"Considero
que lo esencial en el pintor es pensar" (Víctor
Humareda;
en diario La Crónica, 7 set. de 1952; citado en la
columna "Crónica de Arte")
Fui a ver la más
reciente muestra antológica (1948-1986) de Víctor
Humareda que se expuso en el Centro Cultural de la Universidad
Católica, en San Isidro, con dos alumnas muy jóvenes
-16, 17 años- de una universidad nacional donde por
entonces trabajaba. Hago esta breve introducción
porque en ello se entrelazan diversos asuntos, como se verá
a continuación.
La primera vez que
tuve noticias de la pintura de Humareda fue como una revelación.
Imagino que algo semejante, quizá en diferente grado,
sintieron Tania y Verónica al ver esta exposición.
Sus comentarios iban en el sentido de los que tuve aquella
primera vez: la admiración por el empleo del color,
de los contrastes, de la sombra y acerca del misterio poético
en los motivos pictóricos de Humareda. Esta suerte
de fiesta cromática tenía una llamativa, y
contradictoria, relación dramática con los
personajes y ambientes solitarios, pobres y marginales de
esta pintura. Un halo de romanticismo extemporáneo
impregna las telas de Víctor Humareda.
La exposición ofrecía trabajos que presentaban
algunos rasgos testimoniales y autobiográficos del
pintor puneño. Entre ellos figuraban algunos de sus
autorretratos, solo o formando parte de escenas estáticas
o en movimiento, sus recorridos por diversas calles y barrancos
de Lima , retratos del mar, de su habitación -en
claro homenaje a su admirado Van Gogh-, la puesta en escena
de la fiesta taurina, o de caballos en movimiento e interacción,
así como su evocación y familiaridad vital
con artistas de cine. Entre todo ello destacaban, por diferentes,
dos óleos: el de un incendio en una casa y el de
una escena de la matanza en Uchuraccay; trabajos que, llamativamente,
aparecían como marginales y marginados dentro del
marco textual ofrecido por la curaduría. Una exposición,
pues, que daba la síntesis apretada de ese vitalismo
heroico del gran pintor que fue Humareda.
Heroico porque
a semejanza de la mayoría de inmigrantes andinos
-artistas o no, literatos o no- sacó adelante sus
objetivos, sueños y energías creativas venciendo
un sinfín de dificultades y marginaciones desde el
poder. Los homenajes y condecoraciones tardíos, pomposos
e inútiles, a don Víctor Humareda no solo
no le apagaron su fuego y genio creativo, rebelde, sino
que de seguro ampliaron aún más su ancha sonrisa
fruto de su sano y humano humor, antes que de la venenosa,
cuando no obscura, ironía satírica.
Humareda, a la manera del poeta Juan Gonzalo Rose y otros
creadores como él, fue y es un hombre bueno, un niño
grande si por "niño" entendemos la fascinación
de la inocencia ante la vida, los meandros y sujetos de
la realidad, y ante la muerte misma. Esa infancia que amplía
y enriquece el corazón, el trazo, la escritura y
el color finalmente.
En este sentido, y considerando su voluntario retiro a esa
zona limeña poblada de personajes populares, también
migrantes como él, en muchos casos aun lumpenizados,
o prostituidos en la pobreza, Humareda se nos aparece semejante
en su acto a Martín Adán, el gran poeta de
Travesía de Extramares y La casa de cartón,
quien decidió retirarse a vivir en una habitación
del Hospital Siquiátrico Víctor Larco Herrera.
Pero quizá la diferencia principal entre ambos esté
en el humor de Humareda y la profunda ironía de Adán.
De ahí que si no yerro en mi evocación, pienso
que a pesar de tanto oportunismo, latrocinio y mercadeo
con su obra, y ese cáncer que le quitó la
voz (producto de la convivencia mortal con los químicos
para pintar, en su cuarto-taller) , Humareda murió
con algo como una sonrisa en la mirada; mientras que Adán
tuvo una muerte más dura, me parece, y más
herida en su soledad. Después de todo, don Víctor
Humareda siempre se jactaba de hablar con hermosas estrellas
de cine como Marilyn Monroe o Silvia Kristel...o con maestros
de la pintura como Rembrandt, Goya, Munch y siempre Velázquez,
siempre . Todo lo cual, de seguro, le suplía sus
amistades no siempre desinteresadas ni auténticas.
Al igual que Van Gogh, Humareda se fue en la pobreza económica,
y sin embargo hoy vemos que sus cuadros, por no tan extrañas
razones de mercado y desdichado sentido de la oportunidad,
se cotizan en sumas que le hubieran permitido vivir con
más holgura y quién sabe qué más
hubiera hecho. Al respecto, son una denuncia quemante las
palabras de ese otro gran pintor expresionista David Herskovitz
-norteamericano feliz y creativamente radicado entre nosotros,
desde 1960-: "Humareda está unido al sufrimiento
que pintaba. Su vida ha podido ser más tolerable,
si hubiera tenido el patrocinio de personas menos circunspectas.
Lo que el maestro necesitaba más que nada eran los
ingresos monetarios para capacitarlo a seguir viviendo en
su sacrificada forma, en el distrito de La Parada, en un
espacio adecuado, con buena iluminación y ventilación,
buen cuidado médico desde el principio y poder conseguir
los materiales de superior calidad con qué realizar
su visión estética. ¿Quién hubiera
podido decir que bajo estas condiciones Humareda haya podido
sorprendernos con insospechadas y calificadas obras, siempre
expresando su inimitable visión con la que se ahonda
aún más la reputación de este maestro
contemporáneo? Víctor Humareda pasaba su vida
en la auténtica forma del creador artístico
que sufre, que ha tenido aquel raro valor de acercarse al
fin de sus días, siguiendo su divina misión
de pintor" (Lima, 1987; citado en el libro ya mencionado
sobre Humareda).....
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