EDITORIAL

 

Nuestro país, reunido en la ciudad de Córdoba, ha celebrado el acto central del Jubileo del nacimiento de Jesucristo.
Dispersada la multitud de fieles que se congregó en la ciudad capital y “desmantelado” el escenario con todos los accesorios, queda el paisaje como testigo fiel de las experiencias personales y comunitarias que allí se produjeron.
Jesús congregaba multitudes hambrientas -y continúa haciéndolo hoy, fiel a lo que prometió- a través de nuestros pastores, como hace dos mil años, Jesús habla al corazón, es decir al centro de nuestro ser más íntimo, al sitio donde confluyen nuestra afectividad y nuestra inteligencia, nuestra corporeidad y nuestras emociones. Y su “estilo” es manifestarse “donde haya dos o más...” para compartir su Palabra y su Cuerpo.
El suceso ya aconteció. Terminó lo anecdótico. La semilla se sembró, cada uno retornó a su lugar de origen, como se dispersaba también la gente que oía a Jesús.
¿Y ahora, qué? ¿Cómo continúa nuestra vida luego de esta celebración? ¿hay cambios de actitud en el ámbito laboral, en las comunidades parroquiales, en las relaciones familiares? ¿El Jubileo, atraviesa el corazón del cristiano?
Más allá de los matices de las distintas corrientes de espiritualidad, el imperativo de San Juan es apremiante: “Corran, mientras tengan la luz de la vida” (Jn. 12,35). Afianzándose en la unidad, en la oración común y en las obras de servicio se mostrará el ser cristiano para que la insignia sea real y se efectivice el amor.

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