Rebecca Evans era de esos seres
solitarios, acostumbrados a caminar sin compañía en esta vida. Desde pequeña
había sido tranquila y muy observadora. Sus padres pensaron que era sorda o muda
ya que no le gustaba relacionarse con otros pequeños de su edad, no hablaba, y
lo único que le gustaba hacer era comer helados y leer libros sin parar, y no
precisamente esos de cuentos de hadas y princesas rosas, sino esos en los que se
hablaban de la historia de Egipto y de tierras milenarias. Por ello, decidieron
llevarla donde una psicóloga experta en infantes, quien tras diferentes estudios
no encontró algún tipo de problema, salvo que la chiquilla no quería hablar
todavía, así que era mejor dejarla de presionar. Ya se comunicaría a su tiempo.
Los señores Evans no tuvieron otra opción más que seguir la
recomendación que les había dado la psicóloga, aunque de todas maneras no podían
estar tranquilos. Pero un “milagro” les iluminaría la vida: el día del
cumpleaños número cinco de Rebecca apareció en casa Ithan, el hermano del papá
de la niña, quien había regresado de su última excavación en una de las
pirámides egipcias. El arqueólogo la abrazó y le entregó un pequeño paquete;
Becky lo abrió y se encontró con algo que sellaría su futuro: ¡una réplica de
Asir!. Era el mejor regalo que había recibido en su corta existencia, y,
embargada por la felicidad y emoción del momento, exclamó maravillada “¡Es lo
más hermoso que hay!”, frente a la mirada de asombro de todos los
presentes.
A partir de ese día todo se hizo más llevadero. Actuaba
como una niña normal: saltaba, corría, cantaba, bailaba. Claro, todo esto en la
privacidad del hogar, ya que su lado introvertido aparecía cuando estaba en
presencia de extraños. Al ir a la escuela esto no cambió, pero al menos logró
desarrollar una profunda amistad con Brian Potter, un niño dotado con una gran
simpatía que logró penetrar la coraza de Rebecca. Durante la adolescencia sus
lazos afectivos se afianzaron, y las novias del chico no influyeron para nada en
la relación que ambos tenían. Él era “el rey león”, y ella “un lobo solitario”;
y cuidado con aquel que tuviera la osadía de faltarle el respeto a su amiga, o
de insultarla con apodos como “nerd” o “rata de laboratorio”, porque tenía
asegurado un puñetazo (en caso de ser chico) o un adiós (si bien era una
muchacha).
Y a pesar de recibir esa clase de sobrenombres debido a
ser una chica muy cerrada y con las mejores notas, Rebecca tenía su gracia. No
era la más hermosa de la institución, ni era poseedora del mejor cuerpo, pero
era bonita. Su rostro estaba adornado por un par de ojos color miel, una nariz
pequeña y unos labios rosados y finos; su cabello castaño era lacio, y lo
llevaba recogido en una trenza que alcanzaba la mitad de su espalda; su piel era
nívea, de estatura baja, y de complexión muy delgada. Además de inteligente, era
divertida y cariñosa. Y claro, como todo ser humano también contaba con
defectos, como lo era su neurosis, su visión pesimista del mundo, y la extrema
autoexigencia.
Brian siempre la protegía, bien fuera de las arañas
(a las que tanto pavor le tenía Becky) o de los “cazadores” que se acercaban a
la muchacha en busca de hacerle caer en sus redes. Él andaba vigilante, y muchas
chicas perdieron la oportunidad de estar con él por confundir el cariño que le
tenía a Rebecca con amor, pero otras supieron ver claramente y pudieron
disfrutar de su compañía, gozar con sus detalles, sus risas, sus caricias y
abrazos.
