MATÓLO Y ENTAMALÓLO
(donde se ve y se explica que el amarillismo no es ictericia)  Javier Orozco Rivadeneyra

Una de las cláscicas ilustraciones de José Guadalupe Posada.     Gracias a la lejanía de las bibliotecas respecto a este lugar de escritura y redacción, damos por buenos los apuntes de Carlos Monsiváis de su libro A ustedes les consta, respecto al origen del periodismo “amarillista” en México, esto es, el amarillo antes de William Randolph Hearst: 

     “Desde los primeros años de la Independencia, fue claro que en una sociedad sin hábitos posibles de lectura crítica, el escándalo resultaba en la prensa camino natural para obtener y retener lectores. Lizardi, en su Defensa de los francmasones (1822) es contundente:

      “Yo no puedo defender lo que no conozco, pero estamos en estas fechas tan adelantados en ilustración, que si el papel no se bautiza con un título escandaloso, no se vende y el autor pierde su trabajo el dinero, y éste no todos tienen ganas ni proporción de perderlo.”

      Y por ahí está José Guadalupe Posada, quien
a decir del mismo Monsiváis, “convierte los crímenes más notorios en expresión artística y presenta los hechos de sangre como los cuentos de hadas de las mayorías. No la viejecita que vivía en un zapato ni el gato con botas, sino El horrorosísimo crimen del horrorosísimo hijo que asesinó a su horrorosísima madre o Una mujer que se divide en dos mitades, convirtiéndose en bola de fuego”

     De lo anterior, obtenemos la conclusión obvia: lo que mueve a los dueños de los periódicos no es informar a los lectores o
ya de perdida vender espacios para anunciar. Lo que importa es llamar la atención a lo grande, hacer que la nota —y por consiguiente la publicación— esté en boca (y consumo) de todos.

     Sobre la historia del amarillismo, eL BERRiNcHe nos proporciona en este número más información; sin embargo, y para estar acorde con las descripciones obtenidas por el agente del Misterio Púbico Juan Carlos Castorena, así como de sus ayudantes: Mike Goodness, el agente Cero Cero Bongocero (de lo mejorcito de aquí de la corporación), Dora la Celadora, Péter Pérez, y de la recordada sección polivocesca La Polecía, Siempre en Vigilia, en otro de sus gustados capítulos “Yo acepté estar en el panel, no que me subieran a la pánel”, un servidor, aparece en este número de eL BERRiNcHe presentando una declaración en la rejilla de prácticas y sostiene (jiá-jiá) un careo con sus lectores. Así que ai’ les voy con unas cuantas referencias bibliográficas sobre uno de los productos más y mejor acabados del periodismo amarillista: La nota roja.

     El primer lugar de la lista de Best Sellers, se lo lleva el ya fallecido escritor español exiliado en México, Max Aub, quien en su recientemente reeditado libro Crímenes Ejemplares, nos hizo patente el (involuntario) humor negro que capea (como chile capeado) a los horrorosísimos actos perpetrados por los horrorosísimos seres humanos en contra de sus horrorosísimos semejantes.

     A manera de ejemplos aubaces:

     Roncaba. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó:
  
     —Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo...

     Yo no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no, esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento..., pero en seguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser un centinela de un ruido. Una catarata. Un volumen tremendo de aire, una fiera acorralada, el estertor de cien moribundos, me rasgaba las entrañas emponzoñándome el oído y no podía dormir nunca, nunca. Y no me daba la gana de cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.

     ¡Si le dije a la recondenada que el chocolate quemaba!

     A mi hermana —de verdad, de verdad— nunca la pude tragar.  


     El segundo lugar del Hit Parade de sexo, violencia y agruras se lo lleva Carlitos Monsiváis con su libro con formato de misal: Los Mil y un Velorios, publicado en ¡1994!, por Alianza Cien y CONACULTA, y en el que repasa ¿o destaza? algunos de los crímenes con mayor “atractivo” sociológico o que, en su defecto, reflejan con más evidencia el contexto social en que se inscriben. Y de ahí:

     El encierro como virtud   (fragmento)

