Ave Ángel: Rodolfo Ybarra
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. . . . .He reventado mi cerebro con un martillo, de un solo golpe asesiné la lascivia, el dolor miserable, blando corazón. Un martillazo y ahí está la masa encefálica torteando la pared, el cuadro perfecto de un pintor criminal, colores que imagino en mi interior y nada que pensar, nada que decir, sólo el vacío y el cuerpo temblando con los mil nervios arrancados dirigiendo los impulsos al corazón y sólo una mancha roja, un ave fénix chapoteando en mi cadáver, creciendo en dimensión: hacia el norte farolito rojo, hacia el sur la calle trece, y yo, crónico ido, temblando amnésico con el cráneo partido en mil pedazos por mí mismo, esperando a que esto se acabe de una vez, mientras el ave fénix crece y está a punto de volar por sobre mis hombros y mis piernas se convulsionan y no sé qué está pasando y puedo imaginar la congestión de mi rostro y una sonrisa me estalla en la nariz y un conejo de sangre brinca en mi boca y escucho los gritos desde mi interior donde un ángel pequeñito me abraza con sus alitas de colibrí y siento su zumbido y sé que es la muerte; y hacia el este un edificio de cuatro pisos y hacia el oeste el malecón y la playa y sé que habrá luna llena porque lo vi ayer en el calendario y sé también que un médico forense escribirá en su acta: “loco y suicida, muerte por traumatismo encéfalo craneano”, y sé que todo esto será mentira y será mentira también el cerebro y el martillo y el ave fénix que crece y ahora está a punto de volar pero el ángel pequeñito lucha con todas sus fuerzas y me sostiene desde la tierra, pero sé que es la muerte otra vez, cada vez más cerca y más dolorosa y ya no sé si es verdad o mentira y mis brazos se agitan, creen flotar en el aire, pero sólo logran lastimarse en el asfalto y yo los imagino como alas y siento una necesidad de ser ángel yo también mientras el ángel pequeñito vocifera una consigna y el ave fénix lo picotea con su pico de oro y plumas rojas de sangre y el martillo en una de mis manos es la única prueba para no culpar a nadie y no lo soltaré, lo juro por dios no lo soltaré. Y hacia arriba el cielo gris opaco y hacia abajo el suelo gris opaco también, y quisiera darme otro martillazo y acabar de una vez, y ese zumbido que crece en dimensión como una tormenta y no soporto sus truenos, no soporto el eco que retumba a mi lado izquierdo y vuelvo a imaginar mi rostro y sé que estoy llorando por todos a la vez, y descubro que cometí un error y ahora lucho por alcanzar la muerte y el ave fénix y el ángel pequeñito y el martillo y el asfalto y el firmamento y vuelvo a pensar en este instante: es lo mejor para mí, encontraré a dios más tarde, le veré a los ojos y abrazaré con sabia repugnancia, -Oh dios gran caimán-, y un frío maldito ingresa de repente y quisiera acurrucarme en los senos de mi estro y dormir como antes como siempre con una canción de cuna y un olor a canela y ese humo de vela derretida y tengo miedo y frío, frío y miedo y escucho a alguien que reza a mi costado y no es mi dios al que hablan, no no es él; y muchos rostros miran y se asombran, (“pobre viejo”), y no se percatan del ave fénix, ni del ángel pequeñito y mi cuerpo suda copiosamente, y la sangre es un elefante sobre el que avanzan mis restos; ya no hay nada que hacer comenta un señor y otro señor se persigna y yo aún sigo temblando y el sonido de una sirena se confunde con el sonido de la muerte y el elefante arrastra mi cuerpo y el ángel pequeñito presiona sus alas y me abraza desde adentro hacia adentro y el elefante, el ave fénix tiran de mí y el sonido de una sirena es también el sonido de la muerte y sobre una camilla entiendo el final del principio y el conejo de sangre que salta sobre mi boca es reemplazado por una rata de plástico y ahora creo que voy a morir y me inyectan anestésicos pero ya no siento nada ni me duele nada y mi respiración se hace lenta y me agito y me atraganto con el conejo de sangre, la rata de plástico y la ambulancia corre por la autopista gira a la derecha, a la izquierda, elude a un perro, a un borracho, cruza un puente, cruza semáforos en luz roja, va en sentido contrario; el hombre me toma el pulso, pregunto por el martillo y la luna se hace más intensa y hasta puedo ver la pupila de dios en ella y el pulso se hace más lento y ahora una corriente eléctrica me sacude y veo al ave fénix cacarear su victoria y veo al ángel pequeñito de rodillas tirando de un hilo que es mi vida en esta camilla con este hombre que no conozco con esa botella con agua que alimenta mi muerte desde arriba mientras la ambulancia corre por medio de la ciudad y sé que es en vano todo intento porque yo mismo no deseo salvarme y se lo digo al ángel pequeñito para que rompa el único nervio que me mantiene de este lado y la sirena se detiene, me bajan, me empujan y el ascensor es lento como mi pulso y otra vez ese frío maldito que empieza a morderme los pies y los brazos que ya no tiemblan y mi vida es esa raya que atraviesa la pantalla del televisor y el doctor que tiene esperanzas y la esperanza es lo último que muere pero yo no deseo salvarme y pienso en el martillo; la luna es la pupila de dios, el aletear del ángel pequeñito es el sonido de la muerte y juro por dios no soltaré este martillo, no lo soltaré, soy mi propio verdugo y la corriente eléctrica me vuelve a sacudir y la botella con agua cae al piso y todos tiemblan conmigo, y todos sufren conmigo y recuerdo a mis amigos de la infancia corriendo por el malecón arrojándose al mar como hermosas focas y recuerdo a mis hermanos y sus boyas de plástico atadas a las espaldas y recuerdo a mis ganas de morir a los siete años con kerosene y a los ocho con los brazos cortados y luego el encierro y recuerdo mi primera caída y me repito a mí mismo ya no quiero sufrir por favor ángel pequeñito, ave fénix, elefante, mientras una lágrima de vidrio cae de la luna y la noche hipócrita se esconde tras las patas de los perros y el sol –gran martillo-, empieza a nacer y el mar se agita, el aire, el tiempo y ese zumbido de las cosas al caer la noche es también irremediablemente el sonido de la muerte.

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