En
la ciudad de Buenos Aires, aún
existen bares en los que el tiempo
parece haberse detenido. Forman parte
de la vivienda del dueño o del
encargado del local, quienes imponen
un clima particular el lugar de acuerdo
con su personalidad. En esta interacción
de lo privado y lo público,
el bar viene a ser como un living del
dueño y los
parroquianos.
Con televisores que no se encienden, heladeras que no se callan, botellas
que no se abren y polvo que no se barre. Algunos son el reino de los sándwiches
de salame y en otros se sirve comida cocinada por el dueño y su
familia, que abren el bar en horarios a su gusto. Este libro se originó cuando
Constanza Mirré encontró en un almacén y bar a uno
de sus dueños rebozando milanesas sobre una de las pocas mesas del
boliche y decidió registrar la mágica atmósfera de
estos lugares.
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