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Consciente de la situación que atravesaba, decidió que ninguna actitud sería más conveniente que la de hacerse el occiso y actuar como si nada hubiera pasado. Nadie sospecharía de él si representaba bien su papel. —Aunque el miedo traiciona— pensó mientras arrastraba el cuerpo de la mujer por el pasillo del edificio en construcción. Un hilo de sangre que surgía del oído derecho de aquel cuerpo dejaba un discreto camino sobre el piso lleno de polvo.
Aprovechando la tranquilidad de aquella noche de febrero, abrió con extremo cuidado la ventana del sexto piso, y con gran fuerza arrojo el cuerpo inerte al vacío. Cuando se den cuenta —se dijo—, yo ya estaré en una playa bebiendo ginebra. Con toda tranquilidad, utilizó su pañuelo gris para limpiar la sangre del piso.
Sonriendo, salió del edificio y subió a su auto decidido a aparentar la mayor tranquilidad, la tranquilidad de un hombre cuerdo y sensato. Mientras dirigía su auto al centro de la ciudad, analizaba la situación: “Nadie se dio cuenta; nadie había en el edificio, sólo el velador, porque supongo que debe haber un velador en un edificio en construcción, pero no lo vi cuando llegamos. ¿Y si nos hubiera visto? Imposible, me hubiera dado cuenta. Tal vez guardó el más profundo silencio para no ser descubierto. Bueno, si así hubiera sido, ¿qué ganaría? Nada, porque si me denuncia, la policía lo detendrá por no haber evitado que la matara. ¿Y si lo hizo para chantajearme después? Tal vez le cuente lo que vio a algún compadre suyo —todos los veladores tienen un compadre—, y después, ambos, al valor de unas copas, comiencen a enviarme anónimos diciendo que lo saben todo y pidiendo dinero a cambio de su silencio. Pero, para mandarme anónimos, primero deben saber donde vivo y trabajo, tener mis direcciones y teléfonos. También deberán conocer mi auto, incluso deberán tener información de los sitios que frecuento, y de las casas de mis amigos. Descubrirán mi relación con Lucía, aquella amiga —casi hermana— inseparable con quien jamás pasó algo durante la universidad, sino hasta que regresó de un viaje a llorar en mi hombro y a contarme lo triste y sola que se encontraba después de separarse de aquel colombiano —que siempre creímos que era narco—.
A Lucía no le gusta que la espíen, y si se da cuenta de que todo ha sido por mi culpa, es capaz de abandonarme para irse con el anciano que le ofrece dinero y amor. ¿Tendrá fuerzas para eso a sus 50 años? No por la edad del hombre, sino por los ímpetus de Lucía, su fuerza, su abandono al hacer el amor. No creo que el tipo resista mucho ni que Lucía acepte ser medio casta sólo por desdén. No, con él no se irá, tal vez encontrará en algún bar a alguien como ella: con juventud y deseos de experimentar, y en cuanto menos lo espere, le estará haciendo el amor y gimiendo su nombre a las dos de la mañana. ¡Malditas mujeres, todas son iguales! En cuanto llegue a su casa sabrá lo que es bueno. Eso de dejarme a mí, a mí por un anciano, o por un jovencillo inútil, o... Lo que sea. Eso no lo perdono. La llevaré a algún lugar apartado de la ciudad. Y con un poco de suerte, no me toparé con velador alguno.
eL BERRiNcHe Seis INICIO