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Alternativa al
neoliberalismo |
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José Luis
Calva |
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DURANTE
el siglo XX tuvimos dos grandes transformaciones económicosociales:
la Revolución Mexicana, que fue caracterizada por el entonces joven poeta
Octavio Paz como "una búsqueda de nosotros mismos", como "un
estallido de la realidad" en el que México "se atreve a ser",
y la reforma neoliberal, que significó la conversión de México en un
laboratorio de experimentación de los dogmas del Consenso de Washington, es
decir el extravío de nosotros mismos y el abandono de un México sin proyecto
propio a la deriva del mercado global. El libro de
Andrés Manuel López Obrador, Un proyecto alternativo de nación, México, Grijalbo, 2004, constituye una propuesta cuya viabilidad
analizaremos en este espacio editorial para el reencuentro de México consigo
mismo. "Aunque debemos aspirar a ser universales dice el autor tenemos
la profunda necesidad de reafirmarnos como nación, con nuestros propios
valores, experiencias, recursos y capacidades. Los factores externos deben
tomarse en cuenta pero no aceptarlos pasivamente como destino manifiesto. Sin
renunciar a esquemas globales, la opción es consolidar lo interno y utilizar
la experiencia histórica, los recursos naturales, la creatividad y la
laboriosidad de nuestra gente para impulsar el desarrollo de México y mejorar
las condiciones de vida de su pueblo". La necesidad
del cambio deriva de los efectos desastrosos del experimento neoliberal sobre
la economía mexicana y el bienestar de su población. "El principal
problema del modelo neoliberal escribe el autor ha sido la falta de
crecimiento de la economía: de 1983 a 2003, el crecimiento del PIB promedio
anual ha sido de 2.2% pero, al considerar el aumento de la población, el
producto per cápita creció apenas 0.3%; es decir,
la política económica aplicada en las dos últimas décadas que no considera,
entre otros factores, la distribución del ingreso, ni siquiera con ese
enfoque cuantitativo ha logrado eficiencia y progreso para el país". Cumplimos así
dos décadas perdidas para el desarrollo y estamos comenzando la tercera
década perdida, si no ponemos punto final al experimento neoliberal. En
contraste, bajo el modelo económico anterior, desde el gobierno de Lázaro
Cárdenas hasta 1982, el Producto Interno Bruto de México creció a una tasa
media de 6.1% anual; y el PIB per cápita se incrementó
a una tasa media de 3.1% anual. El autor
contrasta los resultados del modelo neoliberal en México con el desempeño de
otras economías que "con las mismas circunstancias internacionales han
podido crecer más que México". Por ejemplo, Corea del Sur, cuyo PIB
creció a una tasa de 7.2% anual durante el periodo 1983-2003; Tailandia, que
creció 5.7% anual; la India, que creció 5.9%; China, cuya economía se
expandió a una tasa media de 9.4% anual, entre otros. Como resultado,
mientras México permaneció prácticamente estancado en el mismo nivel de
subdesarrollo, otros países que al principiar los 80 tenían un PIB por
habitante inferior al de México se convirtieron en países de nueva
industrialización o de altos ingresos, como Corea del Sur, cuya tasa media de
crecimiento del PIB per cápita fue de 6.1% anual en
el periodo 1983-2003 (con un crecimiento acumulado de 248.7% en esos 21
años), contra una tasa de crecimiento de apenas 0.3% anual en México (con un
crecimiento acumulado del PIB per cápita de sólo 7.3%
durante los mismos 21 años). ¿Qué hizo la diferencia? "La clave escribe
el autor radica precisamente en los estilos distintos de inserción en la
globalidad. En otros países este proceso obedeció a un diseño propio, a
partir de sus realidades, con gradualismo y aprovechando los márgenes de
negociación para proteger sus intereses estratégicos". Ciertamente,
las estrategias desplegadas por los países de nueva industrialización del
este de Asia, cuyos procesos de desarrollo acelerado les permitieron establecer
una sólida base productiva interna, compartir el avance científico-técnico y
elevar sensiblemente los niveles de ingreso de sus poblaciones, nada tienen
que ver con el Consenso de Washington. Su modelo exitoso se basó en la
combinación de políticas sustitutivas de importaciones con una promoción
agresiva de sus exportaciones, apoyadas ambas en un fuerte intervencionismo
del Estado (como planificador, regulador y promotor de la industrialización a
través de múltiples instrumentos: fiscales, crediticios, administrativos y
promocionales específicos); en un fuerte impulso institucional al desarrollo
tecnológico endógeno y adoptado; en la formación de recursos humanos a través
de su sistema educativo y de la capacitación laboral integrada a la política
industrial; en una fuerte base de acumulación interna con regulación
prudencial y promocional de la inversión extranjera y en la estricta
regulación de sus sistemas financieros, subordinándolos a sus estrategias de
industrialización. China cuya
economía crece espectacularmente, pero está aún lejana del PIB per cápita de los países de nueva industrialización
también diseñó por sí misma su estrategia de inserción en la globalización y
mantuvo el control de sus procesos de transformación: no realizó una
liberalización comercial unilateral y abrupta sino que fue abriendo gradual y
