquilamente
estipulo - cito que Kosovo tiene que ser una economía del
mercado . Incluso, dentro de los parámetros de la ideología dominante en
los EE.UU, se contrapone diariamente el derecho
a decidir con el derecho a vivir respecto al tema del aborto. No hay
ningún criterio racional para discriminar entre tales construcciones,
pues los derechos son constitutivamente maleables y arbitrarios
como toda noción política: cualquiera puede inventar uno a su propio
antojo. Lo que normalmente representan son intereses, y es el poder
relativo de estos intereses lo que determina cual de las diversas
construcciones rivales predomina. El derecho al empleo, por ejemplo, no tiene
ningún estatuto en las doctrinas constitucionales de los países del Norte; el
derecho a la herencia, si. Entender esto no implica ninguna postura
nihilista. Si bien los derechos humanos (pero no los derechos legales) son una
confusión filosófica, existen necesidades humanas que en efecto prescinden de
cualquier marco jurídico, y corresponden en parte a fenómenos antropológicos
universales - tales como la necesidad de alimentación, de abrigo, de
protección contra la tortura o el maltrato - y en parte corresponden a
exigencias que son, hegelianamente, productos
del desarrollo histórico tales como las libertades de expresión, diversión,
organización, y otras. En este sentido, en vez de derechos, es
siempre preferible hablar de necesidades: una noción mas materialista, y
menos equivoca.
Pasemos ahora a nuestro humanismo militar, escudo ilustrado de los derechos
humanos en la nueva hegemonía mundial. He observado que el Foro Social y
más generalmente los movimientos alterglobalistas
han prestado poca atención al neo-imperialismo, prefiriendo concentrar su fuego
en el neo-liberalismo. Sin embargo, hay un lema internacional movilizador muy sencillo que podrían adoptar.
Este consiste en exigir el cierre de todas repito todas las bases militares
extranjeras en todo el mundo. Actualmente, los EE.UU
mantienen tales bases en más de cien - repito: cien países a través del
planeta. Debemos exigir que cada una de estas bases sea cerrada y
evacuada, desde la más antigua e infame de todas, aquí en Guantánamo, hasta las
más nuevas, en Kabul, Bishkek y Baghdad.
Lo mismo para las bases británicas, franceses, rusas y otras. ¿Qué
justificación tiene estos tumores innumerables en el flanco de la soberanía
nacional, si no es simplemente la raison d etre del Impero y sus aliados?
Las bases militares norteamericanas constituyen la infraestructura estratégica
fundamental de la potencia hegemónica. Las Naciones Unidas, ellas,
proveen una superestructura imprescindible de sus nuevas formas de
dominación. Desde la primera Guerra del Golfo en adelante, la ONU ha
funcionado como un instrumento dócil de sus sucesivas agresiones, manteniendo
durante una década el bloqueo criminal de Iraq, que
ha causado entre 300 y 500 mil muertos, la mayoría niños, consagrando el ataque
de la OTAN contra Yugoslavia, donde propicio y sigue propiciando servicios
pos-ventas a los agresores en Kosovo, y ahora colaborando con los ocupantes de Iraq para edificar un gobierno de marionetas
norte-americanas en Bagdad, y coleccionando fondos de otros países para
financiar los costos de la conquista del país. Desde el
desaparición de la Unión Soviética, el mando de Washington sobre
la ONU se volvió casi ilimitado. La Casa Blanca escogió directamente, sin
ningún pudor, el actual Secretario-General como su mayordomo
administrativo en Manhattan, descartando su
predecesor como insuficientemente servil a los Estados Unidos. El FBI
abiertamente escucha a escondidas a todas las delegaciones extranjeras en la
Asamblea General. La CIA penetro sin siquiera desmentir sus
actividades - de conocimiento publico el cuerpo de los así
llamados inspectores en Iraq, de pie a cabeza.