Rebecca y Brian confiaban ciegamente el uno en el otro. Ella
sabía que podía llamar a su amigo así fuera a las tres de la madrugada en caso
de sentirse mal, sobretodo si despertaba con esa horrible pesadilla que tenía
desde pequeña y que la atormentaba en las noches de luna llena. Pero no lo
hacía. Una vez le comentó al respecto, de la sangre que veía manchar el piso del
lugar, del calor agobiante que podía percibir a pesar de ser sólo un sueño, pero
él le dijo que no se preocupara, que seguramente era por tener la mente con
tantas imágenes de Egipto y sus pirámides… Ella sabía que no era eso, sólo que
no podía encontrar alguna explicación, así que prefirió no volver a hablarlo con
nadie… y años más tarde lograría entender el significado.
Los dos
amigos estaban tan compenetrados que el dolor de separarse cuando llegó el
momento fue terrible y devastador. Brian no podía controlar las inmensas ganas
de llorar que tenía, escapándose varias lágrimas ante la presencia de Becky,
quien trataba de tranquilizarlo mientras lo abrazaba fuertemente. Ella tenía que
irse a Egipto, donde comenzaría a trabajar y a poner en práctica todos los
conocimientos aprendidos durante sus años en la universidad; había estudiado
Arqueología, cumpliendo así con uno de sus sueños. Por su parte, Brian comenzaba
a surgir en el mundo del arte, y dentro de unos meses se iría a España; dejando
atrás la Inglaterra en donde nacieron y se criaron.
Rebecca partió
feliz, con el corazón contento. Jamás supo explicarse a ciencia cierta el por
qué de su enamoramiento por ese país en particular y esa sensación de
pertenencia que el lugar le arraigaba. Primero arribó a El Cairo, donde estuvo
alojada por un tiempo, hasta que se trasladó a las afueras de Gizeh, en donde
trabajaba junto con otros colegas en la apertura del canal sur de la cámara de
la reina en la Gran Pirámide y del sarcófago de Ny-Sut-Usert. Y fue durante ese
período cuando sucedió aquello que por fin, después de siglos de espera, le
ocurriera a la ahora mujer.
Un día cualquiera realizaban las
actividades de excavación, cuando de pronto uno de los compañeros de Becky se
lastimó; Jason se había tropezado, y al caer se dobló un tobillo y se enterró
una pequeña piedra de apariencia filuda en su muslo derecho, así que ella se
ofreció a llevarlo al pequeño hospital que quedaba en el centro de la ciudad.
Partieron en uno de los jeeps y al cabo de unos 45 minutos entraron al recinto.
Fueron recibidos por algunos enfermeros quienes acostaron a Jason en lo que se
suponía era una camilla, y lo metieron dentro de una habitación, dejando afuera
a la inglesa.
Al cabo de un rato apareció delante de sus ojos
alguien que le provocó cientos de sensaciones a la vez, y de pronto le vinieron
a la mente imágenes que no sabía que tenía ni recordaba con claridad. El latir
de su corazón era ensordecedor, y la necesidad de lanzarse en sus brazos era
desesperante. Y volvía a surgir la pesadilla que le atormentaba…
Había dos personas en los que parecía ser una de las habitaciones
de la esposa de un rey egipcio. Una de ellas lloraba desconsoladamente, mientras
la otra le susurraba palabras de aliento entremezcladas con sus propias
lágrimas. El olor a muerte era agobiante, y el miedo y la incertidumbre aún
peor. Una decisión tomada. Un último beso. Una promesa de verse en el más allá,
así fuera en el infierno. Un hasta luego. Dolor. Mareos. Ahogo. Sangre.
Oscuridad.
Un leve toque de su mano la sacó de su
ensimismamiento, y se dio cuenta de que efectivamente era ella… quizá con otro
cuerpo y otro nombre, pero era ella, lo sentía, ¿quién?, no lo sabía. Ante ella
tenía una preciosa criatura, humana, mística, etérea, real, hermosa. Tenía ojos
grises y de rasgos orientales, su cabello lacio y largo era de un color negro
azulado, su piel era perlada y en apariencia de extrema suavidad, y su cuerpo el
de una sirena. Perfecta… y ¿suya?, ¿por qué sentía todo eso?.