selectivamente (por regiones e industrias) su comercio exterior; no suprimió
sus políticas de fomento económico general y sectorial sino que las reformó y
diversificó; no privatizó sus empresas públicas sino que elevó su eficiencia
otorgándoles autonomía administrativa y financiera; no privatizó ni
liberalizó su sistema bancario sino que lo desarrolló, rompiendo su
estructura monopólica (sistema de un solo banco)
para crear un sistema de múltiples bancos y empresas financieras
independientes aunque de propiedad pública o social; no liberalizó la
inversión extranjera directa sino que promovió el ingreso de inversión
extranjera hacia ramas económicas seleccionadas, favoreciendo la coinversión con empresas estatales chinas (o de
colectividades chinas), y aceptando inversiones extranjeras bajo condiciones
de completa liberalización primeramente en las zonas comerciales libres
orientadas a la exportación. Además, las políticas macroeconómicas de China a
diferencia de México han estado orientadas al crecimiento sostenido y no a la
estabilidad de precios como objetivo prioritario a ultranza. Por
consiguiente, la clave del éxito o del fracaso, sin lugar a dudas, se
encuentra en la distinta naturaleza de las estrategias de inserción en la
globalización. "Las naciones que han manejado la globalización por sí
mismas escribió el Premio Nobel de Economía 2001,
Joseph Stiglitz, como las del este de Asia, se han
asegurado de obtener grandes beneficios y de distribuirlos con equidad;
fueron capaces de controlar los términos en que se involucraron en la
economía global. En contraste, las naciones que han dejado que la
globalización les sea manejada por el FMI y otras instituciones
internacionales no han obtenido tan buenos resultados" (J. Stiglitz, Globalism`s Discontents, en The American Prospect,
volumen 13, número uno, enero/02). Es el contraste entre el premio a la
herejía, es decir a la audacia y la iniciativa histórica de las naciones
versus el costo de la sumisión a los dogmas del Consenso de Washigton. En México, la
tecnocracia se ciñó a estos dogmas promovidos por los organismos financieros
internacionales, dejándoles conducir nuestro proceso de inserción en la
mundialización, en lugar de hacerlo con un proyecto propio, diseñado conforme
a nuestras realidades. "Los tecnócratas escribe el autor han actuado
como fundamentalistas. No sólo acataron la ortodoxia de los organismos
financieros internacionales, sino que convirtieron en ideología sus recomendaciones.
Sólo así se explica que hayan optado por una estrategia extremista en todos
sentidos: una apertura comercial unilateral, abrupta y casi indiscriminada;
la supresión de las políticas de fomento económico; la drástica reducción de
la inversión pública (de 10.4% del PIB en 1982 a 2.5% en 2003); la desaforada
venta de activos nacionales o privatizaciones [...] y la pérdida de 70% del
poder adquisitivo del salario mínimo". Es, ciertamente, la plasmación de
lo que Joseph Stiglitz denomina fundamentalismo de
mercado. El reencuentro de México consigo mismo exige un cambio sustancial.
"La nueva estrategia económica dice el autor deberá considerar, antes
que cualquier otra cosa, el manejo técnico, no ideológico, de la política
económica". Ahora bien,
bajo las actuales realidades del entorno económico internacional donde
existen países exitosos con estrategias endógenas de desarrollo, el autor
propone un nuevo estilo de inserción de México en la mundialización. "Un
nuevo proyecto de nación dice debe proponer una alternativa capaz de
aprovechar la globalización y no sólo padecerla. Se trata de atender los
fundamentos actuales de la economía mundial, pero ejerciendo nuestra libertad
para aplicar los puntos de vista y la política que más convenga al interés
nacional. Es obvio que la lógica de la economía global hoy tiende a desplazar
a la lógica de la economía y las políticas nacionales. No obstante, dentro de
ese contexto, hay márgenes para emprender un modelo de desarrollo propio.
Frente a la adopción sin reservas de un modelo externo o a la resignada
letanía según la cual `no hay de otra`, es posible buscar opciones para
escapar del determinismo fatal y propiciar una gobernabilidad democrática,
justa y soberana". Ciertamente, el
dogma ideológico que presenta al modelo neoliberal como el único posible bajo
el actual entorno económico mundial no está corroborado por la experiencia
universal. Si bien los procesos objetivos de globalización económica
constituyen un dato de la realidad frente al cual no cabe simplemente oponerse,
las naciones exitosas han ideado soberanamente sus propios estilos de
inserción en los procesos económicos globales, aprovechándolos más bien para
sus fines nacionales en vez de dejarse arrastrar dócilmente por las fuerzas
espontáneas del mercado. Una visión
equilibrada de lo nacional y lo global es, sin duda, piedra angular de un
acuerdo nacional para construir una economía vigorosa y equitativa. En vez de
un estilo pasivo de inserción en la mundialización, a través de la
liberalización económica a ultranza y de la reducción de las funciones del
Estado en la promoción activa del desarrollo, México puede y debe utilizar
sus márgenes de maniobra para redefinir internamente su estrategia de
desarrollo económico e inserción eficiente en la mundialización. Investigador
del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |