CONTEMPLANDO LAS NUBES

(Interpretación libre del escritor Claudio Borghi)

 

Sobre Pedro

 
Veamos la actuación de Pedro en algunos episodios:

Jesús ha recorrido camino con los Doce; ha curado enfermedades y echado demonios, ha multiplicado los panes y los pescados y ha caminado sobre las aguas, pero nunca les ha dicho quién es, verdaderamente. En camino hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Ellos contestaron: "Algunos dicen que eres Juan Bautista; otros, que Elías; otros, que eres alguno de los profetas." Jesús, entonces, preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?"
Silencio absoluto. Jesús pasea su mirada sobre los Doce. Nadie habla; y cuando el Señor posa la mirada sobre Pedro, éste, sin dudar, afirma: "Tú eres el Cristo.”

En el momento de la Cena, Jesús echa agua en un recipiente y comienza a lavarles los pies a los discípulos. Pedro espera con el ceño fruncido. Cuando le llega el turno, éste le dice: "Tú, Señor, ¿me vas a lavar los pies a mí?" Jesús contestó: "Tú no puedes compren-der ahora lo que yo estoy haciendo. Lo comprenderás después." ¿Vacila Pedro? No. Sin permitir que se agriete su tozudez, dice: "A mí nunca me lavarás los pies." Jesús, con paciencia, le explica: "Si no te lavo, no podrás compartir conmigo." ¿Vacila Pedro? Claro que no. Se pasa al otro extremo; contesta: "Señor, si es así, lávame no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza.”

Durante la Cena, Jesús, con hondo dolor, les informa: "En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar." Los discípulos se miraron unos a otros. Se preguntaban quién sería. ¿Vacila Pedro? Menos que nunca. Como sabe que Jesús es muy abierto con Juan, ahí nomás le hace una seña al joven, y le ordena: "Pregúntale de quién habla." Juan se inclina sobre el pecho del Señor y le pregunta, entonces Jesús lo indica entregando el pan mojado en salsa a Judas. Y allí sale Judas con el pan y la salsa hacia las treinta monedas.

Cuando los soldados llegan a arrestar a Jesús, ¿vacila Pedro?, ¿acaso dejará, sin más, que se lleven al maestro? Por supuesto que no. Desenvaina la espada y lo enviuda de una oreja a Malco, siervo del jefe de los sacerdotes. Jesús lo detiene antes de que gaste la espada con todos los demás.

Jesús ya ha sufrido la Pasión y ha resucitado y se les ha aparecido a sus discípulos en un par de ocasiones. En el amanecer, en el lago Tiberíades, se encuentran los discípulos en la barca, pescando. De pronto se escucha la voz de un hombre, que desde la orilla, les pregunta si tienen algo de comer. Le contestan, pero Juan mira atentamente y le dice a Pedro: "Es el Señor." ¿Vacila Pedro? No. No ve la pesca, no ve a los otros luchando para extraer la red del lago, no ve los cien metros que lo separan de la orilla: se lanza al agua y comienza a nadar hacia Jesús.

Pedro fue un hombre completamente inclinado a la acción, nada lo entorpecía para pasar de lo que pensaba a la práctica. Incluso llegó a reprender a Jesús. ¡El discípulo reprendiendo al maestro! (Mc 8,33)
Mientras contemplo las nubes, pienso, ¡qué tipo, este Pedro! Las dudas nunca lo inquietaron: siempre fue sí o no, fue blanco o negro, algo era o no era. Probablemente este modo de pensamiento es el que lo movía a la acción, que era una de sus grandes virtudes; virtud por la cual, tal vez, fue elegido para ser la cabeza de la Iglesia.

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