LA CLANDESTINIDAD DE UN ARTE                                                             Encinerada


“SI PUDIERA CERRAR LOS OJOS NEGARÍA TODO ESTE MUNDO, SI LA VOZ ENMUDECIERA ME OCULTARÍA ENTRE SOMBRAS, SI NO HAY NADA QUE DECIR ...ENTONCES NO HAY RAZÓN PARA ESTE GUIÓN”

    Es plena efervescencia de sentidos, es ir más allá de las miradas y de la sincronía de los sonidos; el cine es la vida misma no sólo porque es creado por el hombre, si no también porque es él el argumento.

¿Quién si no él —el hombre— para tornarle en vida y quién si no ella para moldearlo hombre?.

En bagaje de existencia, el cine ha experimentado los más diversos matices, ha explayado las luces y las sombras, los encuadres, los colores, los olores, los silencios.

Supera la clasificación de expertos y es simplemente un arte, el séptimo en la escala. Es manifestación humana, sociedad, infinito, confusión ...memoria en nuestros días, vestigio del mañana,

Barrera del tiempo transgredida y superada, espacios consagrados, narración del ser. Pero a pesar de su virtuosismo, de sus vertientes y porque no decirlo, de sus declives; el cine es para muchos instrumento insurrecto de protesta, manipulación de inmadurez.

Aseveración imprecisa cuanto más grotesca y por desgracia la más aceptada. La censura es causa y efecto en la búsqueda de lo alterno, del surgimiento del cine club.

Y aunque para muchos a Francia le corresponde, por derecho extremo, ser la matriz gestora de los primeros cine clubes; pues ella acuñó el origen teórico, lo cierto es que estos centros no tienen mayor avaricia que la de aparecer en un lugar que, mortal, se desintegra con la garra del rechazo.

La mordaza se refiere no únicamente a lo evidente, a las pautas que el Estado concede para la sana y conveniente proyección de un film si no también a la ruptura de los lineamientos estéticas establecidos por los sacerdotes teóricos.

No es raro experimentar con Obssessione (punta de lanza del Neorrealismo Italiano) de Luchino Visconti, al Caballo de Troya encarnado en una película que rompe esquemas y se libera de tabúes aristocráticos. Y que decir de Melodrame, manifiesto desprecio por las típicas historias anécdota-pretexto, y por la cual L’Herbier se gana la actitud desfavorable de algunos de sus contemporáneos.

El mismo ejemplo dicho en otras palabras, “la más grande herejía cometida nunca jamás por nadie”: rebasar las normas (mostrar la Italia de posguerra) y desafiar las reglas (optar por otra forma de expresión). El destino no fue grande pero no pudo ser mejor, la proyección clandestina.

Y aunque producto de esos infructuosos revuelos opresivos, los cine clubes conmocionaron al mundo alternativo; dejando en manifiesto la otra forma de poder ser a pesar de las carencias.

Los casos de Visconti y L’Herbier son mera coincidencia ocasional y selectiva; la lista es compendio de linaje interminable. A decir verdad México no escapa de la trampa del Redondo (película de Raúl Busteros) circulo de banalidades morales y falsas defensas de la estética.

El auge se da en nuestro país sobre todo con la inenarrable eclosión productiva de nuestros realizadores que apuestan por un modo diferente de hacer las cosas; la década de los sesenta es la ruptura del mito, de creer que la industria cinematográfica es la herencia dinástica, y aunque no hubo tal, lo que sí fue evidente es la redacción testamental de la muy vanagloriada época de oro.

Durante este proceso de crisis gradual, se forma —en parte por la presión cultural y en buena medida por la sugerencia creativa de los nuevos cineastas— el “Sistema Cinematográfico Universitario” (la Filmoteca y el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos).

Ciertamente este fue un pequeño gran paso pues aún las producciones se daban a cuenta gotas; reflejo manifiesto en el primer concurso de cine experimental, del que se derivan películas como: Las visitaciones del Diablo, obra adaptada de Emilio Carballído y dirigida por Alberto Isaac; o Tiempo de Morir con guión de Gabriel García Márquez y la batuta directiva de Arturo Ripstein. Sin embargo Los Caifanes (película de Juan Ibáñez) aún tenían algo que decir, había alguien más con miles de cartas bajo la manga.

Eco  de argumentos que encuentran partida doble: los cines de segunda corrida y, por supuesto, los cine clubes.

Callejones olvidados, puertas de madera que crujen con el tacto de la piel, paredes que enmudecen, cortinas desgarradas, fotogramas en secuencia   ... consecuencia de los actos.

Cada línea de luz que emana, del proyector, es la oscuridad misma confundida en espectro plasmado en la pantalla; es el miedo a Caligari, la aventara de Crusoe, la mirada de Armendáriz, la ironía de Buñuel, el travelíng excelso de Renoir. Todo eso y más es un cine club, espacio destinado a la formación, de una cultura cinematográfica. El camino clandestino que podemos elegir.


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