|
La primera vez, que tuve conocimiento
del lugar denominado como la La Higuera fue en 1978, cuando residía
en la ciudad de Caracas. Al ingresar en una librería, ubicada
en el centro histórico, me encontré con una biografía
de Ernesto "Che" Guevara, mismo que adquirí.
Con unos ciclos de ingeniería civil y teniendo mayoría
de edad, emigré a ese país petrolero. Trabajaba
de obrero, en la construcción de un edificio, pero estaba
en calidad de ilegal. Eso quería decir que en cualquier
momento me podían deportar, si caía en manos de
la Guardia Nacional. Cosa que ocurrió, pero ese accidente,
es otra historia.
El
libro lo leí de corrido, y fue un descubrimiento conocer
que en un remoto lugar de las sierras bolivianas, llamado La Higuera,
en octubre de 1967, habían ejecutado, a quemarropa, al
mítico guerrillero. El libro en mención, corrió
por muchas manos de los trabajadores, hasta perderse en algún
lugar de la construcción.
Con
Ernesto "Che" Guevara, muchos estudiantes de colegio
teníamos una especial amistad. No sabíamos quien
era, pero pegábamos los stickers, con su desafiante efigie,
en nuestros cuadernos y folderes, y lo portabamos con singular
orgullo. Era inicios del setenta y se creaba en torno al "Che"
todo una parafernalia, que luego, utilizando su leyenda, redundaría
grandes réditos económicos.
Después,
pasó mucha agua bajo el puente, no fui el ingeniero que
quise ser, sino me convertí en el escritor, que no quise
ser. Pero el nombre de La Higuera merodeaba en mi memoria, y más,
porque me interesé en la vida del ejemplar revolucionario.
Leía todo lo que encontraba sobre el "Che". Me
cautivaba su honestidad política y su gran fuerza de voluntad.
No había en Guevara, las dobleces de nuestros marxistas
peruanos, que terminaron muchos de ellos, en partidos de derecha
o dirigiendo opulentas ONGs. También sabía que tarde
o temprano, escribiría sobre él. Quizas un artículo,
una crónica, un cuento. Pero para todo eso, tenía
que conocer La Higuera, el lugar donde lo asesinaron.
Y
fue así, que en 1986, me propuse llegar a ese lejano paraje,
pero sólo llegamos a la ciudad de Cochabamba: la falta
de dinero y el poco fervor revolucionario de la alemana que me
acompañaba, hicieron imposible que diera con La Higuera.
Pasaron
más años, y antes que finalizara el milenio, en
noviembre de 1999, llegué a la bendita Higuera. El viaje
no fue fácil. Tenía que cruzar medio país
boliviano. La Paz-Cochabamba-Santa Cruz, fue el itinerario. Estando
en Santa Cruz, me encontré con la paradoja, de que Gary
Prado, el militar boliviano, que capturó al "Che"
Guevara en la quebrada del Churo, se lanzaba a la alcaldía
de Santa Cruz de la Sierra, por el Movimiento de Izquierda Revolucionario,
el MIR.
En
Santa Cruz, después de una noche de incansable llovizna
y friaje desolador que provenía del Brasil, tuvimos que
viajar a primera hora a Vallegrande. La poeta peruana que me acompañaba,
fervorosa admiradora del "Che", fue cómplice
ideal en esa aventura. En Vallegrande, fue difícil encontrar
movilidad para La Higuera, dado que sólo salía un
destartalado ómnibus, una vez por semana. A causa de ese
incidente, tuvimos que tomar un expreso, que nos costó
una centena de bolivianos. Los cincuenta y tantos kilometros a
La Higuera fueron muy accidentados. La carretera era una trocha
infame que recorrimos en más de tres horas. Y pensar que
íbamos en un auto, casi nuevo, ingresado al país
de contrabando. Por mi ignorancia topográfica, pensaba
que el lugar era una región de ceja de selva cubierta de
abundante espesura. Pero la realidad me demostró lo contrario.
El paisaje era desolado sin vegetación alguna. Es por eso
que Guevara fue fácilmente capturado, porque había
cometido un error garrafal, que el mismo escribió en su
libro "Guerra de Guerrillas": nunca ponerse a vista
de sus captores.
Arribar
a La Higuera, fue cumplir un sueño de adolescencia, porque
me encontraba con mis lecturas. Pero, la visión que tuve
de ésta, fue desalentador. El cantón, de más
de una veintena de casas, estaba casi deshabitada. Los pocos lugareños
vivían tan pobres como cuando trajeron al "Che"
para ajusticiarlo. Al costado de la plaza principal, se erigía
un imponente monumento, construido en memoria de Guevara, el cual
con el rostro adusto parecía decirles: salgan, carajo,
de vuestro letargo... De la antigua escuelita, de adobe, techo
de paja y piso de tierra, donde el sargento Mario Terán
había descargado su metralla asesina sobre el cuerpo herido
del guerrillero, no quedaba nada. En ese lugar, habían
construido una posta médica con ayuda del gobierno cubano,
que ostentaba una parabólica satelital. Cuando ingresé
al local, éste no tenían medicamentos y la parabólica
no funcionaba. Los encargados de la posta, en cuyas paredes se
encontraban placas conmemorativas, afiches y fotografías
del "Che", por unos bolivianos dejaron que estámparamos
nuestras firmas en el libro de visitantes. En el cuaderno observe
que en los dos últimos años, entre los cientos de
peregrinos que habían visitado el lugar, sólo había
un peruano de apellido Humala.
La
tarde se avecinaba, un viento frío que bajaba de las serranías
mecía las pocas higueras que existentes en el villorio.
En el camino de retorno, recordaba lo que los habitantes de La
Higuera nos habían manifestado, que cada 8 de octubre,
festejaban el advenimiento de un nuevo santo, que no figuraba
en el calendario de la Santísima Iglesia Católica,
pues la tradición de los pueblos aseguraba, que quienes
mueren trágicamente tienen el poder de conceder y hacer
milagros. El nuevo santo de esa región boliviana es: San
Ernesto de La Higuera.

|