. . . . .He reventado mi cerebro
con un martillo, de un solo golpe asesiné la lascivia,
el dolor miserable, blando corazón. Un martillazo
y ahí está la masa encefálica torteando
la pared, el cuadro perfecto de un pintor criminal, colores
que imagino en mi interior y nada que pensar, nada que decir,
sólo el vacío y el cuerpo temblando con los
mil nervios arrancados dirigiendo los impulsos al corazón
y sólo una mancha roja, un ave fénix chapoteando
en mi cadáver, creciendo en dimensión: hacia
el norte farolito rojo, hacia el sur la calle trece, y yo,
crónico ido, temblando amnésico con el cráneo
partido en mil pedazos por mí mismo, esperando a
que esto se acabe de una vez, mientras el ave fénix
crece y está a punto de volar por sobre mis hombros
y mis piernas se convulsionan y no sé qué
está pasando y puedo imaginar la congestión
de mi rostro y una sonrisa me estalla en la nariz y un conejo
de sangre brinca en mi boca y escucho los gritos desde mi
interior donde un ángel pequeñito me abraza
con sus alitas de colibrí y siento su zumbido y sé
que es la muerte; y hacia el este un edificio de cuatro
pisos y hacia el oeste el malecón y la playa y sé
que habrá luna llena porque lo vi ayer en el calendario
y sé también que un médico forense
escribirá en su acta: “loco y suicida, muerte
por traumatismo encéfalo craneano”, y sé
que todo esto será mentira y será mentira
también el cerebro y el martillo y el ave fénix
que crece y ahora está a punto de volar pero el ángel
pequeñito lucha con todas sus fuerzas y me sostiene
desde la tierra, pero sé que es la muerte otra vez,
cada vez más cerca y más dolorosa y ya no
sé si es verdad o mentira y mis brazos se agitan,
creen flotar en el aire, pero sólo logran lastimarse
en el asfalto y yo los imagino como alas y siento una necesidad
de ser ángel yo también mientras el ángel
pequeñito vocifera una consigna y el ave fénix
lo picotea con su pico de oro y plumas rojas de sangre y
el martillo en una de mis manos es la única prueba
para no culpar a nadie y no lo soltaré, lo juro por
dios no lo soltaré. Y hacia arriba el cielo gris
opaco y hacia abajo el suelo gris opaco también,
y quisiera darme otro martillazo y acabar de una vez, y
ese zumbido que crece en dimensión como una tormenta
y no soporto sus truenos, no soporto el eco que retumba
a mi lado izquierdo y vuelvo a imaginar mi rostro y sé
que estoy llorando por todos a la vez, y descubro que cometí
un error y ahora lucho por alcanzar la muerte y el ave fénix
y el ángel pequeñito y el martillo y el asfalto
y el firmamento y vuelvo a pensar en este instante: es lo
mejor para mí, encontraré a dios más
tarde, le veré a los ojos y abrazaré con sabia
repugnancia, -Oh dios gran caimán-, y un frío
maldito ingresa de repente y quisiera acurrucarme en los
senos de mi estro y dormir como antes como siempre con una
canción de cuna y un olor a canela y ese humo de
vela derretida y tengo miedo y frío, frío
y miedo y escucho a alguien que reza a mi costado y no es
mi dios al que hablan, no no es él; y muchos rostros
miran y se asombran, (“pobre viejo”), y no se
percatan del ave fénix, ni del ángel pequeñito
y mi cuerpo suda copiosamente, y la sangre es un elefante
sobre el que avanzan mis restos; ya no hay nada que hacer
comenta un señor y otro señor se persigna
y yo aún sigo temblando y el sonido de una sirena
se confunde con el sonido de la muerte y el elefante arrastra
mi cuerpo y el ángel pequeñito presiona sus
alas y me abraza desde adentro hacia adentro y el elefante,
el ave fénix tiran de mí y el sonido de una
sirena es también el sonido de la muerte y sobre
una camilla entiendo el final del principio y el conejo
de sangre que salta sobre mi boca es reemplazado por una
rata de plástico y ahora creo que voy a morir y me
inyectan anestésicos pero ya no siento nada ni me
duele nada y mi respiración se hace lenta y me agito
y me atraganto con el conejo de sangre, la rata de plástico
y la ambulancia corre por la autopista gira a la derecha,
a la izquierda, elude a un perro, a un borracho, cruza un
puente, cruza semáforos en luz roja, va en sentido
contrario; el hombre me toma el pulso, pregunto por el martillo
y la luna se hace más intensa y hasta puedo ver la
pupila de dios en ella y el pulso se hace más lento
y ahora una corriente eléctrica me sacude y veo al
ave fénix cacarear su victoria y veo al ángel
pequeñito de rodillas tirando de un hilo que es mi
vida en esta camilla con este hombre que no conozco con
esa botella con agua que alimenta mi muerte desde arriba
mientras la ambulancia corre por medio de la ciudad y sé
que es en vano todo intento porque yo mismo no deseo salvarme
y se lo digo al ángel pequeñito para que rompa
el único nervio que me mantiene de este lado y la
sirena se detiene, me bajan, me empujan y el ascensor es
lento como mi pulso y otra vez ese frío maldito que
empieza a morderme los pies y los brazos que ya no tiemblan
y mi vida es esa raya que atraviesa la pantalla del televisor
y el doctor que tiene esperanzas y la esperanza es lo último
que muere pero yo no deseo salvarme y pienso en el martillo;
la luna es la pupila de dios, el aletear del ángel
pequeñito es el sonido de la muerte y juro por dios
no soltaré este martillo, no lo soltaré, soy
mi propio verdugo y la corriente eléctrica me vuelve
a sacudir y la botella con agua cae al piso y todos tiemblan
conmigo, y todos sufren conmigo y recuerdo a mis amigos
de la infancia corriendo por el malecón arrojándose
al mar como hermosas focas y recuerdo a mis hermanos y sus
boyas de plástico atadas a las espaldas y recuerdo
a mis ganas de morir a los siete años con kerosene
y a los ocho con los brazos cortados y luego el encierro
y recuerdo mi primera caída y me repito a mí
mismo ya no quiero sufrir por favor ángel pequeñito,
ave fénix, elefante, mientras una lágrima
de vidrio cae de la luna y la noche hipócrita se
esconde tras las patas de los perros y el sol –gran
martillo-, empieza a nacer y el mar se agita, el aire, el
tiempo y ese zumbido de las cosas al caer la noche es también
irremediablemente el sonido de la muerte.
|