I
------------Y siento amor
por cada uno de tus cabellos durmiendo en mi garganta,
nutriéndose en el sol de una ola delirante y besada
dentro del corazón, buscando el anhelo hasta en
los más cálidos recodos. Mi corazón
está dentro de tu boca caliente, la que habla ahora
frente a la horda enaltecida, lo digo porque eres mi hermano,
la sangre que nunca tuve y aún deseo incendiada.
Siento amor ya que conozco tus ojos primeros, los albores
que jamás llegué a besar; en mis sueños
me faltan los brazos y ansío tu crianza plena de
sierpes e intensos ocasos. Sí, tu niñez
desesperada euforia, y no tengo que culparte de nada aunque
la angustia me amenace y vengan ellos con su ternura a
enterrarme más. ¿Cuántas veces te
habrán herido el rostro delante de tus hijos y
humillado, avergonzado habrás huido dando cualquier
excusa para hacer más llevadero el sueño,
para que sigan creyendo en ti, dulce padre, lo importante
es que nos quieras sin importar nada? Sangre mía
en vertiginosa forma, le sonrío a la memoria de
tus brazos, a la voz que tiernamente ardía en el
horizonte mientras tus hijos otra vez fantaseaban tu nombre
con orgullo.
¿Recuerdas cómo nos veíamos nacer?,
¿no te alzabas en el crepúsculo a cada golpe
de ternura, tan solo ligeramente evocado?
Acaso espero que regreses.
CONTEMPLACIÓN
DEL VÍNCULO
-----------Los conozco.
La soledad les brota por los poros, sin asco. Un sudor
frío, grasa y cuerpo en la mirada. Se mantienen
erguidos a la tenue luz del albergue esperando que algo
cambie el arduo tiempo. Se mantienen callados, incapaces
de decir lo que sienten o amados pero siempre de otra
manera. Sus ojos ruegan piedad al escuchar el murmullo
del grupo o el grito de un abrazo, y se ocultan secos,
humillados, y si les tocan la mejilla expresan total entrega,
total acatamiento, llenos de nausea y emoción.
Sus corazones se hinchan como vejigas inflamadas y sueltan
besos, euforia, revienta el cariño en un río
de orines, los he visto además lamer narices con
el alma colmada al no ser rechazados. Escriben sobre soledad
y decepción y sus piernas se tuercen sin importar
la gruesa piel que las cubre; fuman con nosotros y sus
palabras son mal entendidas, desechadas, llegan a hastiar
y las personas escapan silenciosamente y con el rostro
escondido esperando no volverse a cruzar con ellos. Arrastran
una inútil cola y esperan una sonrisa amigable
antes de partir, pues presienten el frío de la
calle y los pensamientos fulminan al caminar si no se
guarda un recuerdo grato, golpean peor aún si no
se está acompañado al ver vitrinas, vidas
y gestos amables. Sólo una sonrisa basta para hacerlos
soñar con hijos, nietos y abuelos que habrían
estado orgullosos, pero todos cerramos las puertas y los
obligamos a dormir para que no sigan cayendo, y si no
les negamos la piel entonces ganan confianza y nos miran
sin miedo, con expresión de vaca bruta, y piensan
en nosotros y nos desean, siempre repitiendo que la miseria
humana no puede llegar a niveles más patéticos.
¡Cómo esperas una boca observando a través
de esa agotada ventana! Los autos en la pista brillan
como gotas y te das cuenta de que no eres quizás
la única criatura que llora tanto y que la ciudad
es también un rostro hinchado y carne congestionada,
un cadáver mediocre con insectos en la piel que
a diferencia de ellos puede comprender el vacío,
pero la duda otra vez corrompe los músculos y las
muecas empiezan a nacer simulando flores, razón
suficiente para acabar con toda fe antes de que las personas
descubran que no deben ni siquiera rozarte.