     En julio de 1959 se descubre un caso de encierro familiar (no precisamente en los Pinos). Rafael Pérez Hernández es detenido por el secuestro de su mujer y sus seis hijos, de nombres un tanto alegóricos: Indómita, Libre, Soberano, Triunfador, Bien Vivir y Libre Pensamiento. Llevan más de 15 años encerrados, golpeados, zarandeados por regaños y sermones. La hija mayor, Indómita, tiene 17 años y la menor, Libre Pensamiento, 42 días de nacida. (Otros dos han muerto muy niños.) Durante 15 años, Pérez Hernández alimenta a su familia con una dieta de avena y frijoles (lo que “favorecía la espiritualidad”, según apunta en su crónica Víctor Ronquillo), mientras los obliga a la elaboración agotadora de raticidas. Nadie los visita y sólo abandonan la casa para que el padre les enseñe las perversiones de este mundo. (De vez en cuando van al Cuadrante de la Soledad, en la Merced, a observar a prostitutas y alcohólicos.) Con el tiempo deciden rebelarse y piden auxilio (no era otra hermana). Y en julio de 1959 la policía detiene a Pérez Hernández que protesta: “Mis hijos sólo tratan de apoderarse del capital que he logrado formar con muchos sacrificios”.

     La versión cinematográfica de este chispeante suceso la encontramos en la película de 1972, El castillo de la pureza, dirigida por Arturo Ripstein y con guión de José Emilio Pacheco.

     El tercer dedito que se fue al mercado bibliográfico de viejo es: Picaresca de la Nota Roja; Prólogo y selección de Miguel Donoso Pareja y publicado por la editorial Samo en 1973. Donoso, como Max Aub, recopila reportajes y notas que —José Agustín dixit— rebasan con éxito los límites de la sandez humana. Del libro apuntado, seleccionamos unos párrafos que ilustran la noble tarea de convertir la moronga y la homofobia en “periodismo”:  

     Audaz invertido logró destrozar el corazón de un hombre decente           
Ahorcado que se suicidó
Jorge Pacheco Preciado

     Nota: Las aportaciones —les juro que inevitables— entre paréntesis son cortesía de un servidor: J O R

     Guadalajara, Jal. –Aquel hombre, ampliamente conocido en los círculos sociales de esta Perla Tapatía, bastante joven aún, estudioso pero falto de experiencia en algunos otros aspectos de la vida, nunca imaginó que su primer amor se frustrara en forma tan insospechada, al caer en manos de un hábil transvestista (sic) homosexual, que lo puso en el peor de los ridículos.

    Esta historia, como quizá haya muchas, tiene su origen en el desamor paterno, en el vicio y degradación que está sufriendo la juventud: en el descaro de los invertidos y en el abuso de los cabareteros que, a ciencia y paciencia de las autoridades, permiten la explotación de estos “individuos” y el engaño hacia el público que asiste a presenciar variedades a los centros nocturnos.

    Fueron unas copas de más las que provocaron el escándalo policíaco y el desaliento por todo lo bueno que esta vida ofrece, en un joven que hasta esos momentos había creído encontrar el verdadero amor del que hablan los novelistas (¡uuuuyyyyy sí!, sobre todo en un centro nocturno) y que entre los crédulos les hace llegar la pasión más allá de los linderos permitidos.

    El nombre del joven (que lo diga, que lo diga), víctima de su propia inexperiencia, es lo de menos, puesto que ya tubo —perdón, perdón— tuvo bastante con lo que pasó aquella noche y en las horas que le siguieron y que le costó llegar hasta las oficinas del Servicio Secreto (ahora esos trámites comienzan aquí en Aguascalientes en ciertas páginas de color azul), creándose un problema familiar y social que le ha hecho abandonar esta ciudad, ahora invadida por los llamados “unisex”.

     Para concluir, nuestras recomendaciones adicionales para enriquecer su biblioteca de nota roja y su práctica del "Enclítico" (adj. Gram. Dícese de la partícula ó parte de la oración que se liga con el vocablo precedente, ejemplo: ¡Raptóla, amarróla, violóla, asesinóla, condimentóla, asóla, comióla y eruptóla!).

     Nota Roja 40’s, 50’s, 60’s, 70’s, y 80’s; de Ana Luisa Luna, Víctor Ronquillo, Victoria Brocca, Myriam Laurini y Rolo Diez; 5 volúmenes publicados por la editorial Diana, en 1993.

     Las Muertas, entretenidísima novela de Jorge Ibargüengoitia inspirada en el caso de “Las Poquianchis”, y que la editorial Joaquín Mortiz publicó en la colección de las obras de J. I.

     El resto del material lo aporta gustoso Tribuna Libre, órgano de persecución, abuso e impunidad, y que se autocalifica como “periodismo”... si al menos escribieran bien...
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