| ¡QUE
CARO ES EL TEATRO! El otro día, cenando con unos amigos, empezamos hablar de lo último que habíamos visto en el cine y el teatro. Prácticamente todos habíamos ido al cine en los últimos quince días, pero éramos muy pocos (un par) los que habíamos ido al teatro recientemente. Y los que lo habíamos hecho difícilmente volveremos al teatro a corto plazo. La razón la expuso muy bien uno de los contertulios: le gustaba mucho el teatro pero sólo podía ir muy de vez en cuando a causa del precio. Una entrada de teatro triplica tranquilamente una entrada de cine. A nadie le tiene que sorprender este hecho. Imaginemos el caso hipotético en el que una compañía pudiera decidir entre hacer las representaciones teatrales, o bien registrar una representación para su exhibición en los cines. En el primer caso únicamente podrían realizar la exhibición en una única sala y una única función al día (con un poco de suerte dos). Si la exhibieran en los cines podrían realizar gran número de copias a bajo coste y exhibirlas en numerosas salas. Y no sólo eso: podrían exhibirlas hasta cinco veces cada día. Es lógico pues, que los costes en el teatro se disparen y que, por lo tanto, una entrada en el teatro siempre salga más cara que una en el cine. No obstante, a veces los promotores pueden poner entradas a precios muy competitivos sin que ello les supusiera pérdidas, sino todo lo contrario. Si los actores son profesionales, la obra debe representarse prácticamente cada día. No obstante, la demanda varía radicalmente según el día de la semana. Así, los teatros suelen llenarse los fines de semana pero están medio vacíos entre semana. Una política lógica de precios (que es la que ya siguen prácticamente todos los promotores) es cobrar más por una función en fin de semana y hacer algún tipo de rebaja sustancial los días laborables. Pero hay un paso más. Muchas funciones, ni con precios más ajustados, el teatro se llena. Los costes para un promotor son independientes del grado de ocupación del teatro. Deberá pagar lo mismo a las acomodadoras, taquilleras, maquinistas, maquilladores y el sinfín de personas que hacen posible una obra de teatro. ¿Por que entonces no vender esas entradas sobrantes, que se sabe que acabarán en butacas vacías a precios muy bajos? Esta idea ya funciona en ciudades como Londres y Nueva York, donde existe un punto de venta de entradas de teatro a precios muy reducidos pocas horas antes de la función. Todo el mundo sale ganando: el promotor, al vender entradas que no se hubieran vendido sin prácticamente coste alguno; y un segmento de los consumidores, que obtienen la entrada a mitad o a la cuarta parte del precio habitual a cambio de tener que desplazarse tres horas antes del estreno al punto de venta, hacer una cola, y arriesgarse a no poder ver ese día la obra de su elección. Esperemos que este ejemplo sea imitado en nuestras latitudes. Existen ya algunas experiencias en este sentido, pero se trata de casos aislados que impiden su plena operatividad. Una iniciativa de este tipo permitiría incrementar el número de asistentes a los teatros, e incluso fidelizarlos. Pero prefiero hablar de la fidelización en otra ocasión. Datum. 20/1/2002 |
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El
Inconformista Digital
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