Yo
Heidi,
Fue la madama
top de Beverly Hills. Su cartera de clientes –con
Jack Nicholson y Charlie Sheen a la cabeza– incluía
a las celebridades más poderosas de Hollywood.
Llegó a tener 70 chicas a su cargo y a ganar 100
mil dólares en un día. En 1997, después
de perseguirla en vano bajo el cargo de proxenetismo,
la Justicia californiana terminó condenándola
a tres años de cárcel por evasión
impositiva y lavado de dinero. Hoy, mientras asesora a
Nicole Kidman, que hará de ella en su inminente
biografía cinematográfica, Heidi Fleiss
es la cara del primer burdel que cotiza en Bolsa y publica
Pandering, una autobiografía desafiante que prueba
que no ha olvidado sus raíces.
.
. . . Hace
diez años fui detenida en mi casa de Beverly Hills
por proxenetismo, eso que el diccionario define como “oficiar
de intermediario en una intriga sexual”. En otras
palabras, yo era una madama. Un tribunal me declaró
culpable de tres cargos de proxenetismo. Aunque el fallo
fue rechazado, el gobierno no se rindió y terminó
convirtiéndome en la Al Capone de la prostitución.
Pasé tres años en una cárcel federal
de Dublin (California) por los delitos de conspiración,
evasión impositiva y lavado de dinero. Pero lo
que me metió en problemas fue el asunto sexual.
.
. . . Como
madama de Hollywood, tuve entre veinte y setenta chicas
trabajando para mí. Una vez hice 97 mil dólares
en concepto de comisiones en un solo día. Percibía
el 40 por ciento de lo que ganaban las chicas –cualquiera
fuera su tarifa– y de toda propina que superara
los mil dólares. (Comparen esas sumas con la cárcel,
donde por lavar ollas y sacar la basura ganaba diez centavos
por hora.)
.
. . . Cuando
estaba en el mercado del sexo, regenteaba un negocio donde
el 85 por ciento del dinero se cobraba en efectivo. Trataba
con la gente más rica de la Tierra: tipos que gobiernan
países, los hombres de negocio más importantes
de Estados Unidos. La mayoría prefería pagar
en efectivo. El actor Charlie Sheen era uno de los pocos
que pagaba con cheques, pero ahora que lo pienso me doy
cuenta de que era un gesto de clase. Pagaba sus cuentas,
las chicas lo querían y estaba bien equipado.
Si me involucré en la prostitución no fue
por necesidad de dinero. Tuve el tipo de infancia con
el que sueña todo el mundo: cinco hermanos, viajes
de campamento, guerra de almohadas y torneos maratónicos
de Monopoly. No éramos como la generación
de Britney Spears, esas chicas de ahora que a los 9 años
ya parecen listas para el sexo. Yo no era mucho mayor
cuando me conseguí un pequeña red de bebés
para cuidar, y muy pronto todos los padres del barrio
me pedían que me ocupara de sus hijos. Ya entonces
evidenciaba un sentido innato para los negocios. Empecé
a delegar trabajo en mis amigos para satisfacer la creciente
demanda. Mi madre me festejaba amorosamente y todas las
noches, durante la cena, mi padre, que era pediatra, me
preguntaba: “¿Qué aprendiste hoy de
nuevo?”.
.
. . .
A los 19 empecé a salir con un multimillonario
de 57 años. Fue una buena relación, pero
cuando terminó me di cuenta de que él había
ganado todas las discusiones que solíamos tener
porque yo no tenía ninguna formación, nada
en qué apoyarme. Así que me licencié
en bienes raíces. Pero no pasó mucho tiempo
hasta que me encontré metida en un mundo completamente
distinto. Empecé a ir a Helena’s, un popular
club nocturno de Los Ángeles que regenteaba la
ex ama de llaves de Jack Nicholson; ahí conocí
a un pasador de apuestas que más tarde me presentó
a Madam Alex, una “mujer de negocios” cuyas
empleadas eran conocidas por su buen aspecto y su popularidad.
(Yo no sabía entonces que había llegado
hasta ahí en parte de pago, para saldar las deudas
de juego del tipo.) Esperaba encontrarme con una reina
sexy y glamorosa, al estilo de Faye Dunaway en el telefilm
La madama de Beverly Hills. Pero Madam Alex era una filipina
calva de un metro cincuenta de estatura, vestida con un
camisón transparente. Hicimos buenas migas enseguida.
