A 10 años del colapso

José Luis Calva
El Universal
Viernes 24 de diciembre de 2004

"ESTUDIAR el pasado para aprender el futuro", reza el adagio japonés. A una década de la crisis financiera y cambiaria que estalló el 22 de diciembre de 1994, hay que tener presentes sus relaciones de causalidad para construir nuestro futuro.

El colapso de diciembre de 1994 no es un suceso extrínseco a la estrategia puesta en marcha a partir del Pacto de Solidaridad Económica (PSE), decretado en diciembre de 1987. Por el contrario, fue el desenlace natural de dicha estrategia que erigió la estabilización de precios en objetivo prioritario, utilizando como instrumentos de política económica: 1) la aceleración de la apertura comercial, de manera que los precios de los productos importados sirvieran de techo a los precios internos; 2) una política cambiaria que utilizó el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria, primero mediante la fijación de la paridad peso/dólar (durante 1987-1988) y después mediante una banda de flotación en la que el peso se deslizaba frente al dólar pero a un ritmo que resultó inferior (excepto en 1994) a la diferencia entre la inflación mexicana y la estadounidense, lo que desembocó en la sobrevaluación de nuestra moneda; 3) una política fiscal tendiente a eliminar la brecha ingreso-gasto público, a través del achicamiento de la participación del Estado en la promoción del desarrollo, lo que trajo consigo la reducción o supresión de programas de fomento, contribuyendo al debilitamiento de numerosas ramas de la planta productiva mexicana; 4) la moderación de la inercia inflacionaria mediante el mecanismo de concertación-imposición hacia sectores económicos en el PSE, que incluyó la orientación de expectativas inflacionarias a través de incrementos preestablecidos al salario mínimo equivalentes a la meta inflacionaria (que resultó rebasada, lo que produjo una continua pérdida de poder adquisitivo).

Sin duda, el objetivo prioritario de la estrategia puesta en marcha a partir del PSE fue conseguido: la inflación se redujo de 159.2% en 1988 a 7.1% en 1994 (diciembre-diciembre, en ambos casos), aunque no se logró igualarla al nivel inflacionario de nuestros principales socios comerciales. Sin embargo, los costos económicos y sociales de esta estrategia fueron enormes. La apertura comercial, combinada con la sobrevaluación del tipo de cambio (que alcanzó 41.7% en 1993), produjo un crecimiento vertiginoso de las importaciones, que ganaron la carrera a las exportaciones, provocando fuertes déficit en las balanzas comercial y de cuenta corriente: el saldo de la balanza comercial sin maquiladoras saltó de 0.16% del PIB en 1988 a -4.7% del PIB en 1993 y a -5.8% del PIB en 1994; el saldo en la cuenta corriente brincó de -1.4% del PIB en 1988 a -5.8% en 1993 y a -7% del PIB en 1994.

Para financiar estos déficit, sosteniendo a la vez las políticas comercial y cambiaria, se recurrió a la captación de ahorro externo a través del endeudamiento público y privado, de la inversión extranjera de portafolios (acciones bursátiles y títulos de deuda pública "interna"), así como de la ampliación de facilidades al ingreso de inversión extranjera directa. Como resultado, los pasivos globales de México con el exterior, que al cierre de 1987 ascendían a 128 mil 400 millones de dólares, saltaron a 254 mil 472 mdd al cierre del primer semestre de 1994. Además, mientras en 1987 no existía inversión extranjera en dinero caliente, al cierre del primer semestre de 1994 la inversión extranjera en estos instrumentos ascendía a 74 mil 485 mdd, conformando una bomba de tiempo.

Como señalé en mi libro El modelo neoliberal mexicano. Costos, vulnerabilidad, alternativas (Fontamara, México, 1993): "El déficit comercial, que en 1992 ascendió a 20 mil 676 mdd, y el desbalance de la cuenta corriente, que alcanzó los 24 mil 804 mdd, colocan a la economía mexicana en una situación vulnerable: los precarios equilibrios macroeconómicos pasaron a depender de una variable exógena: el flujo de ahorro externo y la retención del capital extranjero ingresado, colocado en los mercados accionarios y de dinero. La vulnerabilidad externa es mayor ahora que en los días previos a la crisis de la deuda que estalló el 20 de agosto de 1982". Entonces, los pasivos globales de México con el exterior ascendían a 88 mil 935 mdd: 78 mil 149 mdd de deuda externa (de los cuales 57 mil 400 mdd eran deuda pública y 20 mil 749 mdd, deuda privada y bancaria) más 10 mil 786 millones de inversión extranjera directa; mientras que en diciembre de 1993 los pasivos globales de México con el exterior ascendían a 245 mil 642 mdd, de los cuales 127 mil 146 mdd eran deuda externa (78 mil 747 mdd de deuda pública y 48 mil 398 mdd deuda privada y bancaria), 41 mil 930 mdd de inversión extranjera directa (sin incluir revaluación de activos), y 76 mil 567 mdd de inversión extranjera en cartera. "Así, la economía advertíamos está en riesgo de una crisis financiera más profunda que la de 1982, no sólo por la magnitud de nuestros pasivos externos sino por la volatilidad de las inversiones extranjeras de cartera, que no teníamos al principiar la década pasada".

