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. . . Vedrino Lozano Achuy principia su libro con
imágenes del fuego y el desierto. Como debe ser,
la juventud es ardor. Y al mismo tiempo vacío.
Pero en ese vacío brota la poesía, para
"renacer del polvo" como nos dice el autor de
Fuegos Fatuos. En su viaje sideral el poeta se pone a
"sembrar olas" -hermosa imagen de su intima
relación con el mar- y es que los clásicos
y prestigiados tópicos de la poesía universal
informan la primera parte del poemario. En esto Lozano
demuestra un hábil manejo de la herencia literaria.
Vemos así desfilar a Persefone, Caronte, Homero.
Y el esta ávido de hacer escuchar su voz: "Los
años no se esperan / se conquistan". Pero
dicha voz alcanza sus mejores logros en la parte final,
donde esta Escribo de Noche -quizá el poema más
alto- por su desenvuelta dicción y la fina sensibilidad
que nos ofrece.
Y allí siguen los textos mas frescos del conjunto,
como la cerveza tomada en un poético y solitario
bar con Domingo de Ramos, entre los amados fantasmas de
Bukowski, el pequeño Alex de La Naranja Mecánica
o el viejo Ernest (Hemingway). Buenos poemas en los que
Vedrino Lozano Achuy va hallando su propio lenguaje: "Miro
mi cara en el espejo para saber quien soy". Y como
no podía faltar, siempre hay una musa, aquella
muchacha que luego de una noche de amor desaparece: "Te
fuiste sin saber que eras el desierto". Saludo con
un joven laurel al novísimo poeta que conocí
el 2001, porque aunque sea cierto que "Escribir es
una forma de olvidar"; también es verdad que
es nuestra única venganza contra la muerte