Tuve mi primer cliente a los 22 años. Un tipo muy
apuesto: de haberlo conocido en un bar, o en una cita
a ciegas, me habría acostado con él gratis.
Pasamos una gran noche; deducido el 40 por ciento de Madame
Alex, me quedaron 3 mil dólares.
.
. . . Me
enorgullezco de haber aprendido el negocio en las trincheras,
pero tuve una carrera de puta muy corta. No tengo el tipo
de la californiana soñada y soy sexualmente perezosa.
Era una profesión que no se ajustaba a mis destrezas,
más afines a los negocios que a la cama. En 1989,
después de romper con Madam Alex, decidí
dejar la prostitución y volver a la universidad,
a retomar mis estudios de curadoría artística.
(Los había dejado a los 17 años, cuando
recién cursaba el primer semestre.) ¿Por
qué, pues, me convertí en una madama? Tenía
miles de amigos divinos y miles de conexiones importantes,
todo gracias a los viajes que había hecho por el
mundo con mi ex novio. Un día me di cuenta de que
podía regentear una empresa sexual mejor que cualquiera.
Mi primer cliente fue un ejecutivo suizo que estaba en
Los Angeles con seis conocidos. Arreglé que se
reunieran con algunas chicas y todo el mundo quedó
encantado. Se corrió la voz; la demanda no tardó
en multiplicarse. Traté de seguir estudiando mientras
me ocupaba del negocio, pero era complicado escabullirme
de las clases para ir a concertar citas al teléfono
público de la universidad.
. . . . Mis
chicas volaban a encontrarse con los clientes a St. Tropez,
Londres o a cualquier parte del mundo. Me bastaba hablar
con un hombre para saber qué clase de chica podía
interesarle. Siempre me aseguraba de no meter a una chica
en alguna situación peligrosa o en la que pudiera
sentirse humillada o degradada. Siempre fui consciente
de hasta qué punto la prostitución puede
menoscabar la autoestima de una mujer; no quería
que nadie que trabajara para mí pasara por esa
situación. Mis clientes estaban entre los hombres
más poderosos del mundo. Siempre querían
lucir impecables y vivir lo más largamente posible.
Veían a sus médicos con regularidad. Jamás
tuve una chica con sida, ni siquiera con ladillas. Pero
yo les decía que me llamaran si llegaban a sentirse
incómodas con un cliente, que yo las sacaría
de ahí, no importa dónde estuvieran. Mi
primer millón lo hice a los cuatro meses de entrar
en el negocio.
.
. . . No
recomendaría la prostitución como carrera
porque no tiene perspectivas a largo plazo. Aun así,
una mujer debería tener derecho a hacer lo que
quiera con su cuerpo. Podría tener la fantasía
de convertirse en prostituta; ¿por qué no
debería ponerla en acto? O podría hacerlo
durante uno o dos meses en caso de no tener familia, ni
dinero, ni nada. El dinero podría ayudarla a hacer
algo positivo con su vida; empezar un negocio, o ir a
la universidad. Recuerdo a una chica que vino a verme
con moretones en el cuello. Tenía un novio abusador,
y quería que yo la ayudara a zafar de la relación.
Le recomendé que trabajara en un restaurante durante
seis meses, pero cada tanto dejaba que trabajara para
mí. La primera temporada hizo un cuarto de millón.
Trabajó una segunda temporada y se retiró
del negocio para hacer un master en la Universidad de
Los Angeles.
. . . . Habría
que legalizar la prostitución en Estados Unidos.
Las leyes suelen ser redactadas por y para hombres. He
estado fuera del negocio diez años, pero todavía
escucho historias de hombres que golpean a las mujeres
y se van sin pagar, o que les hacen un cheque y después
bloquean el pago. Es escandaloso. Estamos hablando de
una mujer que ha invertido toda su habilidad en prestar
un servicio, y para entera satisfacción de su cliente.
Pero a ese cliente no le sucederá nada, porque
sabe que nadie lo acusará por negarse a dar dinero
a cambio de sexo. En esos casos siempre persiguen a las
mujeres, no a los hombres.
.
. . . Legalizar
la prostitución no implica ninguna desventaja.
