 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
|
palabra de-vuelta por Salvador Medina Barahona |
|
|
|
 |
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
Acercamiento cr�tico al libro �Umbral Polanco�, obra ganadora del XII Premio de Poes�a �Ana del Valle�, Ayuntamiento de Avil�s, Espa�a, 2004. Autora: Margarita Carballeda Carballeda. |
|
|
|
�Al final de mil a�os, o de cien, o de tantos
que pudieran ser trece
me regreso al principio donde no era ni sombra�
MC |
|
|
|
No sorprende que Margarita Carballeda, fil�sofa de formaci�n, d� inicio a su jornada po�tica con el ideal del retorno al origen de las cosas, que es, de suyo, el ideal de asistir al origen de s� misma: Marcha hacia el conocimiento interior: Umbral hacia el Todo del que venimos y del que jam�s nos hemos desligado: Encuentro con la Totalidad que nos aguarda desde siempre: Llama de un principio que nos espera lejos del tiempo, esa invectiva mal�fica de los hombres.
Tiradas est�n las cartas de navegaci�n hacia el Fuego de Her�clito. Consciente o no, la autora, insistimos, nos ha lanzado en pos de ese ideal.
Pero no se aspira al gran Todo sin que hayamos primero recogido nuestros fragmentos, sin que nuestro peque�o mundo interior haya hecho su ejercicio de totalidad y adquiera su pasaje lejos de una escueta exploraci�n de superficie.
La intenci�n de rearmarse aflora con la fuerza de un imperativo en cuya obediencia caben los �cidos de la ternura, la crueldad del deseo, el ardor de la nostalgia, los rigores exquisitos de la soledad. La fil�sofa se repliega y da paso a un lenguaje que se deja sentir; emprende su recorrido hasta tocar fondo; nos aparta celosamente de su intimidad secreta y hosca; dice y esconde, lucha piel a piel contra la oscuridad del mundo; canta como un presagio: se hace poema.
No olvido c�mo eras fr�gil/ ni c�mo largos tus sue�os de tanto que se perd�an, son las palabras que constituyen su primera evocaci�n, la enunciaci�n de lo perdido y, en ella, el intento por restaurar el esp�ritu desperdigado. De aqu� en adelante viviremos m�ltiples variaciones de la ausencia: en los rostros inasibles de un amante cuyo nombre desconocemos, en una ciudad de la nostalgia escrita en piedra, en la noche con sus p�ramos de alambre y sus espejos vac�os, o en ella misma, mujer de membrillo y sal. Los siguentes versos bien podr�an aludir a cualquiera de estas variantes: Soy memoria que vaga por tu espacio/ a distancia de puentes reinventados/ amasando con fuego atardeceres/ en mitad de las piedras levantadas/ Soy tu ausencia a la altura de las torres/ y rumor de los nidos rehabitados. |
|
|
|
N�tese que lo ausente es incluso expresado en las cosas no dichas: Detr�s de la cordura tal vez haya/ una frase esperando que no has dicho/ por el miedo tan tonto de quebrarte.
Toda soledad es relativa, y pertenece al plano de las apariencias. Existen entidades (actos, situaciones) que arriban al inventario aunque nada m�s sea para ensachar los cauces de aquella soledad; pero, presencias al fin, se hacen palpables en su acecho: Hay algo que me roza como el filo/ de alg�n cristal herido hacia mi frente.
Esos quejidos cojos, pusil�nimes, repletos de sensibler�a y estridencia, no habitan los versos de Umbral Polanco, porque su autora prefiere escurrirse, engatusar al lector con sugestiones, pistas enga�osas, atm�sferas en que la elipsis reemplaza al �mpetu o lo dosifica en frases codificadas, llenas de m�sica. �Por qu� dejarse leer al desnudo si a�n las heridas duelen?:
Cristales en los ojos si amanece/ y escapan tus esquinas/ geometr�a/ perfecta de nostalgias/ y lluvia por lo menos/ y por lo menos hambre/ del rev�s de la tarde/ con apenas penumbra// Y un silencio que grita.
