TRES HISTORIAS CON UN FINAL FELIZ... 
Historia I                                                                              Mónica Quiroz

    Conocí a un hombre que tenía la rara —pero envidiada— afición de utilizar un pequeño y viejo telescopio para observar a sus jóvenes vecinas cuando se desnudaban en la intimidad de su hogar. Noche tras noche repetía la misma actividad hasta que en una fatídica ocasión, un bostezo le dio la señal de que el aburrimiento lo estaba haciendo su presa. Estaba cansado de ver los mismos cuerpos, el mismo color de pieles, los mismos lunares... Las sensaciones habían desaparecido, el encanto había terminado. Fue en ese momento cuando pensó en ser infiel, buscar otros cuerpos en quien fijar sus pupilas. Pero esta idea tenía un inconveniente: no contaba con la plata necesaria para mudarse de apartamento, y si se dedicaba a viajar con su telescopio a cuestas, la gente pensaría que se trataba de un viejo chiflado y poco a poco él pensaría lo mismo. No, lo ideal sería convertirse en algo que pudiera además de viajar, entrar sin cuidado en esas nuevas habitaciones con las que había soñado, tenía que ser algo pequeño y rápido. Una mosca. Eso, una mosca sería el arma perfecta para poner en práctica sus planes: pequeña, ágil y discreta.

Gracias a que la mente es poderosa —lo demuestra claramente aquel texto clásico que le hizo entender el significado de la palabra metamorfosis—, a los pocos días el hombre despertó con una especie de malla blanquecina y viscosa que crecía con extraña rapidez.

Cuando la tela llegó a sus ojos, el hombre cayó en un profundo sopor y despertó catorce días después transformado en el insecto deseado. Medía apenas un centímetro, tenía ojos salientes y boca en forma de trompa. Su cuerpo negro tenía tres pares de patas y contaba con dos alas fuertes y transparentes.

Por fin su sueño se había realizado. Voló lejos hasta área para él virgen, y buscando entró por una pequeña ventana a una habitación húmeda, a un baño. Con su vista de 180°, rápidamente ubico a una joven que sacudía su cabello mojado frente al espejo. Con agilidad voló de arriba abajo y recorrió con la vista el cuerpo, gozando con la nueva experiencia. De pronto, un brusco movimiento, una sacudida, lo arrojó contra la pared. Cuando se recuperó, descubrió que había sido golpeado por la mano de aquella chica que, molesta por la intromisión, trataba de sacarlo por la ventana. “Bueno“, se dijo sin mayor preocupación, “sólo es cuestión de experiencia“. Y sin más, salió de aquel cuarto de baño con el propósito de buscar más víctimas para satisfacer sus deseos..


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