TELEBASURA                                  
LA PORNOGRAFÍA DE LO EFÍMERO*
             Sergio Octavio Contreras

    Este año han aparecido en la televisión mexicana nuevos reality shows que son vendidos al espectador como series "reales" porque participan personas comunes y no actores.
Este tipo de programas, conocidos como telebasura por la decadencia cultural que presentan, ha sido un camino tomado por las cadenas de televisión para crear un espectáculo donde la materia prima son las pulsiones humanas más profundas.

     Dentro de este espectro mediático, actualmente se transmiten programas como Fear Factor, Ay amor y Taxi...¿libre? Desde el punto de vista de sus contenidos, los reality show se presentan como:

    - 1 News shows (infoentretenimiento). Incluye los noticiarios sensacionalistas. En México se transmite Primer impacto, donde al explotarse la excitación del plano afectivo hay "similitud con el propósito de la pornografía".

    - 2 Life shows (espectáculo de vida). Programas que revelan la vida privada de las personas, como Cuenta conmigo, de TV Azteca.

    - 3 Competition shows (pruebas reales). Emisiones donde se demuestran habilidades, en ocasiones a costa de la salud. Un ejemplo El conquistador del fin del mundo.

     La sociedad del espectáculo

     Con la llegada de los medios de comunicación electrónicos los hechos "reales" fueron trasladados al cinescopio. Este tipo de televisión tiene una dualidad: el vouyerismo de quien lo presencia y el exhibicionismo de quien lo practica. Su lógica para algunos especialistas es atraer a las audiencias y elevar el rating.

     En la década de los 60 del siglo pasado, en la televisión aparecieron videos chuscos con situaciones accidentales que el mismo público enviaba a las cadenas. Para los 80 se popularizaron en Estados Unidos los talk shows, mientras que en México una serie pionera de esta transcodificación fue Mujer casos de la vida real. A finales de los 90 se estrenaron Cristina y Cosas de la vida, en abril de 2000 aparecieron Hasta en las mejores familias y Laura en América.

     Telebasura a la carta

     A partir de que Big Brother comenzó a ser producido en 1999 por la empresa holandesa Endemol, nacieron programas cuya receta consiste en hacer público lo privado hasta grados escatológicos, con el fin de tocar las fibras más internas de los espectadores.

     Las televisoras desarrollan formatos de seducción que están llegando al límite. Como ejemplo tenemos el Big Brother de Reino Unido, donde el diario sensacionalista The Sun ofreció 80 mil dólares al habitante de la casa que tenga sexo ante las cámaras. En Japón el programa de televisión Peep Room ofrece a las chicas todos los gastos pagados en un hotel de Tokio, siempre y cuando accedan a ser grabadas mientras se masturban o tienen sexo.

     Actualmente Estados Unidos mantiene el primer lugar en el mundo en producir telebasura con 158 series. Destacan The Restaurant, de la cadena NBC; Big Brother 4 y Amazing Race 4, en CBS; Paradise Hotel, de Fox, y The Osbournes de MTV.

     En México la competencia entre Televisa y TV Azteca por producir reality shows sigue su curso a partir de Big Brother. Su continuidad: Big Brother VIP, La academia, Operación triunfo, Popstars y Código fama. En septiembre aparecerán Big Brother VIP II y nuevos programas de concursos. En este terreno los medios representan una especie de gimnasio donde las audiencias entrenan para asumir otras identidades, vivir experiencias o crear situaciones diferentes a las cotidianas.

     Hoy en día la televisión mexicana tiene programas divididos en: competencias y humillación, como I bet you will, original de MTV, pero que ya se produce en nuestro país; seducción del mal como Fear Factor y exploración a la intimidad como Taxi... ¿libre?, Ay amor y La pesera del amor. La fascinación por la telerrealidad ha llevado a la televisión pública a estos campos, como es el caso de A la vuelta de la esquina, de Canal Once.

     El fin justifica la basura

     En la serie Infieles (cheaters: tramposos) que pasa los fines de semana por Canal 4, el fin está justificado en la morbosidad que provoca la infidelidad. El formato muestra a un grupo de "expertos" que a petición de personas afligidas por vivir una relación desastrosa con su pareja, investigan si existe infidelidad.
En la forma más burda, los "sabuesos" de Infieles vigilan al sospechoso para grabar su posible deshonestidad. Al descubrir al infiel besando a su amante o haciéndole el amor, el video, que es una prueba "real", es presentado a la pobre víctima. El programa termina con un enfrentamiento detonado por las luces, las cámaras on, los insultos verbales y los golpes físicos.