De
nuevo la mujer enfrente de ella le sonrió cálidamente, y se presentó como
Sunaona Shiratori, la doctora que había atendido a Jason. Le explicó, sin dejar
a un lado su sonrisa, que su compañero estaba bien, pero que necesitaba un par
de días de descanso y unos antibióticos que tendrían que pedir a la capital,
porque allí no habían. No tuvieron tiempo de hablar más porque en ese momento
llegó una anciana de aspecto deplorable, que al parecer ya era paciente
frecuente de ahí. Sunaona se despidió de Rebecca y se marchó con la señora,
dejando a la inglesa con una sensación de cruel abandono.
Rebecca
llevó a Jason al campamento en donde se quedaban a dormir. No era el lugar más
cómodo del mundo, pero al menos allí habrían personas que
podrían cuidar al muchacho mientras se recuperaba. Durante el trayecto de
regreso y el resto del día Becky no pudo dejar de pensar en la mujer que había
conocido… y por primera vez en luna llena no tuvo la pesilla que solía
aterrorizarla desde la niñez.
A la mañana siguiente se despertó y
fue directo al hospital. Tenía que verla con urgencia y despejar esas dudas de
una vez por todas. Tenía la certeza de que esa mujer podría ayudarla, y mucho.
Al llegar, preguntó por la doctora Sunaona Shiratori, y le dijeron que no
estaba, pero tras mucho rogar, la enfermera le escribió en un papel la dirección
en donde podía encontrarla, así que inmediatamente partió en su busca. No logró
dar con el lugar exacto, así que tuvo que preguntar algunas veces, hasta que por
fin vislumbró una pequeña casita con las señales que tenía anotadas en el papel.
Al pararse en la puerta se armó de valor, y tocó… esperó pacientemente mientras
las piernas le temblaban y las ganas de huir se apoderaban de ella. Cuando
estaba a punto de hacerlo, abrieron… Sunaona… la hizo pasar, y sentaron en un
sofá.
Tantas preguntas y ensayos que había hecho Rebecca, y ahora no
podía decir nada. Sentía que el rubor cubría sus mejillas, y estaba segura de
que su compañera podía escuchar claramente el tamborileo de su corazón ardiente.
De pronto Sunaona se fue aproximando, acercando, aspirando… la miró directo a
los ojos durante unos segundos para luego acostar la escasa distancia que
separaba sus labios de los suyos… ¡y sucedió!. Se besaron… primero suave,
tímidamente, si acaso un ligero roce de labios, profundizado con los segundos…
una lengua que lamía sensualmente unos labios entreabiertos, invitando a la
exploración, sucumbiendo al deseo… saliva entremezclada… dulce… salado…
pasión…
- Te he estado buscando… y esperando… - murmuró Sunaona,
tiernamente.
- Tantos siglos… tanto tiempo… ¡te he extrañado tanto! ¡tanto! – se
desahogó la inglesa, con voz entrecortada por la emoción.
- Merarí…
- Te
amo, ¡te amo, Nefertari! – exclamó Rebecca, extasiada
- Yo también te
amo…
Y volvieron a besarse, cada vez más fuerte, más delirante, más
demandante… Se deseaban igual e incluso más que en aquella época de faraones.
Como pudieron se levantaron sin dejar de besarse, y llegaron al cuarto de
Sunaona, donde comenzaron a desvestirse con ansiedad, con anhelo… deleitándose,
saboreándose, mordiéndose, lamiéndose incluso allí donde la carne es caliente y
palpitante, y gritaron sus nombres, y gimieron, y aullaron descargando las
indescriptibles corrientes que sacudían sus cuerpos sudorosos, y se penetraron
incontables veces hasta que sus cuerpos fatigados sucumbieron y convulsionaron
por el placer exquisito que se fundía en ellas… hacer el amor… ayer, hoy,
mañana…
Y disfrutaron de su felicidad por varios meses, compartiendo
maravillosos momentos en compensación de toda la espera. Vieron incontables
atardeceres cargados del romanticismo propio de la escena. Se escribieron y
dedicaron poemas que quedaron como testigos del sentimiento que les unía el
alma. Tomaron juntas deliciosos baños de tina escuchando la cuarta sinfonía de
Beethoven. Caminaban por las calles tomadas de las manos, y se daban tiernos
besos en la boca ante las miradas atónitas de los curiosos y prejuiciosos.
