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EL
CELIBATO ECLESIASTICO SEGUN LA MASONERIA
Por
el Q:. H:. Mario Rolleri Irribaren del Or:. de Per�
El
celibato eclesi�stico, en el fondo no es sino una proyecci�n
de la radical oposici�n que plantean casi todas las
religiones entre lo terreno y lo extra terreno, lo humano
y lo divino, lo profano y lo sagrado, lo natural y lo
sobrenatural. El sexo, como fuente de vida, pertenece
al dominio de lo terreno y est�, por lo mismo, proscrito,
por la menos doctrinalmente, del dominio religioso.
No se trata de una particularidad de la Iglesia Cat�lica.
Es com�n a casi todas las religiones.
En
el cristianismo primitivo existi� solo como disciplina,
como costumbre religiosa, probablemente heredada de
los esenios, secta de mis�genos a la que perteneci�
Juan el Bautista, y con toda probabilidad, el propio
Jes�s. Lo que ahora se entiende por celibato eclesi�stico
se abord� por primera vez en Espa�a, en el Concilio
de Elvira (Iliveris), a comienzos del siglo IV, pero
vino a establecerse en forma regular y permanente en
el Concilio de Letr�n, a comienzos del siglo XII. Como
libre pensador que soy, no dejo de ver y de reconocer
las razones en que se apoya el sector cat�lico tradicionalista
para oponerse a la abolici�n del celibato eclesi�stico.
Esta es, justamente, la ventaja o superioridad del libre
pensador sobre el hombre de fe. Puede explicarse las
causas o motivos en que el hombre religioso apoya sus
creencias o proposiciones. En cambio, �ste no puede
hacer lo mismo respecto de las del libre pensador, porque
se lo impiden sus convicciones religiosas. Ahora, el
que las creencias o doctrinas del hombre de fe sean
racionalmente v�lidas es otra cuesti�n y muy diferente.
Desde su punto de vista, al cat�lico observante no le
faltan razones para defender el mantenimiento del celibato.
Se
trata de algo inherente a la esencia de lo religioso.
La explicaci�n es clara y sencilla. La concepci�n dualista
del mundo y de la vida, que distingue y caracteriza
el "pathos" religioso, coloca al sexo en el plano de
lo terrestre, de lo mundano, en oposici�n al reino celeste
o divino, que debemos suponer asexuado. La glorificaci�n
de lo divino trae, como consecuencia, la reprobaci�n
de lo terreno. Recu�rdense las conocidas palabras de
Jesus "Mi reino no es de esta Tierra". Buda mismo, seis
siglos antes, tocado del sentimiento religioso, renunci�
a la vida, abandon� mujer y familia y se entreg� al
ascetismo. El desvar�o religioso ve en la naturaleza,
y en particular en la mujer, la fuente del pecado, el
origen del mal y la causa de la ca�da. Consecuencia
de esto es que la mujer, estigmatizada por la Iglesia
como agente del pecado, sienta mas que el hombre la
necesidad de redimirse. No se ha dado el caso de un
complejo de culpa mejor explotado. Obs�rvese que, seg�n
el mito b�blico, fue Eva la causa de la ca�da. Ad�n,
lejos de afrontar �l la responsabilidad del pecado,
culp� a su compa�era. Y as� sigue ocurriendo hasta nuestros
propios d�as. De todo lo malo que le ocurre al hombre,
por lo general culpa la mujer. Es una herencia "ad�nica".
El
sexo es la contrapartida de lo santo, de lo religioso,
de lo ang�lico. El sexo est� en el mundo y pertenece
al mundo. No es extra�o, por eso, que sean los jesuitas,
la Orden mas mundana de la Iglesia Cat�lica, los que
muestren mas inter�s en la abolici�n del celibato eclesi�stico.
Y este es solo uno de los tantos puntos que separan
a la tradici�n "ignaciana" de la "iglesia de Pedro",
que asentada en un supuesto origen sobrenatural, no
puede siquiera ser consecuente, abolir el celibato de
quienes dan testimonio, por lo menos en doctrina, de
tal origen.
Debiera,
eso s�, limitarse solo a los que ejercen el ministerio
o culto religioso propiamente tal. No se puede confiar
la formaci�n de la juventud a quienes est�n privados,
te�ricamente o no, de una funci�n biol�gica fundamental.
Es peligroso en todo sentido. La castidad forzada provoca,
inevitablemente en quien la sufre, una especie de resentimiento
contra los que llevan una vida sexual normal. La influencia
del sexo en la psicolog�a del individuo es cosa que
ya nadie ignora. Los fracasos matrimoniales y las m�ltiples
formas de frustaciones e inhibiciones, e incluso perversiones
sexuales, se deben, no pocas veces, a la deformaci�n
que de lo sexual hace la religi�n cat�lica. No hace
mucho, a prop�sito de una tenida sobre este mismo tema,
escuch� a este respecto casos concretos. Me refiero
a la destrucci�n de la estatua La Aurora, del escultor
Clara, y luego a la destrucci�n de la reproducci�n de
El Disc�bolo. Es necesario ser muy inmoral para ver
inmoralidad en al belleza del desnudo. Lo verdaderamente
incre�ble es que, frente a estos dos atentados, las
autoridades gubernamentales no dieron medio paso para
castigar a los autores. Se guard� un religioso silencio.
Se
trata de casos concreto del extremo a que llega la educaci�n
religiosa, cuando la profesan individuos sexualmente
resentidos y sin ninguna vocaci�n ni aptitud para ejercerla.
Talvez el mejor consejo y la mejor soluci�n los dio
a este respecto Pablo, en una de sus Ep�stolas a los
Corintios, cuando dijo: "Y si no tienen el don de continencia,
c�sence; porque mejor es casarse que quemarse". Es un
buen argumento para los jesuitas, pero no para la Iglesia,
que vocaciones sobrenaturales para el ejercicio de un
ministerio sobrenatural.
CONCLUSIONES
Despu�s de terminar el presente trazado, estoy convencido
que quien no percibe los olores, no puede ni debe opinar
sobre lo que es la fragancia y quien no tiene el maravilloso
don de ver, no puede opinar sobre los colores, ni tampoco
se puede aconsejar que el cigarrillo es da�ino a la
salud con un cigarro en los labios. Recuerdo una copla
que dice: "Para qu� quiere el ciego casa pintada, si
al levantarse o al acostarse no ve nada".

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