LOS MAESTROS DEL LÍDER
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racticaban la meditación. La meditación los había dotado para ver qué ocurría. La meditación los había plantado en el infinito. Es por eso que a veces se les veía profundos e inescrutables, a veces, hasta inmensos.
Su
liderato no se asentaba en técnicas ni teatralidades, sino en el silencio y en
su capacidad de atención.
Se movían
con gracia y conocimiento, y solucionaban con seguridad las más complejas
situaciones.
Eran
considerados. No injuriaban. Eran corteses y callados, como huéspedes. Sabían
como presentarse con gracia y cómo ser naturales sin molestar.
Eran
abiertos y receptivos y disponibles como valles entre montañas.
Podían
aclarar problemas ajenos porque habían aclarados los propios. Podían hablar a
lo más profundo del otro porque conocían sus propios y más profundos
conflictos y limitaciones.
Podían
alentar a otros porque se habían liberado del egoísmo.