Una Historia Casi Falsa Akire Ledezma
Al final todo resulta apacible, el miedo, la angustia, el llanto. No más, ya no más. Paz y una absurda mueca inmersa en el júbilo. El silencio es la última huella de la mortalidad, y estos pensamientos los últimos en llegar a ti, hasta mi próximo renacer que no será más en la inerme incubadora de un cuerpo insoportable. Tanto esperar, tanto soñar con la perfección. Un mundo de belleza falsa dibujada en las mentes, sin reconocer la pena que embriaga a entes desafortunados, encarcelados en la fealdad, cualquiera que sea su definición. El único anhelo, mi único deseo al creador es ser normal, no el oasis en medio del desierto, sino el cactus que espina y retiene en sus entrañas la fuerza para vivir.
Tú que te comunicas conmigo y me diluyes en tu olvido, no puedes ni en el descanso eterno imaginar por un momento, cuán dolorosa la vida es sólo por el hecho de ser diferente, de poseer semejante diferencia. Suspiras con novelas llenas de amor fariseo y permites inunden tu mente con absurdos relatos imposibles de tocar, de oler. Yo, habitante de tu subconsciente, soy la dueña de tus pesadillas, en las que te he rogado me des a conocer a quienes en mí se reconozcan.
Escribe, mancha con tinta roja la hoja en blanco. Narra mi historia difícil de creer, una historia que parece casi falsa, que no es producto de la entelequia sino la más pura realidad que harás llegar a todo el que quiera leerla. Habla de mis ojos profundos, ojos capaces de mirar más allá de la superficie, ojos que nadie miró. Nadie antes ni después de mi amante espejo. Sin repulsión, aceptaba calladamente mis besos, devolviéndolos con ardiente pasión, humedad. Jamás conoció labios más deseables ni con tal ambrosía, y sólo eran de él. Descarado voyeurista extasiado con mi cuerpo, enmarcado por una dorada cabellera, que traviesa escondía unos enormes pezones, siempre sorprendidos al mirar sin cautela la espesura del monte, mansión de amables orgasmos traídos a conocer el desvanecimiento de mis sueños. Ahora tuyos, vidente poseedor de sensibles manos que turban tus pensamientos con caricias ajenas.
Trata de entender mi encierro de veinte años, rodeada de cuatro paredes descascarilladas y sucias, reflejo de mi tristeza y en algún momento inicio de mi paranoia. Rostros elaborados con cincel de oro, equidistantes, fieles a la divinidad, me acechaban, me perseguían apenas al caer la noche, con sus lamentos, con la insultante perfección inservible y con el objetivo único de pensar en mi desdicha. ¿Acaso ellos no tenían algo qué esconder? El castigo a su alma podrida por la vanidad de sus cuerpos les obligaba a recordarme hora tras hora la pieza extraviada de otro ser, encajada ya en mí para siempre, mientras la vida durara... Y qué vida. Quizás yo fui uno de ellos y ése era mi castigo: aguardar en el rincón mientras una mano extraña introducía una charola, no importaba si era comestible o permanecía haciéndome compañía hasta su delator olor a putrefacción; entonces la misma mano la retiraba, como lo hacía con todas las cosas que necesitaba para sobrevivir. Las escribía en una hoja que deslizaba bajo la puerta esperando que alguien notara su existencia.
Nunca me negaron algo excepto conocer el mundo, respirarlo, tocarlo. Miraba fotografías en los libros, que poco a poco incrustaron en mí la idea de ser libre. Absorbía imágenes, palabras, fórmulas, todo lo que ellos pudieran enseñarme, todo lo recibía yo con enorme placer, esperando algún día me fuesen útiles.
¿Cuál era el sentido de una vida como la mía? ¿Por qué soportar la soledad, que tomándome de la mano, se dirigía a la locura? Todo lo aprendido en años de estudio acerca de química y otras ciencias podría ayudarme a cumplir el sueño de volar, de arrancarme de las entrañas la maldita soledad. Rogué al supremo mis padres no se rehusaran a darme todo lo que pedí aquella mañana. Tardaron mucho. Escuchaba cómo discutían acerca de la utilidad que tendría misolicitud. Leían en voz alta cada ingrediente de una receta de la que sólo yo conocía el objetivo. De cuchicheos pasaron a gritos y reproches, jugando pin pon con la culpabilidad de cada cual, para terminar llorando y pidiéndose perdón, decidiendo así cumplir los caprichos de su “error”.
Supongo era una mañana soleada, al menos mi alma lo sentía. Tenía que intentarlo o morir en el intento, era sólo eso. Todo estaba allí, dispuesto, esperándome, tal vez reclamando por mi absurda tardanza. A un paso de la vesania provocada por la impaciencia de la alquimia casera. Sólo una palabra en mi mente: libertad... Libertad, te vuelves tangible, cada segundo es un paso más a ti. El corazón palpitaba más rápido. En una alucinación pasajera creí ver cómo salía y daba tumbos por la habitación, excitado al convertirse en mi cómplice de huida. Un poco más, el tiempo no era ya mi enemigo sino mi aliado. Una vez terminada la fórmula de la independencia física podría obsequiársela a mi alma también.