En el poema anterior, los vocablos de tiempo (amanece, tarde) est�n usados de un modo que, en el contexto total de la estrofa, nos confunde, alienta la ambig�edad; acaso porque el tiempo mismo ha sido llamado a confundirse, o porque es un animal dudoso, fuera de toda aritm�tica plana: Da lo mismo noche que ma�ana que tarde. Otra vez la jugada al margen de los l�mites secuenciales del tiempo. Otra vez las palabras intentando quebrar su predominio. �No es acaso el tiempo una apariencia? |
|
|
|
Algunos poemas del conjunto nos llevan a la exasperaci�n, hacen su labor �premeditada? de repulsivo. Su l�gica se expresa, al menos a simple vista, de manera convencional. Pero hay palabras, frases inocentes que sacan las u�as y le cambian el curso, impid�ndonos la resoluci�n facilista de la idea. Nosotros, acostumbrados como estamos a una l�gica rasa, mil veces dicha, nos sentimos amenazados por el giro sorpresivo, el final que no cuadra. Por eso nos extraviamos, nos indignamos, huimos y regresamos a hurtadillas a releer los versos de nuestro desconcierto, a buscar una vez m�s el rumbo entre sus l�neas exasperantes. Los siguentes, podr�an ilustrarlo bien: Que no aflojen las riendas del orgullo/ Quedan las islas/ Cuando apenas se salva la distancia/ Y en el caudal un �rbol.
Pero cuando nos vamos acostumbrando a esta suerte de negaciones, de escamoteos indeseables, al imperio de lo cr�ptico y lo aparente, se nos propone una tregua y se nos dicen las cosas con la claridad m�s simple: Hay un dolor por todo lo que quede/ cuando no surja tu piel de entre las mantas/ Hay un dolor por toda la ternura/ Por toda y por la �nica palabra/ que a�n guarda alg�n sentido y que es tu nombre.
Entonces aparece, l�neas abajo, la poes�a armada con su arsenal de im�genes y tiempos transgredidos, y aquel dolor nace, se reinventa con met�foras que son silencio y que en su mudez nos golpean: P�jaros sin due�o no esquivan la noche/ y la tarde se hunde.
Los recursos para mitigar la no-presencia surgen en una m�sica evocada, en un haz de palabras anteriores al suceso de lo ausente, o en un presagio de claves dispersas con su imantaci�n misteriosa. A�n la ilusi�n sirve como coartada para atrapar lo que no asimos: Llegas por las semejanzas de otra m�sica/ palabras/ que son previas te suceden/ y ya emerges de un presagio/ Llegas por todas las calles/ igual que si fuera cierto. |
|
|
|
Luego vendr�n los versos que nos preparan para el cierre (�temporal?�definitivo?): Como un grito que se escurre por los bordes de una oreja/ de tanto que habr�n crecido ser�n peque�os mis ojos. Pero estos versos no parecen anunciar la llegada. Son apenas una definici�n de asombro, y de duda. Los ojos crecen para asombrarse, o crecen porque se asombran, y, como dos faros que no resisten la dimensi�n de lo visto, que no pueden sostener el peso de la imagen que vislumbran, se achican para someter los espasmos visuales del ni�o interior, para neutralizar los temores, las llamaradas del v�rtigo. Pero frente a qu�, debajo de qu� sol, en medio de qu� noche, ante el acecho de qu� inc�moda palabra...
Habr�a que preguntarlo al azar y a los espejos. Eso parece decirnos Carballeda, tal vez doblegada, convencida de que el encuentro con la Totalidad es un reto que supera nuestras intenciones y el largo de nuestra estatura. O, tal vez, se trate de algo m�s simple y por eso menos evidente. Porque, aunque nos duela, hemos perdido la noci�n de lo simple, el atisbo de lo que nos salva en su sencillez. El mundo es una complejidad inferne y resolvernos en �l, decimos, no puede implicar sino un esfuerzo complejo y desesperado.
Y mientras esa respuesta llega, mientras nuestros ojos se escaldan y aprenden a mirar a fuerza de erosiones, mientras, en fin, nos ganamos el pase de vuelta al origen, uno va, camina, expurga entre sus cosas, se vuelve un atado de enredos, vierte sus astillas en el interior de un saco sin fondo y sin luz, en los vac�os de un libro, en los silencios de una partitura que nos ense�a a cantar con dolor y dignidad. Y se dirige, uno se dirige -el coraz�n y la br�jula rota- hacia el todo. Hacia el temor y el p�nico. Hacia la nada.
Nadie dijo que ser�a f�cil.~ |
|