| Fabiana Díaz de León Salas |
| 3 de mayo 1981, México D.F. Actualmente estudia en University of Texas at El Paso. Comunicaciones en Medios Impresos, 5 semestre; con un minor en Frances y otro en Español. Autores de cabecera: Pablo Neruda, Alfonsina Storni, GGM, Juan Garcia Ponce, Agustin Monsreal, Rosario Castellanos, Victor Hugo Vasquez Rentería, Efraín Bartolomé. [email protected] |
crónicaDocedenoviembre- ¡Ándale chiquitita que no me puedo estacionar aquí! - Chido, gracias nena, te veo al rato. Bye...
Me acababa de bajar del auto de Sandra, cuando comencé a caminar
hacia el atardecido horizonte mexicano, visto desde la frontera sur de
Estados Unidos. Cuatro y media de la tarde, como quedamos, voy a tiempo.
Camino atrapada entre las bardas mayas que aíslan el pasaje de peatones
de los carros que anhelan cruzar la frontera en menos de dos horas, e
inevitablemente me viene a la mente el coreado himno a la “divés”: Altanera,
preciosa y orgullosa... e irremediablemente me posee la Bikina. Sigo
por entre la gente con mi altanería, mi preciosidad y mi orgullo, cuando
por la izquierda me aparece un tipo:
-¡Es la segunda vez que voy al baño!
Me carcajeo penosamente y el tipo comienza a preguntarme cosas
acerca del puente y de lo desagradable que es pasar tantas horas haciendo
fila para cruzar. El hombre volteaba cuando lo llamaban Charlie. Lo
particular de este hombre, es que él no habla en términos de horas; él
mide el tiempo y la distancia que hace en cruzar el Puente Internacional
en cuestión de cuantas veces tiene que salir de su auto para ir al baño.
Que tipo, yo creo que más bien lo que a él le gusta es bajarse de su
auto a estirar las piernas
con el pretexto de ir caminando por el lado de los peatones, viendo a las
gringas que se les ocurre conseguirse un “mexican lover” y
cruzar a Juárez. Tal y como lo imaginé, el tipo comienza a preguntarme
que por donde vivo y que por qué estoy cruzando el puente a pié. De ahí
se pasa al tema obligado de mi relación con el chico con quien tengo que
hacer la tarea. Se recrea cuando le digo que yo no voy a dar ninguna
remuneración a cambio de que me hagan la tarea completa y abre los ojos
de tamaño jumbo cuando le digo que no estoy dispuesta a pagar por una
borrachera con algún hombre que me atraiga lo suficiente como para echármelo
a la bolsa.
-¡Bueno mija, gusto en conocerte, te cuidas! Dio vuelta a la derecha y salió de mi vida. Qué risa.
Sigo caminando y cruzo la calle. Homenajeo con la vista al “Señor
de los Cigarros”, al “Señor de los Periódicos” y al “Señor
de los Jugos” mientras me aprieto la bolsa al costado derecho.
Centro de Información Turística... ahí debe estar ya.
Llego respirando agitada a la parada de taxis, sitio Córdova, y me
asomo por entre las personas. No está. Camino hacia la banca más cercana
y tomo asiento. Paciente, me levanto a buscar entre la basura de la tarde,
remedos de lo que pudiera ser un simpático argentino tamaño garrocha,
ojos de gelatina y cabellos rubios y rasposos. No está. Regreso a mi
lugar en busca de un carro azul marino y lo que encuentro es un hombre de
pantalones azul marino, camisa gris con motivos azules marinos, lentes
oscuros, bigotes y una cachiporra negra en su mano izquierda.
-Lo siento señorita, pero no he contemplado por aquí a ningún
caballero portador de las características que usted me describe.
¡Ahhh la shingada!, ¡Que pedo con este hombre!, pienso. Pero mi
asombro es mayor cuando me sigue contestando.
-“Pues yo no he visto pasar por este camino a alguna persona
con las características que me describe vos. Pero si usted lo prefiere así,
puede tomar asiento mientras espera paciente a que llegue la persona que
vos espera.”
