Confesiones desde la tina de baño Mónica Quiroz
Tengo una amiga —pobre de aquél que no la tenga— que tenía la ... como decirlo... higiénica "afición" (porque hay que decirlo de alguna forma) de planear sus actividades cotidianas, resolver sus problemas y meditar, según ella, en la tina.
Así es, su rutina estaba marcada con "antes" y "después" de su baño. La sesión iniciaba con el desenchufe de aparatos electrodomésticos, de esos que se utilizan para informar y entretener (léase tv y radio), después bajaba el volumen de la contestadora para que no la alterarán los mensajes que pudiera recibir en el transcurso de la sesión. El celular por supuesto, apagado. Toda la casa permanecía en un silencio deseado por más de uno. La vida tenía presencia sólo en el baño. Te invito a... no, mejor te reto (actualmente aceptamos cualquier reto con tal de demostrar que somos personas íntegras y luchonas) a que te imagines, a que sientas lo que mi amiga vivía en su tina.
Iniciamos: un marcado y agradable calor envolvía su cuerpo, el aroma a lavanda del jabón que forma las burbujas se impregnaba en su nariz, el vapor del agua casi hirviendo de la bañera dotaba de un ambiente místico la habitación, los colores se diluían y se volvían finos, suaves, igual a las notas musicales de su tema favorito. Para degustar, no hay como el vino tinto, sólo una copa, porque si bebe más se estropea su sabor. En ocasiones se acompañaba de un libro, aunque no siempre leía, ya que prefería dejarse llevar por sus pensamientos.
¡Era tan agradable! Esa sensación de no presencia, sin ningún dolor, malestar o preocupación, sólo la tibieza del agua, las caricias de las burbujas, el olor que en ocasiones marea, el sabor que da calor...
¿Te dije que mi amiga acostumbraba hacerlo? Si, en pasado imperfecto, porque todo eso desapareció el día que decidió enfrentar su angustia como lo hace el resto del mundo: fumando, bebiendo los fines de semana, consumiendo laxantes contra el estreñimiento, incluso asistiendo a terapia, y todo por parecerse más a los demás. ¡¡¡Carajo!!! Es que debía tener algo en común con sus amigos, con los hombres con quienes se topaba diariamente en las calles, con sus compañeras de oficina... Renunció a su paraíso privado, lo cambió por la practicidad del mundo moderno. ¡Que lástima, mi reina! Pero ahora sí ya tiene tema de conversación. Total, la tina ... ni vale tanto la pena.