Sobre el Espíritu Santo
En general, uno puede hablar de Dios Padre, de Jesús, pero comienzan a vislumbrarse las dudas cuando se trata del Espíritu Santo. Porque… ¿Qué es o quién es, exactamente, el Espíritu Santo? ¿Cuál es su función? ¿Cómo actúa? ¿Está hoy en el Cielo o en la Tierra? En nuestras oraciones, ¿es común que Lo nombremos?
En este artículo no relataré algún acontecimiento de los que muestra la Biblia, como es común en esta sección. En esta oportunidad trataré de diferenciar al Espíritu Santo del Padre y del Hijo, para intentar verlo con más claridad. Como soy bastante ignorante en esto, me apoyaré en la Biblia y en un texto que leí hace poco, de Benny Hinn (un predicador más conocido en EEUU y Cánada, que realiza sanaciones y liberaciones), en el cual, a través de su experiencia personal, habla sobre el Espíritu.
¿Es el Espíritu Santo una paloma, una nube, un viento, agua, como a veces se lo representa en la Escritura? Obviamente no. De igual manera que Jesús no es un cordero, el Espíritu no es ninguno de esos símbolos. Es una persona de la Trinidad. Hinn dice que es una persona bondadosa, tierna, muy poderosa y como un niño al mismo tiempo. Como una persona, posee mente, emociones, voluntad. Ama, se enoja, sufre, etc. Veamos algunos pasajes: Pero ellos lo desobedecieron, causándole pena a su Espíritu Santo. (Isaías 63,10). En cuanto a Su voluntad para tomar decisiones (obviamente siempre en armonía con las del Padre y el Hijo), leemos a Pablo, cuando habla de dones espirituales: “Y todos estos dones son obra del mismo y único Espíritu, el cual los reparte a cada uno como quiere.” (1 Corintios 12,11). Aquí es el Espíritu Santo el que toma la decisión. También puede distinguirse que posee sus propios anhelos: “Y Dios, que penetra los secretos del corazón, escucha los anhelos del Espíritu porque, cuando el Espíritu ruega por los santos, lo hace según la manera de Dios.” (Romanos 8,27). Es curioso también como el Padre y el Hijo han advertido a los hombres de no herir al Espíritu Santo, como protegiendo a un ser sumamente sensible: Y no entristezcan al Espíritu Santo, que Dios puso en ustedes como a su sello, marcándolos así para el día de la salvación. (Efesios 4,30). La persona del Espíritu Santo es tan tierna, que en la Escritura no dice “No entristezcan al Padre o al Hijo.” Siempre es: “No entristezcan al Espíritu.” Jesús dijo: “Todo hombre que diga algo en contra del Hijo del Hombre, será perdonado, pero el que calumnie al Espíritu Santo, no tendrá perdón.” (Lucas 12,10). Y también: “Mi sangre limpiará todos los pecados menos ese” y además: “Se perdonará a los hombres todos sus pecados y todas las palabras con las que han ofendido a Dios. Pero el que calumnia al Espíritu Santo no tendrá jamás perdón, sino que arrastrará siempre su pecado.” (Marcos 3,29). Puede deducirse de lo último que el Espíritu Santo posee particularidades propias en cuanto a las otras personas de la Trinidad, como si Su corazón pudiera ser fácilmente lastimado.
¿Quién es el Espíritu Santo? Es el poder de Dios. Cuando el ángel le anuncia a María cómo quedará embarazada, le dice: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra […]” (Lucas 1,35) O sino dice Yavé: “Ni con valor ni con la fuerza, sino con mi Espíritu.” (Zacarías 4,7). O sino: “Pero sí, se manifestó el Espíritu con su poder, para que ustedes creyeran, no ya por la sabiduría de un hombre, sino por el poder de Dios.” (1 Corintios 2, 4-5). El mismo Jesús tenía el poder de Dios gracias al Espíritu Santo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por el que me consagró” (Lucas 4,18). “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda la región.” (Lucas 4,14).
¿Por qué y para qué vino el Espíritu a nosotros? Jesús dijo: “Cuando venga el Intérprete que yo les enviaré, y que vendrá del Padre, Él dará pruebas en mi favor.” (Juan 15,26). Y también: “En verdad, les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Intérprete no vendrá a ustedes. Pero si me voy se los mandaré.” (Juan 16,7). Es el Espíritu quien nos enseña a conocer a Dios, y a Jesús: “A nosotros, sin embargo, Dios nos lo ha revelado por su Espíritu, pues el Espíritu escudriña todo, hasta la vida misteriosa de Dios.” (1 Corintios 10). “[…] sólo el Espíritu de Dios conoce los secretos de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, y por Él entendemos lo que Dios, en su bondad, hizo por nosotros.” (1 Corintios 2,11-12). Y ahora notemos la importancia de lo siguiente: “Además el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad; porque no sabemos qué pedir ni cómo pedir en nuestras oraciones. Pero el propio Espíritu ruega por nosotros, con gemidos y súplicas que no se pueden expresar.” (Romanos 8,26). Es decir, es Él el que nos ayuda a orar al Padre y al Hijo.
¿Y dónde está ahora el Espíritu? El Padre y el Hijo no están en el mundo, pero sí el Espíritu Santo. Ya lo dijo Jesús a sus apóstoles: “Hijos míos yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Ustedes me van a buscar… Les digo ahora lo mismo que les dije a los judíos. No podrán ir a donde yo voy.” (Juan 15,33) “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre, y les dará otro Intérprete que permanecerá siempre con ustedes.” (Juan 14,15).
Me doy cuenta que con estas líneas he intentado disipar mis propias dudas; espero ayuden también a algún lector curioso.
Recostado en el pasto, contemplo las nubes. Pienso que con sólo decir “Espíritu Santo, ayúdame a orar”, mis palabras llegarán plenas al Padre y al Hijo. Me adormezco tranquilo, sabiendo que un amigo leal y poderoso está junto a mí.
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