RESUCITAR AKIRE LEDEZMA
Pinturas animadas de un lado a otro. Con todo ese sudor mezclado en sus frentes, llenas de cal, cemento y mugre, albañiles y carpinteros van y vienen llenando huecos donde habitará la vida, huecos en los que ahora sólo existe hierba seca y tierra, silenciosos vecinos.
Sentada a los pies de una enorme y fría construcción, deprimentes las imágenes vienen a mí, como cada año al llegar estas fechas, al planear lo bien planeado con injusta anticipación. San Juan primero y después un lugar escondido en un cerro sin nombre, lleno de recuerdos de la infancia, punto de reunión de toda la familia y de uno que otro amigo llamado allí por la curiosidad y la esperanza de encontrar la cura al mal de la soledad. Eso será el jueves, hoy lunes no hago más que soportar los insultantes rayos del sol.
Mis pensamientos son interrumpidos por una silueta cada vez menos difusa. Es Jacinto, sus creaciones decoran ahora toda la casa, rebajando el olor del descuido. Siento el rubor esparcirse por mis mejillas, la vergüenza y el gozo al recordar lo ocurrido hace un par de años: Yo encargada de cuidar que los trabajadores cumplieran sus compromisos y no tomaran descansos de más. Todos se marchaban al oscurecer, menos Jacinto. Él dormía aquí para no tener que desplazarse todos los días a San Nicolás. Bebíamos café para hacer menos pesado el enclaustramiento; me contaba de su pueblo, productor de tabique, a quince minutos sobre la carretera a Tequisquiapan, me contaba su rechazo a la tradición familiar y lo sublime que resulta convertir la áspera madera en un terso mueble. Una tarde mientras yo guisaba, él se daba un baño. Estuve a punto de cortarme un dedo al observarlo pasar medio desnudo. Me arrimé a la puerta espiándolo por una rendija. Su cuerpo moreno, bien marcado y lampiño, provocó pensamientos capaces de humedecer mi entrepierna. Un rechinido me delató y desde entonces el ritual del agua lo llevamos a cabo juntos durante muchos meses. Cada tarde y cada noche.
Pasajes como ese sólo vienen a mí al encontrar nuevamente a sus protagonistas. Jacinto es uno de ellos, neblina que baja y estremece con su rocío. Me reconoce a pesar de lo cambiada que estoy. Él sigue igual: sus manos largas y callosas, sus ojos negros, el espeso bigote cubriendo unos labios delgados y partidos, consecuencia de su labor. Me saluda tan corrientemente como si me hubiera visto el día anterior. Resulta graciosa la combinación de su playera toda llena de agujeros con la cachucha de los vaqueros de Dallas. Sacude las manos en el pantalón que alguna vez fue azul y en estos momentos no es más que un absurdo collage, debido a las tantas lavadas o de agarrarlo de limpiamanos, también mucho decir. Saca de la bolsa trasera una arrugada cajetilla de Delicados y sin esperar a que yo lo tome, extrae un cigarro y me lo acerca. Lo enciende acomodándose a mi lado, rozando mi pierna con la suya, respirando muy cerca de mí.
—¿De vacaciones?
—Sí, Jacinto, como siempre, ni modo —una sensación de calor me invade al sentir su pesada mirada escudriñando mis senos.
—‘tas reguapa, hacía harto que no te veía. El otro día estaba pensando en ti.
—Y ¿Qué pensabas? —digo en el mismo tono, con una intención que va más allá de una simple duda.
—No hay nadie ¿verdad? Me dejas entrar al baño, ando recochino.
Voy tras él. Entiendo el doble sentido de sus palabras. Nada de rodeos y conversaciones vanas, todo como antes. La memoria convierte en tangible aquello que se cree olvidado. Nos encerramos un largo rato transpirando recuerdos. Lo monto, lo fumo. Me toma como a un trozo de madera, quita el sobrante hasta descubrir el suave contoneo provocado por el placer, mis gemidos y la brusca sacudida orgásmica.
Lunes, martes y miércoles aprovechando la soledad para abandonarnos al placer. Cada día una sensación diferente, cada día una nueva confesión: matrimonio contraído hace un año, una esposa con seis meses de embarazo. Sentir que no siento nada. Fingir comprender y tomar como natural el desalojo de mis posesiones. Los celos que se acercan como oleadas pasivas y chocan y ahogan y jalan y resisto.
Respirando el mojado cabello, hace una agradable propuesta: pasar con él los días santos, con él y con la mujer que dice no amar demasiado, aunque al hablar de ella, perciba la excitación en su voz y el dilatar de sus pupilas.
Nada de ataduras, me pienso libre y desafiante de mis absurdos. Acepto antes de que su situación actual me convenza de lo contrario.
San Nicolás no es tan pequeño como yo pensaba. Las calles angostas y empedradas huelen a tabique a pesar de lo alejado de los hornos. Me asombra darme cuenta el esquema tan perfecto, la manera como la luz es reflejada en todo el poblado, las casas con una fachada bien cuidada, pintadas de amarillo y con la misma franja azul sirviendo como guía de los pasos en lo que parece la clonación del Sol en la Tierra.
