SANGRE PROPIA                                  JuanCarlos Castorena

    Él quería correr, pero sus piernas ya no se lo permitían. Sus enemigos ya casi lo alcanzaban. No había salvación. Estaba a punto de caer y no tardó mucho en hacerlo.

     —Agarrenlo bien, cabrones— dijo el que parecía ser el mero mero.

    Dos de los tres perseguidores lo sujetaron de los brazos y lo pusieron de pie, mientras el tercero se colocaba una manopla de hierro.

    El primer puñetazo fue seco y bien colocado, la nariz tronó y dejó caer un chorro de sangre en la camisa blanca amugrentada por la tierra del accidentado camino y las constantes caidas a resultas de la persecución.

    — ¿Oyeron cómo tronó la pinche nariz de esta güey? — preguntó emocionado el de la manopla.

    — ¡Simón! ¡Ya se la quebraste al puto! —contestó otro.

    —Pues ‘ora le voy a tumbar todos los pinches dientes al culero— , preparaba el nuevo golpe  —¡Fijense!

    Saliva, sangre, y trozos de la dentadura se confundieron ante el impacto del frío hierro de la manopla. El infeliz sintió esa mezcla alojarse en su garganta. No tenía ya fuerzas ni para intentar escupir, toció, pero no por su voluntad, fue un espasmo.

    —¡Pinche perro!— gritó furioso el de la manopla, pues su cara había sido manchada por la sanguinolenta baba de su víctima.

    Descargó furiosamente una patada entre las piernas de quien osó ensuciar su rostro involuntariamente. Pero el golpe no consiguió otra cosa que darle la clave a su victima, quiien gracias al dolor pudo ahora escupir voluntariamente. La baba enrojecida se impregnó a la altura de los ojos del golpeador.

    —¡Hijo de tu puta madre!  —fue el alarido de coraje que profería el de la manopla al momento que se frotaba con furia los ojos que habían sido alcanzados por la ensangrentada saliva.

    El alarido fue largo y terrible, el güey que se limpiaba los ojos no soportaba el dolor, al restregar sus manos sobre los ojos se había clavado en uno de ellos una astilla de marfil, un pedazo de diente que le había destruído gran parte del ojo. De pronto se olvidó de su tarea destructiva, se tiró al suelo y se revolcó violentamente. La tierra suelta hacía polvo, mucho polvo.

    —¿Qué tienes, carnal?— preguntaba uno alarmado, pero sin soltar al otro.

    Al fin, el de la manopla dejó de revolcarse, chillando, con gran dificultad logró ponerse de pie, su ropa era de otro color a causa de la tierra. Abrió sus ojos con desesperación, todo era rojo en el ojo que aun le servía, pues el otro parecía desparramarse de su lugar, era una masa blanquecina que sangraba abundantemente. Todo era rojo a su visión, y sólo veía un bulto en la rojez de su vista, un bulto más rojo que lo rojo.

    —¡Ora verás, hijo de tu chingada puta perra guanga madre!  —gruñó mientras buscaba entre sus ropas la filosa navaja. Estaba listo para cobrar venganza, fijó su objetivo en el bulto más rojo y se abalanzó sobre él.

    Sintió como la hoja metálica se había hundido entre las carnes del bulto, la sangre empapó la mano que empuñaba el instrumento de venganza. Esa sangre lo impulsaba a repetir el movimiento, y así lo hizo, una y otra vez se deleitó al sentir como su navaja se internaba en las carnes del bulto. El vital líquido empapaba su brazo y su pierna derecha, el caliente olor de la sangre le impedía detenerse.

    “Lo chingaste, a tu carnal... lo chingaste”, gritaba una voz que a sus oídos resultaba inintelegible. Con desmesurada angustía abría los ojos, sólo veía el bulto más rojo que lo rojo, estaba en el mismo sitio, tan impacible como antes... “Tengo que sacarle los ojos”, se gritó a sí mismo. Soltó la navaja para asirlo con sus manos, éstas no lo engañaban, tenía los pulgares colocados justo sobre los ojos del bulto.

    Escuchó el sordo alarido del bulto cuando clavó sus pulgares, los ojos se transformaton en una masa amorfe que lo salpicó... Sintió asco, un incontenible asco  en la garganta. Grandes borbotones de líquido bañaron su pecho, era inútil apretar más los labios y los dientes, no salía por ahí, era un liquido más caliente y abundante que el otro, era, la sangre propia manando de su cuello.


eL BERRiNcHe siete                                                                                  INICIO
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