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Este año han aparecido
en la televisión mexicana nuevos reality shows que son vendidos al
espectador como series "reales" porque participan personas comunes y no actores.
Este tipo de programas, conocidos como telebasura por la decadencia cultural
que presentan, ha sido un camino tomado por las cadenas de televisión
para crear un espectáculo donde la materia prima son las pulsiones
humanas más profundas.
Dentro de este espectro mediático, actualmente
se transmiten programas como Fear Factor, Ay amor y Taxi...¿libre?
Desde el punto de vista de sus contenidos, los reality show se presentan como:
- 1 News shows (infoentretenimiento). Incluye los noticiarios
sensacionalistas. En México se transmite Primer impacto, donde al explotarse
la excitación del plano afectivo hay "similitud con el propósito
de la pornografía".
- 2 Life shows (espectáculo de vida). Programas que
revelan la vida privada de las personas, como Cuenta conmigo, de TV Azteca.
- 3 Competition shows (pruebas reales). Emisiones donde se
demuestran habilidades, en ocasiones a costa de la salud. Un ejemplo El conquistador
del fin del mundo.
La sociedad del espectáculo
Con la llegada de los medios de comunicación
electrónicos los hechos "reales" fueron trasladados al cinescopio.
Este tipo de televisión tiene una dualidad: el vouyerismo de quien
lo presencia y el exhibicionismo de quien lo practica. Su lógica para
algunos especialistas es atraer a las audiencias y elevar el rating.
En la década de los 60 del siglo pasado, en la
televisión aparecieron videos chuscos con situaciones accidentales
que el mismo público enviaba a las cadenas. Para los 80 se popularizaron
en Estados Unidos los talk shows, mientras que en México una serie
pionera de esta transcodificación fue Mujer casos de la vida real.
A finales de los 90 se estrenaron Cristina y Cosas de la vida, en abril de
2000 aparecieron Hasta en las mejores familias y Laura en América.
Telebasura a la carta
A partir de que Big Brother comenzó a ser producido
en 1999 por la empresa holandesa Endemol, nacieron programas cuya receta consiste
en hacer público lo privado hasta grados escatológicos, con
el fin de tocar las fibras más internas de los espectadores.
Las televisoras desarrollan formatos de seducción
que están llegando al límite. Como ejemplo tenemos el Big Brother
de Reino Unido, donde el diario sensacionalista The Sun ofreció 80
mil dólares al habitante de la casa que tenga sexo ante las cámaras.
En Japón el programa de televisión Peep Room ofrece a las chicas
todos los gastos pagados en un hotel de Tokio, siempre y cuando accedan a
ser grabadas mientras se masturban o tienen sexo.
Actualmente Estados Unidos mantiene el primer lugar
en el mundo en producir telebasura con 158 series. Destacan The Restaurant,
de la cadena NBC; Big Brother 4 y Amazing Race 4, en CBS; Paradise Hotel,
de Fox, y The Osbournes de MTV.
En México la competencia entre Televisa y TV
Azteca por producir reality shows sigue su curso a partir de Big Brother.
Su continuidad: Big Brother VIP, La academia, Operación triunfo, Popstars
y Código fama. En septiembre aparecerán Big Brother VIP II
y nuevos programas de concursos. En este terreno los medios representan una
especie de gimnasio donde las audiencias entrenan para asumir otras identidades,
vivir experiencias o crear situaciones diferentes a las cotidianas.
Hoy en día la televisión mexicana tiene
programas divididos en: competencias y humillación, como I bet you
will, original de MTV, pero que ya se produce en nuestro país; seducción
del mal como Fear Factor y exploración a la intimidad como Taxi...
¿libre?, Ay amor y La pesera del amor. La fascinación por la
telerrealidad ha llevado a la televisión pública a estos campos,
como es el caso de A la vuelta de la esquina, de Canal Once.
El fin justifica la basura
En la serie Infieles (cheaters: tramposos) que pasa
los fines de semana por Canal 4, el fin está justificado en la morbosidad
que provoca la infidelidad. El formato muestra a un grupo de "expertos" que
a petición de personas afligidas por vivir una relación desastrosa
con su pareja, investigan si existe infidelidad.
En la forma más burda, los "sabuesos" de Infieles vigilan al sospechoso
para grabar su posible deshonestidad. Al descubrir al infiel besando a su
amante o haciéndole el amor, el video, que es una prueba "real", es
presentado a la pobre víctima. El programa termina con un enfrentamiento
detonado por las luces, las cámaras on, los insultos verbales y los
golpes físicos.
Otro ejemplo del furor que vive la telebasura es la
transmisión de un canal dedicado a presentar hechos reales: Reality
TV. La señal muestra dramas familiares, choques carreteros, persecuciones,
crímenes, incendios, terremotos, tornados y hasta rescate de mascotas.
