
CONTEMPLANDO LAS NUBES
(Interpretación libre del escritor Claudio Borghi)

| Sobre una
estrella, hace dos mil años
Era una tierra desolada, desértica. Durante la noche fría unos hombres estudiaban los cielos, estudiaban los astros: el mapa de las estrellas. Concentrados auscultaban el firmamento, comparaban sus diagramas con las constelaciones, intentaban conclusiones, pero sobre todo, esperaban, esperaban… Entonces surgió la estrella. Una estrella nueva, que seguía un camino distinto, y ellos comprendieron y sonrieron. No había un minuto que perder. Con alegría pasaron el resto de la noche preparando el viaje, y al amanecer partieron, en pos de la estrella. Fue un viaje magnífico, muchos días ondulando sobre las dunas doradas, muchas noches ondulando sobre las dunas plateadas, persiguiendo persistentes a la estrella. La felicidad los desbordaba porque la señal había llegado, y ellos se sentían muy honrados de merecer el privilegio único. Finalmente, un anochecer, divisaron el caserío: habían arribado a Belén. Bajo la noche calma de Judea un grupo de pastores cuidaban sus rebaños; conversaban en voz baja, cuidando el silencio, estaban convencidos -y tal vez resignados- a otra noche calma y rutinaria, y en esa convicción estaban cuando una claridad potente los iluminó. Aterrados vieron al ángel del Señor ante ellos; pero el ángel los tranquilizó y les contó la buena nueva. Otros ángeles aparecieron, y todos alababan a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en lo más alto del cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres.» No podrían decir cuánto duró la maravilla, pero cuando los ángeles volvieron al cielo y volvió la noche, los pastores se miraron unos a otros, asombrados. Finalmente decidieron dirigirse hacia Belén. Apenas si alcanzaron a recorrer una calle del pueblo cuando vieron luz en un establo, y a tres hombres altos, de ricas y largas vestiduras, que desmontaban de unos animales extraños. Se acercaron. «Son camellos», explicó uno de los pastores a sus compañeros. Los tres extranjeros se volvieron, sonrieron, los saludaron con cortesía. A los pastores los sorprendió la paz y felicidad de esos hombres, que no estaban, como ellos, un poco asustados. Todos entraron. La hermosa joven acomodaba una manta para que el niño estuviera más cómodo. Su esposo acercó la lámpara de aceite, que difundió un círculo dorado sobre ellos. Algunos animales del establo se acercaron a la luz, y se acomodaron cerca de la pareja y del niño, porque les gustaba la serenidad de esas personas. La joven levantó los ojos cuando los hombres entraron, y ellos pudieron ver la ternura y la tranquila alegría que se desprendía de su rostro. Apenas si saludaron, se mantuvieron quietos y en silencio, sin poder apartar la vista del niño. Entonces los Magos se arrodillaron y le ofrecieron los regalos que habían traído desde su tierra para él. Los pastores relataron lo que les había sucedido y lo que el ángel les había dicho. Murmuraron con timidez: «Es el Salvador, es Cristo.» Yo, hoy, dos mil años después, contemplando el cielo y otras estrellas, trato de imaginar a aquellos hombres que rodeaban a la joven pareja arrodillada junto a un modesto pesebre. Cómo no compartir la emoción, la conmoción de los presentes, si estaban observando el Milagro. En ese bebé estaba la esperanza de la humanidad. Esa personita sería el que cambiaría el rumbo de los tiempos y de la Historia, el que transformaría la Creación, el que haría de los hombres los hijos de Dios.
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