Alternativa al neoliberalismo

José Luis Calva
El Universal
Viernes 19 de noviembre de 2004

DURANTE el siglo XX tuvimos dos grandes transformaciones económicosociales: la Revolución Mexicana, que fue caracterizada por el entonces joven poeta Octavio Paz como "una búsqueda de nosotros mismos", como "un estallido de la realidad" en el que México "se atreve a ser", y la reforma neoliberal, que significó la conversión de México en un laboratorio de experimentación de los dogmas del Consenso de Washington, es decir el extravío de nosotros mismos y el abandono de un México sin proyecto propio a la deriva del mercado global.

El libro de Andrés Manuel López Obrador, Un proyecto alternativo de nación, México, Grijalbo, 2004, constituye una propuesta cuya viabilidad analizaremos en este espacio editorial para el reencuentro de México consigo mismo. "Aunque debemos aspirar a ser universales dice el autor tenemos la profunda necesidad de reafirmarnos como nación, con nuestros propios valores, experiencias, recursos y capacidades. Los factores externos deben tomarse en cuenta pero no aceptarlos pasivamente como destino manifiesto. Sin renunciar a esquemas globales, la opción es consolidar lo interno y utilizar la experiencia histórica, los recursos naturales, la creatividad y la laboriosidad de nuestra gente para impulsar el desarrollo de México y mejorar las condiciones de vida de su pueblo".

La necesidad del cambio deriva de los efectos desastrosos del experimento neoliberal sobre la economía mexicana y el bienestar de su población. "El principal problema del modelo neoliberal escribe el autor ha sido la falta de crecimiento de la economía: de 1983 a 2003, el crecimiento del PIB promedio anual ha sido de 2.2% pero, al considerar el aumento de la población, el producto per cápita creció apenas 0.3%; es decir, la política económica aplicada en las dos últimas décadas que no considera, entre otros factores, la distribución del ingreso, ni siquiera con ese enfoque cuantitativo ha logrado eficiencia y progreso para el país".

Cumplimos así dos décadas perdidas para el desarrollo y estamos comenzando la tercera década perdida, si no ponemos punto final al experimento neoliberal. En contraste, bajo el modelo económico anterior, desde el gobierno de Lázaro Cárdenas hasta 1982, el Producto Interno Bruto de México creció a una tasa media de 6.1% anual; y el PIB per cápita se incrementó a una tasa media de 3.1% anual.

El autor contrasta los resultados del modelo neoliberal en México con el desempeño de otras economías que "con las mismas circunstancias internacionales han podido crecer más que México". Por ejemplo, Corea del Sur, cuyo PIB creció a una tasa de 7.2% anual durante el periodo 1983-2003; Tailandia, que creció 5.7% anual; la India, que creció 5.9%; China, cuya economía se expandió a una tasa media de 9.4% anual, entre otros.

Como resultado, mientras México permaneció prácticamente estancado en el mismo nivel de subdesarrollo, otros países que al principiar los 80 tenían un PIB por habitante inferior al de México se convirtieron en países de nueva industrialización o de altos ingresos, como Corea del Sur, cuya tasa media de crecimiento del PIB per cápita fue de 6.1% anual en el periodo 1983-2003 (con un crecimiento acumulado de 248.7% en esos 21 años), contra una tasa de crecimiento de apenas 0.3% anual en México (con un crecimiento acumulado del PIB per cápita de sólo 7.3% durante los mismos 21 años). ¿Qué hizo la diferencia? "La clave escribe el autor radica precisamente en los estilos distintos de inserción en la globalidad. En otros países este proceso obedeció a un diseño propio, a partir de sus realidades, con gradualismo y aprovechando los márgenes de negociación para proteger sus intereses estratégicos".

Ciertamente, las estrategias desplegadas por los países de nueva industrialización del este de Asia, cuyos procesos de desarrollo acelerado les permitieron establecer una sólida base productiva interna, compartir el avance científico-técnico y elevar sensiblemente los niveles de ingreso de sus poblaciones, nada tienen que ver con el Consenso de Washington. Su modelo exitoso se basó en la combinación de políticas sustitutivas de importaciones con una promoción agresiva de sus exportaciones, apoyadas ambas en un fuerte intervencionismo del Estado (como planificador, regulador y promotor de la industrialización a través de múltiples instrumentos: fiscales, crediticios, administrativos y promocionales específicos); en un fuerte impulso institucional al desarrollo tecnológico endógeno y adoptado; en la formación de recursos humanos a través de su sistema educativo y de la capacitación laboral integrada a la política industrial; en una fuerte base de acumulación interna con regulación prudencial y promocional de la inversión extranjera y en la estricta regulación de sus sistemas financieros, subordinándolos a sus estrategias de industrialización.