Para la televisora las imágenes son "el resultado de la furia de la
madre naturaleza y las consecuencias devastadoras causadas por errores humanos".
En Reality TV destaca el uso del lenguaje sensacionalista,
por ejemplo "pirañas humanas", término aplicado en un video
que muestra a un anciano asaltado por un grupo de niños en Guatemala.
Las víctimas se ven atrapadas en diversas circunstancias donde al final
son ayudadas, aunque también los civiles se convierten en víctimas
por su propia torpeza: un aficionado al campismo permanece extraviado durante
varios días.
Reality TV se emite en la mayoría de los países
del mundo, a principios de este año la señal llegó a
la India. Transmite las 24 horas del día durante todo el año.
Invasión a la privacidad
La delgada línea que divide la vida privada de
la pública ha sido tema de discusiones desde la antigua Grecia hasta
nuestros días. El dominio privado incluye la propiedad privada, el
conjunto de relaciones personales y familiares que pueden ser informal o formal,
mientras el dominio público incluye un conjunto de instituciones estatales
hasta las organizaciones de beneficencia.
En la serie Taxi...¿libre?, que se transmite
todos los martes por la noche en Canal 7 de TV Azteca, el mecanismo para
seducir a la audiencia es el viejo truco utilizado en los programas de cámara
escondida. El conductor del carro de alquiler es el actor Hugo Márquez,
quien a base de preguntas le "saca la sopa" a los usuarios: prostitutas, policías,
bailarines, homosexuales, una chica anoréxica, un borracho, un fotógrafo,
una chamana, alpinistas, discapacitados y hasta a la esposa de un convicto.
A bordo de este taxi mediático se hace público
lo privado y la libertad del individuo queda sepultada por la fascinación
de una cámara. Las historias por ser efímeras y comunes, atraen
al telespectador mediante la casualidad prefabricada. El éxito de este
tipo de series radica en cuanto el telespectador descubre en los personajes
sus propias miserias.
El "amor" como mercancía
Así como las instituciones domestican al individuo,
así la telebasura crea una nueva forma de percibir la realidad, aportando
nuevos modelos que pueden reafirmar o modificar los existentes. "Es por eso
que en la televisión nada es (ni puede ser) imprevisto, todo debe producirse
ritualmente".
Un ejemplo es La pesera del amor otoñal y Ay
amor, programas realizados por Televisa con gran similitud a series extranjeras
donde la atracción radica en la pornografía de los sentimientos.
La pesera del amor nació accidentalmente en el
programa Otro rollo que conduce el comediante Adal Ramones y que se transmite
por Canal 5. La lógica fue colocar a diez concursantes mujeres que
deberían ganar el corazón de Charly. Al experimento sentimental,
se agregaron nuevos elementos para mantener cautivo al televidente: edad y
soledad. Así, a principios de julio se estrenó La pesera del
amor otoñal.
Durante varias semanas 15 damas mayores de 45 años de edad compitieron
para ganar el corazón del galán maduro Carlos Eduardo Alexandre:
divorciado, viudo, soltero y con dinero. El domingo 10 de agosto el protagonista
eligió a Paty como la ganadora. Lo interesante de estas historias fue
la estructura oculta de denigración hacia la mujer y el placer que
generó la exhibición impúdica.
Como en la sociedad androcentrista, el hombre fue quien
escogió a su media naranja de un harem televisivo después de
probar varias bocas y cuerpos. Las concursantes reforzaron la imagen negativa
al manifestar su incapacidad de ser felices por sí mismas. Utilizaron
la compasión y el atrevimiento ante la audiencia para tratar de ganar
el concurso.
En este grado de explotación no se queda atrás
Ay amor, producido por Televisa y Endemol, que conduce el actor Alfredo Adame.
Con una escenografía rococó, globos y telones rosas, el conductor
presenta todos los domingos por Canal 2, historias cursis donde los protagonistas
declaran ante las cámaras y en situaciones fabricadas el amor que sienten
por sus seres queridos.
La narrativa inicia cuando uno de los "protagonistas
reales" cuenta la historia que ha vivido. Se transmiten reconciliaciones,
noviazgos, compromisos de matrimonio y encuentros marcados por la distancia.
Los finales felices muestran que la televisión
puede convertir los sueños de los espectadores en realidad y los desencuentros
en nuevas oportunidades para amar. El eros interno del televidente confirma
este mercado. Cuando el amor como mecanismo sentimentalista aparece en pantalla,
siempre habrá una dominancia de aspectos positivos del individuo amado,
que en caso de ser aceptado por el otro, verá reflejada su felicidad
como en las telenovelas.
Telefobias
Si desde un ángulo se exploran campos del deseo,
la telebasura también encuentra terreno fértil en los miedos
del ser humano. Vendidos como programas atrevidos y de alto riesgo, desde
hace varios años se producen en todo el mundo. Van desde deportes extremos
y desafíos que superan la dignidad humana.