     Otro ejemplo del furor que vive la telebasura es la transmisión de un canal dedicado a presentar hechos reales: Reality TV. La señal muestra dramas familiares, choques carreteros, persecuciones, crímenes, incendios, terremotos, tornados y hasta rescate de mascotas. Para la televisora las imágenes son "el resultado de la furia de la madre naturaleza y las consecuencias devastadoras causadas por errores humanos".

     En Reality TV destaca el uso del lenguaje sensacionalista, por ejemplo "pirañas humanas", término aplicado en un video que muestra a un anciano asaltado por un grupo de niños en Guatemala. Las víctimas se ven atrapadas en diversas circunstancias donde al final son ayudadas, aunque también los civiles se convierten en víctimas por su propia torpeza: un aficionado al campismo permanece extraviado durante varios días.

     Reality TV se emite en la mayoría de los países del mundo, a principios de este año la señal llegó a la India. Transmite las 24 horas del día durante todo el año.

     Invasión a la privacidad

     La delgada línea que divide la vida privada de la pública ha sido tema de discusiones desde la antigua Grecia hasta nuestros días. El dominio privado incluye la propiedad privada, el conjunto de relaciones personales y familiares que pueden ser informal o formal, mientras el dominio público incluye un conjunto de instituciones estatales hasta las organizaciones de beneficencia.

     En la serie Taxi...¿libre?, que se transmite todos los martes por la noche en Canal 7 de TV Azteca, el mecanismo para seducir a la audiencia es el viejo truco utilizado en los programas de cámara escondida. El conductor del carro de alquiler es el actor Hugo Márquez, quien a base de preguntas le "saca la sopa" a los usuarios: prostitutas, policías, bailarines, homosexuales, una chica anoréxica, un borracho, un fotógrafo, una chamana, alpinistas, discapacitados y hasta a la esposa de un convicto.

     A bordo de este taxi mediático se hace público lo privado y la libertad del individuo queda sepultada por la fascinación de una cámara. Las historias por ser efímeras y comunes, atraen al telespectador mediante la casualidad prefabricada. El éxito de este tipo de series radica en cuanto el telespectador descubre en los personajes sus propias miserias.

     El "amor" como mercancía

     Así como las instituciones domestican al individuo, así la telebasura crea una nueva forma de percibir la realidad, aportando nuevos modelos que pueden reafirmar o modificar los existentes. "Es por eso que en la televisión nada es (ni puede ser) imprevisto, todo debe producirse ritualmente".

     Un ejemplo es La pesera del amor otoñal y Ay amor, programas realizados por Televisa con gran similitud a series extranjeras donde la atracción radica en la pornografía de los sentimientos.

     La pesera del amor nació accidentalmente en el programa Otro rollo que conduce el comediante Adal Ramones y que se transmite por Canal 5. La lógica fue colocar a diez concursantes mujeres que deberían ganar el corazón de Charly. Al experimento sentimental, se agregaron nuevos elementos para mantener cautivo al televidente: edad y soledad. Así, a principios de julio se estrenó La pesera del amor otoñal.
Durante varias semanas 15 damas mayores de 45 años de edad compitieron para ganar el corazón del galán maduro Carlos Eduardo Alexandre: divorciado, viudo, soltero y con dinero. El domingo 10 de agosto el protagonista eligió a Paty como la ganadora. Lo interesante de estas historias fue la estructura oculta de denigración hacia la mujer y el placer que generó la exhibición impúdica.

     Como en la sociedad androcentrista, el hombre fue quien escogió a su media naranja de un harem televisivo después de probar varias bocas y cuerpos. Las concursantes reforzaron la imagen negativa al manifestar su incapacidad de ser felices por sí mismas. Utilizaron la compasión y el atrevimiento ante la audiencia para tratar de ganar el concurso.

     En este grado de explotación no se queda atrás Ay amor, producido por Televisa y Endemol, que conduce el actor Alfredo Adame. Con una escenografía rococó, globos y telones rosas, el conductor presenta todos los domingos por Canal 2, historias cursis donde los protagonistas declaran ante las cámaras y en situaciones fabricadas el amor que sienten por sus seres queridos.

     La narrativa inicia cuando uno de los "protagonistas reales" cuenta la historia que ha vivido. Se transmiten reconciliaciones, noviazgos, compromisos de matrimonio y encuentros marcados por la distancia.

     Los finales felices muestran que la televisión puede convertir los sueños de los espectadores en realidad y los desencuentros en nuevas oportunidades para amar. El eros interno del televidente confirma este mercado. Cuando el amor como mecanismo sentimentalista aparece en pantalla, siempre habrá una dominancia de aspectos positivos del individuo amado, que en caso de ser aceptado por el otro, verá reflejada su felicidad como en las telenovelas.
Telefobias

     Si desde un ángulo se exploran campos del deseo, la telebasura también encuentra terreno fértil en los miedos del ser humano. Vendidos como programas atrevidos y de alto riesgo, desde hace varios años se producen en todo el mundo. Van desde deportes extremos y desafíos que superan la dignidad humana.
La serie más exitosa en los últimos años ha sido Jackass ("idiota" o "burro"), programa que desde su aparición 1 de octubre de 2001 ha dado grandes dividendos económicos a la cadena estadounidense MTV, al grado de llegar a la salas cinematográficas. La serie es protagonizada por Johnny Knoxville y Jeff Traemaine, quienes junto con un grupo de amigos concibieron la idea del programa mientras realizaban una producción para Big Brother.

