Ojos que no ven, corazón que no siente

Cuando el 11 de septiembre los Estados Unidos sufrieron el atentado en el que murieron casi 3000 personas y uno de los símbolos de su prosperidad económica, el World Trade Center, se vino abajo, todo iba a cambiar. Las mismas imágenes golpeaban una y otra vez en nuestras retinas sin que llegasemos a creer del todo que aquello no formaba parte de una película de acción de un director sin demasiada imaginación. Pero era real, los policias gritando, los cuerpos cayendo desde los pisos superiores, las ambulancias por todas partes, el caos... había llegado el Apocalipsis a Nueva York y nosotros lo estábamos contemplando a tiempo real, sabíamos cada detalle del ataque, incluso decenas de casos reales eran llevados a los shows televisivos. Era indignante, tres mil inocentes vidas humanas sacrificadas de semejante manera, nosotros mismos, los teleespectadores solidarios y concienciados como nunca, exijíamos una respuesta, una venganza contra los que perpetraron el crimen.

En las semanas siguientes se sucedieron cientos de programas especiales y decenas de conciertos benéficos con el pueblo neoyorquino. Se multiplicó la venta de banderas norteamericanas, que eran ondeadas en cualquier lugar para demostrar que Estados Unidos seguiría en pie, que sus gentes son especiales y lo resisten todo, incluso la trágica pérdida de tres mil preciadas vidas. Y se encontró una solución, perfecta e incuestionable: bombardear, Afganistan, un país del que el 99% de la población no sabía absolutamente nada. Quien no esta con el pueblo norteamericano en estos difíciles momentos, está contra él, la alternativa no existe para el presidente más simple (que no sencillo) de este planeta, de modo que el apoyo era absoluto. Las consecuencias las sabemos todos: cientos de muertos, muchos "errores", y demasiada hipocresía, tanta que hasta el teleespectador menos crítico se ha empezado a cuestionar ciertos "detalles".

George Bush decidió destrozar por completo un país en continuo proceso de devastación por causa de una guerra civil (derivada curiosamente de la intervención norteamericana años antes), era inaudito que se bombardease un país por causa de una sola persona, pero ningún mandatario osó cuestionar la decisión.

Mientras Afganistán era víctima de los ataques norteamericanos la opinión pública no se escandalizó, no iba a cambiar nada, aquello no iba a marcar nuestras vidas para siempre. Elton John y los Back Street Boys no dieron un concierto benéfico esta vez, no hubo programas especiales hasta la madrugada y los afganos no ondeaban las banderas de su país con un patriotismo barato. Resulta significativa la reacción instantánea de las víctimas en uno y otro país: en Nueva York todo era confusión, caos, gritos, desesperación, en Kabul la gente continuaba normalmente con su pobre vida, llevaban años de guerra civil y hace tiempo que se habían acostumbrado. La reacción entre los espectadores también fue completamente distinta: ante el desastre de Nueva York lloraban, colapsaban las líneas telefónicas, tenían miedo, pues habían bombardeado el centro del capitalismo occidental y no era para menos. Mientras que cuando Estados Unidos atacó Afganistán esa inseguridad se convirtió en un sentimiento de complicidad hacia los ataques, nos sentíamos de nuevo seguros bajo nuestra superioridad tecnológica y militar, el padre Bush protegía a sus hijos aliados.

Pero ¿por qué esa creencia en que un pueblo tiene derecho a exterminar por completo a otro que no ha hecho nada?, ¿por qué ese sentimiento de etnocentrismo nos llena a cada uno?. Creo que la respuesta es que el hombre occidental da por supuesto que sus creencias, su ideología, su sistema económico... son superiores a cualquier otro y aporta como prueba la supremacía occidental sobre otras culturas. Es por eso que sentimos más la muerte de un soldado norteamericano en Afganistán que la muerte de cientos de habitantes del mismo país, es por eso que lloramos la muertes de los neoyorquinos y no la de los afganos, pero por mucho que nos pese una vida sigue teniendo el mismo valor en un país que en otro.

Elito. Pontevedra, Galicia.

30 Diciembre 2001.

El Inconformista Digital

 

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