La serie más exitosa en los últimos años ha sido Jackass
("idiota" o "burro"), programa que desde su aparición 1 de octubre
de 2001 ha dado grandes dividendos económicos a la cadena estadounidense
MTV, al grado de llegar a la salas cinematográficas. La serie es protagonizada
por Johnny Knoxville y Jeff Traemaine, quienes junto con un grupo de amigos
concibieron la idea del programa mientras realizaban una producción
para Big Brother.
Las pruebas donde la idiotez es una virtud, van desde
dejarse golpear con un salmón en el rostro, atrapar una medusa venenosa
con la boca, nadar en una piscina de excremento, bañarse en aguas negras
y beber 50 ponches navideños para luego vomitarlos. A raíz de
esta emisión aparecieron programas en México que imitaron algunas
pruebas como Toma libre y No te equivoques, de Canal 5, este último
marcado por la tragedia cuando en una discoteca de Monterrey un joven murió
por congestión alcohólica al ingerir 40 caballitos de tequila
con tal de salir en la tele.
Producto de MTV, el programa de concursos I Bet You
Will lleva a la audiencia un maratón de pruebas que oscilan entre
el asco y el buen estómago. Los concursantes hacen lo que sea con
tal de pasar pruebas denigrantes frente a una cámara encendida y ganar
unos cuantos billetes. En la versión estadounidense cinco conductores
llevan los retos a la playa, al campus universitario o al centro de Nueva
York. La versión mexicana se realiza en instalaciones de universidades
privadas, como el Tecnológico de Monterrey.
En los concursos televisivos la gente se desvive por participar, incluso
a título de mero espectador, con tal de conseguir por un instante que
la vean. En I Bet You Will para ganar de 50 a dos mil pesos, se puede comer
salsa de desperdicios, dejarse azotar en traje de látex en plena calle,
comer estiércol, cucarachas, grillos, uñas de los pies, camarones
en descomposición, penes de toro o aceite de bacalao.
El rating de estos programas puede explicarse con la
teoría freudiana del displacer. Lo asqueroso que muestra la pantalla
genera en el sujeto un sentimiento de repulsión asociado a la atracción.
Mientras más se consume basura más se depende de ésta
al manifestarse una incapacidad en la voluntad del televidente para alejarse
del contenido efímero. El hecho de comer alimentos asquerosos provoca
resistencia en el receptor, estimulando su angustia y dejando indefensos sus
mecanismos de razonamiento al activar la atracción por la perversión.
Otra serie que también saca provecho de los miedos
visuales es Fear Factor. Producida originalmente en Estados Unidos y Europa,
llegó a México a través de Endemol y Televisa. Factor
miedo es conducida por Julio Bracho quien todos los miércoles en Canal
5 demuestra que el vómito sí genera audiencia. En cada emisión
seis concursantes (tres hombres y tres mujeres) compiten para ganar un premio
único de 150 mil pesos.
Entre el repertorio de retos están cruzar un
campo de explosivos, colocarse en la cabeza un cubo con tarántulas,
ser encerrados en un ataúd lleno de ratas o comer embriones de pollo.
Para algunos de los competidores vale la pena la denigración, como
para los cuatro concursantes que convirtieron el vómito en espectáculo
televisivo al tomarse un licuado de salsa de pescado aderezado con vaca cruda:
bilis, grasa, riñón, tripas, ojos, hígado y sesos.
La superación de retos humillantes encuentra
excitación en el miedo del espectador, liberándolo de sus tensiones
a través de la catarsis visual. En Fear Factor el abuso de los temores
morbosos del concursante activa el impulso del televidente para resistir
los ascos a través del voyeurismo. La fobia televisiva puede convertirse
en adicción a través del fetichismo televisivo, como la acrofobia
(miedo a subir a lugares elevados) y la claustrofobia (temor a estar en lugares
cerrados), dos de los miedos más explotados por este programa.
Esta nueva telebasura ofrece a los espectadores trozos
de existencia banal, de momentos llevados al exhibicionismo y al extremo.
Ante esta avalancha de programas los únicos ganadores
son las televisoras y sus patrocinadores. Podría concluirse que si
la telebasura es un reflejo de la decadencia social y valorativa, también
es producto de un sistema mediático sustentado en la vulgaridad. La
televisión tiene la capacidad de crear nuevas identidades colectivas:
individualistas, pero masificadas, conformistas pero capaces de asimilar cualquier
nuevo símbolo y cualquier código vinculado a la moda y al glamour;
al culto al cuerpo. Y dentro de su influencia se encuentra la nueva forma
de hacer televisión a través de la explotación pornográfica
de lo efímero.
(*).- Este artículo fue retomado de la revista etcétera
de septiembre del 2003.
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