También hablaron de lo que había ocurrido en aquella vida pasada en
la que tuvieron que suicidarse, ya que no podían estar juntas. Recordaban cómo
se fueron enamorando, que con cada día que pasaba se les dificultaba más el
disimularlo, y que finalmente no pudieron aguantar más y en un día cualquiera
juntaron sus labios por primera vez, comenzando allí su tórrido romance.
Obviamente la situación en la que estaba era muy complicada: Nefertari era la
esposa de Ramsés II, lo que las colocaba en una posición en extremo difícil. Por
fortuna, Merarí era la hermana de dicho faraón, y así tenían una excusa más para
verse a solas con Nefertari. Pero al parecer los Dioses no apoyaban esa relación
‘pecaminosa’, y se ensañaron con las dos mujeres, quienes al no tener
escapatoria tomaron una decisión definitiva: matarse, y así lo hicieron en una
noche de luna llena, sellando su pacto de amor eterno.
Y en una vida
tras otra volvían a encontrarse y a separarse, marcadas por una especie de
maldición sin fin. Y ésta vez no sería la excepción…
En una mañana
de otoño Sunaona llegó al departamento que compartía con Rebecca en las afueras
de Londres. Tenía un semblante serio y estaba notoriamente tensa, como si
llevara un peso muy grande a sus espaldas. Fue a la terraza, y allí encontró a
Rebecca, quien miraba el paisaje. La inglesa se volteó inmediatamente, quedando
frente a frente con Sunaona, sus ojos tristes, sabía que algo malo estaba
pasando.
- ¿Qué sucede? – preguntó Becky, angustiada.
- Eh… Yo…
- Dilo
de una vez, por favor.
- Tengo un tumor
cerebral no operable… - soltó de pronto Sunaona.
Rebecca no podía
creer lo que estaba escuchando, ¡era mentira!, ¡tenía que serlo!. No era
posible... Y su corazón se destrozó, y una chispa de locura
de asomó durante un segundo, y pequeños cristales la desgarraban por dentro, no
podía respirar, y maldecía mil veces a un Dios en el que no creía…
-
Pero… ¿no hay algo que pueda hacerse?, ¿Dónde sea?, algo… mi amor…
- No… Además, es
maligno… tarde o temprano moriré – explicó la doctora.
- ¡¡No!! No digas eso…
por favor… ¿por qué? ¿por qué?.
Sunaona la abrazó protectoramente,
acariciándole el cabello, mientras ahogaba las lágrimas que pugnaban por salir
de sus ojos. En apariencia estaba tranquila, y le había dado la noticia
utilizando un matiz lo más natural posible para que ella no sufriera aún más,
pero en su interior se estaba desmoronando, su vida se le escapaba de las manos,
y se sentía ¡¡tan impotente!!. Era médico y no podía salvarse a sí misma, sus
conocimientos no servían de nada, y sabía cuál sería su futuro, todas las
penalidades que tendrían que pasar, el martirio que les tocaría afrontar, y ella
no quería eso para ninguna de las dos…
- Eutanasia – susurró
Sunaona, con voz pausada.
- ¡¡¿Qué?. ¿De qué
hablas?!!
- Eutanasia es… -
- ¡Ya sé lo que es!.
¡¿Estás loca?!. ¡¿Crees que te voy a dejar así como así?! – protestó
explosivamente Rebecca.
- Entiéndelo, amor… Es
lo mejor para las dos, y lo sabes.
- ¡Claro que no!. Lo
mejor para nosotras es estar juntas…
- Me iré marchitando…
y tú también lo harás, y no quiero verte así – y la voz de Sunaona se quebró al
imaginar a su princesa en un terrible estado de depresión.
- Aunque te mates
ahora mismo, igual moriré contigo, y no dudes ni un segundo en que te seguiría,
a donde sea que vayas.
- Becky… entiende…
-
¡Entiende tú!. Juntas. En esto… En lo que sea.
