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Con novedad en el frente
(latinos más allá de la
border)
Cada vez que enciendo el televisor
para enterarme de las noticias sobre la guerra me siento cada vez más
cansada. Esta guerra nos está matando a nosotros también,
me digo. No prenderé nunca más la televisión, juro.
Pero no he parado de navegar en Internet ni zapear en los canales que
mi pobre televisor a blanco y negro puede captar. Sin embargo, en un acto
aun más masoquista y de rabiosa curiosidad –además
de estar en español- veo Telemundo. Sí, la cadena hispana
donde nuestra querida Laura (de exportación) es una de sus estrellas.
Ahora comprendemos por qué: se regocijan en describir de forma
detallada la tecnología de punta de la artillería americana
y nos muestran, cada tanto, a uno de sus héroes caídos en
batalla por las “malas artes” del enemigo.
El anuncio de bajas en el
frente “aliado” ha ido en aumento a medida que avanza la guerra.
Sin embargo y, paradójicamente, es por las muertes que venimos
a conocer las estadísticas de lo latino metido como una cuña
dentro de tierra Americana. Si algo va a dejar esta guerra son sus héroes
latinos, me ha dicho mi amigo Lucho Chávez en una conversación
mientras intentábamos comer un plato realmente dulce de tallarines
en el restaurante thai de la U. ¡la guerra, como lo amarga todo!
Le tomo la palabra, y agrego, latinos aunque Bush los haga “citizens”
después de muertos.
Pertenecer a las fuerzas armadas
entre la mayoría de los latinos o sus descendientes es salir, de
alguna forma, de la miseria a la cual han sido confinados en barrios de
mala muerte donde el asesinato es diario. Es una forma de ascenso social
para obtener una profesión, un mejor puesto de trabajo, una entrega
rápida de la ansiada ciudadanía americana. Este último,
es el mayor ofrecimiento. Es cierto, también, que una buena parte
del grupo debe estar constituida por jóvenes reaccionarios que
han asumido y repotenciado los valores de la cultura americana, y que
se muestra, como siempre, en su insistencia mediocre en las peores manifestaciones
de ésta: su nacionalismo prepotente, su derecho al fast food y
un deseo perpetuo por la acumulación y la compra como garantía
de felicidad.
Sin embargo, todavía
quedan los otros. Esos que forma parte de aquella revolución silenciosa
que diariamente cruza la border (por aire, tierra o mar) para ocupar espacios.
Muchos arriesgan la vida para llegar al “paraíso”.
Una vez aquí se dan cuenta que éste no existe sino su remedo,
aquel que se logra con el trabajo duro y a riesgo de que los maltraten
por su origen, por su carencia o mediocridad para comunicarse en inglés,
además de sufrir explotación por parte de sus manager, gentiles
hombres que los contratan por nada y se hacen de la vista gorda frente
a sus “chuequitos” (papeles falsos). A pesar de eso, han aprendido
a desplazarse pronto dentro del territorio, a cubrir puestos de trabajo
abandonados por la alta cultura y a obligar a sus “boss” a
chamuscar el español.
Ahora les tocó tomar
el lugar de los héroes americanos.
Esta guerra no sólo
ha mostrado la impúdica ilegalidad de los que detentan el
poder sino que también ha dado paso a los actores que sustentan
su vanguardia al momento del enfrentamiento, a aquella carne de cañón
siempre compuesta por los menos beneficiados del “paraíso”.
Sin embargo, ahora más que nunca cada latino tiene derecho a exigir,
no la ciudadanía de sus muertos –que con gran “orgullo”
nos muestra Telemundo- sino su derecho a existir dentro del “paraíso”
con el mismo respeto y las mismas posibilidades de trabajo, sin amedrentamientos
de ningún tipo.
La vida que entregan hoy estos
jovencitos –la mayoría no pasa de 24 años- es una
prueba más de por qué estamos en contra de la guerra. No
son los que la maquinan los que derraman su sangre en el campo de batalla
sino uno de los nuestros. Los primeros héroes, mal que le pese
a los americanos, reconocen su origen “sudaca”: José
Gutiérrez, de Guatemala, y José Ángel Garibay, de
México. Y las nuevas generaciones deberán aprender a pronunciarlos.
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