Demonios. Este hombre tiene un vocabulario vasto. Es un guardia de
seguridad delgado, de estatura muy bajita, de piel morena y bigotes de
color negro. Una lombriz de tierra, versión Rolls Royce. Regreso a mi
banca de piedra fría y me siento. El plan era que me recogiera (si me re
dejaba) en el Puente Libre a las cuatro y media de la tarde. No comas nada
y vamos juntos a comer... De ahí, tenemos “cosas que hablar” y la crónica
para la clase irá saliendo poco a poco. Caray, iba a estar con el
hombre-filosofía, versión “chingáme-quedito” y me iba a resultar
una buena historia. Espero aún a que pueda ser posible.
Las cinco quince de la tarde y no llega. Bueno, tengo el celular de
Fernando y puedo llamarle para que venga por mí. No, no me sé su numero,
ni siquiera el de su casa. Bueno, me espero, no debe tardar. Se acerca de
nuevo el literato-guardia y me comenta que acaba de arribar un joven que
reúne ciertas características que antes le mencioné y que si no deseo
levantarme para observar mas de cerca a quien pudiera ser la persona que
estoy esperando. Agobiada me levanto y no, no es señor, muchas gracias.
Regreso a mi asiento y comienzo a hacer notas. Este tipo es un folklore,
es lo que vine a buscar y lo encontré. Mejor que un argentino desabrido
con aires de puto reprimido que me va a dar masajes en la espalda para que
le cuente más sobre mi vida. Vuelvo a marcar un número perdido en el
celular y confirmo que efectivamente, no lo recuerdo. Espero. Frente a mí,
pasan mujeres de faldas y sacos color oficina, y uno que otro viejo
marrano muy a la Charlie Valentino. Cruzo la pierna y volteo hacia todos
lados.
-No llega. Pinche argentino de mierda, es un hijo de la mañana... Escojo intentar con el teléfono de tarjeta prepagada y nada, no me sé el número. Cuando regreso a mi banca de piedra, un tipo la está ocupando ya. Me ve con ojos entrecerrados mientras da un respiro al humo de su cigarro. Me desvío y me siento detrás de él. Las cinco cuarenta y cinco... ¡las cincocuarenticinco Che y vos que no aparecés!. Estúpido argentino con facha de gringo, es un jalado. Quedamos a las cuatro y media y no llega el muy puto. Comienzo un viaje mental hacia cualquier lugar cálido, haciéndome a la idea de que el frío de la tarde no es cierto.
-Do you need a telephone card? -Nou,
theincs, ai alruery jab guan. El
tipo no es un pervertido, o por lo menos, lo disimula muy bien. Me ofrece
su tarjeta telefónica sin ningún interés aparente. En fin. -
It must be the traffic, at this time all the cars are crowded on the
streets... -
Llea, it mast bi de trafic...
Mmm... quiere platicar, pero sigue en el mismo papel de amigo. No
importa, tengo de mi lado al literato-guardia, y nada me puede pasar.
Pues resulta que el tipo es trailero; es de Dallas Texas; vive en
Juárez pero muy poquito por que siempre está viajando; se casó con una
mujer de Chihuahua; tiene tres hijos, dos hijas: una de trece y la otra de
cuatro, un hijo de dieciséis años que va a una prepa que está por la
dieciséis de septiembre y junto al parque Borunda; tiene una camioneta
para viajar con su familia; conoce todos los estados de los gringos y
conoce varios de México; le gustan las ciudades grandes; conoce Veracruz,
D.F., Chihuahua, Monterrey, Michoacán y anexos; su esposa es maestra de
escuela pero ahora es la jefa de las escuelas estatales de todo Juárez;
la oficina de su esposa es excelente; él estuvo en la guerra de Vietnam;
también trabajó dos años en El Paso; que se llama Kenton, quei, i, en,
ti, ou, en, “Kent’n”; que el Village Inn es un restaurante que le
gusta mucho y que tiene amigos ahí; que su casa está por Santa Rita (no
Guerrero, desgraciadamente); que su hijo entra a la escuela a las seis de
la tarde y sale a las diez de la noche; que el cabrón ya va a llegar
tarde por que no mas no llegan a recogerlo; que para donde vas tú; que
para Córdova Américas es cerca; que las niñas no deben caminar solas de
noche en Juárez... ¿de noche? ¡cabrón, son las seis y media de la
tarde, y el puto gaucho sin aparecer! No es que el crepúsculo fuera
arrebolado, es que ya es de noche.
