TRANSMUTAMORFOSIS I                                Juan Carlos Castorena


    Claudia habla por teléfono, yo me desespero, la miro con inquietud y ella corresponde con indiferencia... Sólo la veo abrir la boca, balbucea palabras ininteligibles, a pesar de que me encuentro sentado en el otro extremo del sofá, y también a pesar de que ella habla casi a gritos...

    Tardará otro rato, y mientras, yo impotente para apresurar la situación; opto por una momentánea rendición. Dejo de checar continuamente el reloj de pared, y me concentro en el sonido de las manecillas: un continuo y opaco tic tac. Pero el ruido no proviene del artefacto, sino del techo. Centro mi vista en el pilar de madera barnizada que tengo al frente, elevo lentamente la mirada, y descubro la fuente del ruido en un cruce que forman el pilar y una viga, hay una telaraña sin forma, en ella se puede distinguir a la negra y peluda dueña, que se ocupa enredando en su hilo a una mosca, quizá la reserva para el próximo banquete. Observo atento la maniobra, hasta que casi termina. Lo hubiera hecho, pero se siente observada, y mueve sus ocho ojos al unísono, me dedica su fría y sangrienta mirada. Lejos de intimidarme, acepto el reto y nos enfrentamos en una guerra de hipnóticas miradas.

    Claudia termina su llamada y me mira extrañada, me desconcentra al picarme las costillas. Pregunta qué observo. La distracción me cuesta la batalla. Dedico una mirada a Claudia, vuelvo a buscar al arácnido, pero ya abandonó su rincón, llevándose inclusive su tela y su reserva de alimento.


         Ansioso, me pongo de pie y busco por todo el techo, no la encuentro. Mi instinto vengativo me grita en dónde la puedo encontrar. Sin prestar la más mínima atención a Claudia, abandono la sala y salgo al patio empedrado, en cuyo centro se alza un naranjo que nunca quiso dar fruto. En una de sus hojas la encuentro, aguardando una nueva víctima. Otra vez me ve con sus ocho rojos y sonrientes ojos, como si su esperada víctima hubiera llegado. Con un mango de azadón en mano la desafío, su sonrisa se intensifica, como provocándome. Descargo el primer golpe, luego el segundo, el tercero; pero el mismo aire que causan los golpes desvía a mi enemigo, eludiendo burlonamente cada ataque. El tamaño de la araña aumenta a medida que sigue el ataque. Mi rabia y mi impotencia crecen a cada momento, hasta que tiro un golpe en forma inversa a todos los anteriores, sólo así logro asestarle el golpe que la hace saltar dividida en miles de arañas mucho más pequeñas. Al caer en la grava del suelo corren a ocultarse en los rincones, y yo furiosamente las golpeo entre las piedras, cuando logro asestar, la araña golpeada salta dividida en otras todavía más pequeñas que también corren en busca de refugio entre las piedras del piso.

    Algo me grita Claudia desde el marco de la puerta. Me trata de advertir sobre algo, pero no le entiendo en absoluto. A su espalda se acerca una sombra, una sombra muy extraña, que en su parte superior tiene unos redondos brillos de rojo intenso. Quiero gritar, advertirle del peligro que corre, pero no puedo hacerlo, miro al piso y las piedras tiemblan rítmicamente, entonces comprendo lo que Claudia trataba de advertirme. Lo que yo creía piedras no son sino una especie de sanguijuelas resecas y opacas, son miles, y mis pies comienzan a hundirse entre ellas. Miro a Claudia, y la enorme araña parada tras ella, la abraza como yo suelo hacerlo. Y Claudia sonríe, le agrada eso. Las sanguijuelas flotan a la altura de mi cara. Como si todas se hubieran puesto de acuerdo, al mismo tiempo se posan en mi cuerpo, como atraídas por un magneto, se deslizan entre la ropa y mi piel, buscan el sitio ideal para adherirse y absorber mi sangre. Claudia está cada vez más divertida, la araña comienza a acariciarla, y ella se lo permite.

     Un agrio sabor a asco bloquea mi garganta. Las sanguijuelas invaden mis adentros, aprovechan cualquier orificio. No se conforman con succionar desde la piel, necesitan deslizarse entre la sangre. Mis brazos están infestados por alargados bultos que se convulsionan bajo mi piel, como si mi sangre fuera limón, o mis huesos sal, así se retuercen las sanguijuelas en mis carnes. Lo mismo acontece en el resto de mi cuerpo.

    Claudia y la araña se besan apasionadamente, no les distingo forma, ni sexo, pero sé que sus juegos son completamente carnales. Mi cerebro es barrenado por los parásitos, y no puedo evitar las convulsiones. Así como los amantes contra-corda-naturales son presas de los espasmos que produce el éxtasis sensual llamado orgasmo. Yo no adivino si celebran un coito o si se devoran mutuamente. No soporto el espectáculo.

    Después de mi alarido, sólo Claudia sobrevive al enfrentamiento. Es la misma Claudia, de blanca piel y belleza extraordinaria, pero sus ojos han aumentado en número, y han cambiado de forma y color. Esboza una sonrisa y me dedica su escarlata mirada. Seductora, comienza a desabotonar su blusa, se acerca lentamente a lo que queda de mí. Abre su blusa, deja al descubierto sus senos, sus rosados pezones gotean un liquido que se confunde con el color de su piel. Ella cruza los brazos, toma un seno en cada mano, y procede a su estimulo. El goteo se torna en lentos chorros de leche casi sólida, con vida propia, que serpentean en busca de algo, o de alguien; es lo segundo, buscan mi cuerpo. Quedo aprisionado entre la telaraña lechosa de Claudia. Termina de enredarme, los hilos aprietan con tal fuerza, que mi cuerpo se corta, queda como un reflejo en un espejo estrellado. Siento como se corta mi piel, los hilos siguen apretando y rebanan la plaga de sanguijuelas que invade mi cuerpo. Luego, se disuelven mis ropas, los hilos se derriten hasta volverse líquidos, son absorbidos por mis poros. Eso regenera mi cuerpo. Pero me encuentro débil, desnudo y tirado en el suelo, a la completa merced de los ojos rojos de Claudia, que se acerca a mí, se deshace de la falda y deja caer su desnudez sobre la mía. Es un coito violento, interminable e intenso como el voraz apetito que sacia simultáneamente. Es la primera y la única vez que experimento un orgasmo así, una eyaculación interna, brutal, que arrastra mis vísceras en la descarga. Mis huesos y mis carnes pierden toda solidez y son arrastrados también. Nada más se puede comparar, es una experiencia que combina lo sensual y lo mortal. Éxtasis, clímax y expiración... dejar de ser para ser otra vez... muerte... mezcla... todo... vida... Ella... división... arraigo... Yo... nada... mudanza... fusión... complemento... La transmutamorfosis concluye.

    Soy yo nuevamente, el de siempre, el de después, el que tiene hambre, el que la saciará con la mosca que enreda mi seda, el que observa a ese hombre paralizado, sentado en un extremo del sofá, que me mira fijamente, mientras su pareja habla por teléfono.



 
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