La economía mexicana se encontraba caminando en el filo del abismo. Para 1994, dada la renuencia gubernamental a introducir modificaciones en la estrategia económica, dos formidables escollos tenían que librarse: 1) retener en el país el dinero caliente previamente ingresado; 2) atraer ahorro externo para financiar el déficit corriente (cuya magnitud para 1994 era pronosticada en más de 28 mil millones de dólares), a fin de evitar, por cualquiera de las dos vías, el vaciamiento de las reservas internacionales del banco central.

Por eso, alerté en el citado libro: "El ingreso al país del ahorro externo en los volúmenes requeridos por el actual modelo enfrenta dificultades crecientes, aun con la ratificación del TLC de América del Norte (que entraría en vigor en 1994). Recuérdese que entre 1990 y 1992 la afluencia de capitales no sólo se produjo por las expectativas del TLCAN, sino principalmente por hechos reales: los elevados rendimientos que arrojaron las inversiones en valores mexicanos de renta variable (la Bolsa Mexicana de Valores se situó entre las más bonancibles del mundo) y las privatizaciones (de bancos, teléfonos, siderúrgicas, empresas metalmecánicas, etcétera) que requirieron repatriaciones de capitales líquidos y atrajeron inversiones adicionales vía colocación de acciones en el exterior. Pero estas condiciones están desapareciendo (en relación con las inversiones en mercado accionario, diferencias en la relación precio/utilidad y precio/valor en libros entre México y Estados Unidos ya no son tan relevantes como un año antes lo eran en favor de México: los múltiplos P/U son 17.8 y 21.5 en México y EU respectivamente; y los múltiplos P/VL son 2.77 y 2.64)". Pero no sólo alertamos sobre los riesgos de un desastre financiero, sino que sugerimos las medidas de política económica sobre todo en materias cambiaria, de comercio exterior y de fomento económico que había que adoptar para evitarlo.

Estas advertencias, expuestas desde 1992 en artículos y programas radiofónicos y televisivos, fueron desdeñadas por el gobierno de Salinas, e incluso tratadas de silenciar por el Presidente (como lo ha informado José Gutiérrez Vivó, en su programa Monitor). Otros economistas mexicanos y extranjeros principalmente los profesores Rudiger Dornbusch y Paul Krugman señalaron también los riesgos que traía consigo la sobrevaluación del peso y sugirieron adoptar medidas correctivas. Pero sus señalamientos fueron igualmente desdeñados por el gobierno de Salinas. De haberse realizado los ajustes pertinentes en política cambiaria y otros instrumentos correctivos en comercio exterior y políticas de fomento sectorial, el abatimiento de la inflación se habría detenido (probablemente en un rango de variación anual del nivel general de precios situado entre 10% y 20%), pero tales golpes de timón era convenientes para corregir los desequilibrios en balanza de pagos y reducir los requerimientos de ahorro externo, a la vez que para restaurar la competitividad de nuestra planta productiva y acelerar el crecimiento económico.

Sin embargo, la modificación de la estrategia económica era incompatible con el objetivo gubernamental de bajar la inflación a un nivel cercano al de EU. De hecho, la estrategia que erigió la estabilización de precios en objetivo a ultranza sacrificaba la competitividad de la planta productiva, el crecimiento económico y los equilibrios, en aras del abatimiento de la inflación convertido en dogma macroeconómico. Una vez logrado, el objetivo inflacionario de un dígito se convirtió en carta de triunfo del gobierno de Carlos Salinas.

Así, en su balance de la transformación económica durante la administración de Salinas de Gortari, publicado en junio de 1994, Pedro Aspe afirmó: "Permítanme mencionar los 15 puntos principales. Primero: hemos abatido [...] la inflación [...] En 1993, la inflación fue de sólo 8%, la menor en más de 20 años. Este año continuará el proceso de convergencia de la inflación hacia la de nuestros principales socios comerciales".

Todavía en el umbral del colapso, en su sexto Informe de Gobierno, Salinas sostuvo orgulloso: "En materia económica el reto que asumí al iniciar mi mandato fue claro: reducir la inflación y recuperar el crecimiento sobre bases perdurables. Hoy, al realizar un balance [...] podemos sentirnos alentados por la solidez de nuestros logros [...]. Comenzamos una etapa de crecimiento económico gradual y sostenido [...]. Atrás quedaron los problemas de deuda, de déficit, de inflación y de crisis". Días después estallaría la crisis financiera, la macrodevaluación cambiaria, la inflación galopante y la peor crisis de la economía real que haya padecido México desde la Gran Depresión de 1929-1932.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

 

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