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LA ISLA DE PASCUA

 

 

¿De dónde sale "isla de Pascua"? ¿Cómo llegó el hombre a la remota isla? ¿Qué catástrofe frenó un día el furor de erigir a los antepasados monumentos de piedra de hasta 70 toneladas de peso?

Resulta obligado contar desde algún extremo y con cierta cronología. A mediados del siglo XVI y mientras el Viejo Mundo se daba furioso a la conquista del Nuevo Mundo, Alvaro Madaña, navegante español, dijo haber vislumbrado la isla, aunque sin atreverse al abordaje. En 1687, Edward Davias, inglés, afirmó divisar de lejos lo que consideró un continente. Marinos franceses también se aproximaron a sus costas y aseguraron haberla avistado entre las aguas. Sin embargo, siempre faltó tiempo u osadía para echar el ancla.

En 1722, el holandés Jacob Roggeween detuvo allí, por fin, sus naves. Durante tres días observó a prudente distancia. Al cuarto los moradores de la isla extendieron una amable invitación. Siguiendo tradiciones, los aborígenes ofrecieron con éxito hasta sus propias mujeres. Y así es como a Jacob se le considera el descubridor. Roggeween enseguida bautizó la isla con el nombre de Osterinsel, que en alemán significa Pascua de Resurrección, ignorando el antiguo nombre de Rapa Nui.

El holandés, por supuesto, en algún momento se interrogó acerca de las enormes estatuas erigidas por doquier. Aquella debilitada y rala población de Pascua, se dijo, no podía ser la autora del magno arte rupestre encontrado.

 

 
CINCO Y MEDIA ESCULTURAS POR KM

Medio siglo más tarde, fue España quien tomó posesión de la isla. Durante la expedición se hicieron dibujos exactos de las estatuas. Además, sacerdotes católicos bendijeron a los aborígenes, pasando por alto los cánticos al dios local Make Make. Se observó que "parte de la población de Pascua parecía europea, no obstante sus cuerpos pintados y desnudos".

Unos cuatro años después, James Cook caracterizó la isla como un triángulo de roca volcánica, con tres volcanes y ningún árbol visible. También él quedó impactado: dioses pétreos de un lado y población famélica de otro. Tras varios días de estancia, los nativos se enojaron y expulsaron a los intrusos de forma drástica, incluido a Cook, conceptuado por la historia como el más ilustre navegante del océano Pacífico. En 1786, el conde de La Perouse reeditó la fuga del inglés, luego de abusar, váyase a saber de qué forma, de la hospitalidad de los anfitriones.



En la isla de Pascua hay tantas de estas colosales esculturas como habitantes 
Se supone, y en eso algunas hipótesis científicas coinciden con la leyenda, que los seres humanos llegaron a Pascua desde el Oeste y dejándose arrastrar por corrientes marinas. Otra teoría, la de Thor Heyerdahl en 1955, afirma que la inmigración se produjo desde América por criaturas preincaicas, quienes llevaron consigo el arte escultórico.

Aunque se sitúa la colonización primigenia de Pascua en los siglos XIII ó XVI, estudios recientes retraen el suceso al siglo IV e incluso a varias centurias antes de Cristo. Sin embargo, la fecha testigo aceptada hasta ahora como buena es la del 500 de nuestra era. Fue cuando el legendario rey Hoto Mutua llegó allí, supuestamente, seguido de algunos súbditos, y se inició la afiebrada construcción de monumentos, que hoy se calculan en más de mil: o sea, igual a la población humana de la isla, cuya densidad es de 5,5 por km2 .

 


ENIGMA ACLARADO...PERO

La hecatombe sobrevino hace entre 300 y 400 años. En algún momento de alucinación de los incansables escultores, se comenzó a notar la insuficiencia de árboles. ¿Árboles y bosques entonces? ¿No se daba por firme, desde presupuestos históricos y geográficos, que Pascua fue desde siempre un paraje desértico? ¿Cómo y para qué resulta útil el árbol si es una cultura que solo exalta la piedra como materia prima fabulosa?

La pregunta de cómo movían sus gigantes de roca es muy antigua. Hoy se sabe ya que lo hacían sobre balsas rodantes de troncos, tecnología aún vigente en otros lares y perfeccionada por el uso. Heyerdahl, y otros, no lo calcularon al inicio porque la ausencia de árboles hizo pensar en una inmemorial falta de bosque. Pero no. La respuesta fue el fruto de un investigador checo, que inicialmente se apareció con una teoría y más tarde pudo someterla a prueba. Fueron los pascuenses trasladando moais y moais, es decir, monumentos y monumentos de piedra: todos los que están de pie actualmente y los destrozados en innumerables guerras tribales.

Cuando los árboles escasearon sobrevino el conflicto. En combates rápidos y cruentos, el vencedor hacía caer por tierra los monumentos ajenos y robaba los troncos que encontraba. Es decir, era una guerra por la madera y ese tipo de transporte. Atrapado en el ojo ciego del drama, el hombre de nuevo empuñó el arma para buscar vados por donde despejar el presente y marchar hacia el futuro.

Una mañana no quedó ni un tronco útil para rodar. Igual escasez incidió en otros momentos: a la hora del fuego, la pesca, la construcción de viviendas. Ya no hubo moreras para tejer redes. Se dejaron de construir barcos. Hubo que irse a vivir en cuevas. Los suelos se erosionaron. Y seguro se modificó el clima y el régimen de lluvias. Dada la falta de alimentos, apareció el canibalismo. El ancestral y grandioso impulso de creación colectiva, se transformó en diminutos sentimientos de autoprotección individual y tribal y en tragedias sin cuento.

  

  
Por otro lado, cientos de esculturas quedaron concluidas o a medio concluir en las faldas y la boca de los volcanes, esperando en vano su turno de rodar. Sin árboles, aquella civilización se detuvo bruscamente, frenó todas las velocidades y comenzó a regresar.

El enigma aclarado deja al menos otros dos enigmas sobre la mesa: 1) ¿cuando la civilización humana se aleja de la Naturaleza inicia su propia destrucción?, 2) ¿lo sucedido en Pascua podría ser el mañana a escala planetaria?

   

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