     Las pruebas donde la idiotez es una virtud, van desde dejarse golpear con un salmón en el rostro, atrapar una medusa venenosa con la boca, nadar en una piscina de excremento, bañarse en aguas negras y beber 50 ponches navideños para luego vomitarlos. A raíz de esta emisión aparecieron programas en México que imitaron algunas pruebas como Toma libre y No te equivoques, de Canal 5, este último marcado por la tragedia cuando en una discoteca de Monterrey un joven murió por congestión alcohólica al ingerir 40 caballitos de tequila con tal de salir en la tele.

     Producto de MTV, el programa de concursos I Bet You Will lleva a la audiencia un maratón de pruebas que oscilan entre el asco y el buen estómago. Los concursantes hacen lo que sea con tal de pasar pruebas denigrantes frente a una cámara encendida y ganar unos cuantos billetes. En la versión estadounidense cinco conductores llevan los retos a la playa, al campus universitario o al centro de Nueva York. La versión mexicana se realiza en instalaciones de universidades privadas, como el Tecnológico de Monterrey.
En los concursos televisivos la gente se desvive por participar, incluso a título de mero espectador, con tal de conseguir por un instante que la vean. En I Bet You Will para ganar de 50 a dos mil pesos, se puede comer salsa de desperdicios, dejarse azotar en traje de látex en plena calle, comer estiércol, cucarachas, grillos, uñas de los pies, camarones en descomposición, penes de toro o aceite de bacalao.

     El rating de estos programas puede explicarse con la teoría freudiana del displacer. Lo asqueroso que muestra la pantalla genera en el sujeto un sentimiento de repulsión asociado a la atracción. Mientras más se consume basura más se depende de ésta al manifestarse una incapacidad en la voluntad del televidente para alejarse del contenido efímero. El hecho de comer alimentos asquerosos provoca resistencia en el receptor, estimulando su angustia y dejando indefensos sus mecanismos de razonamiento al activar la atracción por la perversión.

     Otra serie que también saca provecho de los miedos visuales es Fear Factor. Producida originalmente en Estados Unidos y Europa, llegó a México a través de Endemol y Televisa. Factor miedo es conducida por Julio Bracho quien todos los miércoles en Canal 5 demuestra que el vómito sí genera audiencia. En cada emisión seis concursantes (tres hombres y tres mujeres) compiten para ganar un premio único de 150 mil pesos.

     Entre el repertorio de retos están cruzar un campo de explosivos, colocarse en la cabeza un cubo con tarántulas, ser encerrados en un ataúd lleno de ratas o comer embriones de pollo. Para algunos de los competidores vale la pena la denigración, como para los cuatro concursantes que convirtieron el vómito en espectáculo televisivo al tomarse un licuado de salsa de pescado aderezado con vaca cruda: bilis, grasa, riñón, tripas, ojos, hígado y sesos.

     La superación de retos humillantes encuentra excitación en el miedo del espectador, liberándolo de sus tensiones a través de la catarsis visual. En Fear Factor el abuso de los temores morbosos del concursante activa el impulso del televidente para resistir los ascos a través del voyeurismo. La fobia televisiva puede convertirse en adicción a través del fetichismo televisivo, como la acrofobia (miedo a subir a lugares elevados) y la claustrofobia (temor a estar en lugares cerrados), dos de los miedos más explotados por este programa.

     Esta nueva telebasura ofrece a los espectadores trozos de existencia banal, de momentos llevados al exhibicionismo y al extremo.

     Ante esta avalancha de programas los únicos ganadores son las televisoras y sus patrocinadores. Podría concluirse que si la telebasura es un reflejo de la decadencia social y valorativa, también es producto de un sistema mediático sustentado en la vulgaridad. La televisión tiene la capacidad de crear nuevas identidades colectivas: individualistas, pero masificadas, conformistas pero capaces de asimilar cualquier nuevo símbolo y cualquier código vinculado a la moda y al glamour; al culto al cuerpo. Y dentro de su influencia se encuentra la nueva forma de hacer televisión a través de la explotación pornográfica de lo efímero.

     (*).- Este artículo fue retomado de la revista etcétera de septiembre del 2003.


INICIO




Hosted by www.Geocities.ws

1