“El silencio de la oración ordena a todas las cosas menores traspasar una puerta abierta a lo único importante, la voz fundamental de Dios.”
Al describir el amor como un arte, Erich Fromm afirma que la destreza de amar se adquiere únicamente con la práctica. Lo mismo puede decirse de aquellos hábitos del corazón que nos permiten imitar el amor de Jesús. Una espiritualidad unificadora basada en los amores evangélicos, provee un marco que puede ayudar a todos los cristianos a evaluar mejor cómo está su vida de amor: ¿me amo lo suficiente como para ser una persona abierta a los demás sin que la culpa me lleve a traicionar mi propio yo? ¿Qué calidad tiene mi oración? ¿Me ayuda a permanecer en Jesús y así hacerme más fructífero en el ministerio y en la comunidad?
Al plantearse estas preguntas, buscamos una senda que va a integrar nuestras vidas lo suficiente para darnos un sentido cada vez mayor de paz y de integridad. Martín Buber diría: pasar de ser “un alma dividida, complicada y contradictoria”a ser “una obra hecha de una sola pieza”. De este modo, el Dios que nos llama a ser íntegros es también el que lo hará posible: “Pondré mi ley en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Esa unidad llegará gratuitamente de la mano de Dios después de una vida de esfuerzo en su búsqueda de parte nuestra. En este sentido hay algunas cuestiones y dificultades comunes que se presentan para unificar el amor a uno mismo, al prójimo y a Dios:
a-autoestima y negación de sí mismo.
b-ministerio y ocio.
c-amistad.
d-oración y humor.
e-comunidad y soledad.
En sucesivas publicaciones nos ocuparemos de desarrollarlos. Hoy nuestra mirada se centrará en el primer punto. La razón por la cual consideramos la autoestima en primer lugar es que todos los demás amores renguean si no tienen un pie puesto en el amor a sí mismo. Pre requisito psicológico es una valoración sana de uno mismo que posibilita el salto del
narcisismo al altruismo. La aversión hacia la propia persona impide acercarse a los demás y a menudo conduce a un rechazo de Dios. Experimentamos la gracia de poder aceptar la vida de otro por nociva u hostil que nos parezca cuando por la gracia sabemos que pertenece al mismo Dios al que pertenecemos nosotros y por el cual hemos sido aceptados.
El amor a uno mismo es plenamente comprendido cuando es yuxtapuesto al valor evangélico de la negación de sí mismo. Desafortunadamente, este concepto ha sufrido tantas aberraciones en la historia de la espiritualidad cristiana que, muchas veces desencadena un rechazo automático en algunos sectores. En nombre de la negación de sí mismo, se han justificado flagelaciones, ayunos severos, denigración de la sexualidad, la desvalorización de lo terreno, etc., entre personas realmente santas.
La negación se comprende mejor en el contexto del Nuevo testamento.: El pedido de Jesús, es bien claro, “Es por mí y por la Buena Noticia” (Mc. 8,36). No debe asociarse con el odio a uno mismo, ni con el deseo de destruir, someter o humillar el propio ser. Lo que debe negarse se puede determinar en cada circunstancia particular a través de un discernimiento de qué es aquello que en mí, aquí y ahora, se está interponiendo en mi testimonio de Cristo. Estos obstáculos internos pueden ser cualquier cosa que mi terquedad quiera disponer por mí sin importarme su impacto.
Desde su contexto bíblico, entonces, la negación se entiende más precisamente como dirigida contra toda forma de egoísmo que impida estar disponible para Cristo.
Dado que no podemos dar lo que no tenemos, la donación de uno mismo presupone la posesión de uno mismo. Esto es especialmente problemático en el caso de las mujeres, a quienes el medio social les ha inculcado anteponer las necesidades de los demás a las suyas propias o experimentar profundos sentimientos de culpa. De allí que la tarea de autotrascendencia espiritual para los cristianos requiera primero que las mujeres y los hombres alcancen y afirmen su individualidad conciente y responsable.
Extraído de:
“Por el camino del corazón”
P. Willkie Au, sacerdote jesuita.
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