-Don’t worry, we can give you a ride to your house. Just we
need to wait for my wife.
El hombre es demasiado real para ser fantasía. Tiene pantalones de
mezclilla negros, una camisa de manga larga pero arremangada, con cuadros
en blanco, unos botines cafés y una gorra que da el gatazo de ser
camuflajeada. La piel blanca y arrugada, el cabello que le protege los
labios es rubio oscuro al igual que el que le protege el cráneo. Sus ojos
si que son de cielo, esos si son de cielo. Usa unos lentes, como para
darles un efecto de portarretrato. Saca un cigarro y lo prende. Las manos
se me contraen, no puedo mas:
-Mmm... Du llu jab anader ciga...
-Sure, take it.
Fumamos a la par y yo deseaba desesperadamente un cafecito. Ah,
claro, un abrigo también. Pues fíjese que yo también conozco Veracruz y
nací en D.F.; no me gustan las ciudades grandes; me gustan los pueblitos
y las playas; ah, muchas gracias por ofrecerme un tour por Estados Unidos
en spring break, lo tomaré en consideración; ¡ahh! Que fuerte lo
que me cuenta de las torres gemelas, debió haber tenido mucho miedo;
claro, imagino que como todas las personas querían salir de Nueva York,
había un tráfico de muerte; y no me diga que las personas bajaban de sus
carros a mitad de la carretera, me parece de película; si, tiene razón,
qué alivio para su esposa cuando regresó a los dos días siguientes, la
comprendo perfecto; ahh ¿así qué no era cierto lo de los artistas
donando sangre voluntariamente? Irónico resulta pensar que pudieran donar
sangre así como así; claro, si todos son iguales. Claro hombre, vaya a
asomarse de aquél lado a ver si ya llegó su esposa, que aquí lo espero.
Me grita desde lejos con ojos bien abiertos, que ya ha llegado su esposa y que era hora de irnos. Me acerco y una chaparra gorda de cabellos medio largos y lentes grandes que ocupa el lugar del conductor, me dispara un ¿a dónde vas?. Le doy las instrucciones más básicas para llegar a casa del insignificante aquél que se olvidó de mí y subo al lugar del copiloto.
Dentro del auto, me doy cuenta de lo curioso que me resultan a mí
las familias que son diferentes a la mía. Resulta que Kenton Junior le
pregunta en español a su mamá, la maestra chaparra, que si le dice a su
papá lo que le pasó ayer con su maestra de biología; la mamá le dice
que sí, que se lo platique pero en espanglish para que pueda así
burlarse de su papá; Kentoncito le contesta que no, que mejor no
le dice nada por que puede que lo regañe, y la mamá-maestra-chaparra lo
manda a la chingada.
A mitad de la plática en español, Kenton Papá interrumpe para
presentarme a su hijo, que es un “rock-star” por que tiene una
banda de rock. Estiro la mano derecha hacia Kentoncito, y le digo
que Fabiana, que mucho gusto. El niño esta en la pubertad, mejor adjetivo
no puedo encontrar. Viste pantalones negros, una camiseta negra con fotos
de Marilyn Manson, el cabello un poco largo y en picos, ojos
entrecerrados, su mochila negra, y una gargantilla negra con estoperoles
picudos de color plateado. Para hacer plática le pregunto que como se
llama su grupo, me contesta sonidos guturales que no recuerdo y asiento
con la cabeza. Le pregunto después acerca de la calidad de su banda de rock,
que si tocan, que si en donde tocan, que si esto o aquello... cuando llego
a la parte de los “demos”, me contesta que están a punto de grabar...
Es inevitable, todos dijimos eso a los dieciséis años, cuando nos
preguntaban acerca de un posible disco de nuestra bandita de rock
que formamos en la cochera. Me río mentalmente, y a modo de redentora, le
pregunto que si conoce a los Ultra Tolidos Sónicos; sus ojos se
abrieron al punto en que pude descubrirles el color: verde pardo tirándole
a gris. Muy bonitos, muy bonitos. Me contesta que si, y le respondo con un
“¿Los conoces o nada más los has escuchado?” y me dice que conoce
“alquecanta”.
-Ajá, entonces conoces a Luis, a pues fíjate que él es muy
amigo mío y pues creo que si lo conoces le podrías decir que te hiciera
el paro, por que como sabrás ellos graban en casa de Luis, ya ves que él
tiene un estudio de grabación en su casa...
