| Cruxifición
Me echo en la
cama con los brazos extendidos, las piernas ligeramente
separadas. Expongo mi cuerpo completamente horizontal
y plano. Te veo a ti doblemente clavado en la cruz de
madera y en el cemento del muro, casi en la misma posición
en que me encuentro. Yo, en la misma posición
en que te encuentras, Señor. Una hora, dos horas,
un día, una semana, un mes, un año, un
infinito para siempre, contando los fragmentos de polvo
cósmico que salen de mi carne, de mi sangre,
de mi aliento. Y me vuelvo en escuadra flotando sobre
la mitad de un cuerpo, sobre la infinita anchura de
un alma en donde te extiendo los brazos que ya están
abiertos y me acerco como el buen ladrón, Señor,
como el mal ladrón, y arranco con los labios
tus espinas, tus retorcidos clavos, con los labios para
evitar perder los dientes, pero muerdo el clavo que
te tiene clavado a la pared, libérote Señor,
y sangro despreocupadamente sobre tus heridas abiertas,
libéreme Señor, sangro con mis labios,
sangro con mis dientes, y con mis besos te beso besos
sangrantes, que caen con nosotros absortos en la tierra
que espera, formando dos cruces sobrepuestas.
Contemplación
en el murmullo del girar de tus
pliegues
en el crujir del roce de tu piel
entre los vuelos del traje
en el justo tiempo
en que tus párpados se cierran
partiendo en dos mi rostro
tu llama azul
tus estrellas como puntos suspensivos
en la esquina en el canto en
la ranura
de los astros ausentes
por donde se abren tus manos
alcanzaré envuelta
sólo un movimiento
de tus labios.
*
Ana
Maria Falconi |