Por fin llegamos. De inmediato sale Gloria; me da un breve apretón sudado de timidez y desconfianza al ver llegar a su esposo con una mujer desconocida. Jacinto hace las presentaciones correspondientes, sonríe y me invita a pasar.
Al cruzar la entrada me topo con un enorme patio repleto de macetas bien adornadas con plantas y flores de distintos colores; en medio hay un rosal, la jardinera está hecha con piedras sobrepuestas de diferentes tamaños: representan el marco perfecto para las rosas, todas vivaces y a la caza de una que otra abeja despistada. Una rosa, la del centro, da la impresión de seguirle los pasos a Gloria, no con asecho sino formando parte de ella.
—Yo las planté —dice orgullosa al ver mi rostro— Jacinto las acomodó ‘ay, dice que yo soy como las flores, ‘ta reloco.
—Está enamorado —respondo y suspiramos juntas, ella por sus motivos, y yo, quizá por envidia.
La cocina es amplia, recién pintada. El refrigerador es el único aparato eléctrico; sobre él, un metate de piedra negra y una canasta de mimbre. Me ofrecen una silla y procuro estar en un lugar donde mi presencia no estorbe, justo a un lado de la improvisada alacena hecha con tablas. Entre las bolsas de harina hay una caja con franela blanca y estambre.
—¿Tú bordas los pañales Gloria?
—Sí, y también le hago las chambritas.
—Y una colcha pa’ la cuna —nos interrumpe Jacinto en tono desesperado al verse excluido de nuestra conversación— Esas son las cosas que las viejas deben hacer, tú ya mero vas a andar sabiendo.
—Pues te equivocas —me defiendo— yo sé tejer, bordar y coser...
—¡Ah! Pos sirve que le ayudas a Gloria.
Ella ríe dudosa de mis habilidades. Jacinto limpia el florido mantel de hule, pone los platos, saca una cerveza y dos refrescos del refrigerador, y le acomoda las manecillas al reloj de plástico empotrado en la pared, reclamándole entre dientes el que siempre esté atrasado, y es que, a punto de ser las tres, aquél apenas marca la una.
Al terminar me dirijo al baño que se encuentra justo cruzando el patio, pegado al lavadero; todo limpio con una regadera recién puesta, privado del lavabo. Mientras enjabono mis manos, descubro al rosal vigilando quedamente el cuarto al que ella ha entrado. Toco la puerta entreabierta y descubro a Gloria recostada. La cama matrimonial está cubierta por una colcha de estambre amarillo. La sencillez del decorado hace que todo encaje a la perfección: las paredes verdes, las ventanas sorprendidas y a sus pies una máquina de coser, descansando, a la espera de volver a ser útil; la cabecera, ropero y tocador tienen el mismo diseño: una rosa abierta tallada en madera natural, trabajo de Jacinto pienso, Gloria lo confirma.
—Los empezó a hacer desde que éramos novios, te digo que pa’ él soy una flor, y estos muebles son los únicos así, ya ves, la mesa de la tele ni la máquina ‘tan iguales.
Ella quiere seguir hablando pero el sueño la vence. Permanezco un minuto más sentada en la cama, viendo las fotografías de los padres de ambos y en el centro, la de su boda: en el atrio de la iglesia, ella voltea tímidamente a la cámara y Jacinto no hace más que venerar a su amada. Tapo a Gloria, que ahora duerme plácidamente; con el otro extremo de la colcha, cierro la ventana y antes de salir echo un último vistazo, comprobando que todo en esa habitación es una rosa, huele a rosa.
El hombre de la casa se dispone ahora a mostrarme el resto: el corral donde las gallinas apuran puñados de maíz y comparten espacio con un cerdo bien alimentado; y hasta el fondo, el taller de Jacinto. Abre la puerta de fierro oxidado y lo primero en llegar a mí es el olor entremezclado a madera, cola, y thiner, tiene una abertura por la que penetran los débiles rayos del sol a punto de esconderse, pero capaces de revolotear el aserrín e introducirlo en la nariz causando una agradable picazón. Todas las herramientas se encuentran repartidas entre la mesa central y cajas, y allí, entre deformes sillas, su carne en la mía: rápida, con ritmo, con todo; en silencio antes y después, lo que convierte la experiencia en un derroche de adrenalina y nos obliga a cubrir el nerviosismo con fingida tranquilidad.
Sentada frente al rosal, observándolo fijamente, me doy cuenta que justo en el momento de caer uno de sus pétalos, de la recámara sale un grito desgarrador, obligándome a correr hasta allí. Gloria está teniendo dolores muy fuertes, lanza otro grito al momento que Jacinto entra y me ruega, desesperado, permanezca junto a ella mientras va en busca del médico.
