ANARQUISTAS CONTRA DICTADORES
Pedro
Echeverría V.
Antes de conocer el pensamiento
anarquista y comenzar a sentirme liberado de pesadas cargas dogmáticas, recordó
Adan con alegría, viví 27 años en la lectura y el estudio del marxismo y sus
diferentes interpretaciones (leninismo, trotskismo, stalinismo, titoísmo,
maoísmo, guevarismo, luxemburguismo), así como en el activismo total. Marx se
convirtió en nosotros –los jóvenes de entonces- en una forma de dios, Lenin en
semidios y Troski, Stalin, Tito, Mao, Guevara y Rosa en aventajados aplicadores
del pensamiento “marxista-leninista” a diferentes realidades concretas. En
México, apunta Adan, no tuvimos grandes pensadores marxistas, aunque sí
destacados intelectuales en el campo del marxismo como José Revueltas,
Guillermo Rousset, González Rojo, Wenceslao Roces, Adolfo Sánchez Vázquez y más
adelante Pablo González Casanova, Adolfo Gilly y algunos más.
La década de los sesenta, en
particular los movimientos estudiantiles de 1968, representó una gran ruptura
en México y en el mundo. Aunque la prensa escrita y la radio estaban totalmente
sometidas al gobierno, y la TV apenas daba sus primeras señales de vida, muchos
acontecimientos revolucionaron el pensamiento con profundidad: 1. El gran
debate entre los partidos comunistas chino y soviético de más de diez años,
iniciado a fines de los cincuenta, sobre las estrategias de la revolución
mundial, 2. La guerra de Vietnam contra el invasor yanqui, 3. El surgimiento de
una gran revolución cultural y antiautoritaria entre los jóvenes que algunos
bautizaron como “existencialismo”, 4. La guerrilla y la muerte del Che en
Bolivia, 5. La irrupción del movimiento estudiantil en Francia, Alemania, EEUU,
México, así como 6. La invasión de Checoslovaquia por tropas rusas y de sus
aliadas.
Las estructuras de opresión
capitalista continuaron de pie, pero tuvieron que cambiar para que la
explotación continúe y se haga llevadera. Después de 1968, mientras los jóvenes
protestaban en diferentes frentes, los represivos padres de familia, los
autoritarios profesores, los maridos machos, los curas aliados al capital, los
empresarios explotadores, los líderes manipuladores y el gobierno super
corrupto, se sintieron obligados a cambiar de táctica: de una opresión brutal y
descarnada a una más suave y enmascarada. El capitalismo sufrió enormes
transformaciones tecnológicas y dentro de ellas se instrumentó un poder
“participativo”, con “responsabilidades compartidas” que permitieron una mayor
explotación por las “sociedades anónimas”. Se extendió la ideología del
consumo; la opresión y explotación sólo cambiaron de cara. También el llamado
“socialismo” –que no fue más que una dictadura burocrática- comenzó a
derrumbarse en 1968 en Checoslovaquia hasta su desplome total en 1989.
Proudhon y Bakunin en los tiempos de
Marx, Kropotkin y Malatesta en el período de la Revolución Rusa, así como los
historiadores Nettlau y Rocker, son los más conocidos del anarquismo que se ha
definido como un principio o una teoría de la vida y de la conducta según los
cuales la sociedad es concebida sin gobierno (del griego AN y ARCHE: sin
autoridad). “La armonía en una sociedad se logra, no por la sumisión a la ley o
por la obediencia a cualquier autoridad, sino por los libres acuerdos
concluidos entre los numerosos y variados grupos, en base territorial y
profesional, constituidos libremente por las necesidades de la producción y el
consumo, tanto para satisfacer la infinita la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un
ser civilizado. En una sociedad de ese tipo, las asociaciones voluntarias, que
empiezan a cubrir todos los campos de la actividad humana, tomarían una
extensión todavía mayor hasta llegar a sustituir al Estado en todas sus
funciones”. (Kropotkin, Rusia 1842-1921)
El anarquismo entonces está contra
el gobierno, contra el Estado, contra la ley, contra todo poder que se impone
desde fuera por los intereses de unos cuantos políticos sin consultar y acordar
con las personas, grupos y sectores que viven en sociedad. El anarquismo o la
anarquía no es desorden, rebeldía gratuita o
irracional, sino el reclamo y la batalla contra el poder que no toma en cuenta,
que no respeta a los de abajo, a los productores, a los explotados. El
anarquismo no es partido ni organización que busque el poder, sino movimiento
que impulsa el despertar de los trabajadores, de los jóvenes, de las mujeres,
de los marginados sociales; que impulsa el desarrollo de su conciencia mediante
la participación voluntaria y autogestiva en cada uno de los procesos. El
anarquismo, en fin, respeta todas las actividades de los seres humanos siempre
y cuando no exploten, engañen y opriman a los demás. Y como el poder siempre
oprime, el anarquismo es contrapoder.
Las rebeliones verdaderas y las
revoluciones en sus orígenes parecen anarquistas o autogestivas hasta que llega
el pequeño dictador con su partido o su grupo para secuestrarlas en su propio
beneficio. Da la impresión que los seres humanos somos libertarios en los
primeros meses y años de vida hasta que nuestros padres, la familia y los
profesores nos imponen normas y reglamentos para vivir en la misma sociedad
construida a imagen y semejanza del poder instituido. Ya grandes –educados en
la sumisión en el hogar, la escuela, la iglesia, el partido y por la TV-
resulta casi imposible rebelarse siquiera para defenderse. ¿Seremos tan
incapaces, tontos, insulsos como para que siempre un policía o un pequeño
dictador nos diga lo que debemos hacer y que nos esté cuidando para no matarnos
entre nosotros? ¿Serán tan salvajes los irakís, los afganos, los palestinos,
los bolivianos o venezolanos para que el gobierno norteamericano tenga que
entrar a esos países para asesinarlos?
En los últimos años ha surgido en el
mundo, en México en particular, una gran cantidad de jóvenes que se asumen
asimismos como anarquistas o “anarcopunk”. La realidad es que viven llenos de
entusiasmo, honestidad y gran pasión porque se les respete en su identidad:
forma de vestir, de expresarse, de vender su trabajo, de reunirse y divertirse.
Sin embargo la autoridad, esos pequeños dictadores que cuidan el poder y
protegen el capital, sólo quieren a jóvenes disciplinados, sumisos, ordenados,
que inclinen la cerviz ante cualquier dictadorcillo. Felicito y agradezco a
esos jóvenes por su gran espíritu libertario, así como porque trasmiten sangre
nueva en el pensamiento y actuar, pero también les digo que se cuiden mucho del
terrorismo de Estado, de los dictadorzuelos manchados de sangre que ponen
trampas y provocaciones para reprimir, encarcelar y asesinar la rebeldía que se
manifiesta en las escuelas, calles y plazas.