The law is the law is the law : Yuri Herrera
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-Cómo crees, no mames -dije-, nunca, nunca he visto que en México multen a alguien por estacionar frente a un hidrante.
         Estacionó. Fuimos. Volvimos. El espacio vacío de la placa texana dolía cual templo saqueado. Antonio se llevó las manos a la cabeza y se tapó la cara como si acabara de ofrendar sus hijos al Señor.
         -Nooooo! -exclamó, derrumbándose sobre la cajuela-, Shit! va a ser una mierda, una mierda, horas y horas, voy a pasar todo un día buscando la placa, y luego van a ser como cuatrocientos pesos o más, y eso si aparece, porque a lo mejor ni siquiera la recupero.
         Arrancamos sobre la Juárez para tratar de alcanzar al patrullero y arreglar las cosas como se debe, sobornándolo. Iba a ser mi tarea: mejor chilango que chicano, dijo Antonio. Otro patrullero que se discutía una orden de tacos en calle paralela nos dijo que mejor fuéramos ahí cerquita del puente Santa Fé, junto a los bomberos, a ver si ya habían llevado la placa. Un silencio ominoso dominaba el Camry mientras íbamos a la oficina de Tránsito. ¿Nos dirigíamos a un suplicio infernal a manos de la burocracia juarita?
         Infierno: cuando llegué a esta frontera me dije: es una puta estación del infierno; o peor aún: son dos estaciones del infierno. La una sucia y caótica y ofensiva a la vista, como una ciudad bombardeada: la otra aburrida, en orden y estúpidamente solitaria y limpia. ¿Quién se viene a la frontera? Me decía, antes de ser feliz aquí.
         Por fortuna o por afán de darnos ilusiones, tras pagar doscientos sesenta y dos pesos la burocracia nos devolvió la placa en veinte minutos, con una eficiencia insólita para este sitio, en el que tanto los dolientes como los burócratas parecían estar pensando en la hora feliz de algún bar de la Mariscal. De vuelta en el coche guardé mi Bacardí Limón bajo el asiento, ya que ahora no éramos sospechosos. (Un rato antes, Antonio había lloriqueado: ni siquiera voy a poder manejar allá, porque me van a parar, y ahorita van a preguntarme en el puente por qué no traigo la placa de atrás, y mejor que sí declares tu botella porque ya somos sospechosos.)
         Avenida Juárez, fila corta; rebasamos la instalación que recuerda a las mujeres muertas y que a mí, aunque la mire de lleno, siempre me hace sentir como si mirara hacia otra parte. Cruzamos la garita y entramos al puente. El puente como una condena describiendo una parábola entre los dos países, con un ejército de un lado y con un puñado de agentes aduanales aburridos del otro, como si de modo distinto se dijera a cada extremo: Antes de entrar, abandona cualquier esperanza.
         -No te vayas por el carril derecho -aconsejé-, ya viste lo que nos pasó la otra vez, aunque se vea más corto, es engañoso.
         Antonio se llevó la mano a la frente en ademán de Sí señor y tomó el segundo carril. Previsiblemente, el primero empezó a avanzar más rápido. Al cabo de unos minutos nuestro punto de referencia (una Van con placa de Texas que comenzaba en P) iba como veinte metros adelante de nosotros. Siempre hay que elegir un punto de referencia al entrar al puente, para calcular cuánto menos se hubiera uno podrido de haber tomado otro carril. Se abrió un espacio en el primer carril, donde iba la Van, y Antonio preguntó ¿lo tomo? Dije no. Lo tomó. Por tres o cuatro minutos pareció haber sido una buena decisión, pero pronto demostró por qué el primero es el Engañoso: el segundo carril aceleró y ya no dejó de hacerlo durante todo el trayecto mientras el primero se amodorraba en un sopor de frenazos y smog. No había caso en intentar regresar. Con la cercanía de los Estados Unidos, Antonio se dejaba dominar por el respeto a las normas y cuando quería retomar el segundo carril ponía sus direccionales, tiqui-tiqui-tiqui y, por supuesto, ante el aviso el carro de la izquierda echaba lámina e impedía que saliéramos del purgatorio.
         Los de a pie nos rebasaban fácilmente, también, y me repetí una vez más una de las coartadas de mi pobreza: Por eso no tengo coche. Sobre la máquina suele ocurrírseme también que cruzar pareciera tener algo de contra natura: no se experimenta el tramo que simbólicamente subraya la cicatriz, cercado por rejas y con armas a los dos extremos; sino que, en el coche, se va encerrado como podría irse en cualquier embotellamiento fastidioso. Al menos hasta que algún recordatorio más o menos violento nos recuerda que el puente es un nervio de las dos estancias: los vendedores que se chiflan para avisar que los tiras ya vienen a recogerlos, una mujer con el cartel de una desaparecida pidiendo firmas entre los automovilistas, two cops persiguiendo a un bato esmirriado que corre hacia México.
         Cruzamos la cima del puente donde están las cuatro banderas: las de Estados Unidos pequeñas y limpias, las mexicanas grandotas y como con ganas de ser presumidas aunque estén levemente desastradas por el viento. Tras la loma apareció con claridad el centro de El Paso, luminoso y vertical. Ya en la bajada, al abrirse el puente, Antonio logró dar un giro audaz a la izquierda, entre los claxonazos de una mujer con prisa. Nos dispusimos a cruzar.
         Cruzar. Cruzar cruzar cruzar. Un mismo verbo para experiencias tan distintas. Para el que cruza como quien atraviesa la calle, los estadounidenses; para quien cruza con la resignación de ser basculeado, los de pasaporte ajeno; y para el que cruza a escondidas, dándole nuevo significado a Tomar el cielo por asalto. Cruzar ya no define una acción cotidiana, sino las diversas formas que tiene la ley de hacer explícitos los infiernos.
         Un policía miró mi pasaporte, escuchó el US citizen de Antonio y miró con indolencia el mugrero en su cajuela. Mientras tanto, yo ensoñaba, como siempre, con las múltiples formas que alguien con los güevos que yo no tengo utilizaría para pasar motita por el Santa Fé, nomás por joder lo pienso siempre, aunque no se enteren. Cruzamos. Cogí mi Bacardí Limón para acariciarlo como un trofeo. Acabábamos de violar la ley en ambos países, y con total impunidad en el más poderoso de ellos. Malotes que somos. Eso me dije aunque, más calladamente, me decía que yo no traficaba alcohol ni mota ni nada, que la mía es sangre tibia. Deseé poder decir, bato romántico, que lo mío es traficar palabras. Pero ya estoy crecidito como para tragarme mis propias coartadas, o como para saber que no soy más que un gaje del oficio en el libro de la ley.



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