China cuya economía crece espectacularmente, pero está aún lejana del PIB per cápita de los países de nueva industrialización también diseñó por sí misma su estrategia de inserción en la globalización y mantuvo el control de sus procesos de transformación: no realizó una liberalización comercial unilateral y abrupta sino que fue abriendo gradual y selectivamente (por regiones e industrias) su comercio exterior; no suprimió sus políticas de fomento económico general y sectorial sino que las reformó y diversificó; no privatizó sus empresas públicas sino que elevó su eficiencia otorgándoles autonomía administrativa y financiera; no privatizó ni liberalizó su sistema bancario sino que lo desarrolló, rompiendo su estructura monopólica (sistema de un solo banco) para crear un sistema de múltiples bancos y empresas financieras independientes aunque de propiedad pública o social; no liberalizó la inversión extranjera directa sino que promovió el ingreso de inversión extranjera hacia ramas económicas seleccionadas, favoreciendo la coinversión con empresas estatales chinas (o de colectividades chinas), y aceptando inversiones extranjeras bajo condiciones de completa liberalización primeramente en las zonas comerciales libres orientadas a la exportación. Además, las políticas macroeconómicas de China a diferencia de México han estado orientadas al crecimiento sostenido y no a la estabilidad de precios como objetivo prioritario a ultranza.

Por consiguiente, la clave del éxito o del fracaso, sin lugar a dudas, se encuentra en la distinta naturaleza de las estrategias de inserción en la globalización. "Las naciones que han manejado la globalización por sí mismas escribió el Premio Nobel de Economía 2001, Joseph Stiglitz, como las del este de Asia, se han asegurado de obtener grandes beneficios y de distribuirlos con equidad; fueron capaces de controlar los términos en que se involucraron en la economía global. En contraste, las naciones que han dejado que la globalización les sea manejada por el FMI y otras instituciones internacionales no han obtenido tan buenos resultados" (J. Stiglitz, Globalism`s Discontents, en The American Prospect, volumen 13, número uno, enero/02). Es el contraste entre el premio a la herejía, es decir a la audacia y la iniciativa histórica de las naciones versus el costo de la sumisión a los dogmas del Consenso de Washigton.

En México, la tecnocracia se ciñó a estos dogmas promovidos por los organismos financieros internacionales, dejándoles conducir nuestro proceso de inserción en la mundialización, en lugar de hacerlo con un proyecto propio, diseñado conforme a nuestras realidades. "Los tecnócratas escribe el autor han actuado como fundamentalistas. No sólo acataron la ortodoxia de los organismos financieros internacionales, sino que convirtieron en ideología sus recomendaciones. Sólo así se explica que hayan optado por una estrategia extremista en todos sentidos: una apertura comercial unilateral, abrupta y casi indiscriminada; la supresión de las políticas de fomento económico; la drástica reducción de la inversión pública (de 10.4% del PIB en 1982 a 2.5% en 2003); la desaforada venta de activos nacionales o privatizaciones [...] y la pérdida de 70% del poder adquisitivo del salario mínimo". Es, ciertamente, la plasmación de lo que Joseph Stiglitz denomina fundamentalismo de mercado. El reencuentro de México consigo mismo exige un cambio sustancial. "La nueva estrategia económica dice el autor deberá considerar, antes que cualquier otra cosa, el manejo técnico, no ideológico, de la política económica".

Ahora bien, bajo las actuales realidades del entorno económico internacional donde existen países exitosos con estrategias endógenas de desarrollo, el autor propone un nuevo estilo de inserción de México en la mundialización. "Un nuevo proyecto de nación dice debe proponer una alternativa capaz de aprovechar la globalización y no sólo padecerla. Se trata de atender los fundamentos actuales de la economía mundial, pero ejerciendo nuestra libertad para aplicar los puntos de vista y la política que más convenga al interés nacional. Es obvio que la lógica de la economía global hoy tiende a desplazar a la lógica de la economía y las políticas nacionales. No obstante, dentro de ese contexto, hay márgenes para emprender un modelo de desarrollo propio. Frente a la adopción sin reservas de un modelo externo o a la resignada letanía según la cual `no hay de otra`, es posible buscar opciones para escapar del determinismo fatal y propiciar una gobernabilidad democrática, justa y soberana".

Ciertamente, el dogma ideológico que presenta al modelo neoliberal como el único posible bajo el actual entorno económico mundial no está corroborado por la experiencia universal. Si bien los procesos objetivos de globalización económica constituyen un dato de la realidad frente al cual no cabe simplemente oponerse, las naciones exitosas han ideado soberanamente sus propios estilos de inserción en los procesos económicos globales, aprovechándolos más bien para sus fines nacionales en vez de dejarse arrastrar dócilmente por las fuerzas espontáneas del mercado.

Una visión equilibrada de lo nacional y lo global es, sin duda, piedra angular de un acuerdo nacional para construir una economía vigorosa y equitativa. En vez de un estilo pasivo de inserción en la mundialización, a través de la liberalización económica a ultranza y de la reducción de las funciones del Estado en la promoción activa del desarrollo, México puede y debe utilizar sus márgenes de maniobra para redefinir internamente su estrategia de desarrollo económico e inserción eficiente en la mundialización.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

 

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