. . . Tengo la certeza de formar parte de algo importante,
las horas que permanezco acodado en la barra del Bogart son
las más importantes del día. Y cuando aparece
ella, la certeza se hace casi tangible.
Cierto que ella me lo advirtió.
-Soy una mujer –dijo, cuando hablamos por primera vez
No sabía hasta que punto esa frase era una advertencia.
Aunque solo mide un metro cincuenta y tiene cara de nena, Tini
se pasea entre las mesas como una estrella del Maipo y siempre
se las arregla para destacar los pezones, aun en las peores
noches de frío.
Así es como la dibujé. Parada, con minifalda azul,
la boca carnosa entreabierta. Es mi dibujo favorito. Tanto que
lo pegué en la puerta del baño junto a la foto
de Paul Simon. Bien, en realidad el dibujo no se parece a ella
pero ayuda mucho en las horas de insomnio.
La veo todas las noches en el bar. Tiene una rutina estudiada.
Se acerca al tipo de turno, apoya descuidadamente la mano en
su hombro, toma un vaso de la mesa. Mientras habla con otros,
deposita en su mejilla un beso que dura apenas unos segundos
más de lo necesario. A veces llega hasta el abrazo, aunque,
al igual que sus carcajadas, lo reserva sólo para los
viejos amigos. Me divierto calculando con cuantos de ellos se
habrá acostado.
Ahora se acerca a la barra para pedir otro gin tonic. Me acomodo
en el taburete. La miro. Ella me mira. Acerco mi boca a su oreja
y digo:
- ¿Así salís
a la calle ? - (buen tiro, pienso)
Me mira. Frunce la boca pero
no dice nada. En cambio, se da vuelta y se pone a hablar con
un tipo que pasa hacia la galería. Pido otra cerveza.
Trato de calmarme. Me saco la camisa de adentro del pantalón.
Bajo del taburete. El bar está repleto. Un rubio desteñido
y de lentes oscuros tropieza con mi pierna y sigue hacia la
caja sin mirarme.
Cuando me doy vuelta para agarrar la cerveza, la veo irse
con el tipo por el pasillo. Los sigo. Entro al baño
de hombres. No están. Cobro coraje y entro al de mujeres.
Nadie. Ya estoy por volver a la barra cuando veo una luz en
lo que parece ser la cocina. Hay olor a veneno para cucarachas.
Me cuesta respirar.
Me acerco a la puerta, que ha quedado entornada. Lo primero
que veo son sus rodillas que aprietan la cintura del tipo
que ni siquiera se ha bajado los pantalones. Tiene la cabeza
pegada a sus tetas. Me recuesto contra la pared del pasillo
y casi tropiezo con unos cajones de cerveza vacíos.
Ahora gira y la levanta. La coloca sobre la mesada. Extrañamente,
no hacen ningún ruido. No puedo más. Me aprieto
contra la pared. Hay un armario, un perchero, una bolsa de
ropa. Me apoyo sobre ella. Aguzo el oído por si viene
alguien. Mierda, cuando vuelvo a mirar, tengo un primer plano
de la espalda peluda del tipo con un tatuaje de un águila.
Tini, Tini con delantal cuadrille de jardín de infantes,
con botas altas hasta la rodilla. Tini, la puerta de mi baño
y la foto de Paul Simon, Tini pasándome la lengua por
el pecho. La agarro de los pelos .Tini Tini Tini oh! Tini.
Grito.
Ruido de vasos, ollas, cubiertos. Los idiotas deben haber
tirado todo lo que había sobre la mesada. La puerta
se abre llenando de luz el pasillo. Me acomodo la ropa como
puedo y me despego de la bolsa (horror!) de basura. El tipo
sale apurado. Ahora veo que no es el mismo. Es Poli, el dueño
del bar.
Me palmea la espalda. Trato de poner cara de tarado.
- Ah, eras vos, ¿qué hacés, Larva? ¿Todo
bien? Vení, te invito una cerveza.
Vamos hasta la barra. Mientras caminamos, ella se nos adelanta
y se mete en el baño de minas.
- Contáte uno - me dice Poli
Sonrío y empiezo el del gallego que va de vacaciones
a Egipto.
Me convida un cigarrillo. Suelta una carcajada.
Ya sabía yo que formaba parte de algo importante.
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