No hay medida de soborno o chantaje que no utilice diariamente el Departamento
de Estado para doblegar a los representantes de las naciones a su
voluntad. Hay ocasiones, aunque cada vez mas raras, cuando la ONU no
aprueba explícitamente los proyectos y decisiones de los EE.UU
en los que Washington toma la iniciativa unilateralmente, y entonces la ONU lo
autoriza post-facto, como un hecho consumado. Lo que jamás acontece ahora
es que la ONU rechaza o condena una acción estadounidense.
La raíz de esta situación es muy simple. La ONU fue construida en los tiempos
de Roosevelt y Truman como
una maquina de dominación de las grandes potencias sobre los demás países
del mundo, con una fachada de igualdad y democracia en la Asamblea General,
y una concentración férrea del poder en manos de los cinco miembros
permanentes del Consejo de Seguridad, arbitrariamente escogido entre los
vítores de una Guerra que no tiene ninguna relevancia hoy. Esta
estructura profundamente oligárquica se presta a cualquier tipo de mando y
manipulación diplomáticos. Es esto lo que ha conducido a la organización -que
en principio debería ser un baluarte de la soberanía nacional de los países
pobres del mundo- a su prostitución actual, convertida en una mera mascara para
la demolición de esta soberanía en nombre de los derechos humanos,
transformados a su vez naturalmente- en el derecho de la potencia hegemónica de
bloquear, bombardear, invadir y ocupar países menores, según le venga en
gana.
¿Que remedio es concebible a esta situación? Todos lo proyectos de reforma de
Consejo de Seguridad se han hundido a partir del rechazo de los monopolistas
del veto a renunciar a sus privilegios, que ellos tienen además el poder de
proteger. Todos los reclamos de la Asamblea General para una democratización de
la organización han sido, y serán, en vano. La única solución plausible a
este impasse parecería ser el retiro de la organización de uno o varios países
grandes del Tercer Mundo, que podrían deslegitimarla hasta que el Consejo
de Seguridad sea forzado a aceptar su ampliación y una redistribución de
poderes reales dentro de la Asamblea General. De la misma manera, además, la
única esperanza de desarme nuclear serio es el retiro de uno o varios países
del Tercer Mundo del infame Tratado de No-Proliferación Nuclear -que debiera
ser llamado el Tratado para la preservación del oligopolio nuclear para forzar
a los verdaderos detectores arrogantes de los armamentos de destrucción masiva
a renunciar a sus privilegios. Samir Amin ha hablado aquí de necesidad de restaurar cualquier
resistencia seria a la nueva hegemonía mundial. Estoy de acuerdo. Añadiré
que los principios de tal igualdad tienen que ser no solamente económicos y
sociales dentro las naciones, sino también políticos y militares entre
las naciones.
Estamos lejos de esto hoy. Tan lejos como puede verse en la última
resolución del Consejo de Seguridad, votada en este mismo mes de octubre. En
esta, el órgano supremo de las Naciones Unidas ha solemnemente dado su
bienvenida al consejo títere de las fuerzas de ocupación de Iraq
designándolo como la encarnación de la soberanía iraquí, condenado los actos de
resistencia a la ocupación, llamado a todos los países a ayudar en
la reconstrucción de Iraq bajo los designios de
esas mismas fuerzas títeres, y nombrado a los Estados Unidos como el mandatario
reconocido de una fuerza multinacional de ocupación del país. Esta
resolución, que no es otra cosa que el acto de bendición de la ONU a la
conquista de Iraq, fue aprobada unánimemente.
La firmaron: Francia, Rusia, China, Alemania, España, Bulgaria, México, Chile,
Guinea, Camerún, Angola, Siria, Pakistán, Reino Unido y Estados Unidos. La
Francia supuestamente gaullista, la China
supuestamente popular, Alemania y Chile supuestamente social-demócratas, Siria
supuestamente baasista, Angola rescatada una vez por
Cuba de su propia invasión, para no hablar de los demás clientes mas familiares
de los EE.UU todos cómplices de la recolonización de Iraq. Esta es la nueva hegemonía mundial.
Combatámosla.