El gobierno se beneficiaría cobrando impuestos
y una buena reglamentación limpiaría la
industria de delincuentes y ayudaría a proteger
a las mujeres. Ahora hay tipos pesados que maltratan a
las prostitutas porque saben que se saldrán con
la suya. Recuerdo a algunas mujeres que vinieron a verme
después de trabajar en burdeles ilegales, verdaderas
“fábricas de conchas”. Es increíble
lo que sucede en esos lugares. Las chicas tienen que estar
en la fábrica y acostarse todos los días
con entre cinco y diez tipos por una paga que va de los
300 a los 700 dólares. Muchos de los que regentean
las fábricas amenazaban a las putas y las obligaban
a quedarse. Una chica me contó que un tipo le daba
crack todas las mañanas para que no hiciera escándalo.
La prostitución no tiene por qué ser así.
Yo nunca regenteé un burdel tradicional. En 1991
le compré a Michael Douglas un rancho en Beverly
Hills, pero jamás hubo en mi casa sexo a cambio
de dinero, salvo una fellatio de cinco minutos y 5 mil
dólares que una de mis chicas le hizo -sin mi consentimiento–
a un cliente en el baño. Mi casa era un lugar confortable
donde las chicas podían hablar de ropa. La puerta
de calle nunca estaba cerrada. Tenía una pileta
olímpica donde las chicas podían nadar,
tomar sol y pelearse por ver quién daba las mejores
mamadas. Todas estaban orgullosas del trabajo que hacían.
. . . . En
Estados Unidos me metieron presa por vender sexo consentido.
En Australia me pidieron que fuera embajadora internacional
del primer burdel que cotiza en Bolsa. El Daily Planet,
fundado en 1975 en Melbourne, salió al mercado
en mayo pasado, a 35 centavos de dólar la acción.
Uno de los hombres que regentean el lugar, Andrew Harris,
me contactó después de verme en un talk
show de trasnoche y me pidió que oficiara de embajadora
internacional de la compañía.
.
. . . En
Australia, la prostitución siempre fue técnicamente
legal. Y desde 1986, el estado de Victoria, donde está
Melbourne, se ha vuelto aun más progresista. Las
prostitutas pueden trabajar en burdeles siempre y cuando
no trabajen en zonas residenciales, y a la ciudad le parece
bien. Y la ley deja fuera del negocio a proxenetas y delincuentes.
También impide que quien haya cometido algún
delito en los últimos cinco años sea propietario
o administre un burdel. Los empleadores no pueden contratar
prostitutas enfermas. Y no pueden hacer trampa: tienen
que asegurarse de que los tests de las putas den bien.
También deben proporcionar condones, que, como
todos sabemos, son bastante caros.
.
. . . Inicialmente
valuado en $ 5,5 millones de dólares, el Daily
Planet tiene 150 chicas trabajando. Desde mayo, sus existencias
prácticamente se han duplicado. La compañía
proporciona dispositivos de protección (condones
y diafragmas) y se asegura de que las chicas se hagan
un análisis de sangre que pruebe que están
sanas, y limpias de drogas, antes de poder trabajar. Las
chicas, que pagan por sus seguros médicos, deben
conseguirse todos los meses un certificado médico
que atestigüe su buena salud. Y toda actividad sexual
que tenga lugar en el interior del Daily Planet (incluso
las fellatios) debe realizarse con protección.
El Daily Planet opera en un edificio de 18 habitaciones
parecido a un motel. No contrata directamente a las trabajadoras
ni se lleva una parte de lo que ganan: las chicas negocian
sus tarifas y propinas con los clientes. La compañía
gana dinero cobrando 115 dólares por hora por el
uso de cada cuarto. Cada cuarto puede ser usado hasta
por cuatro chicas al mismo tiempo, de modo que en una
buena noche, un cuarto puede generarle al Daily Planet
hasta 4 mil dólares de ganancia.
.
. . . En
mayo estuve en Melbourne y me encontré con sesenta
de esas chicas. La menor tenía 19 años,
la mayor unos 35; las mejores hacían unos 6 mil
dólares por semana. Les dije que si querían
conseguir buenas propinas, el punto importante en el que
tenían que golpear era el ego de los hombres. Les
aconsejé que no mantuvieran a sus novios y no compraran
drogas. Les dije que tenían que averiguar cuánto
dinero eran capaces de ganar, fijarse una meta, cumplirla
y luego seguir adelante. Siempre habrá alguien
más joven y más bonita para reemplazarlas.
.
. . . La
tasa de rotación del Daily Planet es alta. Cada
semana hay un puñado de chicas que deja el lugar,
pero hay cuatro veces más chicas que aspiran a
entrar. El sexo es algo imparable. Y sexo por dinero habrá
siempre. ¿Por qué convertirlo en una experiencia
delictiva?