Gloria suda copiosamente y las contracciones son cada vez menos espaciadas. Aprieta mis brazos hasta dejar una marca rojiblanca, yo acaricio su larga cabellera deseando poder tranquilizarla. Hago uso de mis conocimientos, le pido mire fijamente el Cristo junto al espejo al momento de intentar respirar profundamente. Se calma por unos segundos y de nuevo el dolor comprimido en sus puños.
No han pasado ni quince minutos, Jacinto regresa con el doctor. Su rostro está ahora completamente deforme por el sufrimiento de ver a su mujer marchitándose con cada grito, ahogándose en la fuente rota mientras unos dedos extraños recorren su corazón, su pulso. “Tenemos que llevarla a la clínica.”
—Faltan dos meses pa’ que se alivie ¿Por qué le pasa esto?
—Cálmate Jacinto, todo va a salir bien – digo en tono poco convincente.
En estos momentos no encuentro palabras para anestesiar el tormento. La cesárea, la incubadora, el sudor cayendo en sábanas blancas.
Es viernes y el estado de salud de Gloria no mejora. La inconsciencia la abandonó al amanecer. Jacinto y yo pasamos la noche acompañados del insomnio en una improvisada sala de espera. Se escuchan las campanas de la Iglesia, quedas, respetuosas, no así el murmullo cada vez más cercano por la procesión de las tres caídas.
—Jacinto ¿nuestro niño está bien? Dime que sí, faltaba tanto, dime que sí...
—El doctor dice que hay que esperar unas horas pa’ ver cómo reacciona, pero tú...
—...Yo... siempre voy a ser tu flor y cuando esté con nuestro Señor te voy a cuidar... nunca te voy a dejar solo... lo vi en mis sueños, cargaba la cruz y se caía, yo le ayudaba a levantarse... me sonreía Jacinto, había tanta luz... me pidió que lo acompañara, pero yo no te quiero dejar solo, entonces él me dijo que siempre vamos a estar juntos, porque soy tu flor...
—Gloria, Gloria...
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. La compañía no logra disipar el llanto, el rostro ausente. Los cuerpos tendidos, abrazados rehusándose a la separación. Jacinto aferrado a unas manos pequeñas, chocándolas contra sus abultadas venas queriendo absorberla, darle vida; sin embargo, ésta huye no sólo de la habitación sino de un ser recién llegado.
Sigo las palabras del sacerdote: “La segunda caída de Jesús fue por...” un paro cardiaco. La falta de tecnología deja a Jacinto sin un hijo al que apenas ha visto. “La virgen Madre de Dios sigue sus pasos, sufre con él...” del padre no hay voz, es inaudible, sólo aquellos que partieron, sólo aquellos que lo esperarán lo escuchan, y ahí está, ocultando hasta lo más profundo su penar.
—Sin Gloria, sin m’ijo, sin nada, ya no tengo nada...
Y nada es poco al perder el sino de la existencia. Nada son las cenizas que el tiempo no disipa. Nada es el todo que acompaña y no perece.
Jacinto me abraza esperando una respuesta, mojando mi hombro con gritos lanzados al abismo. Me asfixia su pesar, su carga indisoluble. Me suelta, corre, grita. “...perdona tu pueblo Señor...” Me abro entre la muchedumbre. Cantos, rezos. Nadie se percata de aquel hombre, su imagen se disuelve. Cada paso estalla en mis pulmones impacientes por llegar, temerosa del olor a muerte. “...limpia el rostro cansado, la imagen de Jesús ha quedado impresa. Alabemos al Señor que se ha puesto de pie en esta tercera caída...” Respira agotadamente. Me acerco, lo observo sereno, absorto. El rosal está seco, los pétalos le abandonan, uno a uno caen dispersos. Él no se mueve, no respira, es un fantasma tangible. El viento forma remolinos, esparce un delicado perfume, la sublime esencia de la vida. Una lágrima resbala, penetra en la boca ansiosa, entonces se derrumba, se ase de las espinas, las estrella contra su pecho hasta lograr que su savia vital riegue los tallos.
—Gloria, Gloria no me dejes... mi Gloria...
Ahora soy yo quien se queda quieta. Me asusta mi papel, me asusta el estar sola con él y sin embargo debo hacerle permanecer de pie. Lo tomo de unos brazos cubiertos de sangre, con dificultad lo arrastro al baño, quito las ropas, enjuago las heridas. Siguen los pasos en el exterior, Jesús dejó de caer. ¿Qué sigue? Me pregunto. Jacinto tiene la respuesta: busca desesperado mis labios, mi sexo. Penetra bruscamente. Me mira. Sonríe. Me llama Gloria, y comprendo que se trata de mi resurrección, que todo lo que ha pasado, no es más que el despertar de mi existencia. No más vidas ajenas. Dejo dormir a Jacinto en su cuarto lleno del olor a ella, con las fotos que serán su memoria, con sus pertenencias, su dolor, sus pérdidas, con todo lo suyo, sin mí, porque jamás pude entrar, porque a mí me esperan mis caídas, mis desvelos, mis pesadillas y mis sueños.
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