Al tener esa pasta verdosa en mis manos, temblaba y lloraba, reía y me burlaba de aquellos rostros que antes lo hicieron de mí. Apliqué el milagro en sólido sobre mi cara, cuidando de cubrirla por completo. Pude descansar a pesar del hedor. El anhelo de normalidad provocó sueños agradables, como nunca. Me vi recorriendo las calles, saboreando la naturaleza, dorando mi piel traslúcida bajo los cálidos rayos del sol. No sé cuántas horas pasaron. Al despertar, corrí a preguntarle a mi amante quién era la mujer más hermosa. Me devolvió una lágrima al darse cuenta que, la ya de por sí deforme bola de carne, era adornada ahora por gigantescas verrugas que parecían celebrar su prematuro nacimiento, además de haber adquirido un color rojo casi morado. Lloré con él, lo abracé, le di un beso y prometí no darme por vencida. En el segundo intento no iba a fracasar. Puse mayor atención en la cantidad de los ingredientes, no fallaría, no...
La felicidad duele, es palpable. No podía siquiera hablar. Sentía el dilatar de mis pupilas... lo logré... lo logré me decía ansiosa por mirarme... ¡No!... ¡No!... mis labios, mis senos, ¡no! Malditos rostros, ¡Desaparezcan! Paren de reír, cesen sus burlas, ¡Malditos hijos de perra! ¡Abortos de ultratumba! ¡Largo, fuera!... ¡No!
Un grito rasgado se esparció por cada rincón. Las manos sin rostro que eran mis padres, recordaron mi existir. Olvidando su asco, corrieron a ver al fenómeno, tan espantoso que volvieron sobre sus pasos. Golpeé hasta sangrar, el reflejo que me mostraba el fracaso tangible de un experimento absurdo. Golpeé con todo, con mis esperanzas, con el odio contenido, enfrascado durante tantos años. Golpeé la infidelidad de quien permaneció junto a mí acariciando utopías.
Mi rostro seguía exactamente igual, no así mis exhalaciones. Por alguna razón llegada de improviso, se habían convertido en ácido gaseoso, potente ácido capaz de separar la vestidura de mis huesos. No más carnosidad en mi boca, mis pezones derramaban sangre. El vértigo y la ignorancia de mí, siguieron a tal espectáculo.
Intensas, sí, tan brillantes que impedían desear algo más. Voces tan cerca, manos tocándome. Una mujer revisaba el frasco lleno de líquido transparente que penetraba a mi cuerpo por medio de agujas.Con la vista menos borrosa pude ver mi pecho vendado, al igual que mi boca. Tenía una especie de gancho en la nariz; y sin embargo, podía respirar. Un pequeño dolor en la garganta hizo llevar las sobras de mi mano derecha hasta allí. Un tubo incrustado hacía un ruido hórrido, al tiempo que permitía la entrada de oxígeno a mi cuerpo. Cerré los ojos, me sentía cansada, quería dormir, esto era sólo un sueño, una pesadilla. Un invisible hilo me mantenía consciente y de un tirón comprendí que por fin me encontraba afuera de mis cuatro paredes, era un ser libre, rodeada de gentes extrañas, no importaba, era libre... libre.
Inmediatamente retiré las agujas, el respirador y por último el gancho. Tenía que salir y mirar el sol. Escuché a todos vociferar ¡no!... Lo siguiente transcurrió en cámara lenta: se acercaron dos hombres vestidos con batas blancas, intentaron colocarme nuevamente las piezas artificiales que formaban parte de mi cuerpo. Sentada en la cama, ignorante aún de lo poderosas que se habían vuelto mis exhalaciones, volteé a verlos, y en un segundo se desintegraban frente a mí. Dos más huyeron ante tal espectáculo, en busca de ayuda. La mujer que momentos antes revisaba que todo estuviera bien, se acercaba tímidamente con una jeringa, decía que no me haría daño, que era para dormir. No entendió que no podía controlarlo. Su cuerpo se desmembró y cayó junto a los otros dos. Entró un hombre joven con la esperanza de no tener un final como el de sus compañeros. Lo miré a los ojos y pude ver en los suyos la enorme compasión que había despertado en él. Rogué que no se acercara más, pero las palabras no tenían vida, la piel le escurría, dejaba al descubierto el esqueleto indefenso preguntando ¿por qué? La respuesta no era la pequeña gota que se introdujo en la nariz accidentalmente, ni el fuerte olor de mi empírica poción. La respuesta era ese destino que tenemos marcado antes de nacer, sin opiniones ni autorización de nuestra parte. Él no entendió. Conforme se arrastraba hasta a mí, le ocurría lo mismo que a los demás, murió a los pies de mi cama. Mi cuerpo era también una amalgama entre piel y huesos. Mis manos y piernas habían desaparecido. Entonces miré por la ventana, una enorme ventana a la que no me podía acercar pero, a través de la cual, pude ver y sentir los rayos del sol. Inhalé profundamente. Agaché la cabeza mirando mi pecho, mi corazón y exhalé por última vez...
Aguardar es mi destino inmediato, me encuentro bien aquí, los gusanos han devorado hasta el último trozo de mi presencia física. Desilusionados huyeron al comprobar las miserias de lo que esperaban fuera un gran festín. Ya no es más mi cuerpo, desapareció... por fin desapareció.