El niño vuelve a ser niño para dejar atrás su pubertad y abrirse
con una desconocida que le ofrece cumplirle su sueño de niño. Platicamos
acerca de lo que a él le gusta, del género de rock que toca en su
banda, que el baterista se rajó y acababan de conseguir a otro nuevo...
me deja su nombre completo y su teléfono. Mmm... soy buena con los
hombres.
Me dejan a una cuadra de la casa del argentino oportuno que no llegó
por mí, y después de despedirme de mano de Kenton Papá y desearle
suerte, los veo desaparecer de mi vida. Camino apresurada, no quiero que
alguien me vaya a reconocer; ando en territorio familiar y bien se le pudo
ocurrir a mi mamá salir a dar un paseo por la cuadra. Llego a su
departamento y veo desde afuera su ventana: luces apagadas.
-Güey, es obvio que el gaucho no está. Debió darle el
remordimiento de los argentinos y seguramente acaba de salir a buscarte al
puente... me digo para convencerme de algo que quiero.
Camino por entre los arbustos para cortar camino y llego a la
escena de bienvenida del Fovisste Chamizal, números del treinta al
treinta y cinco: la abuela protectora que supervisa a tres niños, y
tiernamente, está regañando a los dos niños más grandes con un “¡No
le peguen a René!”. Luego toma en sus brazos a René, que aventuro,
debe tener uno o dos años, y le doy un buenas noches. La abuelita de René
me contempla con cierta inquietud y aprieta contra sí a René, mientras
me contesta que buenas noches y me sigue con una mirada acosadora hasta
que me pierdo en la oscuridad de las escaleras a las ocho de la noche.
Compruebo con un toquido en la puerta, que el argentino no está, y
felizmente me siento en el último escalón de sus escaleras. Me empiezan
a venir a la mente todas las emociones encontradas de golpe y como si no
hubiera tenido suficiente, me levanto para contemplar a la abuelita de René.
La luna me sonríe a la izquierda y el farol mal puesto por el municipio,
a la derecha. La abuelita de René me da miradas a ratos y aprieta más a
su René. El Renecito me sonríe y amable estira sus manitas hacia el
cielo. Regreso a mi asiento a tratar de descubrir por qué la abuelita de
René pone sus miedos en mí, cuando comienzo a ver una cabeza blanca, con
cabellos de terciopelo amarillo y ojos de gelatina. El cuerpo fue
apareciendo ascendiente entre las escaleras y los barandales, y el frío
le da un aire de elegancia al saco que lleva puesto. Con la mirada fija en
el suelo, no se percata aún de mi asiento de escaleras y cuando da la
vuelta hacia su izquierda, levanta la mirada despacio y abre los ojos peor
que Charlie cuando me escuchó decirle que no pagaría una
borrachera a un hombre por el que estuviera loca, peor que Kenton cuando
alegre me gritó que My wife is here!, peor que Kentoncito cuando
le dije acerca de los Ultra Tolidos Sónicos, peor que la abuelita
de René cuando le di las buenas noches. Me pregunta sorprendidísimo que
cuanto tiempo llevaba ahí sentada y le digo que no mucho. Torpe, me
rebasa para abrir la puerta y regresa más torpe a ayudarme a levantar. Me
carga los cuadernos, mas por culpabilidad que por amabilidad y me dice que
pase.
Desde afuera: unos sillones orientales, cortinas pesadas de
terciopelo rojo, oscuridad gótica... una sugerencia para darme masajes en
la espalda y para que le cuente mas acerca de mi vida.
-¿Ahh, tenés mucho tiempo sentada ahí? Eh que venía pensando
que pueh ehtarías aquí o en tu casa, vihte? Pero pasa pasa, ¿tenés frío?,
claro, ahora si podés leerme tus poemas de Alfonsina, pero que ya verás,
te voy a dar la crónica mejor de lo que esperabas chiquilla, ya verás,
ahora me pongo a platicarte...
Sonrío y respiro profundamente satisfecha. “El cielo rueda por el lecho de mis venas Ahora. ¡El sol! ¡El sol! Sus últimos hilos Me envuelven, Me impulsan. Soy un huso: ¡Giro, giro, giro, giro!... -Alfonsina Storni
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