- Tienes razón…
Perdóname… - se disculpó Sunaona, sollozando.
-
Tonta.
Juntas pasaron los meses previos a la muerte de Sunaona. El
tumor pronto se transformó en cáncer, pero la enferma prefirió no aplicarse
quimioterapia, porque sabía cuáles eran las dolorosas e innecesarias
consecuencias que ese tratamiento traía. Sin embargo, probó con la medicina
alternativa, y a pesar de que ésta no iba a evitar que muriera, al menos le
aliviaba. Y ese día… ese momento que ambas silenciosamente esperaban que nunca
ocurriera, llegó. La extrema palidez de de Sunaona rayaba en lo fantasmagórico,
había perdido 20 kilos dándole a su rostro una decrepitud que no iba con su
belleza, y aún así para Rebecca se veía hermosa, inigualable. La inglesa tomó
las manos de Sunaona entre las suyas, y la besó suavemente en la frente,
mientras silenciosas lágrimas bailaban por sus mejillas.
- No quiero que te
vayas… - dijo Becky en un susurro apenas audible.
- Y yo no quiero irme…
- Tengo
miedo, mucho miedo.
- Estaré contigo…
Siempre – prometió Sunaona, haciendo un gran esfuerzo para hablar.
- ¡No te vayas! ¡No te
vayas!
-
Recuerda tu juramento… mi niñita, Te amo….
- ¡Te amo! ¡Te
amo!
-
Siempre.
Y murió, con un último suspiro su llama se apagó en esta
vida. Rebecca tenía ganas de saltar por la ventana de la habitación de la
clínica, pero en lugar de eso se recostó durante horas en la cama en la que
yacía Sunaona, inclusive después de que sacaran el cadáver; y Brian, expectante,
esperó pacientemente, hasta que su amiga se cansó de drenar todo eso que se le
explotaba adentro.
Y Rebecca cumplió con su palabra: no se
suicidaría. Seguiría adelante… porque tenía la esperanza de que se encontraría
de nuevo con ella… en otra vida, en otra ocasión, en otro mundo mejor… no
importaba… ellas se amarían… siempre.
Aún mi cuerpo
se haga polvo
y mis ojos no puedan verte,
volveré.
Con otro
rostro, otra sonrisa
y mi amor de siempre,
volveré.
Del más
grande silencio,
con esta mi alma inmortal
volveré.
Y aunque
parezca oculta
aquí estaré.
Volveré
y te daré mi amor, te daré
mi luz y me llenaré de tu
sabiduría.
Del más grande silencio,
con esta mi alma inmortal
volveré.
(¯`'·.¸(¯`'·.¸(¯`'·.¸¸.·'´¯)¸.·'´¯)¸.·'´¯)
Dedicatoria:
Para XAVIER CON
X.
Por ser tan especial, tan único, tan necio y dulce.
Por
escucharme, por aconsejarme, por ser ÉL.
Por aguantarme, por no olvidarme,
por quererme.
Gracias, AMIGO
MÍO.
Agradecimientos
especiales:
Natalia La Rosa Roja, por leer este fic y darme
críticas constructivas que me ayudaron a mejorar la historia.
Hana
Aino, por ser la primera en enterarse y leer esta historia, y por aclararme
algunas dudas acerca del antiguo Egipto.
Sunaona Shitarori, de quien
tomé prestado su nick sin su consentimiento, y espero que
no se moleste conmigo ^^;; pero es que es precioso y le iba como anillo al dedo
a "mi" Sunaona ^_^
Daysi Selene, a quien pertenece el hermoso
poema que sale al final del
fic.
Disclaimer:
Rebecca Evans, Sunaona
Shiratori y Brian Potter son personajes de mi entera invención, y no
pueden ser utilizados sin mi consentimiento.
Son hechos
verídicos: el matrimonio entre Nefertari y Ransés II,
la apertura del canal sur de la cámara de la reina en la Gran Pirámide y
del sarcófago de Ny-Sut-Usert (en Gizeh), y la existencia de la Pirámide
de Asir; el resto de los acontecimientos y sucesos
son propios de mi imaginación.